Un pueblo que vende amor. Un dulce que no miente. Y una mentira de sesenta y siete años que empieza a costar dinero.
Cañadulce vive de una historia de amor. Tiene su romería de febrero, su mirador de los candados y su dulce oficial, el corazón de Cañadulce, que Candela Berrocal hornea cada año con la receta que fundó la leyenda.
Y tiene un prodigio que allí nadie discute, igual que nadie discute la humedad: quien come ese dulce recuerda, con una claridad que duele, el momento más feliz de su vida. Una vez y nunca más.
El invierno en que el ayuntamiento decide registrar el dulce como marca y convertir la leyenda en patrimonio, un vecino de setenta y nueve años prueba su primer corazón en cuarenta y dos años y se acuerda de algo que no encaja con lo que cuenta el folleto.
Candela empieza a tirar del hilo con la peor herramienta posible: un pueblo entero que no quiere saber. Ochenta vecinos que viven de la romería. Una alcaldesa que hace cuentas en vez de amenazar. Una tía que la quiere demasiado. Y su propia firma debajo del papel.
Una novela cálida, muy divertida y con un secreto de pueblo debajo. Para quien disfrutó de Como agua para chocolate, de Chocolat o de las novelas de misterio amable donde no muere nadie y duele igual.
«Yo llevo veinte años detrás de un mostrador y sé cómo funciona esto.
Cuando un cliente te da una explicación larguísima y perfecta de por qué no ha pagado el mes pasado, lo que te está tapando no es el mes pasado.»






