5. La otra vida
«El Geómetra no nace en la multitud. La multitud es ruido. El Geómetra se forja en el vacío, donde la única voz audible es la de la propia superioridad. La soledad no es un castigo; es un laboratorio».
— Estirpes. Libro del Origen.
El barrio de la Ventilla no era Madrid. Era un tajo abierto detrás de las torres inclinadas de Plaza de Castilla.
Antonio caminaba por una calle sin asfaltar, esquivando charcos de agua negra que ni el sol de septiembre conseguía secar.
A un lado, bloques de ladrillo naranja, los del plan de remodelación que nunca terminaba.
Al otro, descampados donde la hierba crecía entre jeringuillas.
Se rumoreaba que un día lo tirarían todo y levantarían pisos nuevos, pero las vallas seguían ahí y las obras nunca acababan.
Antonio tenía diecinueve años, medía casi un metro noventa y tenía una nariz torcida hacia la izquierda. Un recuerdo de su padre. Un puñetazo a los quince por no traer el cambio del pan. O del vino. Antonio ya no se acordaba. No era la primera vez ni había sido la última.
Subió al tercero sin ascensor. La puerta estaba entornada. El olor le golpeó antes de entrar: cuchara quemada, vinagre, sudor rancio. Olor de caballo.
Su padre estaba hundido en el sofá, con la cabeza caída hacia atrás y la boca abierta. El mono ya se había ido; ahora estaba en la subida, perdido en un sitio donde no existían ni sus cuatro hijos ni la ruina de una vida adulta. Antonio pasó por delante sin mirarlo.
En la cocina, su madre fregaba los platos con movimientos lentos, mecánicos.
—¿Has traído algo? —preguntó sin girarse.
Antonio dejó tres billetes de mil pesetas sobre la mesa. Dinero de pegar carteles anunciando conciertos de Barricada por Malasaña y Lavapiés.
—Es lo que hay.
—Tu padre necesita…
—Que se joda —cortó Antonio—. Esto es para comer y comprar ropa, no para mierda.
Entró en su habitación. Un zulo que compartía con dos hermanos pequeños.
Una litera y una cama de noventa. En la pared, un póster arrugado de La Bola de Cristal .
La Bruja Avería riéndose del mundo: «Viva el mal, viva el capital».
A su lado, otro póster que ya se despegaba por las esquinas.
Era del jugador de fútbol Francisco Narváez, Kiko, con la camiseta de España en los Juegos Olímpicos de Barcelona.
Antonio se miró en el espejo. Apenas cabía en él, aunque lo que se veía reflejaba esa fuerza nerviosa de quien ha tenido que sujetar a un padre fuera de sí mientras destrozaba los muebles.
En el barrio lo miraban como si fuera un bicho raro.
Nadie se metía con él a la cara, pero nadie se quedaba a su lado.
Los monstruos también soñaban con no estar solos.
Septiembre de 1993. Arturo Soria. Recreativos Arcada Norte
La pantalla parpadeaba con violencia.
— Finish him! —gritó la voz digital.
Ramón machacaba los botones con furia. En la pantalla, Sub-Zero arrancaba una cabeza y la columna vertebral colgaba como un cable, con la sangre pixelada.
—¡Toma! —gritó Ramón—. ¡Fatality!
Carlos observaba con los brazos cruzados. No jugaba. Miraba, medía. Para él, el combate no estaba en la máquina, sino en la cabeza de Ramón.
—No está mal —dijo—. Pero sigues yendo a lo bruto. Tienes que anticiparte.
Ramón se secó el sudor de la frente.
—Ayer vinimos con los de mi clase, pero son unos paquetes. Los machaqué a todos.
Carlos hizo una mueca.
—No aguantan. Entran, echan la moneda y se largan. No hay historia. No creen en nada.
—Es un juego, Carlos. No te pongas tan poético.
—Es una prueba —corrigió Carlos, bajando la voz—. Y para probarte necesitas a gente que no se rinda a la mitad.
Carlos sacó del bolsillo un cuaderno pequeño, de tapas negras, y anotó algo antes de guardarlo de nuevo. No se lo enseñó a nadie.
—Tengo otros amigos —dijo Ramón—. Los del fondo sur. Los del fútbol. Esos sí se implican. No se rinden ante nadie.
Carlos negó.
—Eso es ruido sin control. Yo busco otra cosa. Cabeza. Ideas renovadoras.
—¡Eh, vosotros! —gritaron unos chavales desde la entrada de los recreativos.
Se acercaron. Camisetas negras nuevas, brillantes. Una de ellas con las pistolas y las rosas del grupo Guns N’ Roses. Eran los repetidores. Los mismos que se reían en el patio, pero ahora no eran tres, eran cinco. La música de las máquinas se volvió un zumbido uniforme.
—Esa máquina es nuestra —dijo el líder, un rubio con el pelo a tazón y acné—. Iros a leer un libro.
Ramón se cuadró, crujiendo el cuello.
—Pues está pillada. Buscad otra.
—Venga, freaks —dijo el que llevaba una camiseta de la MTV—. Dejad a los expertos pasarse el juego.
Carlos dio un paso adelante. No era fuerte, pero tenía esa arrogancia suicida de quien se creía por encima del golpe.
—Bonita camiseta —dijo, señalando al de la camiseta de Guns N’ Roses—. Appetite for Destruction. ¿Acaso sabes lo que significa?
El chico parpadeó, sin creerse que ese chaval le estuviese contestando.
—¿Qué dices, payaso?
—Significa apetito de destrucción. Pero tú no tienes apetito ni idea de inglés. Tienes paga semanal de mamá y ropa de escaparate para parecer malo. No sabes ni quién es Axl Rose. Eres un disfraz. Un fraude.
El chico se puso rojo.
—¿De qué vas, notas?
—De que sois un chiste —sentenció Carlos—. Id a jugar al Tetris . Es más de vuestro nivel.
Era un error. Lo sabía, pero no se arrepentía. Allí no había reglas. Allí ganaba el que pegaba primero.
El primero empujó a Carlos contra la máquina de Mortal Kombat.
Ramón saltó y soltó un puñetazo que conectó en una mandíbula, pero eran cinco.
No tenían ninguna posibilidad. Fue rápido.
Sucio. Llovieron las patadas: en las espinillas y en los brazos, alzados por puro instinto.
En un descuido, un golpe en el estómago dejó a Carlos sin aire.
Ramón acabó en el suelo, protegiéndose la cabeza mientras unas botas le martilleaban las costillas.
—¡Qué coño hacéis, chavales! —gritó el encargado desde la barra—. ¡Largo de aquí o llamo a la policía!
Los chicos salieron riéndose, creyéndose dueños del mundo. Carlos se levantó escupiendo sangre. Se limpió la comisura del labio con la poca dignidad que le quedaba.
—Idiotas —murmuró—. Solo saben ir en manada.
Septiembre de 1993. Campo municipal de fútbol de La Ventilla
El sol caía sobre el campo de tierra, levantando una neblina naranja de polvo. Ramón cojeaba. Carlos ya no sangraba por el labio partido.
—Mi padre cree que estoy entrenando —dijo Ramón, sentándose en la grada de cemento—. Cuando llegue a casa, si me ve así, va a querer saber quién ha sido, y pueden pasar dos cosas: que quiera ir a buscarles para pegarles o que yo reciba otra dosis de hostias.
—No le digas nada. O dile que ha sido jugando al fútbol —dijo Carlos.
Miró el campo vacío con rabia fría.
—Ya ajustaremos cuentas nosotros. A nuestra manera.
Unos metros más abajo, en la grada, había una figura solitaria. Un chico alto, desgarbado, sentado con las rodillas pegadas al pecho. Estaba murmurando algo, repitiendo una frase que apenas se podía oír.
Carlos agudizó el oído.
— …Ph’nglui mglw’nafh Cthulhu R’lyeh wgah’nagl fhtagn…
Ramón frunció el ceño.
—¿Qué coño dice?
—Está recitando Cthulhu —susurró Carlos emocionado.
Se acercaron a él. El chico levantó la cabeza. Tenía la cara de alguien a quien la vida había golpeado antes de tiempo.
Los miró con desconfianza. Ojos oscuros, hundidos, de perro apaleado.
—¿Qué pasa? —dijo con voz grave.
—Nada —respondió Carlos—. Te hemos oído. Lovecraft, ¿no?
El chico se encogió de hombros, mientras subía sus enormes manos.
—No sé qué significa —admitió—. Solo me gusta cómo suena. Suena a antiguo. A que viene algo grande. A cambio de tiempos.
Carlos se sentó a su lado, sin miedo, aunque el chico le siguió con la mirada.
—Viene algo grande, sí.
El chico se fijó en el labio de Carlos. Luego en el ojo morado de Ramón.
—Os han dado bien, ¿eh?
—Eran cinco —saltó Ramón, a la defensiva—. Y nosotros dos.
El chico asintió. Conocía esa matemática.
—Siempre son más —afirmó—. En mi barrio, si no pegas primero, te comen. O te conviertes en ellos.
—¿Y tú qué eres? —preguntó Carlos.
Lo escaneaba sin prisa. No miraba solo músculo. Miraba el desgaste, el hambre, la paciencia peligrosa. Una fuerza a la que nadie había puesto nombre todavía.
—Yo soy Antonio —dijo el chico—. Pero aquí me llaman Toño. Y no soy nada. Solo espero.
—¿A qué?
—A que pase algo. A que reviente todo. A salir de este agujero.
Carlos sonrió, mostrando un poco de sangre entre los dientes.
—Nosotros queremos hacer algo. También queremos ser otra cosa. Crear nuestra propia historia.
Antonio le sostuvo la mirada.
—He oído hablar de eso… de inventarse juegos, ¿no? Dicen que es de frikis.
—Dicen —corrigió Carlos— que es para gente que sabe que este mundo es una mierda y decide construir otro. Aunque sea por un rato.
Antonio fijó la mirada en los bloques, en concreto en la ventana de su casa donde su padre estaría roncando, gritando o drogándose.
—Este mundo es una mierda —confirmó.
Se quedaron en silencio, mientras el polvo del campo les taponaba la nariz y se pegaba a la sangre seca.
Toño se puso de pie. Su sombra se alargaba sobre la grada, cubriéndolos.
—¿Habéis visto la cartelera? —preguntó de repente, pillándolos por sorpresa.
—Hace mucho que no voy al cine, pero no tengo ni un duro —respondió Ramón—. Además, creo que no hay nada interesante.
—Pues en el Palacio de la Prensa echan El Ejército de las Tinieblas . La tercera de Evil Dead.
Ramón se animó.
—¡Ostras! Esa dicen que es la hostia. Un tío con una motosierra en el brazo matando esqueletos.
Antonio sonrió. Una sonrisa torcida, infantil, que no encajaba con su cuerpo.
—Entonces, ¿al centro? —preguntó Carlos.
—Sí. Me gusta el centro. Aunque da mal rollo a veces.
—¿Y eso?
Antonio se rascó la nariz.
—La última vez que fui al cine, estuve en el Cine Bilbao, en Fuencarral. Fue hace unos meses.
Carlos y Ramón se callaron. Todos en Madrid conocían la historia: enero del 93. La marquesina que se vino abajo. Seis muertos.
—Estaba en la cola —dijo Antonio. Su voz se volvió plana—. Me salí a por tabaco. Y entonces… ¡Bum! Polvo, gritos. Si no llego a tener el vicio, me quedo debajo.
Se encogió de hombros y escupió al suelo.
—La muerte siempre está ahí, ¿no? Esperando un segundo de mala suerte.
Carlos se levantó. Notó una descarga en la espalda. Toño no era solo fuerte. Antonio entendía el azar y la fragilidad.
—Sí —dijo Carlos, apoyándole una mano en el hombro. El hombro era duro como piedra—. Por eso no vamos a esperar a que nos pase algo. Vamos a elegir.
Toño asintió.
—Pues vamos. Que empieza a las ocho y media. ¿Tenéis pasta?
—Yo invito —dijo Carlos, sacando la cartera del bolsillo.
—De lujo. Pero en el metro nos colamos, ¿eh? No pienso darle ni una peseta a los corruptos del gobierno.
Los tres echaron a andar hacia el metro de Plaza de Castilla. Ramón cojeaba. Carlos escupía un hilillo de sangre por la boca, y Antonio caminaba en medio, alto y silencioso, como un guardaespaldas.
Carlos no miraba atrás. Había encontrado algo mucho más valioso: alguien que no se rompía cuando lo golpeaban. Alguien que se quedaba.
No sabían aún que esa era la primera regla del juego: quedarse .