Estirpes 1. Tu turno
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1. Tu turno

«La realidad es un consenso de mentes débiles. El Geómetra no acepta la realidad dada; impone la suya. El primer paso para la ascensión es negar el mundo tal y como te lo han contado».

— Estirpes. Introducción

En la parada de la EMT, un anuncio iluminado de la película La lista de Schindler titilaba dentro de la marquesina.

La luz, como la ciudad, estaba a punto de apagarse.

El brillo anaranjado de las farolas, un vapor de sodio con un tono enfermizo, caía sobre el banco metálico y sobre el suelo manchado de chicles.

Cristóbal Márquez se subió hasta arriba la cremallera del anorak comprado en el PRYCA con la promesa de «ya verás cómo este me dura años», pero el frío húmedo de abril se colaba por las costuras. Parecía conocerlas de memoria. En Madrid, la primavera sonríe de día y muerde de noche.

Apretó la bolsa deportiva Kelme contra el muslo.

Dentro llevaba el uniforme doblado sin ganas, un bocadillo de chorizo sin terminar y una toalla que olía a detergente barato.

En el bolsillo interior de la chaqueta, junto al corazón, notó el bulto de la nómina: sesenta mil pesetas.

Un fajo pequeño, apretado con una goma. No era mucho, pero era algo; era lo único que hacía que el mundo siguiera girando.

Normalmente, en los días de cobro, cogía un taxi. Por seguridad, por costumbre, por miedo. Hoy no. Quería ahorrar para la celebración del cumpleaños de su hija —ir al Parque de Atracciones con sus amigas, concierto de Marta Sánchez incluido—, así que le tocaba transporte público.

Miró el reloj Casio de su muñeca derecha. Quedaban diez minutos para el búho de las dos y media. Diez minutos parecían poco, pero el turno de noche le había enseñado que el tiempo pesa más cuando estás solo, y que la ciudad se vuelve enorme si no tienes a nadie cerca a quien nombrar en las sombras.

Cristóbal giró la muñeca otra vez, convencido de que bastaba mirarlo lo suficiente para que el reloj cediera.

Tenía la esfera ligeramente rayada, y la correa le había dejado una marca pálida en la piel.

Se frotó el antebrazo por no pensar en cuánto le dolía la espalda; llevaba ocho horas fregando suelos con el cuerpo doblado y la cabeza en otra parte; el turno de noche le dejaba la mente en blanco.

A veces era un alivio. A veces era como estar a solas con tus propios pensamientos, sin escapatoria.

Pensó en llamar a su hermana, que seguía viviendo en Santo Domingo, al día siguiente.

Desde la cabina de la esquina, con monedas contadas y la tarjeta telefónica ya gastada en la cartera.

Cuando estaba cansado, imaginaba el sonido de la voz de ella antes de descolgar.

Otras veces recordaba la distancia como un mar que se podía cruzar con palabras y los desayunos que tomaba de niño; un buen mangú dominicano.

El sueño de volver a su tierra. Al final, de manera tonta, el olor del jabón industrial que no se iba nunca de las manos por mucho que se frotara, le devolvió al presente.

Cristóbal no había cruzado el Atlántico por aventura.

Allí la vida no daba tregua; aquí, aunque costara, había trabajo.

Madrid cambiaba deprisa: más luces, más escaparates, más gente con prisa y muchos colores en la ropa.

Era otra época. Una época en la que parecía que todo empezaba a ir mejor, por lo menos para algunos.

A los chavales del barrio los veía en el parque, con sus litronas y su música alta, tomando la acera a patadas.

Tenían acceso a educación, ropa limpia y la barriga demasiado llena.

Y cuanto más tenían, más ruidosos parecían.

Cristóbal los miraba de reojo con una mezcla de fastidio y ternura: fastidio por el ruido; ternura porque, en el fondo, eran críos jugando a ser algo.

A veces se oía hablar de bandas, de cosas nuevas, de nombres raros. Cristóbal no entendía la mitad. Para él, juntarse para hacerse notar era una forma torpe de pedir sitio. Una chiquillada. Nada más.

El frío de la chapa del banco le atravesaba el pantalón, dejándolo helado. Suspiró y, por un momento, se permitió cerrar los ojos, intentando relajarse, aunque el zumbido eléctrico de la farola le llegaba monótono, sin tregua.

Se fijó en el cristal sucio de la marquesina: entre anuncios viejos y marcas de dedos, asomaba una pintada gastada por la lluvia y el tiempo. Un círculo atravesado por una cruz simple. Aerosol negro. Un símbolo que no explicaba nada y, aun así, parecía querer explicarlo todo.

Cristóbal lo miró sin miedo, más bien con asco y cansancio. Él se pasaba la vida limpiando la basura de otros. Aquella pintada le parecía lo mismo: basura ajena, un « estuve aquí » sin valor para decirlo en voz alta.

—Qué gente… —murmuró.

A la altura de sus ojos, alguien había escrito con rotulador una palabra obscena. Apartó la vista. En su cabeza, aquello no significaba peligro; significaba falta de vergüenza. Críos, pensó. Niños que no han fregado un suelo en su vida.

Miró de nuevo la calle. La noche estaba casi vacía, pero no del todo: un Renault Clio cruzaba la avenida dejando una estela blanca de gases; a lo lejos, en algún balcón, sonaba una televisión hablando sola; un perro ladró una vez y se calló, arrepentido de haber llamado la atención.

Era una noche más.

Frente a la parada, el parque dibujaba una mancha negra de árboles sombríos. Detrás de la marquesina empezaba el descampado: tierra removida, matojos, tetrabriks de vino, bolsas de plástico, basura que todos tiraban y nadie recogía. Un agujero oscuro en el medio del barrio.

Cristóbal miró el reloj otra vez. Habían pasado dos minutos. Dos minutos menos de vida prestada.

Entonces los vio.

Al principio creyó que eran sombras de los árboles del parque movidas por la brisa. Pero no había brisa. Eran dos figuras que avanzaban despacio, rectas, medidas, con el paso ensayado.

Mientras se acercaban, comprobó que eran jóvenes; y lo que vio después fue lo que le apagó cualquier alarma: no llevaban cadenas ni capuchas, nada de ese ruido visual que Cristóbal asociaba a los problemas.

Caminaban en silencio, sin gritar ni empujarse, todo lo contrario a los chavales ruidosos del parque.

Parecían dos vecinos cualquiera volviendo tarde a casa; dos siluetas normales en una ciudad que nunca terminaba de dormirse.

Divisó un tercer chico, pero estaba separado a cierta distancia.

Los dos chicos que iban delante se acercaban; había algo que no encajaba.

No era la cara y la ropa. Era el sonido.

Los pasos del que iba delante pesaban demasiado para ser de un crío.

Llevaba botas altas, negras, brillantes aunque desgastadas.

Hacían ruido en cada paso. Se notaba por la suela gruesa, por la forma de pisar, por ese golpe seco que no era de zapatillas, sino de alguien que quiere que el suelo lo sienta.

Cristóbal tragó saliva sin saber muy bien por qué. Se recolocó la chaqueta, se enderezó la espalda con un quejido y miró hacia el final de la calle, buscando las luces del autobús nocturno. Nada aún. Todavía tenía fresco el recuerdo de los gitanos que le habían robado tres meses atrás.

Se detuvieron a pocos pasos. Hablaban bajo. No se reían. No decían: «tío», «tronco» ni «¿qué pasa?». Sus frases sonaban a órdenes o claves, ambiguas, lo justo para significar cualquier cosa.

—Aquí es el punto —dijo el que marcaba el ritmo.

No sonaba a indicación. Era un dictamen.

El otro miraba alrededor, hacia el descampado, hacia la calle, comprobando que nadie los mirara.

—Nivel tranquilo —murmuró.

Cristóbal frunció el ceño. No comprendía qué pasaba.

—¿Necesitáis algo? —preguntó al sentirse rodeado.

Pensaba que querían un cigarro o algo de dinero, pero el cerebro le remarcaba: «Mal día para llevar la nómina encima».

El que marcaba el ritmo lo miraba por primera vez de verdad. No a la cara. El cuerpo. La bolsa. El bolsillo donde la chaqueta hacía un bulto mínimo.

—Quieto. No te muevas —ordenó el chico.

Y esa frase, tan limpia, le cambiaba el aire a la noche.

Se incorporó despacio, con la bolsa en la mano.

—¿Qué os pasa, chavales?

Uno tragó saliva. Estaba nervioso. Le temblaba la mano. El otro, en cambio, transmitía una calma inquietante. O eso daba la impresión. En ese momento de duda, los dos miraron hacia atrás. El tercer chaval los observaba, evaluando.

—Te toca —ordenó.

El nervioso asintió una vez. Demasiado rápido.

—Vale… Me toca.

Cristóbal dio un paso atrás. Buscaba con el rabillo del ojo la avenida, la luz de un coche, cualquier señal de seguridad.

—Mirad, chavales, yo no quiero problemas. Me voy y ya está. No os molesto.

El más grande ladeó la cabeza.

—Fase uno —susurró—. Sin ruido.

Cristóbal abrió la boca para preguntar qué demonios decían.

No le dio tiempo.

El primer golpe fue frío y preciso: una punzada que entró por el costado. Un diente de la noche clavándose en la carne. No hubo aviso. No hubo tiempo para entender.

Cristóbal se dobló sobre sí mismo con un sonido que le salió de la garganta sin permiso.

Miró hacia abajo.

Vio un brillo mínimo, metálico. El color rojo comenzó a dominar sobre el color verde del anorak.

Detuvo la mirada en la mano del nervioso, que estaba cubierta con un guante fino que reflejaba la luz. Un guante de látex. Plástico pegado a la piel.

Y entendió —sin querer entender— que aquello no era una amenaza; que no venían a asustarlo.

Le faltaba el aire. El pecho se le había cerrado de golpe.

—¡Hijos de…! —escupió, y la voz le salió rota.

El dolor no era solo dolor. Reaccionó con el cuerpo antes que con la cabeza. Levantó la bolsa y la descargó a ciegas contra el que mandaba. Le tocó en el hombro —un impacto blando—. El chaval retrocedió un paso.

Cristóbal aprovechó ese mínimo hueco como se aprovecha un poco de oxígeno bajo el agua.

Intentó correr.

Una pierna le falló. El fuego del costado se expandió hacia el vientre, caliente, resbaladizo. Dio un paso, otro, y sintió que algo por dentro se desplazaba donde no debería. Las piernas ya no le obedecían.