Capítulo 32
—Lo tengo.
—¿El qué?
—La foto. La foto entera.
Vecinos de Cañadulce que participaron en la búsqueda de los jóvenes desaparecidos en la sierra.
Y el encuadre completo.
La foto que sale en el folleto, en la web y en el expediente empieza en el hombre de la boina que está más a la izquierda. En la publicación de 1959 la foto sigue veinte centímetros más hacia ese lado.
Y en esos veinte centímetros hay dos hombres más y una mesa de tijera. Y en la mesa hay una caja abierta, y detrás de la caja hay un señor de traje oscuro con sombrero, con un billete en la mano y otro hombre delante con la boina quitada.
Se le ve la cara. Es don Fernando Lisón Guzmán.
Diego me lo enseñó a la una en el obrador, en el móvil primero y en un papel después.
—Es una página de periódico —dijo—. Que quede claro. No es el original de nada. El negativo no lo tiene nadie y la copia de casa de los Lisón es una copia. Esto es una publicación.
—Vale.
—Y demuestra una sola cosa: que estaba allí y que estaba pagando.
—Ya.
—Candela, en serio. —Se sentó en la mesa del fondo—.
Yo esto lo he visto muchas veces. Uno enseña una foto así y todo el mundo entiende lo que quiere entender.
Y luego llega un abogado y dice que su abuelo pagó una batida para buscar a una chica desaparecida, que es lo que habría hecho cualquier hombre decente del pueblo, y tiene razón.
—¿Y por qué me la das?
—Porque la cedida está recortada por ahí y eso no lo hace el papel solo.
Le pregunté qué le pasaba a él.
—Que se me acaba el contrato en marzo y no me lo renuevan.
—No lo sabes.
—Lo sé. —Se rio un poco—. Y en esta comarca ya no trabajo. Esto es pequeño, Candela. Aquí se llaman entre alcaldes.
—Diego.
—Que no me des las gracias, que estoy de un cabreo que no veo. —Se levantó—. Yo vine a vender un pueblo. Y llevo cuatro meses descubriendo que el pueblo se vendió solo en el cincuenta y nueve.
A las siete y media, cuando ya estaba echando la persiana, apareció Fernando Lisón.
No entró. Se quedó en la puerta, con el abrigo en el brazo, igual que en la terraza del hotel.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—Me han dicho que ha aparecido una fotografía.
Este pueblo tarda seis horas.
—Ha aparecido una publicación de 1959.
—Ya. —Bajó la cabeza despacio—. Mi abuelo pagó aquella batida. Cuarenta hombres tres días. Eso lo sabe todo el mundo aquí y no lo he escondido nunca.
—La copia que ustedes cedieron está recortada justo por ahí.
—La copia que cedimos es la que hay enmarcada en el pasillo de mi casa desde antes de que yo naciera.
—Y lo dijo sin subir la voz, con una educación perfecta—.
Si alguien la recortó, lo hizo en mil novecientos sesenta y algo con unas tijeras, para que cupiera en un marco.
Yo la descolgué de la pared y se la di a Yaiza.
Y ahí me tuve que callar, porque puede ser verdad.
Puede ser perfectamente verdad. Y aunque no lo sea, yo no tengo cómo demostrar lo contrario.
—Candela. —Se puso el abrigo—. Yo el sábado voy a estar allí, como todos los años. Y si alguien dice que esa fotografía prueba que mi abuelo compró a una muchacha, lo va a tener que decir mirándome.
—Yo no voy a decir eso.
—Pues muy bien.
Se fue calle abajo, y yo me quedé con la persiana a medio bajar pensando que aquel hombre acababa de decirme la verdad y de amenazarme en la misma frase, y que las dos cosas eran compatibles.