12. La escena
Parrondo subió las ruedas derechas sobre la acera al aparcar, con un frenazo que hizo crujir la suspensión del Peugeot.
Se bajó antes que nadie. La calle estaba acordonada.
Cinta de balizamiento de la Nacional, dos patrullas y un coche de la Científica que ya lanzaba destellos azules contra los portales grises.
Los vecinos se agolpaban detrás del perímetro: batas, manos en los bolsillos, caras de vivir un domingo diferente. Un jubilado miraba con las manos a la espalda, moviendo la cabeza al estilo de alguien que presencia un fuera de juego clarísimo y no comprende por qué el árbitro no ha señalado nada .
Mientras Parrondo se dirigía directamente hacia los agentes, sin esperar a nadie, Bruno se inclinó hacia Inés antes de abrir la puerta. Bajó la voz para asegurarse de que el sargento no pudiera oírle:
—Olvida los ladridos del sargento y los flashes de la prensa; tómate el tiempo que necesites para mirar, que yo me encargo de que nadie te interrumpa.
Inés asintió despacio, sin apartar la vista del cordón policial.
—Entonces asegúrate de que nadie pise lo que todavía no hemos visto, Galván.
Un inspector de la policía vestido de paisano se acercó. Chaqueta de cuero, ojos como ceniza fría, un palillo en la boca. Los miraba con el odio de quien acaba de ser interrumpido en mitad de un discurso.
—Hombre. La Benemérita —dijo, sin ofrecer la mano—. Ya tardabais. El juez está a punto de ordenar el levantamiento. Un poco más y no veis el fiambre.
Parrondo se colocó a su lado, sin mostrar tampoco ningún atisbo de cortesía. Sacó el mechero. La llama apareció y se quedó ahí un segundo, quieta, pensativa. Luego acercó un cigarrillo. Dio una primera calada antes de responder al inspector.
—El tráfico de Madrid, Ramírez. Cuéntame, ¿qué tenemos?
El inspector señaló con el mentón el descampado detrás de la marquesina.
—Víctima: Cristóbal Márquez. Un dominicano. Trabajaba en el servicio de limpieza de una empresa. Le han dado con saña. Ningún indicio de robo, por ahora.
—¿Posible móvil?
—Mira… —El inspector apuntó con el palillo a una pared.
Allí, cerca del cristal sucio de la marquesina, había un símbolo pintado con spray negro: un círculo y una cruz simple metida dentro. El trazo era rápido, pero el lugar parecía escogido. No era un grafiti grande de pandilla. Era algo más pequeño. Más colocado.
—¿Ves? —dijo el inspector—. Esto empuja a lo de siempre. Blanco y en botella. Alguna manada de animales cabezas rapadas salió de caza anoche. Vieron al hombre solo, dominicano… y pim, pam, pum. Tenemos patrullas peinando los bares de la zona. A ver si alguien se ha ido de la lengua.
Parrondo asintió sin entusiasmo, estudiando la escena. Sabía que no podía confiar en nada que se viera a simple vista.
Inés Baquero no escuchaba. Se había alejado hacia el centro del descampado, allí donde la tierra se volvía barro.
Se agachó con cuidado, evitando que la suela de sus botas dictara su propia sentencia sobre el terreno.
Frente a ella se encontraba el cuerpo. Cristóbal Márquez parecía más pequeño de lo que indicaba su ficha.
Estaba rodeado de indicadores amarillos, pequeños números que intentaban poner lógica al caos.
Inés recordó el manual: ver no es observar.
Observar es entender que el desorden también tiene un método.
Recordó también a su madre señalándole los ojos cuando era pequeña, mientras veían un debate político en la tele: «Mira lo que hacen cuando no hablan, Inés. Cada gesto, cada parpadeo es un desmentido». Su madre le enseñó que la verdad rara vez salía por la boca.
Detuvo su mirada en las heridas. Recordaba que habían sido diecisiete, según el primer recuento preliminar. Eran demasiadas para una ejecución, demasiadas para un simple robo. Había rabia en la profundidad de los cortes, una saña que no encajaba con la frialdad del símbolo en la pared.
—¿Qué indicios tenemos? —ladró Parrondo, sacando su libreta.
El inspector hizo un gesto a uno de sus técnicos, que estaba en el suelo, junto a un charco oscuro y seco.
—Poca cosa. El suelo es tierra suelta, una mierda para las pisadas. Pero hemos aislado una parcial —señaló un testigo métrico amarillo junto a una huella en el barro—. Suela con dibujo profundo. Bota del tipo militar.
—Dr. Martens —murmuró Bruno—.
—Seguramente. El uniforme oficial de los rapados. Estamos sacando molde. Esperamos poder obtener el patrón.
Bruno se acercó un poco, sin pisar cerca. Inés también se aproximó, pero se mordió la lengua: no hables… de momento. No pudo contenerse.
—Inspector —dijo Inés, y su voz sonó extrañamente tranquila en medio del ruido de las radios policiales—. Si fuera una manada, el barro estaría triturado. Habría una docena de huellas superpuestas, señales de forcejeo, de alguien intentando escapar de un círculo de gente.
Ramírez levantó la vista, molesto. Parrondo cerró la libreta con un golpe seco.
—¿Algo más, Ramírez? —preguntó Parrondo, obviando el comentario de Inés.
—Esto os va a gustar —el inspector sonrió con malicia—.
El asesino cometió un error. Un fallo de novato —se agachó y levantó una bolsa de pruebas con unas pinzas largas.
Dentro había un fragmento de látex arrugado y amarillento—.
Se le rompió el guante. Es la punta de un dedo.
Probablemente el índice o el pulgar. Estaba dentro de la boca del cadáver. Seguramente le mordió para defenderse.
Parrondo silbó.
—Si tenemos suerte, podremos sacar una huella —dijo el inspector—. Una dactilar limpia, sudada y preciosa encerrada en el látex. Lofoscopia ya está salivando.
Inés pensó: «Alguien compró guantes en una farmacia antes de salir de casa». Aquello implicaba previsión, higiene, control. No era un calentón callejero; era un trabajo de ingeniería.
—¿Y la sangre? —preguntó Parrondo.
—Litros. De la víctima casi toda. Pero hay un rastro de goteo que se aleja hacia el parque. Intentaremos aislarla. Puede que el agresor se cortara o sea de la mordedura. Haremos grupos sanguíneos ABO y Rh. Si el agresor tiene un grupo raro, puede que nos sirva de algo.
Un agente de la Científica barría el descampado con la vista, separando escena de basura, con un gesto de oficio. Latas aplastadas, una botella rota, papeles húmedos pegados a la tierra.
Bruno vio un brillo en un montón de escombros y lo señaló con el mentón.
—¿Eso que brilla? ¿Puedes ver qué es?
El técnico se agachó sin cruzar la línea marcada.
Con la punta de la pinza apartó una lata.
Apareció un reloj barato, sin correa, embarrado.
A su lado y medio enterrado, se encontraba también un trozo de correa negra partida, como arrancada de golpe.
Inés lo observó con detenimiento. El cristal estaba roto, agrietado sobre la pantalla digital.
Los números seguían visibles a medias, deformados por la grieta.
07:14 h. O quizá 11:36 h.
Los relojes rotos siempre mentían sobre la hora correcta.
El reloj tenía su interés, pero lo verdaderamente llamativo era la rotura. Pensó en el reloj roto de su padre, seguramente igual que el de Cristóbal.
—¿Lo recogéis?
El técnico negó con la cabeza.
—No está en el escenario primario. No hay sangre, no hay fibras, no hay nada que lo ate al hecho. Aquí hay de todo, compañera. Si empezamos a embolsar basura, no acabamos. Esto es un vertedero.
Parrondo cortó, seco:
—Tenemos un dedo de guante y una pisada. Por ahora es suficiente. ¿No crees, Inés?
Inés no insistió. Se obligó a mirar hacia otro lado.
El sargento sintió un chispazo en la cabeza.
Una interferencia. La señal de radio de un peligro cercano que su cerebro no lograba decodificar.
No le gustaba darle la razón a Inés, pero el caso era más importante y no quería arrepentirse en un futuro.
—Me lo he pensado mejor —ordenó Parrondo—. Llévenselo también. Por un indicio más no se va a acabar el mundo.
Inés sonrió por dentro. Por fin un gesto positivo hacia ella.
Parrondo seguía observando la escena, con el ceño fruncido y la mirada fija en el suelo manchado. El técnico no exageraba: aquello parecía un vertedero. Necesitaba obtener más información. Por pura costumbre, la siguiente pregunta le salió sola.
—¿Tenemos testigos?
—Dos vecinos dicen haber visto a dos chavales, pero ya sabes cómo va esto —respondió el inspector—. «Parecían jóvenes», «iban limpios», «no les vi bien». Nada de nada, Parrondo. Humo.
El sargento apretó la mandíbula.
—Vale. De todas formas, ¿me podéis mandar todas las diligencias por fax a la Comandancia?
—Claro, pero que sepas, Parrondo, que esto de haceros el trabajo sucio no me gusta ni un pelo.
Cuando Parrondo iba a contestar, los dos vieron de fondo cómo se acercaba el médico forense.
El doctor Larra era alto, flaco, con gafas metálicas y cara de cansancio antiguo.
Tenía aspecto de enterrador de western de Sergio Leone.
Se movía como alguien que había visto demasiadas cosas para darse prisa por ninguna.
Sin decir una palabra, se agachó junto al cuerpo cubierto con una sábana térmica plateada que brillaba al sol como un envoltorio indecente.
Parrondo se acercó.
—Doctor. Buenos días.
Larra no levantó la vista del cadáver.
—Sargento. Se hace raro verlo por la capital.
Levantó un borde de la sábana. El hedor salió antes que la imagen. Hierro. Tierra. Algo agrio que no estaba en ningún manual.
El anorak colgaba hecho jirones. Debajo, la carne era un mapa de cortes. Bruno sintió una arcada seca.
—¿Cuántas puñaladas? —preguntó Parrondo, con el boli Bic preparado.
—A primera vista, diecisiete heridas penetrantes —dijo Larra, sin cambiar el tono—. Y varias de defensa. Antebrazos, manos… este hombre luchó.
Parrondo lo miró. El boli seguía intacto sobre la libreta.
—Parece claramente ensañamiento.
—Sí —asintió Larra—. Quien hace esto no quería solo matar. Quería sufrimiento. Hay rabia. Se tomó su tiempo. Y parece que hay más de una trayectoria. O más de una mano. Eso lo confirmaremos en la autopsia. Pero tiene pinta de que no ha sido una sola persona.
Inés sintió que se le escapaba una frase. La soltó antes de poder detenerla. Era como respirar, no se podía evitar voluntariamente.
—Si hay dos manos, hay reparto de funciones, ¿no, doctor?
El inspector dejó escapar una risita desdeñosa.
—Sargento, ¿se ha traído una psicóloga o una adivina? Ella ya está leyéndole el alma al fiambre. ¿Reparto? Le apuñalaron entre varios y punto. Reparto … ya tengo chiste para el café con los compañeros.
A Inés le molestó más de lo que admitía.
Su madre también había aprendido a sonreír igual cuando algún paciente la confundía con la secretaria.
Parrondo, en cambio, se giró hacia Inés con una mirada que era orden y advertencia a la vez.
No decía nada. El orgullo se le notaba en la garganta; tragó en seco.
Bajó la vista, clavándose su propia disciplina como un alfiler.
Larra cubrió de nuevo el cuerpo.
—En mi informe pondré homicidio con ensañamiento. Y una cosa más que creo que puedo afirmar ya: no fue rápido —se quitó los guantes con un chasquido—. Quien hizo esto tuvo tiempo para hacerlo como quiso. No fue dar puñaladas e irse.
Los camilleros se preparaban para el levantamiento. La escena se trasladaba hacia la sala de autopsias. El foco cambiaba de lugar. A la vez, los de la científica sellaron la bolsa del guante con cuidado.
El técnico levantó la vista hacia Parrondo.
—En cuanto lo analicemos, si hay cresta utilizable, le llamamos, sargento.
El inspector se encogió de hombros.
—No os hagáis ilusiones, Parrondo. Será complicado. Si hay algo, será parcial. Las dimensiones son pequeñas.
Parrondo miró la bolsita una última vez. No había teoría ahí dentro. Había una posibilidad.
—Ramírez, soy perro viejo. Yo ya no me hago ilusiones. Hago mi trabajo.
Inés se apartó unos pasos y miró el símbolo negro. El círculo y la cruz, trazados con pulso firme. Demasiado limpio para ser casual. No dijo «perfilado». No dijo «firma». No dijo nada. Luego miró la bolsa de pruebas que sostenía un técnico: el trozo de guante de látex.
«No encaja», pensó. Quienes cazan por odio dejan ruido: cerveza en el aliento, insultos, nudillos pelados. Aquí había un trozo de látex fino. Alguien se había acordado de los guantes antes de salir de casa.
Volvió a ver las diecisiete puñaladas como destellos, una tras otra. Y, encima de todo, el guante: limpio, blanco, absurdo en ese descampado. Descontrol y cuidado a la vez.
—¡Baquero! —gritó Parrondo desde el coche—. ¡Vámonos! Ya tenemos lo que queríamos.
Inés dio media vuelta.
—Sí, mi sargento —murmuró.
Caminaba hacia el coche y notó un frío distinto en la nuca, un frío que no venía de la madrugada. El odio suele hacer ruido; se oye. Esto no. Esto parece ensayado.
Bruno, en cambio, se quedó viendo la bolsita, incapaz de apartar la vista. Si esa huella salía, la historia dejaba de ser un relato de tribus, pintadas y titulares. Y se convertía en una persona.
Parrondo se dio la vuelta hacia el coche.
—Venga. He dicho que nos vamos. Ya hemos visto bastante.
Inés caminó hacia el coche, sin discutir. Pero al pasar junto al técnico de científica, se detuvo una décima de segundo, lo justo para soltar en voz baja, sin énfasis y sin adorno:
—Dadle cariño a esa huella. Es lo único que tenemos.
El técnico asintió.
La bolsa quedaba sellada. Ya solo quedaba ese silencio fino que aparece cuando todo lo demás se mueve. El tipo de silencio que, a veces, precede a un nombre.
Inés se subió al coche, apoyando los dedos en el cinturón; necesitaba anclarse al suelo.
Desde el asiento del copiloto, seguía pensando en el látex.
Un guante.
Diecisiete puñaladas.
Un símbolo demasiado limpio.