Estirpes 2. El proyecto
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2. El proyecto

La televisión hablaba sola desde la esquina del salón, con el volumen lo bastante alto como para tapar el silencio y lo suficientemente bajo como para que no pareciera compañía.

Inés desayunaba de pie, con la taza de té caliente entre las manos, mirando sin mirar cómo las imágenes repetían lo mismo una y otra vez.

Un plano torpe de una calle cualquiera, la clásica cinta policial, una marquesina iluminada por una luz sucia. Por detrás, haciendo de marco general, se divisaba un descampado con la tierra removida, matojos y basura.

Un reportero, con gesto afligido, narraba los hechos:

«…Un varón de origen dominicano ha sido hallado sin vida esta madrugada… las primeras hipótesis apuntan a una agresión brutal…».

Inés no parpadeaba.

«…y algunos vecinos aseguran haber visto a dos jóvenes … ».

La cámara enfocaba una pared con una pintada: un círculo atravesado por una cruz simple. El plano duraba un segundo, lo justo para que el ojo la reconociera aunque la boca todavía no le ponía nombre.

« … las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad no descartan que se trate de un ataque de carácter racista, en un contexto de creciente violencia vinculada a grupos extremistas… recordemos otros casos recientes … ».

Y entonces las palabras cayeron en el salón como chispas en gasolina seca: Skinhead. Nazis. Ultras.

«…y la sombra de episodios anteriores, como el caso de la dominicana Lucrecia Pérez…».

Inés sintió el impulso automático de apagar la televisión. Aquel nombre propio ensuciaba el honor de su trabajo. No la apagó. Se quedó quieta, con la taza pegada a los dedos, viendo cómo la televisión construía un relato que encajaba demasiado bien. La narrativa era cómoda porque ya existía.

Un dominicano. De noche. Un descampado. Un símbolo en una pared. En la esquina de la pantalla apareció un rótulo rojo: «Ataque Racista». Debajo: «Grupos Extremistas». Palabras limpias para una muerte sucia.

Mientras la pantalla seguía a lo suyo, en la estantería de al lado, entre manuales de psicología y apuntes encuadernados de la universidad, los ojos de Inés se desviaron hacia una foto enmarcada: un hombre con uniforme de la Guardia Civil, bigote recortado, mirada de los que no sonríen en las fotos porque no les sale aunque sean felices.

A su lado, una niña de once años, rubia con flequillo, sujetando un helado a punto de derretirse.

Inés no solo miraba la foto. La sentía.

Apagó la tele. Odiaba el tono de voz de los presentadores. Ese timbre grave, de luto profesional. Era el mismo que había sonado en el salón de su casa en mil novecientos ochenta y tres.

«El sargento Manuel Baquero, fallecido en acto de servicio…».

Recordó la caja de efectos personales que les entregaron. El reloj Casio de su padre, con el cristal roto, parado a las ocho y cuarto. El reloj seguía detenido también en su cabeza. Desde entonces, el tiempo nunca había vuelto a arrancar.

Y una libreta. Una libreta pequeña de tapas negras, que su madre guardó en el fondo de un armario y que nadie abrió nunca.

Porque los héroes no dejaban dudas, dejaban medallas.

A veces pensaba que las malas noticias sonaban igual desde un televisor que desde un teléfono.

—Esta vez no —murmuró a la pantalla apagada mientras apuraba el té—. Esta vez me gustaría saber qué hay detrás del titular.

Como si hubiera invocado a un muerto, el teléfono comenzó a sonar.

Una vez.

Dos.

Inés abandonó sus pensamientos, dejó la taza en la mesa y descolgó.

—Baquero —del otro lado, la voz de su jefe ya venía con prisa—. ¿Lo has visto?

Inés miraba el televisor que acababa de apagar, sin contestar.

—Si se refiere a las noticias, sí, las estaba viendo, mi capitán.

—Pues ponte en marcha. Reunión en una hora. Trae la cabeza fina. Y Baquero, no es una reunión cualquiera. Puede que tengamos nuestra primera prueba de fuego.

A Inés se le tensaron los hombros. No por miedo, sino por intuición.

—¿Es por lo que ha ocurrido esta noche?

—Es por lo de esta noche y por lo que esto puede ser si nos equivocamos desde el minuto uno —su capitán respiró, midiendo cada palabra—. La Nacional ha entrado primero, como le corresponde por demarcación; pero la jueza quiere algo más que una redada para salir en la tele.

Inés no dijo nada. Dejó que siguiera.

—Le he planteado que este sea el proyecto piloto que llevamos meses intentando sacar adelante. —La frase sonaba simple, pero para ella lo era todo—. Tipología. Análisis conductual. Conexiones. Y la posibilidad de que esto no sea solo un caso, sino el inicio de varios.

—¿Y la jueza…?

—Nos ha dado luz verde para intervenir como policía judicial adscrita. Delegación de diligencias. —Hizo una pequeña pausa—. Es decir, no estamos quitándole el caso a nadie. Casos relacionados. Estamos entrando para que no se convierta en una cacería.

Inés apretó el auricular.

—Voy para allá.

—Te veo en la Comandancia. Y escucha, Inés, hoy te tocará explicar esto sin parecer un libro de texto —la voz se ablandó un grado—. Si no, te van a comer. Y a mí como acompañamiento.

Inés se despidió y colgó. El rectángulo negro reflejaba su cara: rubia, ojos verdes, ni una arruga de momento, pero unas ojeras que no se habían ido en cuatro años.

Era lo que tenía estudiar y trabajar a la vez.

Psicóloga y guardia civil. Una combinación que todavía obligaba a demasiada gente a levantar una ceja.

Entró en el baño, se recogió el pelo, mirándose un instante en el espejo.

No tenía cara de guardia civil, ni aunque se dejara bigote.

Veía a la niña que quería ser bailarina, luego veterinaria, y por último, psicóloga, como su madre —psicóloga de parejas, experta en desmontar guerras domésticas con una frase.

Su padre se reía y decía que lo importante no era lo que fueras, sino que no te dejaras arrastrar.

Luego un día al que arrastraron fue a él.

Accidente. Atentado. Coche bomba. Mala suerte.

Siempre palabras limpias en boca ajena.

Inés se puso el uniforme a los dieciocho años como quien asume una deuda. No por vocación. Por honor. Por rabia. Por la idea infantil de que si entraba en el mismo sitio del que su padre no volvió, quizá entendería por dónde se había ido.

Cuatro años después seguía sin entenderlo. Pero ya sabía mirar. Y ese era el primer paso para encontrar.

Salió de casa con una carpeta bajo el brazo. Esa carpeta llena de proyectos, análisis y propuestas de perfilación criminal. Al final había combinado los trabajos de sus padres: la Guardia Civil y la psicología.

Salió. Madrid era un tablero que aún no sabía leer.