Estirpes 1. Tu turno #2
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1. Tu turno #2

El nervioso volvió a atacar, más rápido, con la respiración entrecortada. Cristóbal le agarró la muñeca con ambas manos. Notó el temblor y su fuerza torpe, desesperada.

—¡Suéltame! —rugió Cristóbal, tirando de él.

Durante un segundo creyó que podía.

Durante un segundo la vida se abrió como una puerta.

Apretó y tiró con la desesperación de quien no quiere soltarse del mundo.

Se oyó un chasquido seco, de plástico. Un trozo de correa cayó al barro y dio un salto mínimo, como un insecto asustado.

El nervioso miró al suelo un segundo, y ese segundo casi lo mató.

El otro entró por detrás, seco, y lo empujó contra la marquesina.

Cristóbal chocó con el cristal sucio. El mundo le vibraba en los dientes.

La luz del anuncio titilaba otra vez y por un instante todo parecía una foto mal hecha: sombras, reflejos y la palabra Schindler partida en dos por una grieta de luz.

Giró y lanzó un manotazo. No acertó del todo, pero lo suficiente para ganar algo de ventaja.

—¡Arggg! Joder —gruñó, mirándose la mano.

Un hilo de sangre le corría por el dedo. En el forcejeo se había cortado con su propio cuchillo. Ese instante de desorden —ese parpadeo humano— era todo lo que necesitaba para hacer lo único que se le ocurría: sobrevivir.

Agarró a uno de ellos por el antebrazo y lo mordió.

No era una mordida de película. Era de animal acorralado.

Apretó con toda la rabia, con todo el miedo, con todo el cansancio de años tragándose la vida. Sintió el sabor químico del látex y el calor de la piel debajo. Después, empezó el sabor metálico de la sangre. El asaltante soltó un chillido ahogado y tiró hacia atrás, pero Cristóbal no le soltó.

Mordió más fuerte.

Percibió cómo el guante se desgarraba. Cómo un trozo se desprendía y se le quedaba pegado a la lengua, encajado entre los dientes y la encía. Intentó escupirlo, pero se le pegó al paladar. La propia noche queriendo dejarle algo dentro.

El chico arrancó el brazo de golpe, dejando la mordida abierta y el guante rasgado.

—¡Me ha mordido el Manchado! ¡Puta mierda! —balbuceó, con los ojos desorbitados.

El que parecía que mandaba cerró el puño con fuerza. El plan se estaba desmoronando.

—Sin ruido —repuso duro—. Sin ruido. Hay que cerrar esto ya.

Y entonces el otro le obedeció.

No como un matón profesional, sino como un niño que hace los deberes con alguien mirándole por encima del hombro.

Cristóbal intentó gritar otra vez, pero la garganta solo le daba para un bufido húmedo.

La primera punzada se había convertido en un incendio y, sobre el incendio, llegaban más golpes: cortos, apresurados, desordenados.

No había épica. Intentó correr otra vez hacia la avenida, hacia las luces, hacia cualquier cosa que le sacase de allí, pero tropezó con el bordillo y cayó de rodillas.

Sintió otra punzada.

Luego otra.

Y otra más.

No las contó.

No podía contar.

Al apoyar las manos en el suelo, notó cómo se resbalaba. No entendía por qué hasta que vio sus dedos: brillaban. Era un líquido, pero no era agua. Y por primera vez pensó, con una claridad absurda: «Tenía que haber cogido un taxi».

En ese instante solo sintió cómo el cuerpo se volvía pesado.

Ajeno. De otro. El bocadillo cayó de la bolsa.

La toalla rodó hacia la cuneta. Las pesetas, dentro del bolsillo interior, seguían apretadas contra el pecho.

Le dio tiempo a pensar que se las iban a quitar.

Pero nadie tocó el bolsillo. El fajo de billetes seguía ahí.

Cristóbal se revolvió en el suelo, intentando girar para defenderse, tratando de agarrar algo, un tobillo, una rodilla, cualquier cosa. Sus dedos encontraron cuero. Una bota negra. Y, al tirar, notó cómo la suela gruesa raspaba la tierra. Tiró de ella.

Uno de ellos perdió el equilibrio un instante y pisó el borde del descampado. La bota se hundió en la tierra blanda, dejando una marca profunda, clara, como una firma en barro recién removido.

Cristóbal lo vio con una lucidez absurda.

La marca de la suela.

Las hendiduras.

El dibujo.

El mundo le estaba entregando una prueba a cambio de su sangre.

—Al descampado —dijo con voz baja el joven que no había intervenido todavía—. Que no lo vean.

El que parecía más nervioso dudó.

—Pero…

—Al descampado. Ahora.

Lo agarraron por los hombros. Cristóbal intentó zafarse. Arañó. Pateó. Una uña se le partió contra algo duro. Sintió cómo se le llenaba la boca de saliva y de metal: el trozo de guante seguía ahí, pegado, y no sabía si escupirlo o tragárselo.

Lo arrastraban.

Se raspó la espalda con el cemento. Luego con la tierra y los matojos. La noche detrás de la marquesina era más negra, más silenciosa. El barrio dándose la vuelta, negándose a mirar.

Cristóbal intentó incorporarse una vez más. Solo una. Solo para no morir como una cosa.

El nervioso lo sujetaba con fuerza. El más tranquilo se agachó junto a su oído.

—Ya está —susurró—. Ya está. Se acaba.

Se cerraba la última puerta. Se había terminado este nivel del juego.

Cristóbal quería morder una última vez, pero la mandíbula ya no respondía igual. Quería decir el nombre de su hija. El de su hermana. Quería decirle al mundo que todavía estaba allí.

No salió ni una palabra de su boca.

Solo un gemido.

Solo el sonido de su cuerpo intentando seguir.

Por un momento miró hacia arriba y vio, entre ramas negras, el rectángulo naranja del cielo.

El anuncio titilaba una vez más. El mundo perdía un fotograma.

Y la marquesina quedaba atrás, con su cristal sucio, con el anuncio roto, con el símbolo viejo pintado en negro.

El círculo y la cruz eran como una explicación fácil que alguien dejaba para que otros la recogiesen.

La avenida seguía viva. Un coche pasaba a lo lejos, indiferente. En algún balcón, una televisión continuaba hablando sola. El mundo no se iba a detener por Cristóbal Márquez.

Y en el descampado, detrás de la parada, donde nadie miraba, el silencio lo cubrió todo.

Cristóbal sintió el trozo de plástico en la boca por última vez. Intentó escupirlo. No pudo. No tenía fuerzas. Se le quedaba ahí, pegado como una etiqueta fúnebre, como una última resistencia.

Lo último que vio fue el grafiti. No como una amenaza, sino como un error.

Le subió una rabia pequeña, inútil, mezclada con la incomprensión, que pronto se convirtió en tranquilidad.

Ya nunca le volvería a doler la espalda.