Estirpes 8. La voz cantante
19%

8. La voz cantante

En el asiento del copiloto, Bruno Galván miraba Madrid por la ventanilla, intentando descifrar un plano de la ciudad arrugado.

El coche avanzaba entre fachadas de ladrillo ennegrecido, con antenas de televisión que asomaban como huesos torcidos en los tejados.

En los bajos, una hilera de tiendas viejas y nuevas convivía a empujones: un videoclub con carteles de películas de Van Damme y Meg Ryan, una mercería que seguía oliendo a naftalina, un ultramarinos donde el dueño fumaba apoyado en la puerta, y un bar con la persiana medio bajada y con un cartel de Mahou comido por el sol.

Los portales se sucedían como bocas oscuras: mármoles gastados, buzones abollados, timbres que no funcionaban, grafitis recién pintados sobre placas con números dorados.

Bruno seguía concentrado en el plano. Madrid se le hacía un mundo, aunque los semáforos parecían durar menos que de costumbre.

Cuando vas camino a ver a un muerto, los tiempos no siguen el mismo patrón.

Detrás, Inés iba recta, con la carpeta apoyada sobre las rodillas.

No miraba a Parrondo. No por miedo, sino por cálculo.

Había aprendido que ciertas conversaciones empezaban con una palabra y terminaban con una herida.

Con algunos jefes, el contacto visual era una invitación al ataque, y no era el momento de discutir.

Parrondo tensó la cara.

—Esto es lo que escuchan ahora… —murmuró—. Esa música es una falta de respeto en sí misma.

Le dio un golpe al botón de apagado. El silencio cayó dentro del habitáculo como una losa, solo roto por el runrún asmático del motor diésel del Peugeot.

Parrondo aguantó unos segundos antes de meter la mano en la guantera, sacó una cinta ya gastada y la encajó con un chasquido.

La cabina se llenó del siseo previo de la cinta.

Sonó una voz grave, española, de estribillo conocido.

Podía ser Perales o Manolo Escobar. Daba igual.

Esta música sí era la suya. Nadie le iba a discutir qué música poner en su coche.

La cinta duró poco. Parrondo volvió a tocar el dial buscando emisoras generalistas de información, algo que no sonara a juventud. Y la radio le correspondió: un boletín de noticias de actualidad.

…Luis Roldán continúa en paradero desconocido… la Guardia Civil…

Parrondo soltó un bufido y cortó en seco la radio. Negaba con la cabeza y las caladas al cigarro eran cada vez más rápidas.

—Todo se va a la mierda —masculló—. Este país es un circo. Y mira que Roldán ha sido un buen director para nosotros.

Nadie replicó.

El coche subía por la Castellana. Bruno sintió ese vértigo de avenida interminable, de carriles que se abrían como abanicos, de coches que no cedían el paso ni por asomo.

A los lados, hoteles de cristal, bancos con rótulos dorados y antiguas sedes ministeriales se sucedían como piezas de un decorado que no terminaba de modernizarse.

Poco a poco, la ciudad se ensanchaba y al fondo asomaba Plaza de Castilla, con el monolito de Calvo Sotelo en el centro.

Las dos torres inclinadas aparecían a lo lejos, a medio hacer, con grúas inmóviles y cristales que aún no estaban donde debían. Un esqueleto elegante mirando la ciudad desde arriba con prepotencia. Había una ciudad que quería parecer moderna y otra que no tenía tiempo para disfrazarse.

Parrondo no las señaló, pero se notaba que las había visto mil veces.

—Dicen que esto va a ser la entrada de Europa —añadió, sin apartar la vista de la carretera—. Más bien será la entrada a la corrupción.

Hizo una mueca.

—El Viejo Profesor decía al loro . Pues al loro, sí. Que aquí lo único que entra es el lío.

Bruno sonrió por dentro. Inés no.

Parrondo dio una calada, esta vez más profunda. El humo se quedó pegado al techo. Luego giró la cabeza hacia Inés, escrutándola de perfil. La ciudad era una excusa. Lo que quería en realidad era medirla.

—Tu apellido —dijo—. Baquero.

Inés se tensó. Notó el cambio en el cuerpo, automático, como un músculo que se defiende solo: un acto reflejo.

—Sí, mi sargento.

—Hice el curso de Información con un Baquero. En el setenta y… —frunció el ceño, tirando de memoria—. Un tío duro. De los que no necesitaban manuales para saber quién mentía.

La frase cayó sin intención aparente, pero hizo daño igual.

Inés apretó los dientes.

—Era mi padre.

—Un tipo legal, Manolo. De los de antes. De los que sabían que la verdad se saca pisando la calle, no leyendo libritos.

Inés apretó la carpeta contra las rodillas.

—Pisaba tanto la calle que al final le estalló debajo —dijo ella. Fue un susurro, pero Parrondo lo oyó. Mantuvo la vista fija en la carretera, agarrando el volante con fuerza, pero Inés vio cómo el tendón de su mandíbula se tensaba bajo la piel curtida.

—Fue una época jodida, niña. Los del norte tiraban a matar. Una pena. Se perdió a un buen guardia civil.

«Tiraban a matar», pensó Inés. Esa era la versión oficial.

Atentado con bomba lapa. Un comando itinerante.

Caso cerrado. Pero su padre revisaba los bajos del coche cada mañana.

Lo hacía religiosamente, con un espejo atado a un palo de escoba.

Inés lo veía desde la ventana de la cocina antes de ir al colegio.

Manolo Baquero no era un hombre que se olvidara de mirar.

A menos que alguien le hubiera dicho que ese día no hacía falta mirar.

O a menos que quien pusiera la bomba llevara el mismo uniforme que él, al menos por fuera del cuerpo.

Inés sacudió la cabeza, intentando que el olor a Ducados de Parrondo no se mezclara con el olor a caucho quemado que aún guardaba su memoria.

Parrondo cambió de carril y de tono; se estaban acercando a su destino. A partir de este momento, la nostalgia se iba fuera. El orden tomaba el mando.

—Escuchadme bien. Cuando lleguemos, la Policía Nacional va a estar allí como dueña de la escena. Es su demarcación —hizo un gesto corto con la mano, como cortando el aire—. Pero nosotros entramos por comisión. Y con la Policía, el que habla soy yo.

Bruno asintió sin titubeos, serio.

Parrondo clavó entonces los ojos en Inés a través del retrovisor.

—Y tú… nada de palabritas. Nada de perfilado, ni firma, ni conducta, ni historias psicológicas de los americanos. No quiero que esos se rían. Si se ríen de ti, se ríen de mí. Esas cosas no se dicen en alto, las lavamos en casa.

—Entendido, mi sargento —dijo—. Nada de libritos.

A Inés se le encogió el estómago. Lo que le pedía no era prudencia; era que se abstuviera, que se borrara.

Tenía que mirar y analizar, pero con la boca bien cerrada.

En resumen, que fuera un adorno. Apretó la carpeta, otra vez, hasta que los dedos se le pusieron blancos.

Quería contestar. Quería decirle que el método de su padre dejaba la mitad de los casos sin resolver. Pero se calló.

Parrondo parecía satisfecho. Había ajustado el primer tornillo.

—Bien. Pues vamos a ver al muerto.

El coche bajó hacia el este. A lo lejos, el rumor de la M-30 sonaba constante, como un animal enorme que nunca duerme.

A los lados, Bruno vio obras, zanjas, vallas torcidas, carteles de desvío que parecían permanentes.

Madrid siempre estaba en construcción, incluso cuando lo que intentaba era enterrar sus propios secretos bajo una capa de hormigón fresco.

Y todo madrileño lo sabía: si te saltabas una salida de la M-30, estabas perdido mucho antes de volver a encontrar el camino.

Parrondo se concentró en el tráfico. El capitán le pedía novedades por transmisiones. Bruno aprovechó ese instante —un cambio de marcha, una mirada al retrovisor— y se inclinó hacia atrás, bajando la voz para que no llegara al asiento del conductor.

—Oye —susurró—. Lo de mirar la escena como comportamiento… a mí me parece muy interesante. ¿Me recomiendas algún libro? Para empezar, quiero decir.

Inés lo miró de reojo. Le sorprendía la pregunta, quizá porque era la primera vez que no venía envuelta en desconfianza.

— Whoever Fights Monsters —respondió igual de bajo—. Ressler. Está en inglés. Y si quieres algo más técnico, Sexual Homicide. Es duro, pero enseña a mirar sin inventarte nada.

—¿No tienen la versión en francés? —dijo Bruno mientras asentía con un entusiasmo contenido. Le acababan de dar una herramienta que no sabía que existía.

Parrondo no se giró. Pero su mano apretó el cambio de marchas un segundo más de lo necesario.

—Estamos a punto de llegar. Dejaos de cháchara. Al loro y sin hablar —dijo, a la vez que soltaba un bufido por la nariz.

El coche comenzó a serpentear por las calles estrechas que bajaban hacia el este.

Al pasar por una esquina, el Peugeot dejó atrás una pequeña estación de servicio de barrio.

Apenas dos surtidores antiguos bajo una marquesina de cemento desconchado.

Un empleado con un mono azul grasiento limpiaba el suelo con una manguera, lanzando un chorro de agua que arrastraba el brillo irisado del combustible.

Bruno clavó la vista en el retrovisor lateral.

No veía la calle. Veía mayo de 1991. El sol de la carretera de Extremadura pegando fuerte sobre el asfalto. El olor dulce del azúcar de las máquinas de chucherías mezclado con el hedor acre del gasoil. Y un niño desaparecido en la gasolinera: Javier Betancur, hijo de un afamado médico madrileño.

La estación de servicio pertenecía a Eusebio Cabrera, que además la atendía personalmente: un currante con un pasado reciente jodido.

Recordó la mano de Eusebio sobre su hombro, dándole un apretón de solidaridad mientras los perros de la Guardia Civil ladraban al aire, incapaces de detectar el rastro de Javi.

Bruno recordaba cómo Eusebio invitaba a café a todos los guardias implicados en la investigación, les facilitaba el acceso a las cámaras y les informaba de un coche de color blanco y una matrícula parcial.

Habían buscado ese coche blanco. Un coche fantasma que nunca apareció. El caso se fue convirtiendo en un laberinto sin salida. A los cuatro meses, a pesar de las influencias del doctor, lo tuvieron que archivar por falta de pruebas.

—Cabo, ¿estás despierto o qué? —la voz de Parrondo estalló como un petardo dentro del coche.

Bruno parpadeó. La gasolinera de barrio ya se había quedado atrás, perdida en el laberinto de Madrid.

Sus manos temblaron levemente sobre las rodillas.

Se fijó en la nuca de Parrondo y luego en el perfil de Inés.

Ella hablaba de « método » y « conducta ».

Eran sus fórmulas mágicas. Las pronunciaba con la fe ciega de quien espera un milagro.

Él sabía que eran mucho más que eso. Eran la diferencia entre ver al asesino a los ojos o darle los buenos días mientras terminaba el trabajo.

—A la orden, mi sargento —contestó Bruno, recuperando el tono seco—. Estaba calculando el perímetro.

Mintió. En realidad, estaba calculando cuántas veces más su propio instinto le iba a traicionar antes de que terminara el día.