Estirpes 13. Lo que no puede ver todo el mundo
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13. Lo que no puede ver todo el mundo

El salón todavía olía a langostinos y anís; una mezcla dulce y salada que se pegaba al aire de Navidad.

Inés tenía diez años y los ojos muy abiertos.

Estaba sentada en la alfombra, rodeada de papel de regalo rasgado.

Su madre recogía los platos en la cocina, mientras en la televisión echaban una película yanqui presentada por los de Pista libre, intercalada con los villancicos del especial de Aplauso que habían repetido al mediodía.

Manolo Baquero estaba sentado en su butaca, con un Celta humeando en el cenicero y una copa de rioja.

Miraba a su hija con esa devoción cansada de los hombres que ven demasiadas cosas feas fuera de casa y necesitan confirmar que lo bonito sigue intacto dentro.

Inés iba vestida con un tutú de bailarina, jugando con unos clicks de animales de zoo que le había traído Papá Noel.

Señaló una caja plana envuelta en papel azul.

—Venga, abre ese.

La caja tenía dibujos de lupas y huellas dactilares: Kit del Pequeño Detective . Inés soltó un grito agudo.

—¡Hala! ¡Como tú, papá!

Manolo sonrió, aunque los ojos no terminaron de acompañarle.

—Mejor que yo, ratón. Tú serás más lista.

Inés abrió la caja. Dentro había unas esposas de plástico, una lupa de verdad, polvos para huellas… y un rotulador blanco, raro, que tenía una linterna pequeña en el capuchón.

—¿Esto qué es? —preguntó Inés, destapando el rotulador.

La punta estaba seca. Intentó pintar en el dorso de su mano, pero no se veía nada.

—Papá, está gastado. ¿No lo habrás comprado en el mercadillo?

Manolo se inclinó hacia delante. Dejó la copa apoyada en el suelo y cogió el rotulador con sus manos grandes y ásperas.

—No está gastado. Es magia —Manolo le guiñó un ojo—. Es para los secretos importantes.

—¿Qué secretos?

—Los que no puede ver todo el mundo.

Manolo cogió una servilleta de papel y escribió en ella. Inés miró, pero el papel seguía en blanco. Manolo encendió la pequeña luz ultravioleta del capuchón e iluminó la servilleta. Bajo la luz azulada, aparecieron unas letras brillantes, casi eléctricas: «TE QUIERO, RATÓN».

Inés aplaudió y sonrió fascinada.

—¡Guau! ¡Se ve! ¡Con esa luz azul se ve!

—Claro, ratón.

Manolo le dio el rotulador y ella cerró sus dedos pequeños sobre el plástico.

—Escúchame bien, Inés —su tono cambió. Se puso serio, con ese matiz de voz que usaba cuando hablaba por teléfono con sus compañeros de cuartel.

Inés dejó de sonreír, atenta—. En mi trabajo, y en la vida, a veces lo que tienes delante de los ojos no es la verdad.

A veces la verdad está ahí, escrita, pero está escondida.

Solo tienes que saber qué luz usar para verla.

Nunca te fíes solo de lo que se ve a simple vista. Prométemelo.

—Te lo prometo, papá.

Inés encendió la linterna y alumbró directamente la cara de su padre, buscando secretos en sus arrugas. Manolo se rio y se tapó los ojos con una mano grande.

—¡Ay! ¡Que me dejas ciego, ratón!

Desde la cocina, la voz de su madre llegó nítida, rompiendo el hechizo.

—¡Manuel, deja de contarle películas a la niña y saca el turrón de una vez!

Manolo se levantó con un suspiro pesado, pero antes de alejarse fijó su mirada en Inés. Ella ya no le prestaba atención; estaba barriendo la alfombra con el haz azulado, buscando huellas invisibles entre las fibras de lana.

—Ya voy, cariño —respondió Manolo hacia la cocina.

Apagó el cigarro, aplastándolo con una fuerza innecesaria contra el cristal del cenicero. Sintió un escalofrío repentino al pensar que ojalá ella nunca tuviera que usar aquella luz para ver las manchas que él llevaba en el alma.