El corazón de Cañadulce Capítulo 30
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Capítulo 30

Se sentó.

Yo estaba pasando una bandeja y me quedé con la bandeja en el aire, porque en cuarenta y dos años yo no he visto a ese hombre sentarse en mi tienda ni en ninguna otra. Entra, mira, dice dos cosas y se va.

—¿Me pones un café?

Le puse un café.

—Me ha llamado Encarna anoche.

—Ya.

—Que has sacado el papel de tu abuela.

—Ya.

Removió el café sin azúcar y estuvo un rato con la cucharilla.

—Mi padre murió en octubre del setenta y uno. —Empezó por ahí, sin que yo le preguntara nada—. Y en enero del setenta y dos me puse a vaciar la mesa del despacho, que era la del ayuntamiento y se la había traído a casa cuando lo dejó.

—Manolo.

—Déjame que lo diga seguido, hija, que si me paras no lo digo.

Y lo dijo seguido.

En una carpeta de gomas de su padre había un folio escrito a mano, por las dos caras, con la fecha del 16 de febrero de 1959.

Su padre apuntaba las reuniones, porque era de los que apuntan.

Y en ese folio estaba lo que se habló aquella noche en el ayuntamiento entre Ambrosio Cabañas, don Fernando Lisón y don Álvaro Terrones, con quién dijo qué y con quién lo propuso.

—¿Y qué ponía?

—Ponía lo que ponía. —Levantó la vista—. Ponía que si aparecían vivos se decía que se querían. Y ponía quién lo propuso.

—¿Y quién lo propuso?

—Don Fernando.

Me senté enfrente. Es la primera vez en mi vida que me he sentado enfrente de Manolo Cabañas.

—¿Y dónde está ese papel?

—Lo quemé.

Lo dijo igual que había dicho lo demás.

—¿Cuándo?

—En el ochenta y cuatro.

—El año de la romería.

—El año de la romería.

Y aquí es donde el hombre hizo lo que yo no le he perdonado del todo, que es defenderse bien.

—Yo cogí este pueblo en el ochenta y tres con la mina cerrada, con cuatrocientos vecinos menos que en el setenta y con la escuela a punto de perder la segunda unidad.

—Puso las dos manos abiertas encima de la mesa—.

Y a mí se me ocurrió una fiesta. Y en la fiesta vinieron cuatro autobuses el primer año y treinta y uno el quinto.

Y con eso se arregló la calle de la Fuente, se puso el alumbrado de arriba y se quedaron aquí doce familias que se iban.

—Sabiendo que era mentira.

—Sabiendo que era mentira. —Ni parpadeó—. Y lo volvería a hacer.

—Manolo.

—Que sí, niña, que sé lo que estás pensando. Pero tú súbete conmigo al mirador y me dices cuál de esas doce familias sobraba.

Me callé, porque no tengo respuesta a eso, y hay que decir con todas las letras que no la tengo.

Ese hombre construyó cuarenta años de comer sobre una coartada de 1959, y ochenta personas de este pueblo sacan jornadas en febrero por eso, y una de ellas es la madre de Rocío. Todo eso es verdad a la vez.

—Y a mi abuela le llevó un corazón aquel día.

Ahí sí se le fue la voz.

—Se lo llevé con el plato. Yo pensaba que estaba orgullosa.

—Y le dijo que no.

—Me dijo que no y no me miró. —Se pasó la mano por la cabeza—. Y yo me volví a la plaza y seguí contando autobuses. Y aquella tarde, cuando cerré la caseta, ya lo sabía. Ya sabía por qué me había dicho que no.

—¿Y qué hizo?

—Nada.

Se bebió el café frío de un trago.

—Trece años tardé en quemar el papel, ¿sabes? Del setenta y dos al ochenta y cuatro lo tuve en un cajón. Y lo quemé el año que monté la romería, que es lo que hace uno cuando decide que ya no va a cambiar de idea.

Se levantó. Se puso la gorra.

—¿Vas a contarlo?

—No lo sé.

—Pues cuéntalo con papeles, hija. Que lo mío no vale.

—¿Cómo que no vale?

—Que yo digo que ponía eso y no tengo el papel. —Y se rio, sin ninguna gracia—. Mi padre lo apuntaba todo y por eso lo supe. Y yo lo quemé y por eso no lo puede saber nadie más.

Y se fue.

Esa noche lo apunté en el cuaderno y lo apunté como lo que es. Un hombre de setenta y nueve años dice que en 1971 leyó un papel que dice que quemó en 1984. Eso, si lo cuento en la plaza, es una historia.

Y luego, debajo, apunté la cosa que me tuvo despierta.

El reconocimiento de deuda del Umbrío sobrevivió porque Ambrosio Cabañas era un funcionario ordenado y en 1962 lo metió en un expediente de deslinde.

O sea, que el único papel de todo esto que se puede llevar a una mesa lo conservó el hombre que estuvo en aquella reunión.

Y el que se destruyó lo destruyó su hijo.