11. El precio del silencio
Todo había empezado por una mochila azul. Y por la prisa. En España, en esos primeros años de la década de los ochenta, la prisa mataba tanto como las balas de ETA.
Parrondo miró la mochila azul en el suelo.
En el pasillo, una radio escupía nombres de guardias muertos, ministros cansados y ruidos de sables militares. España llevaba meses hablando en voz baja, como si los tanques pudieran volver a oírla.
—Resultados —había dicho el capitán esa mañana—. Antes de que vuelvan a matar.
Parrondo no quería pensar en Almería.
Pero Almería estaba allí, en cada mirada del capitán, en cada orden que empezaba con «con cuidado» y terminaba con «pero rápido». Tres chavales calcinados en un Ford Fiesta. Tres nombres que nadie pronunciaba enteros en los pasillos. Un error convertido en sumario, portadas, llamadas desde Madrid.
Jiménez lo había dicho al entrar en el sótano:
—Como esto salga mal, nos comen vivos.
Parrondo se había reído.
Ahora miraba al chico atado a la silla y ya no encontraba la gracia. No quería acabar despedazado como el teniente coronel Castillo Quero. El mensaje del Gobierno era claro: «Se acabó la impunidad. El que manche el uniforme, paga».
Y se avecinaba 1982: la UCD se desangraba mientras el PSOE de Felipe González prometía estabilidad y mayoría absoluta, girando el péndulo hacia la izquierda. En ese clima de bombas, juicios y urnas, cada sombra era un terrorista posible y cada error, un escándalo.
El cabo Parrondo no podía apartar la vista de la mochila. Hacía tres horas, esa mochila colgaba del hombro de un chaval en la estación de Chamartín.
—Es él, cabo —había dicho el Chinches, un confidente yonqui que vendía a su madre por medio gramo de caballo—. Es el enlace del Comando Madrid. Me lo ha dicho el Tuerto. Lleva los planos para el próximo atentado en la capital.
Parrondo se lo había creído. Quería creérselo.
Necesitaba una medalla. O al menos reconocimiento, sentir que servía para algo más que para recoger trozos de carne en los arcenes.
Lo habían seguido. El chico, Mikel, tenía el perfil: vasco, estudiante, mirada nerviosa.
Se movía rápido entre la gente. Miraba el reloj.
Cuando entró en el baño de la estación, Parrondo y Jiménez entraron detrás.
No hubo preguntas. Hubo un saco de arpillera en la cabeza, dos golpes secos en las costillas y un viaje en el maletero de un coche camuflado hasta este sótano de la calle Princesa.
Ahora, en la sala de interrogatorios, el aire pesaba. El chico estaba atado a la silla. Tenía la cara hinchada. Sangraba por la oreja. Ya no se movía. Parrondo respiraba fuerte, con los nudillos desollados.
—¿Dónde están los explosivos? —gritó Parrondo al cuerpo inerte—. ¿Para quién son los planos?
El chico no contestó. Su cabeza colgaba como un muñeco roto.
—Cabo… —susurró Jiménez, el guardia joven, que estaba pálido junto a la mesa—. No respira bien.
—Se está haciendo el duro. Estos etarras entrenan para aguantar.
—No, cabo… mire la mochila.
Jiménez se agachó y abrió la mochila azul. La que presuntamente llevaba los planos del atentado. La volcó sobre el suelo.
No cayeron armas. No cayeron mapas de cuarteles.
No había temporizadores. Cayeron libros sobre estructuras de hormigón armado y de historia del arte.
Y un tubo de cartón. Parrondo sintió un frío repentino en la nuca.
Se acercó y arrancó la tapa del tubo. Sacó los papeles.
Eran planos, sí. Pero eran los planos de una biblioteca municipal.
Un proyecto de fin de carrera. Entre los libros, cayó una carta en un sobre rosa:
«Ama, te echo de menos. Madrid es muy grande y la gente me mira mal cuando hablo euskera, pero aprobaré el curso. Te lo prometo».
Parrondo soltó el papel. Le quemaba en las manos. Miró al chico. Miró sus zapatillas J’hayber gastadas. Miró sus manos finas, de estudiante, no de alguien que monta bombas.
—Cabo… —la voz de Jiménez era un hilo de terror—. Se nos ha ido.
Parrondo se giró hacia el detenido. Le tomó el pulso en el cuello. Nada. Silencio. El golpe en la sien. Había sido demasiado fuerte. O la caída contra el radiador.
—¡Me cago en Dios! —rugió Parrondo, y le pegó una patada a la silla vacía.
El pánico le subió por la garganta. Habían matado a un estudiante de arquitectura que solo iba a coger un tren para ver a su madre.
—El Chinches nos ha mentido —dijo Parrondo, con la voz rota—. Ese hijo de puta quería la pasta y nos ha dado al primero que ha visto.
—Eso ya da igual, cabo —gimió Jiménez—. Tenemos un cadáver. Y no es un terrorista. Es un crío. Nos van a fusilar. O peor, nos van a meter en Carabanchel con los comunes.
Parrondo se pasó las manos por la cara. Estaba manchado de sangre ajena. Sangre inocente.
—Llama al teniente Maldonado.
—¿Al teniente? Nos va a…
—¡Llama al puto teniente! —bramó—. ¡Es él o el juez!
Diez minutos después, la puerta de hierro se abrió. El teniente entró. Vio la mochila abierta. Vio los libros de arte. Vio la carta en el suelo. Y vio el cadáver. Cerró los ojos un segundo, con una fatiga infinita.
—Me dijiste que era el enlace, Parrondo. Me juraste que traía planos de objetivos.
—El confidente… —empezó Parrondo.
—El confidente es un drogadicto y tú eres un imbécil —cortó Maldonado.
Su voz era hielo—. Habéis matado a un civil.
Un estudiante vasco inocente en Madrid. ¿Sabéis lo que va a hacer la prensa con esto?
¿Sabéis lo que va a hacer el Gobierno? Necesitan limpiar la imagen del Cuerpo, y vosotros les acabáis de regalar la excusa perfecta.
El teniente se encendió un cigarro con manos temblorosas. El humo se mezcló con el olor a hierro de la sangre.
—Veinte años, Parrondo. Os van a caer veinte años. Y la vergüenza eterna para vuestras familias.
Parrondo se cuadró, aunque estaba a punto de llorar.
—Asumo la culpa, mi teniente. Libere a Jiménez de todo esto; solo seguía órdenes.
—Aquí no hay órdenes que valgan. Hay un muerto —Maldonado miró el humo—. A menos que quieras la otra opción.
Parrondo levantó la vista.
—¿Qué opción?
Maldonado señaló hacia arriba.
—Hay gente. Gente de la casa, pero que no lleva uniforme. Amigos del antiguo Régimen que saben que en esta guerra a veces caen inocentes. Gente con poder para que esto… no haya pasado nunca.
—¿Quiénes?
—Civiles. Con mucho dinero. Conozco a alguien. Podría hacer una llamada. El chico desaparecería. No habría juez. No habría prensa.
—Hágalo —suplicó Parrondo—. Por Dios, mi teniente. Llámelo.
Maldonado le agarró de la pechera del uniforme.
—Escúchame bien. Si llamo a ese hombre, vendes tu alma.
No es un favor. Es una compra. Ya no serás Guardia Civil.
Serás su perro. Te pedirá cosas que te darán ganas de vomitar, y tendrás que hacerlas.
Porque él tendrá esto… —señaló el cadáver— …
guardado en un cajón para siempre —le miró a los ojos—. ¿Estás dispuesto?
Parrondo miró la carta de la madre en el suelo. Pensó en la cárcel. El instinto de supervivencia pudo más que el honor.
—Llámelo.
Maldonado tardó varios segundos en acercarse al teléfono. Parecía un hombre decidiendo si abrir una puerta o pegarse un tiro. Hacía quince años que no le pedía nada a ese hombre.
Veinte minutos después, la puerta volvió a abrirse. El teniente salió sin decir palabra. Entró un hombre con un abrigo de paño gris marengo y bufanda de seda. Se apoyaba en un bastón de empuñadura de plata. Parrondo se quedó helado. Conocía esa cara de los reservados de los restaurantes de lujo.
El visitante miró el cuerpo. Miró los libros de arquitectura esparcidos.
—Un error de cálculo, cabo —dijo. Su voz era tranquila, grave—. Buscaban a un lobo y han cazado a un cordero.
El hombre levantó la mano. La luz de la bombilla arrancó un destello de su dedo anular. Llevaba un anillo. Oro viejo. Con un escudo de armas grabado.
—Este chico tiene familia —dijo el hombre—.
Si aparece muerto en comisaría, el escándalo hundirá al Ministerio —sacó una pitillera de plata—, pero si aparece en un descampado de Vallecas, con una jeringuilla en el brazo, será solo una tragedia de la droga.
Una estadística más de la juventud perdida.
Encendió un cigarrillo. El anillo brilló.
—Tengo un coche fuera. Y hombres que saben preparar esa escena.
—¿Por qué? —preguntó Parrondo—. ¿Por qué nos ayuda?
—Porque el dinero necesita orden. Y los tiempos que vienen son confusos. El país atraviesa momentos difíciles, cabo. A veces las instituciones necesitan discreción más que heroísmo.
Se acercó a Parrondo. El olor a colonia cara eclipsó el olor a muerte.
—Quizá algún día necesite pedirle un pequeño favor profesional. Cuando yo le llame, usted vendrá. Cuando yo le pida que cierre los ojos, usted se quedará ciego. ¿Hay trato?
Parrondo miró la mochila azul, la que no contenía bombas sino los sueños de un chaval al que acababa de matar por error.
—Sáquenos de esta —dijo con voz ronca—. Y soy suyo.
El hombre exhaló el humo sobre el cadáver con una calma insultante.
—Trato hecho. Le doy mi palabra. Limpien esto. Y cabo… —el hombre se detuvo en el umbral, mirándole las manos—. Quítese esa sangre. Da mala imagen para un hombre de mi confianza.
El hombre salió sin decir su nombre. Parrondo se quedó mirando su mano manchada, sabiendo que acababa de firmar una condena mucho más larga que la cárcel. Sabía que esa mancha, como la de Almería, no se iría nunca.
Trece años después, en 1994, Parrondo se lavaba las manos tres veces antes de comer. El estudiante vasco ya no sangraba. Pero Parrondo, sí.