6. Nuevos métodos
A esa hora de la mañana, el portal olía a los guisos que se estaban preparando en el segundo izquierda. Inés cerró la puerta de su piso con tres vueltas de llave, un hábito que no era paranoia, sino memoria muscular.
—¡Inés! ¡Guardia! ¡Un momento, por Dios!
El señor Burrull apareció en el rellano.
Inés no tenía dudas: el hombre llevaba horas apostado tras la mirilla.
A sus sesenta y muchos años, el viudo mantenía una postura militar que ya no le correspondía y un bigote fino, perfectamente recortado, que recordaba a otras décadas menos democráticas.
Vestía una bata de boatiné y sostenía un objeto envuelto en papel de aluminio con la solemnidad de quien porta una reliquia.
Inés intentó esquivarlo, pero Burrull ya estaba bloqueando el paso con la autoridad de quien ha ganado una guerra que nadie recuerda.
—¡Inés! ¡Pare usted el carro! —le espetó, ajustándose el cinturón de la bata—. ¿Adónde va usted con esa cara de Viernes Santo? España no necesita guardias que parezcan ánimas en pena, necesita orden y fundamento.
—Señor Burrull, buenos días, llego tarde a la Comandancia…
—Usted llega cuando tiene que llegar, que para eso es la autoridad —le encasquetó un envuelto de papel de aluminio que desprendía un calor glorioso—.
Albóndigas. De las mías. Ni se le ocurra comprar esas porquerías que venden ahora en los hipermercados, que eso no es carne, es corcho.
¡Coma y detenga a alguien, que falta hace!
Inés salió al aire frío de Madrid con el olor a laurel y vino blanco de las albóndigas impregnado en la ropa. Al doblar la esquina, vio el coche oficial. Se tragó el suspiro, guardó el táper en el maletín y se preparó para cambiar las albóndigas de Burrull por el veneno de la Comandancia.
En la Comandancia, la sala de reuniones desprendía una nube tóxica que mezclaba café recalentado, colonia Varón Dandy y tabaco, mucho tabaco negro. Había mapas en la pared con chinchetas como puntos de impacto y ceniceros llenos que no se vaciaban desde hacía demasiadas madrugadas.
En la sala estaba Inés con más compañeros, entre ellos, dos capitanes.
Uno era el suyo, el que le había llamado por teléfono, su mando directo: López.
Era el jefe del grupo de nueva creación; el de la idea que aún no está escrita en ningún cartel y por eso incomoda.
El otro era el capitán jefe de la Unidad de Investigación de Madrid: Mansilla.
El que tenía gente en la calle, el que firmaba diligencias, el que había visto suficientes casos como para pensar que la teoría no detenía a nadie.
Los rangos eran un lenguaje propio, tan preciso como cualquier código penal. Inés había aprendido a descifrarlo rápido, porque en el cuerpo la paciencia siempre se mide en grados y en silencios.
Inés se sentó en una esquina, en silencio. Sabía cuál era su sitio. Lo había aprendido rápido en los últimos cuatro años. Cuando te repiten una cosa demasiadas veces, al final se te queda incrustada en la cabeza.
Sobre el regazo, Inés mantenía la carpeta de la investigación, pero era el paquete de papel de aluminio el que reclamaba su atención.
A pesar del aire viciado de la sala, el calor de las albóndigas del señor Burrull seguía traspasando la tela de su uniforme, como un recordatorio persistente de la vida normal que acababa de dejar en el rellano.
Era un contraste violento: en sus manos, las fotos frías de un cadáver; contra su cuerpo, el rastro térmico de un guiso de laurel y vino blanco.
Aquel calor era lo único real en una habitación llena de humo de tabaco negro y miradas que esperaban su primer fallo.
Su capitán abrió la reunión.
—Empecemos por lo básico —miró a todos—. El caso que nos atañe ha ocurrido en Madrid capital. El primer respondiente ha sido la Policía Nacional. Su Grupo de Homicidios ya trabaja en el terreno. Todo correcto hasta aquí.
Hubo un murmullo de aprobación. Nadie quería una guerra con la Nacional.
No solo por respeto, sino también por desgaste.
Por años de pasillos, llamadas cruzadas y egos que comían horas de trabajo.
Inés había aprendido que la mitad de los conflictos se perdían antes de empezar, en el ego de los uniformes.
El capitán Mansilla asintió y añadió, con voz práctica:
—La Nacional ha levantado lo urgente: perímetro, primeras declaraciones, primera inspección.
Pero la jueza de instrucción ha pedido apoyo específico.
Y lo ha pedido por escrito. Entiendo que la nueva Sección de Investigación del Comportamiento Delictivo (SICD) tiene buenos padrinos —lo dijo como se menciona a un recién llegado en una casa vieja: con curiosidad y desconfianza.
Levantó un papel. Un folio oficial, con el sello del Ministerio de Justicia arriba. La ley convertida en permiso.
—Aquí tenéis. Diligencias delegadas a la Guardia Civil. Asignadas a esta Unidad Orgánica de Policía Judicial en Madrid, con el apoyo del SICD para el análisis conductual. También indica que tendremos que coordinarnos con la Policía Nacional.
Alguien al fondo soltó una frase que resumía el ambiente:
—O sea, que nos dejan entrar, pero sin pisar lo fregado.
El capitán de Madrid lo miró sin humor.
—Nos dejan entrar a trabajar. Que es distinto. Y nos dejan entrar porque si esto tiene conexión con violencia organizada o tipológica delictiva, la jueza quiere un hilo único y no cinco equipos tirando cada uno de su cuerda.
El capitán López tomó la palabra, y lo hizo con cuidado, como quien coloca dinamita sobre la mesa sin que nadie grite:
—La prensa ya lo ha bautizado. Ya lo ha explicado. Ya ha elegido monstruo —hizo una pausa—. Y cuando la prensa elige monstruo, la calle suele ponerle cara a alguien que le conviene.
Se oyó un carraspeo. Un sargento con manos grandes y cara de haber fumado toda su vida no disimulaba el fastidio.
—Mi capitán, con todos los respetos, aquí lo que hace falta es ir a por los del barrio y apretar. Si esto huele a skins, se tira de skins. Y se acabó. Tengo varios informantes fiables por esos barrios. Si me dan un par de días, terminamos con este tema rápido.
El capitán no respondió enseguida; solo levantó la vista y el aire de la sala bajó un grado.
—Sargento Parrondo, lo que usted llama «se acabó» es a veces «acabamos con un inocente en el calabozo y un culpable riéndose». Y eso, además, con una jueza mirando, no nos lo podemos permitir.
Parrondo sostuvo la mirada; la mandíbula fue la única parte del cuerpo que se movió.
—Con su permiso, mi capitán —replicó—, pero la calle solo habla el idioma de la calle.
—Por eso vamos a mezclar calle y método —miró a Parrondo durante un largo segundo—.
Y antes de que empiecen los chistes —continuó—, que quede claro lo que venimos a hacer.
El análisis conductual no es una bola de cristal.
No sustituye pruebas. No es para señalar a nadie porque encaja.
Es una herramienta de apoyo: para ordenar hipótesis, priorizar líneas, afinar preguntas y evitar perderse.
Inés notó cómo se le secaba la boca. Hablar de método delante de Parrondo era como explicar matemáticas a un toro.
—¿Y esta guardia es la que va a hacer todo eso?
—dijo mirando a Inés—. Que quede claro que yo soy sargento y existe una cadena jerárquica.
Yo tengo el culo pelao de mis años en el norte.
No se necesitan universitarios para resolver crímenes, y menos mujeres que llevan solo unos años en la empresa. ¿Cuánto llevas? ¿Dos? ¿Tres años?
Al decir guardia , se notó el roce. Pero lo que más pesaba era su sexo.
Una mujer joven en una silla, con el uniforme impecable pero sin galones, mientras los demás miraban como si se hubiera sentado en el sitio equivocado.
El Cuerpo llevaba desde 1989 abierto a las mujeres.
Algunos compañeros seguían sin enterarse.
Inés no se inmutó. Abrió la carpeta que le habían pasado.
Las fotos estaban boca abajo; las giró una a una, despacio.
—Con su permiso, mi sargento, lo que haremos será trabajar con lo que hay: escena, victimología, cronología, comportamiento.
El modus operandi , seguro, pero también lo que no es modus operandi .
Lo que es firma. Lo que es necesidad. Lo que es improvisación.
Y lo que es teatro. Queremos elaborar un perfil criminal.
Inés no buscaba sangre, pelos o huellas dactilares. Buscaba leer un gesto, descifrar una conducta que ayudase a encontrar al asesino.
Un teniente carraspeó.
—¿Y todo esto de dónde sale? —preguntó, mitad curiosidad, mitad recelo—. Quiero decir, lo de perfilado criminal y demás.
El capitán se adelantó a Inés y respondió sin perder la calma.
—En Estados Unidos lo llaman así desde los setenta.
El FBI empezó a estudiar la conducta de asesinos violentos y a comparar escenas, víctimas y patrones.
No por romanticismo, sino por método. Aquí no somos el FBI, y Madrid no es Quantico.
Pero el principio es el mismo: si alguien mata, deja rastro… aunque crea que solo deja sangre.
Hubo una pausa. Inés aprovechó para ir al grano.
—¿Se llevaron algo los asaltantes? ¿Robo? —preguntó con seguridad.
Un cabo joven respondió antes que nadie, rápido. Parecía aliviado por poder aportar algo concreto.
—No, que sepamos de momento. El dinero estaba intacto en su chaqueta. Y eran sesenta mil pesetas.
Inés asintió.
—¿Insultos? ¿Hay testigos que oyeron algo?
—Nada. Silencio absoluto.
—Ahora mismo tenemos quietud y ausencia de robo. No encaja con una agresión impulsiva, de calle —hizo una pausa—. ¿Puede encajar con un ataque de odio? Sí. Pero la forma importa. La forma es conducta.
Parrondo soltó aire por la nariz como un toro a punto de embestir.
—Eso es hablar como un manual. Ni siquiera hemos visto la escena del crimen y ya tiene hipótesis al respecto. Cuidado, niña, no vayas tan rápido, y deja que hablen primero los mandos y los que saben de esto.
Inés sintió el pinchazo. Ese era el veneno que ya conocía. Anotó su tono; sonaba igual que en los informes sobre torturadores.
Su capitán intervino antes de que la cosa fuera a más .
—Sargento, estamos aquí para ayudar, no lo olvide —se dirigió hacia la guardia—. Inés, ¿puedes ser más clara?
Inés cambió el tono, sin cambiar el contenido. La sala olía a desconfianza. Respiró hondo y habló.
—Vale —inclinó la cabeza hacia adelante—, se lo digo en idioma de la calle: si esto fuera una bronca, habría ruido.
Si esto fuera un ajuste, habría motivo y huida rápida.
Aquí hay tiempo, hay control y hay un esfuerzo por mover el cuerpo detrás, para que tarden en verlo.
Eso no es « me calenté ». Eso es « lo pensé ».
La sala se quedó pensativa.
Parrondo la miró con algo que no era respeto, pero tampoco desprecio. Se trataba de evaluación. Esta chiquilla le recordaba a alguien, pero todavía no lograba situarla.
El capitán de Investigación cerró la discusión con un pequeño golpe en la mesa.
—Vamos a centrarnos. Así queda el grupo —señaló—. Parrondo, usted lleva la dirección operativa. Cabo Bruno, enlace y apoyo. Y la guardia Baquero va adscrita al equipo para lectura conductual de escena y construcción de hipótesis. Todo bajo la supervisión del capitán del SICD y la mía, por supuesto.
Inés vio cómo Bruno enderezaba la espalda. Era relativamente joven, como ella, aunque debía de llevar bastantes más años en el cuerpo. Su cara y la forma de decir «a la orden» delataban una fe peligrosa. La fe de quien cree que el mundo todavía es recto.
—A la orden, mi capitán.
Parrondo, sin moverse, contestó también.
—A la orden.
Inés notó el pulso en la garganta y añadió, correcta.
—A la orden, mi capitán.
El capitán López se acercó a la carpeta y señaló un punto con el bolígrafo.
—Una cosa más —miró a todos—. La juez ha comprado el proyecto porque no es cazar skins . Es entender si hay una tipología, si hay fantasía ensayada, si hay escalada. Y si la hay, esto no termina con un detenido. Esto termina cuando se corta el patrón.
Parrondo levantó una ceja.
—¿Y si no hay ningún patrón?
Mansilla contestó por él.
—Entonces habremos trabajado igual, y habremos evitado un error. Y eso, señores, también es investigar.
Todos se levantaron de sus sillas.
En el pasillo, Bruno alcanzó a Inés con paso rápido.
—Guardia Baquero. Como le han dicho ahí dentro, soy el cabo Bruno Galván —miró hacia el pasillo por donde se veía a Parrondo—. No se lo tome a pecho. Es de piedra. Pero trabaja bien. Dele una oportunidad.
Inés lo observó un instante. Tenía cara de sueño, pero también de ganas, de los que aún no se han convertido en piedra.
—Encantada, cabo. Y a la orden. Espero que la oportunidad me la dé él a mí.
Inés miró al final del pasillo. Parrondo caminaba ya hacia la salida con esa seguridad de quien se sabe en su terreno.
—Parrondo ve cosas que yo no veo —afirmó—. Y yo voy a intentar que él vea cosas que no quiere ver.
Bruno soltó una risa breve, nerviosa.
—Esto va a ser divertido. Yo… —Bruno se rascó la nuca—. No he trabajado nunca con esto del perfilado.
Inés, mientras sostenía la carpeta contra el pecho como un escudo, se dirigió hacia Bruno.
—No es magia, mi cabo. Es leer la escena. Darle forma de frase. Y preguntarse quién la escribió.
Bruno asintió con la cabeza, despacio, mientras salían a la calle.
Inés apretó la carpeta de documentación. En la portada, alguien había escrito con bolígrafo un nombre después del término Víctima: CRISTÓBAL.
De repente recordó el nombre de su padre grabado en la piedra.
Los nombres pesaban igual. Solo cambiaba el tiempo que el cerebro tardaba en olvidarlos.
Ella no pensaba olvidarlo. Ni a Cristóbal ni a su padre.
Bruno caminó hacia su coche, un Ford Escort rojo que acumulaba el polvo de la semana. Se sentó al volante, pero no arrancó. El frío del habitáculo le pareció un refugio necesario tras el aire viciado de la Comandancia.
Abrió la guantera.
Entre una linterna de petaca y un callejero de Madrid sobado por el uso, buscó al fondo hasta que sus dedos tocaron un plástico crujiente.
Sacó una piruleta. El envoltorio rojo estaba mate, desgastado por los años de rozar contra el metal de la guantera.
No se la comió. Solo la sostuvo frente a sus ojos, bloqueando la luz de la farola.
Hacía tres años que esa piruleta no debería estar allí. Tres años desde que el azúcar se convirtió en una piedra de culpa. La había comprado para dársela al niño cuando este apareciera. Nunca llegó a hacerlo.
—Esta vez no, Javi —susurró para nadie.
Guardó el caramelo, cerró la guantera de un golpe y arrancó el motor. El coche tosió una nube de humo negro antes de enfilar la salida.