El corazón de Cañadulce Capítulo 33
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Capítulo 33

La cata de control la exige el reglamento de uso que firmé yo en noviembre, punto séptimo, y dice que la víspera de cada edición se hará una comprobación organoléptica con personas que no hayan consumido previamente el producto.

Lo redactó Diego para que pareciera serio. Fue lo último que se aprobó aquella tarde y lo firmé sin discutirlo.

Los seis auxiliares que contrata el ayuntamiento para la romería, que llegan siempre el viernes: dos de Setenil, tres de Ronda y una chica de Alcalá. Ninguno del pueblo. Ninguno había probado un corazón en su vida.

Y Merche, Yaiza y yo.

Charo llegó a las siete y cinco sin que nadie la avisara, se quitó el abrigo y se puso a colocar los platos en el mármol.

—Charo.

—Cállate y saca las servilletas.

Las piezas eran de la hornada de esa mañana. Cuarenta y ocho, hechas por mí a las cinco y veinte. Salieron perfectas. Ciento once gramos de media, color parejo, la superficie con el brillo que tiene que tener, y al partir una por la mitad, la miga en su punto.

Estaban buenas. Eso también hay que decirlo, que después se ha contado como si aquel día me hubiera salido mal el género.

Comieron los seis a la vez, a las siete y veinte, delante de todos.

Y no pasó nada.

Nada de nada. Los seis masticaron, dijeron que estaba muy bueno, uno preguntó si llevaba almendra, y siguieron hablando entre ellos de dónde iban a cenar.

Yaiza no grabó. Bajó el móvil a los diez segundos y no lo volvió a levantar.

Merche se apoyó en el mármol y estuvo un minuto entero sin decir nada.

—¿Cuántos van?

—Quince de cuarenta en la temporada. Y estos seis de seis.

—¿Y estos seis por qué van aparte?

—Porque no son ventas. Es una cata mía, con gente elegida por mí. —Recogí un plato—. Seis casos no demuestran ninguna ley, Merche. Lo que demuestran es que esta mañana, con esta masa, no ha funcionado ni una.

Y entonces Merche Pizarro dijo en voz alta lo que yo llevaba seis días callándome.

—Que hornee Rocío.

Se hizo un silencio en la cocina.

—Lo digo en serio. —Y lo decía en serio, y no era una trampa, y esto es importante—.

Si las de ella funcionan y las tuyas no, mañana hornea Rocío.

Tú llevas la tienda y ella hornea. Mañana hay tres mil personas en esa plaza, la subvención está justificada con esto y el lunes a las nueve tú tienes que firmar en el banco.

—Merche.

—Es que es lo lógico, Candela.

—Ya lo sé que es lo lógico. —Dejé el plato—. Se me ocurrió a mí el sábado pasado a las dos y cuarto de la tarde, en esta cocina, con las dos bandejas delante.

Merche me miró.

—¿Y por qué no lo has dicho?

—Porque me daba vergüenza.

Y aquí es donde hice la única cosa de todo este mes de la que estoy segura.

Cogí el móvil y llamé a Rocío, que estaba en su casa desde las dos, y le pedí que bajara. Y bajó en diez minutos, con el chándal y el pelo mojado, y se lo conté delante de las nueve personas que había allí.

Le conté lo del sábado. Le conté que se me había ocurrido y que me lo había callado seis días. Y le conté lo que acababa de proponer la alcaldesa.

—O sea, que mañana hornearía yo.

—Sí.

—¿Y en la caja qué pone?

—Obrador Berrocal.

—Ya.

Rocío se quedó mirando el mármol un momento. Tiene veintinueve años y lleva conmigo desde 2021 y aquella tarde habló mejor que ninguno de los que estábamos allí.

—Una hornada de urgencia la hago. Mañana a las cuatro de la mañana me pongo y la hago, y no por ti, por la gente que viene.

—Levantó la cabeza—. Pero se dice que la he hecho yo.

En el cartel de la mesa, en el directo de Yaiza y donde haga falta.

Y se me paga como se paga una hornada de romería, que no es lo que gano yo un sábado.

—Hecho.

—Y una cosa más. —Y ahí se dirigió a Merche, no a mí—. Yo no voy a estar amasando toda la temporada para que en el papel del ayuntamiento ponga que la receta es de una familia que no es la mía. Eso que quede dicho aquí, que hay testigos.

Merche bajó la barbilla una vez.

—Y aunque quisiera —añadió Rocío, y volvió a mirarme a mí—, no da. Tú sabes que no da. La romería son ochocientas piezas en dos días y eso no lo saca una persona sola ni durmiendo aquí.

Y no daba. Los números están en el registro. Nunca ha dado.

A las nueve, cuando se fueron los auxiliares, me quedé con las cuatro.

Y les dije lo que iba a hacer al día siguiente.

Merche cerró los ojos un segundo y los abrió. Yaiza dijo que ella el directo lo iba a dar igual. Charo se cruzó de brazos y dijo que menuda manera de arreglar las cosas, y se quedó.

A Encarna la llamé por teléfono a las diez menos cuarto.

Se lo dije en cuatro frases. No me contestó nada. Se oía la tele de fondo.

—¿Encarna?

—Te he oído.

—Mañana a las doce y media.

—Ya.

Y colgó ella.