3. Nuevas amistades
«La mayoría de los seres humanos son Dormidos. Caminan, comen y respiran, pero no ven los hilos que mueven el mundo. Despertar a un Dormido requiere un trauma. Requiere abrir una puerta que, una vez cruzada, elimina el camino de vuelta».
— Estirpes. Manual del Jugador. Regla de Iniciación.
La puerta del piso se abrió con un golpe seco, anunciando de forma poco sutil que alguien iba a entrar.
Ramón estaba en el pasillo con los deberes a medio hacer y una herida reciente en el labio, de esas que no sabía explicar porque explicarla supondría admitir en voz alta que en el instituto a veces lo usaban de saco de boxeo.
Oyó el ruido de las botas contra el terrazo.
Paso. Paso. Paso. Eran botas que querían que supieras que habían llegado.
Su hermano Rubén apareció desde el rellano, llenando la casa. Llevaba su uniforme habitual: bomber verde, cremallera brillante, el pelo rapado tan corto que aún dolía, y esas Dr. Martens negras que no caminaban, arrasaban el parqué.
La madre salió de la cocina con un paño en la mano y olor a comida casera que solo las madres y las abuelas consiguen.
—¿Otra vez así? —dijo, sin gritar, pero con voz que ya trae la bronca incorporada—. ¿Con esa chaqueta, con esas botas y esa cabeza? ¿Te has mirado al espejo, hijo?
El hermano ni se detuvo. Dejó las llaves en el mueble de la entrada, marcando territorio.
—Me he mirado —respondió— y me gusta lo que veo.
Ramón no se movió. Miraba desde la penumbra del pasillo.
Con el mismo desapego de quien observa una tormenta tras el cristal.
Su padre estaba en el salón, con la televisión encendida y un programa de deportes, sentado con las piernas abiertas, ocupando el sofá como ocupaba el mundo.
No levantaba la cabeza, pero sí escuchaba. Siempre escuchaba.
La madre se acercó a su hermano y le pellizcó la bomber con dos dedos.
—¿Tú te crees que esto es… qué? ¿Una película? ¿Qué es esa pinta? ¿Quieres que te paren por la calle? ¿Quieres que te traigan en una bolsa?
El hermano sonrió, mostrando todos los dientes.
—A mí no me trae nadie en una bolsa, mamá.
—No digas tonterías, que no eres Superman.
—No son tonterías. Es… —hizo un gesto hacia él mismo, moviendo la mano de abajo arriba—. Es respeto.
—¿Respeto? ¿Eso es respeto?
—Sí. —Se señaló la cabeza rapada—. Esto es tener las cosas claras. Y no ir por ahí como un pringado.
Rubén miró de reojo a Ramón al decirlo. Ese segundo provocó un pinchazo en el pecho. Ramón bajó la vista.
El padre, desde el salón, al fin habló sin moverse.
—Déjale, mujer —la voz era grave, cansada—. En la calle hay que ser fuerte. Y punto. Aquí nadie regala nada.
—Claro, tú siempre igual… Siempre justificándolo todo —la madre se volvió hacia el salón—. Los tiempos han cambiado, Juan.
El hermano se metió por el pasillo hacia su habitación, pero antes de desaparecer se detuvo junto a Ramón y le despeinó el pelo con dos dedos.
—¿Qué pasa, enano? —le dijo, como si la guerra no fuera con él—. ¿Has comido?
Ramón asintió.
—¿Y qué tal el instituto?
Ramón tardó una fracción de segundo demasiado larga.
—Todo bien.
El hermano no se quedó en el bien . Examinó su boca.
—¿Y ese labio?
Ramón intentó apartar la cara, creyendo que la vergüenza se puede esconder con un giro.
—No es nada.
El hermano se acercó un poco, lo justo para que Ramón oliera la calle pegada a su ropa.
—Dime quién ha sido. —No sonaba a petición de información. Sonaba a sentencia—. ¿Quieres que machaque a alguien?
Ramón apretó la mandíbula. Se obligó a mirarle, aunque le costara.
—Sé cuidarme solo. No hace falta que te preocupes por mí.
El hermano lo observó un segundo. Y entonces se rio; una risa corta, orgullosa. Acababa de escuchar algo que llevaba tiempo esperando.
—Así me gusta. Pero un poco de ayuda nunca viene mal. Somos hermanos. Tu sangre es la mía.
Le dio un golpecito en el hombro, casi una palmada.
Desde la cocina, la madre increpó.
—No le hables así. No le metas tus ideas en la cabeza, y no me cambies el tema. Te estoy diciendo que te estás metiendo en algo que no…
—¿En qué? —El hermano se volvió hacia ella—. ¿En tener amigos? ¿En no dejar que me pisoteen? ¿En no agachar la cabeza?
—En buscar problemas.
—Los problemas me encuentran a mí, mamá —Rubén sonrió, chulesco.
Hubo un silencio. En la cocina, el reloj marcaba un tic-tac pequeño que se volvía gigante cuando nadie hablaba.
El padre encendió un cigarrillo marca Ducados sin mirar a nadie.
—La calle está como está —añadió, cerrando el asunto.
La madre se llevó la mano a la cara, derrotada.
—Yo solo quiero que lleguéis a casa. Quiero dormir de un tirón.
Su hermano la miró un momento. Y en esa mirada apareció algo que nunca enseñaba fuera de casa: un cansancio escondido, una ternura mal colocada.
—Llegaré —dijo, y la palabra sonaba a promesa—. Siempre llego. —Le dio un fuerte abrazo que casi la parte en dos—. No te preocupes tanto por mí. Estoy arriba en la vida.
Después, y sin esperar respuesta, se metió en su habitación. El ruido de la puerta sonó como un punto final demasiado confiado.
Ramón se quedó quieto, en un estado de no saber muy bien qué hacer a continuación. Oyó al padre dar una calada y cómo la madre volvía a la cocina con pasos apretados. Oyó la casa fingiendo normalidad.
Ramón no sabía fingir.
Miró la puerta de su hermano. Un mundo escondido que lo llamaba.
El padre le gritó desde el salón.
—Mañana tienes partido. ¿Quieres que te lleve al campo?
—Papá, ya te he dicho que no se me da bien. Prefiero no ir.
—Tonterías. Tu hermano es una máquina. Tú puedes hacerlo igual de bien.
—Pero…
—Ni pero ni pera, mañana te llevo al partido.
Esa noche, cuando la casa dormía, Ramón oyó a su hermano moverse por el pasillo. Unos pasos suaves. Raros en esas botas. La puerta de Ramón se abrió un palmo.
—Enano —susurró la voz—. ¿Estás despierto?
Ramón abrió los ojos en la oscuridad.
—Sí.
El hermano entró sin encender la luz. Se sentó en el borde de la cama. Ramón olía la colonia fuerte, el tabaco, el frío de la calle pegado al cuero.
—No hagas caso a mamá —dijo, bajito—. Se asusta por todo.
Ramón no contestó.
El hermano le puso una mano en la rodilla, firme.
—Escúchame —la voz cambió, volviéndose más seria—. Tú no dejes que te hagan pequeño. ¿Me oyes?
Ramón tragó.
—Yo no soy como tú.
—No, y no importa —la mano apretó un poco—. No tienes por qué serlo. Pero si alguien te toca, me lo dices. Estamos para ayudarnos.
Ramón sintió a la vez alivio y miedo. La protección tenía un precio.
—Vale.
El hermano se levantó.
Antes de salir, añadió:
—Y mañana por la tarde te vienes conmigo.
Ramón se incorporó un poco.
—¿Contigo? ¿Adónde?
En la penumbra, el hermano sonrió. Ya había decidido.
—Al templo. Al Bernabéu. Quiero que lo veas. Quiero que empieces a conocer a los tuyos. A los que estarán siempre. Que entiendas por qué esto importa.
Octubre de 1992. Barrio Canillas. Instituto Conde de Orgaz
Ramón entró pisando fuerte al instituto.
Era su último año y se empeñaba en no ser invisible.
Las Dr. Martens le quedaban grandes, pero el dolor en el talón le daba igual.
Bajo la cazadora, una cara llena de clavos gritaba en silencio desde el algodón negro de su camiseta: Hellraiser.
Se la había puesto como una armadura. O una advertencia.
El patio era una jungla de asfalto y gritos. Ramón cruzó las líneas enemigas. Mochila al hombro. Mirada al frente. Calculando distancias. Pensando: «No te mezcles. Colócate».
Entonces lo vio, en la esquina de la valla, demasiado quieto para aquel patio. Un chico nuevo. Pálido. Quieto. Estaba aferrado a un libro. Su salvavidas.
Tres repetidores lo rodeaban. Todavía no le estaban pegando, pero se intuía el final.
—Mira el rarito —dijo uno, y la risa le salió con filo—. ¿Qué lees? ¿Brujería?
Le arrancaron el libro y lo agitaron en el aire. Las páginas aleteaban como un pájaro herido.
—Venga, di algo. Defiéndete.
El libro cayó al suelo. El chaval nuevo no dijo nada, pero Ramón vio el odio en sus ojos.
Ramón debería seguir andando. Esa era la norma no escrita: si no es tu guerra, no te metas.
Pero sus botas decidieron por él. Un paso. Dos. El golpe contra el cemento sonó demasiado fuerte.
—Dejadle.
No gritó. La voz le salió grave.
Los tres se giraron, mirándole las botas, la camiseta, la cara.
—¿Y tú quién cojones eres?
El corazón de Ramón bombeó algo espeso. Era miedo, pero también esa electricidad que se acumula justo antes de la tormenta.
—Nadie —dijo—. Pero el libro es suyo.
Uno rio, pero retrocedió medio paso, casi sin querer.
—Mira, el Señor Nadie . ¿Te crees Robocop o qué?
—Dádmelo —dijo Ramón sin apartar la mirada.
El profesor de latín apareció de repente.
—¿Hay algún problema aquí?
El matón escupió al suelo, salvando el orgullo. Le dio una patada al libro hacia las botas de Ramón.
—Para ti, basura. No me interesan las cosas de los raritos.
Se fueron riéndose demasiado para el poco triunfo que habían conseguido.
Ramón se quedó quieto mientras el otro chico se agachaba para recoger el libro y limpiar el polvo de la portada con una delicadeza casi quirúrgica.
Ramón leyó el título. Era un título impronunciable.
—¿Qué es eso?
El chico tardó en contestar. Lo midió para decidir si Ramón era un peligro o podía ser un refugio.
—Lovecraft —dijo al fin—. Cosas que no encajan; que no están de moda.
—Suena chungo.
—Porque lo es.
Carlos se guardó el libro.
—Gracias por lo de antes.
—No ha sido nada. Pero esos tíos volverán. Ten cuidado.
Hubo un silencio, hasta que Ramón se fijó en el llavero de la mochila: una pieza roja, rara, con demasiadas caras.
—¿Y eso qué es?
El chico lo tocó con el pulgar, de la forma en que se comprueba que algo sigue ahí.
—Suerte. O lo contrario.
—¿Y para qué sirve?
El chico levantó la vista. Ya no miraba las botas. Le miraba a él.
—Para saber qué pasa cuando nadie te echa una mano. Para decidir si avanzas o mueres.
Ramón soltó aire por la nariz.
—Parece de una peli, pero de las que me molan.
—¿Y cuáles son esas?
Ramón se tocó el pecho, señalando la cara de Pinhead.
—En las que hay dolor, ira, rabia. Como esta: Hellraiser. La vi en vídeo y estuve dos días mirando las esquinas de mi habitación. Era acojone del bueno.
El chico cambió la cara, algo insólito en él. Una microexpresión. Una puerta entreabierta.
—La caja —murmuró—. La abres y ya no vuelves a ser el mismo.
Ramón lo miró, sorprendido.
—Exacto.
—Por cierto, me llamo Carlos.
—Ramón.
Carlos miró alrededor. El patio seguía siendo hostil, pero para ellos ya no existía. Habían encontrado su asilo.
—Ramón, si quieres tengo algo más que libros —bajó la voz—. Una forma de salir de aquí un rato. De vivir de otra manera.
Ramón debería irse. Debería pensar que todo esto era una tontería, pero recordó el momento de antes, cuando el matón dio un paso hacia atrás.
—¿Cómo?
Carlos apretó el dado en el puño, sin enseñarlo.
—Con una historia. Con reglas; pero reglas que ponemos nosotros —una leve sonrisa se dibujó en su cara—. ¿Te atreves a abrir la caja, Ramón?
Ramón miró su puño cerrado. No dejó de darle vueltas al dado que Carlos había escondido. Ni siquiera sabía de qué juego hablaba, pero algo en la forma de decirlo —reglas que ponemos nosotros— se le quedó enganchado como un anzuelo.
—Venga, vale.
Y el instituto, por un instante, dejó de parecer una cárcel.