Capítulo 34
La subida al mirador sale de la plaza a las doce. La degustación es abajo, a la una y media. Entre medias, en el mirador, hay veinte minutos de acto: la alcaldesa dice cuatro palabras, se abre la reja de los candados y se hace la foto.
Yo subí con la carpeta debajo del brazo.
Yaiza me vio la carpeta en la curva del cementerio y no me preguntó nada. Puso el trípode a la derecha del pretil, comprobó el sonido y dio el directo a las doce y veintidós.
Merche habló dos minutos. Dio las gracias a la Comisión, a la Junta de Andalucía, al Hotel Sierra Lisón y a los ochenta vecinos que hacen posible esto todos los años, y dijo que aquí no separamos lo que se quiere, que es la frase de la placa y la dice todos los años.
Y luego dijo:
—Y ahora Candela Berrocal quiere decir una cosa.
Eso no estaba previsto. Eso lo decidió ella en el momento y le costó lo que le costó.
Uno.
Empecé por lo que había venido a hacer y lo hice mal, porque lo hice creyendo que bastaba.
Dije que retiraba mi adhesión al expediente.
Saqué el papel, lo leí en voz alta, dije que a partir de ese momento yo no era operadora autorizada de nada y dije por qué: porque la memoria histórica que sostiene ese expediente dice cosas que no son verdad y porque mi firma está debajo de un papel que convierte esto en propiedad de mi casa.
Y me quedé esperando a que se acabara.
Y Merche, con el micrófono en la mano y delante de tres mil personas, me dijo:
—Candela, tú puedes renunciar a ser operadora. La solicitud es del Ayuntamiento. Eso lo tengo que retirar yo.
Y ahí se me abrió el suelo, porque llevaba una semana pensando que aquello dependía de mí.
—Sigue —dijo Merche—. Que estos señores han venido de Sevilla.
Dos.
Conté lo que se puede probar y fui separando, en voz alta, lo que es cada cosa, porque doce personas me vieron equivocarme en el Corcho hace once días y no lo voy a repetir.
Dije: esto está probado. Hay un expediente matrimonial en la parroquia, de febrero de 1959, en el que consta que Remedios Otal, de diecinueve años, iba a casarse con don Fernando Lisón, de cincuenta y uno, doce días antes de irse.
Hay un reconocimiento de deuda del 2 de febrero de 1959 en el archivo municipal, dentro del expediente de deslinde del Umbrío, en el que el padre de ella reconoce deber veintidós mil pesetas y el acreedor se compromete a perdonarlas el día de la boda.
Y en el reverso hay una nota del 19 de febrero que dice que queda cancelada por acuerdo de las partes, cuando la boda ya no se iba a celebrar.
Dije: esto es una falsedad documentada. La anotación del párroco que cancela ese expediente está fechada el 20 de febrero y dice que la contrayente se había ausentado de la localidad.
Y según lo que cuenta este pueblo en su propia ruta, ese día Remedios Otal estaba aquí, porque los habían encontrado el 17 y los habían bajado.
Dije: esto es un añadido y se ve. Y me di la vuelta y puse la mano en el pretil.
—La placa es de 1984. La franja de abajo es de otro metal, va con cuatro tornillos de estrella y no tiene pátina. Y hay un acta de 2004 que paga elementos complementarios en este mirador. Eso no prueba quién escribió esa frase. Prueba que no estaba aquí en 1984.
Y dije: y esto es publicidad. Lo del mismo molde no es verdad, el molde está retirado desde 1974 y es redondo. Lo del mismo horno tampoco, el horno se cambió en 1988. Lo de tres días bajo la nieve es una exageración de folleto. Y lo de que el dulce los mantuvo vivos es una manera de hablar.
Fue entonces cuando habló Fernando Lisón, desde la tercera fila y sin micrófono, con una voz que se oyó perfectamente.
—¿Y de mi abuelo qué va a decir?
—Que estaba allí y que pagó la batida.
—Eso lo he dicho yo siempre.
—Ya lo sé. —Y me volví hacia él—. Y hay una fotografía publicada en un semanario de Ronda el 7 de marzo de 1959 en la que se le ve pagando a los hombres. La copia que su familia cedió al expediente está cortada justo por ese lado.
—Esa copia lleva en un marco desde antes de que yo naciera.
—Puede ser. Yo no puedo demostrar lo contrario.
Y entonces Diego, que estaba al lado de la reja de los candados, levantó la mano con una fotocopia.
—La página está aquí, entera, si alguien la quiere ver. Y me la ha dado el archivo de Ronda esta semana.
Fernando lo miró y no le dijo nada a él. Me lo dijo a mí.
—Que su abuelo pagara una batida para buscar a una muchacha no prueba nada de lo que usted está insinuando.
—No lo prueba. Tiene razón.
—Pues que conste.
—Que conste.
Y se dio la vuelta y bajó la vereda, y cuando llegó al pueblo llamó por teléfono y a las cuatro de la tarde el Hotel Sierra Lisón había retirado el patrocinio de la romería de 2027.
Tres.
Yo no había contado con lo que pasó después, y es lo único bueno de aquel día.
Charo Vega se puso de pie en la segunda fila.
—Yo quiero decir una cosa.
Y lo dijo mirando a la gente, no a mí.
—Mi padre fue uno de los que subió a los Cuartillos el martes 17.
Se quedó fuera de la choza con otros once.
Y a mí me dijo toda su vida una sola cosa de aquel día, siempre la misma: que salieron vivos y que traían los pies fatal.
—Se paró—. Lo de que estaban abrazados no me lo dijo nunca mi padre.
Me lo creí yo, como todos. Y yo era la presidenta el año que se atornilló esa franja y firmé el acta sin pedir el texto.
Se sentó.
Y detrás, sin levantarse y sin que se le viera casi, habló Manolo Cabañas.
—Yo lo sabía desde el setenta y uno.
Tres mil personas y once autobuses.
—Leí un papel de mi padre en el setenta y uno y monté la romería en el ochenta y cuatro. —Y no pidió perdón, y quiero que quede escrito que no pidió perdón—. Y con esto ha comido este pueblo cuarenta años. Las dos cosas.
Cuatro.
Yaiza no cortó.
Lo tenía a un botón. Es su primera campaña, la pieza de Loli le había dado ciento y pico mil reproducciones y su tía es Encarna Pinto.
No cortó. Y cuando bajamos me enseñó el móvil y me dijo que el bruto lo guardaba entero, que eso es lo primero que le enseñaron.
En el mirador, mientras tanto, la gente había dejado de ser tres mil personas.
Hubo dos que se fueron. Hubo una señora que dijo en voz alta que menuda vergüenza y no se supo si lo decía por mí o por el pueblo.
Hubo un hombre de Utrera que preguntó si le devolvían el dinero del candado.
Y hubo una fila de doce o quince que se quedó al final para ver la franja de cerca, tocando la junta con el dedo, como había hecho yo el 20 de enero.
Y la caja de los candados siguió abierta, y se vendieron ciento sesenta a cinco euros, y Loli Bornes recogió los rotuladores al terminar, uno por uno, como todos los años.
Cinco.
Merche esperó a que bajara la gente y me lo dijo en el pretil, sin micrófono, con la carpeta suya debajo del brazo.
—El lunes presento el desistimiento de la solicitud. Eso lo firmo yo.
—Merche.
—Y el martes empiezo el expediente de la declaración de patrimonio, que esa la aprobó el Pleno y la tiene que revisar el Pleno. Convoco extraordinario para el jueves.
—¿Y la subvención?
—La subvención la voy a devolver yo, con el reintegro voluntario, y me van a caer los intereses que me caigan. —Se puso bien la bufanda—. Cuarenta y cinco mil euros y lo que venga detrás.
—Lo siento.
—No lo sientas, que no es tuyo. —Y me miró—. Es de la que firmó la memoria.
Bajamos juntas y no volvimos a hablar hasta abajo.
Encarna estaba al final, detrás de todo, con el abrigo puesto, a diez metros del último banco. Estuvo allí los veinte minutos.
No se acercó. No habló. Cuando empezó a bajar la gente, se fue por la vereda del cementerio, que es la que se coge para no cruzar la plaza.
Y a la una y media se hizo la degustación, porque las cosas siguen. Ochocientas piezas en la plaza. En la mesa había un cartel escrito a mano, en cartulina, que puso Yaiza a las nueve de la mañana:
Elaborado por Rocío Cansino Barea.
Fue la mejor romería de degustación de la que hay recuerdo, porque funcionaron todas.
Y a las ocho de la tarde, cuando se fueron los autobuses y me quedé sentada en el escalón del obrador, me acordé de Pilar Otal.
Ya tenía la respuesta y me había costado dos días.
No lo he contado porque yo sepa la verdad. La verdad la sabía mi abuela desde 1959 y la sabía Manolo desde 1971 y la sabía Encarna desde 1994, y los tres siguieron viviendo.
Lo he contado porque en octubre pusimos esa mentira en un papel y pedimos que fuera nuestra. Y debajo de ese papel está mi firma.
Eso es lo único que ha cambiado en sesenta y siete años. Que esta vez alguien intentó registrarla.