Epílogo
La primera hornada de la temporada se hace a oscuras y sin hablar, y este año la hicimos entre cinco.
Cuento lo que hay, que es lo que me han pedido y lo que sé hacer.
Lisón no volvió. La romería de este año se ha hecho con doce mil euros menos y se nota: no ha venido prensa, no ha habido verbena el sábado y la carpa era la pequeña.
La temporada pasada cayó un treinta y ocho por ciento. En este pueblo eso son ochenta personas haciendo menos jornadas y hay tres que no han hecho ninguna. Eso también lo he contado, porque lo he tenido que oír.
En septiembre montamos la cooperativa. Somos cinco: Rocío, las dos de la calle Nueva, la hija de Angustias y yo.
Cada una puso nueve mil euros y con los treinta y seis mil se amortizó parte de la deuda; quedan veinticinco mil cuatrocientos, que los lleva la cooperativa.
Yo tengo el cuarenta por ciento del capital, la dirección técnica y un voto de cinco, que es lo que tiene cada una.
He enseñado la receta a cuatro personas. Se tarda dos tardes.
El nombre no era mío y no lo he perdido. En octubre el ayuntamiento volvió a pedir la marca de garantía con la historia corregida, un reglamento abierto a quien cumpla las condiciones y cinco operadoras autorizadas. Está en trámite.
En el mirador hay un panel nuevo, de metacrilato, con la historia entera.
Es feo y es largo y nadie ha querido resumirlo, y esa es exactamente la razón por la que está bien.
La franja de 2004 se quitó. La placa de 1984 se quedó donde estaba, con su frase, porque el Pleno decidió que eso también es historia de este pueblo.
No hay ninguna fiesta que se llame de Remedios Otal. Pilar Otal mandó en diciembre una carta de cuatro líneas dando por buena la información del panel y recordando lo de las fotografías. No ha venido.
Encarna Pinto abre la iglesia a las ocho. No ha vuelto a entrar en el obrador en un año. Nos vemos en la plaza y nos damos los buenos días. Yo todavía no sé si eso es justo, y lo he pensado mucho, y sigo sin saberlo.
Manolo Cabañas viene los martes, se sienta en la mesa del fondo y se toma un café. Sigue sin comer dulce.
Y hoy, 14 de febrero de 2027, a la una y media, en la plaza, con la carpa pequeña y sin autobuses, Charo Vega me ha dado un corazón en un plato.
Lo horneó ella esta mañana a las seis.
Me lo he comido de pie, al lado de la mesa, con el mandil puesto.
Y me ha vuelto una tarde de mayo, de cuando yo tendría nueve o diez años, en el obrador, con la persiana echada porque era la hora de la siesta.
Mi abuela estaba pasando a limpio las cuentas del mes y yo estaba sentada en el suelo, contra el saco de harina, sin hacer nada.
Entraba una raya de sol por el ventano de arriba y se veían las motas.
No hablamos. Ella iba pasando cuentas y yo estaba allí.
En algún momento levantó la cabeza y me preguntó si quería un vaso de leche, y le dije que no, y siguió con las cuentas.
Ya está. Eso es todo lo que pasó aquella tarde.
Cuarenta y ocho años tenía ella. Los mismos que voy a cumplir yo en octubre.
Me he terminado el corazón y me he limpiado las manos en el mandil, y he vuelto a la mesa, que había cola.