Estirpes 7. La camisa blanca
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7. La camisa blanca

«Clasificación: HUECOS. Organismos biológicos que han perdido la voluntad. Son cáscaras vacías que consumen recursos y oxígeno. Su existencia es un error de cálculo en el sistema que debe ser, eventualmente, corregido».

—Estirpes. Bestiario

El Bernabéu no era un estadio para Ramón. Era una boca inmensa que respiraba, gritaba y tragaba el aire de Madrid hasta volverlo un solo rugido.

A cada paso, el rumor crecía: cláxones, radios encendidas y gritos que se mezclaban con el olor a combustible y a castañas asadas de un puesto ambulante.

Su hermano lo llevaba por la Castellana como si Madrid fuera suyo.

Ramón intentaba seguirle el paso con sus zapatillas viejas y con el corazón latiéndole fuerte por la emoción y por el miedo.

Todo era nuevo para él: vendedores de bufandas y banderas, humo de bengalas, cánticos que Ramón no entendía del todo. Era abrumador y emocionante.

Su hermano estaba en su elemento. Aquí sí sonreía con los dientes, no con los labios apretados de siempre.

—Míralo, enano —dijo, señalando la mole blanca—. Aquí se viene a ser alguien. Somos un ejército. ¡El ejército blanco!

Ramón miró hacia arriba y sintió la grandeza de aquello. Parecía que le daba permiso para existir.

Al pie de una de las torres del estadio, un hombre vendía camisetas falsas. Nombres en la espalda. Números torcidos. Blanqueo de promesas baratas en algodón.

El hermano se agachó, rebuscando entre los montones.

—Toma —dijo, y le lanzó una camiseta blanca.

Ramón la atrapó.

En la espalda, un nombre: ALFONSO.

Ramón lo leyó dos veces, confirmando que no tenía ni idea de quién era. Conocía el nombre de algunos jugadores de oírlos por la radio o leerlos en los periódicos, pero de este no había oído hablar nunca.

—¿Quién es?

El hermano se rio.

—Un chaval nuevo. Uno que juega con el balón pegado con superglú —bajó la voz, conspirativo, orgulloso de su propia idea—. Ya verás: hoy marca un par de goles.

Ramón se puso la camiseta por encima de la suya. Le quedaba un poco grande, pero le daba igual. El algodón blanco era como una armadura.

El hermano le revolvió el pelo. La única caricia que se permitía.

—Joder, ahora sí pareces un soldado de los nuestros.

De los nuestros . La frase le entró a Ramón como la primera droga.

Entraron en el estadio. El ruido se convirtió en un rugido animal. Todos de pie. Las gradas vibraban. La luz era distinta, más limpia. Allí dentro no existía la noche.

El hermano le fue señalando cosas: el sector donde se cantaba más, donde se sentaba la gente con pasta y donde se aprendía a apretar los dientes. Ramón lo absorbía todo con una sed nueva. Quería aprender. Quería, por encima de todo, que su hermano lo mirase con orgullo.

El fútbol era lo de menos; lo que valía era el ritual.

Pero al terminar el partido, al salir del estadio, cuando la masa se derramaba por las calles, el ritual tendía a torcerse.

Alguien gritó algo. Un insulto que no se entendía del todo, pero que se intuía lo suficiente.

Las palabras «Forza Depor», «merengues hijos de puta» y «ladrones» se mezclaban.

Risas. Respuestas. Una litrona que volaba por los aires.

El hermano de Ramón se detuvo. Sus hombros se tensaron, oliendo la sangre antes de verla.

—Si nos liamos, tú te quedas detrás —dijo, sin mirarle—. Siempre detrás. Todavía no estás listo.

Ramón asintió, sintiendo el corazón martilleando en la base del cuello.

El cielo de Madrid se llenó del humo de las bengalas recién encendidas.

El olor era un filo metálico y acre que raspaba la lengua, mezcla de azufre y polvo caliente.

Se oían sirenas a lo lejos. Cánticos que ya no eran canciones de animación, sino amenazas disfrazadas de coro.

Un grupo apareció en la esquina: caras duras, bufandas azules.

Hubo un empujón. Una última provocación. Y comenzó la fiesta.

La masa se fracturó en dos bandos: las camisetas blancas que habían decidido que hoy tocaba guerra y los que, simplemente, no querían líos.

Ramón intentó retroceder para fundirse con los segundos, pero ya era tarde; una mano anónima lo agarró de la sudadera y lo zarandeó.

No sabía quién era el agresor ni tenía importancia.

El pánico le subió por la garganta como un animal acorralado.

Buscó a su hermano con la mirada y lo vio avanzando hacia el núcleo de la pelea, metiéndose a cada paso más dentro de la boca del lobo.

Rubén derribó a dos tipos de un empujón antes de girarse hacia él.

Le señaló con un dedo furioso, con los ojos inyectados en una rabia que Ramón no reconoció:

—¡Atrás!

Ramón intentó obedecer. Pero alguien cayó sobre él arrastrándolo contra el asfalto.

Ramón sintió un golpe en la nuca. Las luces le estallaron delante de los ojos y dejó de ver con claridad.

Oyó el rugido de su hermano. Escuchó que se referían a él, pero no por su nombre, sino por su apodo. Fue un grito ahogado: « ¡Enano! »

Y ese apodo era amor, era orden, era su mundo.

Ramón se incorporó a medias. Vio a su hermano a tres metros, peleando con dos a la vez.

Tenía la cara contraída, los dientes apretados.

Le contempló como lo había visto siempre: indestructible.

Con esa solidez de quien nunca había perdido nada importante.

Y entonces vio el momento exacto en que dejaba de serlo. No hubo cámara lenta. No hubo música heroica. Había un empujón. Otro. Un destello breve entre dos cuerpos. Algo metálico que Ramón ni siquiera identificó como un cuchillo.

El hermano dio un paso atrás, incrédulo, más sorprendido que dolorido. Se llevó la mano al costado y la vio manchada de rojo. Por primera vez, el hermano de Ramón parecía un chico de su edad. No un ídolo. Solo un chico que acababa de descubrir que sangraba como todos los demás.

Los ojos de Rubén buscaban a Ramón en medio del caos. Lo encontró rápido, y en esa mirada había algo que Ramón no había visto nunca: miedo.

Rubén levantó la mano. No hacia la herida.

Hacia él.

El mismo gesto de antes.

Atrás.

El hermano intentó decir algo. Abrió la boca, pero la voz no le salía. A dos metros, un vendedor seguía recogiendo bufandas del suelo. Rápido. Antes de que llegara la policía.

Se le doblaron las rodillas y cayó. Se quedó clavado mientras la pelea seguía alrededor. Al mundo no le importaba que acabara de romperse otra familia. Se seguían oyendo gritos, pisadas, sirenas que se acercaban.

La neblina de las bengalas lo envolvía todo, pero Ramón solo veía de forma nítida el cuerpo de su hermano en el suelo, bajo una luz amarilla sucia mezclada con el humo de las bengalas, con la bufanda torcida y una boca entreabierta en la que el aire ya no quería entrar.

Esperó a que se levantara. Esperó porque Rubén siempre se levantaba.

Porque Rubén era Rubén.

Porque los hermanos mayores no se morían.

Porque eso no pasaba. Pero Rubén no se levantó.

El mundo se volvió un lugar estrecho, asfixiante y helado, y entonces Ramón lo tuvo claro. No solo entendió que los ídolos morían; sintió cómo la muerte le entraba a él también por la boca, obligándole a tragar el silencio para siempre.

La camiseta blanca se le pegó a la piel por el sudor. En la espalda, el nombre del canterano parecía arder, desvanecerse como una promesa que llegaba tarde. Un nombre de futuro sobre un cadáver reciente.

Su hermano no vería un nuevo día. No cumpliría la promesa que le había hecho a su madre: hoy no llegaría a casa, por lo menos con vida.