Estirpes 10. Módulo 01. La Marquesina de Cristal
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10. Módulo 01. La Marquesina de Cristal

«Regla del Geómetra: la empatía es un fallo del sistema. Es el ruido que impide escuchar la música de las esferas».

—Estirpes. Reglas

En el piso de Ramón, la mesa del comedor era un campo de batalla doméstico: mantel de hule, vasos con aros de café seco, cenicero rebosado, migas de galletas saladas pegadas a las fotocopias.

Las hojas estaban encuadernadas con un gusanillo torcido y tenían el borde gris de tanto dedo.

Por encima, dados de colores que rodaban como canicas con mala intención.

El radiocasete escupía música demasiado épica para un comedor estrecho.

En las tripas del edificio, la calefacción tosía, vieja y ronca.

Dentro, la luz del flexo caía sobre el tablero como una lámpara de interrogatorio.

El Máster se sentaba en la cabecera sin ocuparla del todo: recto, discreto, con un cuaderno cuadriculado abierto y un lápiz afilado hasta parecer un bisturí.

No miraba a los demás cuando hablaba; se centraba en el papel.

Era lo único que importaba. A su derecha, Ejecutor no sabía estar quieto.

Tenía las rodillas abiertas, los pies plantados, el cuerpo preparado para levantarse en cualquier momento.

Jugueteaba con la tapa de un rotulador. La violencia le asomaba por las manos incluso cuando no había nada que apretar.

A la izquierda, Caos intentaba parecer tranquilo.

No lo conseguía. Sudaba bajo la camiseta negra, se secaba las palmas en el pantalón y sonreía demasiado rápido cada vez que el Máster levantaba la vista.

Asomaba una ansiedad infantil en sus gestos.

Mendigaba un aplauso o esperaba un castigo.

El Máster sacó los dados y el mismo cuaderno de tapas negras que llevaba encima desde hacía un año. Sobre la mesa había tres fichas. Tres descriptores de etnia, escritos a mano con tinta roja. Tres roles. El Máster carraspeó suavemente. La música bajó de volumen.

—Módulo 01 —dijo—. La Marquesina de Cristal.

No lo anunciaba como un juego. Lo dictaba como quien abría un expediente. Extendió un folio con un dibujo simple: un rectángulo de cristal, una estructura metálica, un borde de calle. Alrededor, círculos concéntricos, como ondas. En un margen, una frase: ZONA MUERTA.

—Aquí no hay héroes —añadió—. Aquí solo hay geometría.

Caos soltó una risa floja, por quedar bien.

—Vale, vale… ¿y eso qué significa?

El Máster levantó el lápiz.

—Etnias —y al decirlo, la palabra dejaba de sonar a imaginación. Sonaba a catálogo.

Caos levantó una de las fichas.

—¿Hueco?

El Máster no contestó enseguida. Le quitó la ficha de los dedos y la colocó sobre la marquesina.

—Esa no.

—¿Por qué?

—Porque todavía camina recto.

Caos miró las otras fichas. En una ponía Dormido. En otra, Manchado.

—No entiendo la diferencia.

—Por eso observas.

Caos miraba su ficha y movía los labios mientras leía.

—Manchados: ruido… Huecos: consumo… Dormidos: masa.

El Máster asintió satisfecho.

—No repitas. Comprende.

Caos se calló y bajó la vista; se sentía pequeño. Nunca conseguía acertar del todo con el tono de voz de aquel mundo nuevo. El Máster colocó una moneda de cinco duros sobre el dibujo de la marquesina.

—Esta es la marca —movió la moneda hasta el borde del rectángulo—. Y esta es la puerta. Vosotros entráis por aquí. Los Dormidos no os ven entrar. Los Dormidos no os ven salir. Los Dormidos siempre miran al sitio equivocado.

Ejecutor sonrió sin mucho entusiasmo.

—Porque son idiotas.

Caos volvió a reír, pero se cortó a la mitad ante las miradas de los otros dos. El Máster no reaccionó al comentario. Anotó algo. Luego miró a Caos.

—Tirada de control.

—¿Ya? —Caos parpadeó.

—Ya —respondió tajante el Máster.

Caos cogió el dado con la liturgia de una hostia consagrada. Lo lanzó. El dado rodó por el hule hasta detenerse contra el cenicero.

—Un… siete.

—Mala tirada —Ejecutor resopló.

—Bueno, tampoco es… —Caos se defendió con una sonrisa.

El Máster levantó un dedo.

—En Estirpes no existe el tampoco . Existe orden. O existe fallo. Te acercas a la parada y pisas un charco. Haces ruido. El objetivo gira la cabeza y te ve la cara. Acabas de comprometer la misión por no saber andar en silencio.

A Caos se le secó la garganta.

—Vale, vale.

El Máster puso una pequeña marca, una raya, al lado de la ficha de Caos.

—Ruido —lo dijo con la naturalidad de quien apuntaba una falta de ortografía—. Una más y el módulo te mastica.

Caos se quedó paralizado. Solo su rodilla temblaba bajo la mesa, rítmica, incontrolable. Ejecutor metió el dado en su puño y lo apretó.

—Mi turno.

El Máster no dijo nada, pero le concedió el espacio con un gesto.

—Ejecutor. Entras.

Ejecutor tiró el dado. No miró el número hasta que el poliedro se detuvo en seco. Conocía el resultado de antemano. Era el número que él quería.

—Diecinueve.

Caos soltó un joder admirado. Ejecutor no lo miró. Se limitó a continuar.

—Sombra —el Máster inclinó la cabeza. Ese término le gustaba—.

Vas pegado al borde. Tus botas de suela de goma no hacen ningún sonido sobre la acera.

Te mueves por el ángulo ciego de la Marquesina.

Los cristales reflejan luces que no son tuyas.

Dentro hay tres figuras. Caos se acercó un poco, sin darse cuenta.

—¿Tres Manchados?

El Máster lo miró sin reproche. Con interés, como si estuviera observando una reacción química.

—¿Eso quieres que sean?

Caos dudó. Buscó con la mirada a Ejecutor, pero este no parpadeó.

—Yo… yo no sé.

—Entonces aprende a decidir.

El Máster señaló el papel.

—Una figura es un Hueco. Se mueve raro. Se le cae el cuerpo por dentro. Las otras dos son Dormidos. Hablan de cosas pequeñas. Del mañana. Del trabajo. De las vacaciones.

Caos hizo una mueca.

—Qué asco.

El Máster asintió una vez, satisfecho. Caos había aprobado raspado el examen. Mientras tanto, Ejecutor no esperó ni un segundo y siguió con su turno.

—Entro.

—¿Cómo?

—Sin hablar, sin hacer ruido.

Caos abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, una frase asociada al juego, una gracia, pero el Máster lo frenó con la mirada.

—Caos: distracción —dijo el Máster—. Tú no atacas primero. Tú sostienes el borde. Evitas el error.

Caos asintió rápido.

—De acuerdo. Distracción.

Ejecutor avanzó sobre el dibujo con el dedo índice. El papel era la calle. Sus uñas tropezaban con las esquinas y los portales.

—Agarro al Hueco.

—El Hueco es ligero —narró el Máster—. Huele a químico barato y a ropa húmeda. Te mira, pero no te ve. Está a medio camino de irse de sí mismo.

Ejecutor hizo un gesto con la mano, simulando sujetar un cuello.

—Lo pliego.

—¿Pero… lo matas? —dijo Caos humedeciéndose los labios.

El Máster no contestó a la moral. Contestó a la lógica.

—Depende del resultado. Ejecutor tira de nuevo.

—Veinte.

El dado cayó como un veredicto. Por un instante, incluso Caos dejó de moverse nervioso. Ejecutor sonrió. Ahora sí era una sonrisa de niño que rompía algo a escondidas.

—Estado crítico —el Máster anotó. Su letra era pulcra—. El Hueco se rompe por donde debía romperse. La pieza cae antes incluso de entender que ha perdido. No hay gritos. No hay resistencia.

Caos apretó los puños bajo la mesa.

—Hostia…

—No digas hostia —el Máster ni siquiera levantó la vista—. Di pieza caída. Usa el vocabulario del juego.

Caos se quedó helado. Luego dijo, obediente.

—Pieza caída.

—Los Dormidos tardan un segundo.

—¿En qué?

—En aceptar lo que están viendo.

Ejecutor habló por encima.

—No les da tiempo.

—No —dijo el Máster—. Si lo haces bien.

Caos intervino, con un hilo de voz.

—Yo vigilo la esquina.

—¿Qué ves?

Caos clavó la vista en el mapa. Sus ojos recorrían las líneas vacías con una precisión aterradora.

—Veo… veo un cuarto Dormido. Uno que pasa. Un tío con una bolsa.

El Máster apuntó otra marca.

—Bien. Eso es vigilar.

Caos se animó un poco, recuperando parte del oxígeno perdido.

—Le… le digo algo.

Ejecutor giró la cabeza despacio hacia él.

—¿Qué le dices?

Caos improvisó, torpe.

—Que… que se vaya. Que aquí hay… hay —se atascó. Estaba a punto de decir: «peligro», «muerte», «sangre». Estaba a punto de volver al mundo real, pero el Máster le salvó con una frase suave.

—No amenaces. Invita.

Caos asintió. Parecía que le habían enseñado un truco de magia.

—Le invito a mirar hacia otro lado.

—Eso no es invitar —dijo Ejecutor mientras se reía por la nariz.

—Necesitas una tirada —ordenó el Máster.

Caos tiró el dado con confianza. El dado rebotó contra el borde del plato de galletas y se detuvo.

—Once.

El Máster lo miró un segundo.

—Suficiente para invitar a no mirar.

Caos exhaló. Sus dedos dejaron de tamborilear contra el muslo. El castigo se alejaba, de momento.

—El Dormido mira hacia donde tú quieres —narró el Máster—. Ve la luz del semáforo. Ve su propio reflejo en un escaparate. No ve lo que ocurre bajo el cristal. Tú eres su punto ciego. Mientras él te mira a ti, ignorando lo que tiene a dos metros, Ejecutor hace el trabajo sucio.

Ejecutor hizo un gesto seco con el brazo.

—Y yo limpio.

El Máster no especificó cuchillos, ni tripas, ni ojos. Describió el lenguaje del juego, que era peor, porque no había carne: había premeditación y sistema.

—Daño acumulado —dijo—. Fase de Firma.

Caos se tensó, porque otra vez volvía a no entender.

—¿Firma?

El Máster alzó el lápiz.

—La firma no se pregunta. Es la marca de la cacería. El trofeo que demuestra que el tablero ha sido limpiado.

Ejecutor volvió a tirar, rápido y decidido. Una tirada de jugador en racha.

—Dieciséis.

—Marca perfecta —dictó el Máster—. Tu cuchillo entra hasta el final y gira, dejando una herida ancha. Inconfundible. La Marquesina queda en silencio.

Caos observó la hoja, las chinchetas, las líneas. Miró al Máster con admiración: él tenía todas las llaves.

—¿Y ya está? ¿El módulo ha terminado?

El Máster cerró el cuaderno. El dedo índice quedó atrapado entre el papel, presionando el lomo con fuerza. No podía permitirse perder el hilo. El juego acechaba en las sombras de las páginas, esperando un descuido para huir.

—Esto era una prueba —hizo una pequeña pausa mientras miraba a los dos jugadores—. Los Manchados no se limpian solos. Los Dormidos no se despiertan solos. Y los Huecos… los Huecos siempre vuelven a llenar el hueco.

Ejecutor se reclinó, satisfecho.

—Entonces repetimos.

Caos intentó sonreír, pero se contuvo. La emoción se reflejó en un pequeño tic en el ojo.

—¿Subimos el nivel?

Parecía que el Máster los miraba de verdad. No era afecto. Era una medición de las intenciones.

—Subís si no falláis.

Desde la cocina, la voz de la madre de Ramón atravesó la pared.

—¡Ramón! ¿Vas a cenar o te vas a quedar ahí jugando a los marcianitos con tus amigos?

Nadie se rio. Nadie contestó. El Máster cogió el papel y escribió despacio una palabra en mayúsculas, con tinta roja. La calma daba miedo. EJECUTADO. Luego levantó la vista, y su voz fue casi un susurro, pero mandaba más que un grito.

—Recoged. No dejéis rastros. Ni migas.

Ejecutor recogió sus dados. Munición en sus manos. Caos dobló su ficha con un cuidado excesivo. La misma delicadeza de quien pliega una carta de amor.

Y el Máster, antes de cerrar el cuaderno del todo, añadió en una esquina:

LISTO.

Debajo, en letra más pequeña:

Sin ruido.