Capítulo 31
El número me lo dieron los primos de la ferretería, y me lo dieron de mala gana.
—¿Y para qué la quieres tú?
—Para preguntarle una cosa de su madre.
—Nosotros con esa gente no nos tratamos.
Me lo apuntaron en un trozo de papel de estraza igual.
Llamé el jueves 12 a las seis de la tarde, que es la hora en la que yo calculé que una mujer de sesenta y dos años que ha sido modista puede coger el teléfono.
—Oui?
—¿Pilar Otal?
—Sí. ¿Quién es?
Le dije quién era. Le dije el pueblo. Se hizo un silencio de los que cuestan dinero en una llamada internacional.
—Ah.
—Perdone que la moleste.
—No molesta. Diga.
No es antipática. Quiero que quede claro porque después la han llamado antipática en Cañadulce y no lo es. Es una mujer que contesta lo que le preguntan y nada más, que es una manera de hablar que aquí no se practica.
Le conté lo que había encontrado. Se lo conté en cinco minutos, en orden, y ella no me interrumpió ni una vez.
Cuando terminé, dijo:
—Mi madre me contó lo de la deuda.
—¿Se lo contó?
—Una vez. Yo tendría treinta años. Me dijo que su padre debía dinero, que la casaban con el acreedor y que se fue.
—¿Y de Ginés Ocaña?
—Que era un hombre que la ayudó a salir. —Y ahí sí se le puso otra voz—. Eso me lo dijo tres o cuatro veces en su vida, y siempre igual, y siempre con las mismas palabras: que no fue novio suyo, que fue un hombre que la ayudó a salir. A mí me lo repitió porque quería que yo lo supiera.
—En mi pueblo hay una placa que dice que se querían.
—Ya. Lo sé.
—¿Lo sabe?
—Mi madre lo supo en los noventa. Se enteró por una prima. —Pausa—. Le sentó mal una semana y luego dijo que allá ellos.
Le pregunté qué se podía contar.
Y aquí Pilar Otal me contestó como si lo llevara pensado desde hace treinta años, y a lo mejor lo llevaba.
—Cuente los hechos. Que la iban a casar, que había una deuda, que se fue, que la buscaron y que ese hombre no era su novio. Eso es verdad y es de todos.
—Y qué no.
—Las cartas no.
—No pensaba enseñarlas.
—Ni enseñarlas ni leerlas en voz alta ni ponerlas en un cristal. —Muy tranquila—. Esas cartas son de su abuela y de un hombre que está muerto y no hablan de mi madre más que de pasada.
—De acuerdo.
—Fotos de mi madre, ninguna. Ni de joven ni de mayor. Ni de su casa, ni de mi padre, ni mías.
—De acuerdo.
—Y no quiero camisetas. —Y por primera vez levantó un poco la voz—. Ni llaveros, ni candados con su nombre, ni una ruta que pase por la puerta de la casa donde nació. Si dentro de dos años hay una fiesta que se llama de Remedios Otal, yo llamo a un abogado.
—No va a haber ninguna fiesta que se llame así.
—Eso dígalo cuando la haya.
Nos quedamos calladas un momento.
—Señora Otal, ¿usted vendría?
—No.
—Es que yo pensaba que a lo mejor...
—No, hija. —Y no sonó dura—. Yo no tengo nada que hacer ahí.
Y entonces, cuando yo ya estaba despidiéndome, me hizo la pregunta.
—Oiga. Una cosa.
—Dígame.
—¿Por qué lo necesita contar ahora?
—¿Cómo?
—Que su abuela lo supo desde el cincuenta y nueve y se murió sin contarlo. Sesenta y cuatro años. —Ni un reproche en la voz, y por eso fue peor—. ¿Qué le pasa a usted que no le pasó a ella?
Me quedé con el teléfono en la oreja delante del escaparate.
—No lo sé todavía.
—Pues piénselo antes del sábado —dijo Pilar Otal—. Que no es lo mismo contar una cosa porque hay que contarla que contarla porque a una le pesa.
Y colgó.