Estirpes 4. Dossier Baquero. Pieza I
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4. Dossier Baquero. Pieza I

(Material reservado. Transcripción narrativa a partir de notas de vigilancia.)

La noche de Madrid no tenía el dramatismo del norte.

Aquí no había montes que guardaran el silencio.

No había zulos ni herriko tabernas. Aquí había tráfico, farolas, mucha heroína y un ruido de fondo incluso cuando todo parecía dormido.

La ciudad respiraba por las rendijas, y ese aire sucio se metía por la ropa y ya no se borraba.

Manolo Baquero llevaba tres horas dentro de un coche sin distintivos, con el cuerpo encajado en una postura que no parecía humana.

Tenía un termo de café tibio entre las piernas y en el asiento del copiloto un paquete de Celtas a medio gastar.

En las manos había una cámara envuelta en un trapo para que no le delatase ningún brillo.

Apoyada en la pantalla del cuentakilómetros estaba la libreta, siempre la libreta, con la tapa doblada y la letra pequeña, porque así se apuntaba mejor el mundo: sin dejar huecos.

La radio crepitó con estática baja.

—Posición —dijo Manolo al micro.

—Limpio, Lobo. El pájaro sigue en el nido —respondió la voz al otro lado.

Era Culebra. Su enlace. Su sombra. Culebra era unos años más joven que él.

Fumaba, era nervioso y sonreía poco, pero tenía esa habilidad de moverse por las cloacas sin mancharse los zapatos.

Además, era el mejor conductor de la unidad.

El que siempre sabía cuándo había que pisar y cuándo había que desaparecer.

El objetivo se retrasaba. El parte decía que la llegada estimada era a las 20:45 h, pero los trenes, los políticos y los cobardes siempre llegaban cuando les convenía.

A las 21:17 h lo vio por fin salir de la estación con un abrigo oscuro y una cartera plana.

No llevaba escolta, por lo menos visible.

Caminaba sin mirar a los lados, con seguridad.

Se subió a un taxi y, sin decir una palabra al conductor, le dio un papel.

—Movimiento —dijo Manolo—. Taxi negro. Matrícula M-34… olvídalo, va hacia ti.

—Lo tengo —respondió Culebra, tranquilo, profesional—. Te cubro por la paralela. No te pegues.

Manolo esperó dos latidos del limpiaparabrisas. Neumáticos despacio sobre asfalto mojado. Lo seguía como se sigue una sombra: por reflejo, por método, por experiencia. La ciudad se estiraba en avenidas que parecían hechas para que todo se perdiese. A veces pensaba que Madrid se empeñaba en olvidar.

El taxi cruzó la Castellana, giró y entró en las calles más estrechas donde la luz caía a cachos. Madrid cambiaba de cara en quince minutos: de la foto de postal a callejuelas tenebrosas.

El taxi se detuvo frente a un edificio de oficinas sin nombre. Un portal con mármol barato y un portero que no era portero: demasiado recto, demasiado atento. El político le dio la mano al entrar sin mirar hacia atrás. Manolo se quedó en el coche con el motor apagado.

—Está dentro —informó a Culebra.

—Mantén posición. Yo cubro la salida trasera —respondió—. Y Lobo… ojo. Ese edificio no me gusta.

—Es solo ladrillo, Culebra. Además, huele a dinero viejo, del que muerde si le tocas.

Manolo anotó la hora y el número de portal. Levantó por un instante el bolígrafo, pero lo volvió a bajar y anotó otro detalle: una estampa religiosa en un coche aparcado. Sabía que no había detalles inútiles, todo podía ser importante y era mejor tenerlo anotado.

En la segunda hora de espera sucedió lo que no debería suceder.

Primero llegó el coche: un sedán oscuro, sin prisa, de esos que no se detienen en doble fila porque la ciudad se aparta sola.

No traía sirenas ni luz. Llevaba consigo algo más viejo: la costumbre.

El conductor se bajó del coche en dirección a la puerta trasera derecha.

La abrió y se echó a un lado. Bajó un hombre con un gesto mínimo.

Vestía bien, pero sin presumir. No miraba alrededor, pero lo veía todo.

Y Manolo lo reconoció antes de poder distinguir del todo sus rasgos: no por la cara exacta, sino por la sensación de haberlo escuchado hablar en televisión sin que se le moviera un músculo.

Era Arturo Valdés. El hombre que salía en las fotos de las inauguraciones junto a los ministros.

Manolo sintió cómo se le enfriaba el café dentro del termo. Apretó el botón de la radio.

—Culebra. Tenemos visita VIP.

—¿Quién? ¿Otro enlace del norte?

—No. Arturo Valdés.

Hubo un silencio demasiado largo en la emisora. A Manolo Baquero le pareció que era demasiado largo.

—¿El empresario? —la voz de Culebra sonó distinta. Más tensa. Menos chula—. Lobo, confirma. Valdés no pinta nada con los abertzales. Eso es como agua y aceite.

—Confirmo —dijo Manolo—. Está entrando por la puerta de servicio.

El empresario no entraba por el portal principal.

Cruzaba hacia un lateral donde había una puerta de servicio, una de esas puertas que nadie ve hasta que las necesita.

El portero —el que no era portero— no le preguntó nada.

Le abrió directamente, dejándole pasar sin mirarle a los ojos.

Al cruzar el umbral, cuando la luz de la entrada se volvía más pobre, Manolo vio el destello en su mano izquierda.

Un anillo de sello en el dedo meñique. Oro viejo.

Grueso. Con un escudo grabado que Manolo no distinguía, pero que parecía pesar. Lo apuntó en su libreta.

—Ha entrado, Culebra.

—Joder… —el susurro de Culebra era casi inaudible—. Lobo, eso no está en la orden. Si Valdés está ahí, esto no es una reunión política. Es un negocio. Ten cuidado con lo que apuntas. No nos salgamos de nuestros cometidos.

Y en ese segundo, Manolo entendió que la cita no era casual.

El coche del político importante no se había ido.

Se había quedado con el motor encendido.

No iba a aparcar. Manolo cambió la posición del cuerpo muy despacio, sin que crujieran los asientos.

Se inclinaba para ver mejor el lateral del coche oscuro.

Y entonces lo vio: una carpeta gruesa en el asiento trasero, apoyada contra el cuero, con una goma cruzada.

No podía distinguir las palabras, pero conocía perfectamente el color del cartón de la carpeta.

Lo veía todos los días en la Comandancia.

En la puerta trasera, antes de cerrarse, se coló un destello: papel claro, borde de fotografías, algo laminado.

Algo del tamaño de una mano. Una acreditación, quizás.

Un pasaporte. Una identidad ajena. No lo sabía todavía.

Pero su instinto —ese animal discreto que te salva o te mata— le decía que eso no tenía nada que ver con su informe sobre Herri Batasuna.

Que eso pertenecía a otro mundo. A uno donde las siglas son excusas y los papeles abren vidas. A uno donde no le habían invitado.

Manolo bajó la vista a la libreta. La punta del bolígrafo le tembló un milímetro.

No por miedo. Por lucidez. Anotó la matrícula del sedán oscuro: M-4509-CZ.

En lugar de copiarla en el parte oficial, arrancó un trocito de papel de la esquina de la libreta, lo dobló dos veces hasta convertirlo en una estrecha banda y se lo guardó en el bolsillo interior de la cazadora.

—¿Lo ponemos en el parte? —preguntó Manolo al aire, sabiendo que Culebra escuchaba. El silencio de la radio volvió a pesar.

—Tú verás —dijo al fin Culebra—. Pero si escribes ese nombre, prepárate para que nadie lo lea. O para que lo lean los que no deben.

—Copiado. Todo es información, Culebra.

Apoyó la cabeza un instante contra el reposacabezas y miró la puerta lateral del edificio, esa boca pequeña por donde había entrado algo grande.

Afuera, Madrid seguía latiendo: un autobús vacío, una pareja discutiendo, una persiana que se bajaba.

La ciudad no sabía nada, ni quería saberlo.

Manolo sí. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió una certeza seca, sin emoción: lo que acababa de ver no era para él.

Aun así, no podía mirar a otro lado. No sabía hacer otra cosa, porque, cuando por fin arrancó el coche para seguir con el trabajo oficial, ya llevaba en la cabeza otra vigilancia encima, una que no había pedido nadie, que no figuraba en ninguna parte.

Una que, si la escribía, lo convertiría en un objetivo.

La nota doblada le rozó el pecho desde el bolsillo interior de la cazadora. Era pequeña. Pero pesaba más que todo el informe oficial.