Estirpes 9. Dossier Baquero. Pieza II
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9. Dossier Baquero. Pieza II

(Material reservado. Notas de vigilancia y reconstrucción narrativa.)

La matrícula que Manolo apuntó aquella noche no vivía en un papel, vivía en el bolsillo interior de su cazadora, rozándole el pecho como una astilla.

Dos días después, cuando la introdujo en la máquina de escribir del despacho —sin mirar alrededor, sin preguntar a nadie—, no la metió como una prueba. De momento, la escribió por pura curiosidad. El mismo gesto de quien entorna una puerta solo para comprobar si queda luz dentro.

En el servicio de Información nadie preguntaba por qué. Se trabajaba por capas. Por silencios. Por motes.

—¿Qué llevas, Lobo? —le soltó uno al pasar, sin frenar, con un cigarro en la boca. La clásica muletilla. Un saludo. Manolo no respondió, no hacía falta. Sonrió apenas.

Los datos que salían de la ficha eran abundantes.

Eso era lo peor. Nombre de la sociedad: Inversiones Valcázar S.L.

Administrador único: un hombre de paja que cambiaba cada año.

Domicilio social: calle Serrano, 80. Teléfonos que siempre comunicaban.

Todo olía a legalidad. Y precisamente ese era el olor que más mentía, porque Manolo sabía que Serrano 80 no era una oficina cualquiera; era el corazón del patrimonio de los Valdés.

A la tercera noche, Manolo no aguantó más y decidió hacerlo a su manera: calle, coche, paciencia.

Cogió el vehículo sin distintivos con placas dobladas.

Lo mejor era aplicar la costumbre. Si te siguen, que sigan un fantasma.

Una baliza del tamaño de una caja de cerillas esperaba en el bolsillo del copiloto, envuelta en cinta aislante.

En un principio lo iba a hacer solo, pero eran muchas zonas, muchas salidas, muchos ángulos; necesitaba otro operador y Culebra era su compañero más fiable.

El punto de encuentro era una gasolinera abierta veinticuatro horas. De esas en las que todo el mundo ve pero nadie mira. Allí se cruzaban dos turismos. Dos miradas. Un gesto mínimo con la mano.

—Culebra entra por delante —murmuró Manolo, acercando la boca a la radio.

—Recibido, Lobo —respondió la voz de Culebra. Sonaba metálica, tensa—. Pero ten cuidado. He dado una vuelta a la manzana. Ese edificio huele a podrido. Cuidado con las contravigilancias.

No había teléfonos. No había mensajes. Solo voces cortas y un mapa mental de calles memorizadas.

La ciudad, de noche, era un tablero sin fichas marcadas, solo sombras en movimiento.

Y Pintor Rosales era el escondite perfecto.

El número 40 se encontraba a mitad de la calle y enfrente solo había pinos y cedros, que no tenían pinta de hacer muchas preguntas.

El sedán oscuro apareció a las 23:45 h. Puntual como un reloj suizo.

Lo siguieron sin pegarse. Lo bastante cerca para no perderlo; lo bastante lejos para que pareciera casualidad.

Dos giros, tres semáforos, un túnel con eco.

Luego el coche frenó frente a un edificio que no presumía: fachada de piedra sucia, cortinas pesadas, un portero con manos grandes y cara de no haber sonreído en años.

Encima del acceso no había ningún rótulo.

Pero había cola. No de gente, sino de coches.

Manolo aparcó a media manzana, donde la luz de la farola no llegaba bien.

Bajó un poco el cristal. El frío entraba como una cuchilla.

En el aire flotaba un olor mezclado: tabaco fuerte, colonia cara, motor caliente.

Vio entrar hombres bien vestidos. Abrigos impecables.

Bufandas de lana buena. Zapatos que no conocían el barro.

Y el contraste le hacía daño por dentro: esos hombres pisaban una acera manchada de grasa y orín como si sus suelas fueran inmunes a la suciedad del mundo.

Había un tipo con cara de boxeador que solo abría puertas.

No hablaba con nadie, solo mascullaba códigos frente a un transmisor que parecía ridículamente pequeño en sus manos agrietadas.

La puerta principal engullía a los supuestos caballeros.

La puerta de servicio —dos metros a la izquierda, junto a los cubos de basura— devoraba todo lo demás.

Manolo esperaba. El objetivo apareció a las 01:00 h.

No llegaba en un coche oficial y no llevaba escolta visible.

Llegaba como llegan los intocables cuando creen que nadie está mirando: caminando despacio y sin levantar la cabeza.

El suelo parecía inclinarse para recibirlo.

Manolo no lo reconoció por la cara. Lo reconoció por el ademán.

El hombre se detuvo un instante antes de entrar y se ajustó el puño de la camisa con un movimiento exacto, casi teatral.

Un gesto de toga sin toga. De los que firmaban sentencias con el mismo cuidado con el que se ajustan la chaqueta.

—Contacto visual —susurró Manolo—. Es el magistrado Echeverría.

Hubo un silencio espeso en la radio. Manolo tardó un segundo en reconocerlo. No porque dudara de la cara, sino porque nunca imaginó verla allí.

—¿El juez? —la voz de Culebra tembló—. Lobo, cortemos esto, vayámonos. Si el juez está ahí dentro, nosotros somos los delincuentes por mirar.

Manolo lo había visto mil veces. En fotos de periódico.

En crónicas judiciales. Era el juez que instruía los casos más delicados de la Audiencia.

El que pedía rigor moral en las entrevistas.

El juez no entraba por el acceso principal.

Entraba por la de servicio, la de la basura.

Entraba en el dominio de los Valdés con la soltura de quien acude a realizar un trabajo rutinario.

—No nos vamos, Culebra. Mantén posición.

—Esto es un error, Lobo. Un error que nos va a salir muy caro.

A Manolo le asaltó el impulso de moverse, de hacer algo, de corregir la realidad.

Pero no se movió. Se quedó quieto dentro del coche, porque moverse en ese momento significaba delatarse.

Y porque entendía que lo importante no era el juez entrando.

Lo importante era que nadie lo detenía. En la puerta de servicio, el portero seguía sin preguntar.

Solo abría puertas. Los conocía a todos lo suficiente como para saber que allí dentro el nombre de la ley no servía para nada.

Veinte minutos después, una chica salió por esa misma puerta con un abrigo prestado que le quedaba grande.

No lloraba. Eso también era lo peor. Aquella mirada le atravesaba el cuerpo a Manolo sin verlo.

Tenía los ojos vacíos, vidriosos. Ojos de muñeca rota.

De juguete usado que ya no era novedad. De alguien que ya no creía en nada.

Caminaba sin peso propio. Detrás, un hombre le apoyaba la mano en la nuca, suave, guiándola.

Se asemejaba al movimiento de un objeto frágil de una estantería a otra.

La chica subió a un coche distinto. No al sedán.

A otro. Manolo apuntó la matrícula y también la hora y el color.

Y cuando iba a apuntar «chica» en la libreta, la palabra le pareció indecente.

La tachó y escribió: «sujeto femenino». Se odiaba por hacerlo, pero lo hizo, porque en su oficio la humanidad era un riesgo.

El sedán oscuro no se movió hasta las 02:35 h.

Salió de nuevo por la puerta lateral, como si allí dentro no hubiera pasado nada.

Se detuvo unos segundos. El chófer bajó, abrió la puerta trasera y entró un hombre.

No era el político importante. Era otro hombre más joven, con la cara limpia y un maletín pequeño en su mano derecha.

Lo que Manolo alcanzó a ver, solo un segundo, hizo que el ácido del estómago le subiese por la garganta.

En el maletín había carpetas transparentes. Y dentro, fotos del tipo carné. Copias de pasaportes. Hojas con sellos. Papeles con el encabezado de una oficina que Manolo reconocía sin leerlo entero: Brigada de Extranjería.

Un mundo entero comprimido en papeles. Visados.

Identidades. Personas convertidas en trámite.

Trata de blancas legalizada con un sello oficial.

La puerta se cerró y el sedán arrancó. Manolo se quedó un segundo mirando sus propias manos sobre el volante; sentía un hormigueo extraño: la distancia insalvable que da la sospecha de que ya no le pertenecían.

—Están moviendo papeles de Extranjería, Culebra —dijo Manolo al micrófono—. Legalizan a las chicas a cambio de lo que pasa ahí dentro.

Por la radio, se oyó el chasquido de un mechero. Culebra estaba fumando. Nervioso.

—Lobo, nos han visto los de seguridad —mintió Culebra, o quizás exageraba—. Veo luces. Vámonos. No es seguro continuar.

Manolo respiró por la nariz, despacio. Miró el edificio silencioso.

—Seguimos —añadió, sin querer, casi en un susurro que no debería salir por ninguna frecuencia—. Esto no va de los etarras.

—Ya sé que no —respondió Culebra, y su voz sonaba derrotada—. Por eso deberíamos correr y dejarlo pasar. No es nuestra guerra.

El sedán tomó una avenida larga y Manolo aprovechó un semáforo para acercarse lo justo.

Lo suficiente para ver el adhesivo en la luneta trasera.

Un distintivo pequeño, dorado y negro, y con algo que, desde la distancia, parecía un símbolo heráldico.

Manolo lo apuntó. Lo apuntó bien. Porque entendió que había cosas que solo existían para ocultar otras.

Y porque, mientras el coche se perdía, Manolo ya no estaba haciendo un seguimiento, estaba levantando un mapa.

Y cada punto del mapa tenía nombres que no se pueden escribir en un parte.

Al volver al Cuartel, de madrugada, se detuvo antes de entrar.

Miró la puerta. No le parecía la misma. Sacó del bolsillo interior el papel doblado de la matrícula inicial, lo abrió y lo volvió a doblar.

El pliegue significaba vida. Luego lo metió dentro de una funda de tabaco vacía.

Y lo escondió en un sitio que ni siquiera él debería recordar.