El corazón de Cañadulce Capítulo 1
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El corazón de Cañadulce

El corazón de Cañadulce

Por Marina Trigo

© inepub.com

Capítulo 1

La primera hornada de la temporada se hace a oscuras y sin hablar, porque así la hacía mi abuela y porque a las seis de la mañana del día de Reyes no hay con quién.

El pueblo entero dormía la resaca del roscón.

Yo había sacado ciento veinte el día anterior y tenía las manos como si me hubieran pegado.

Bajé a las cinco y veinte. El obrador estaba a la temperatura de la calle, que en Cañadulce en enero es una temperatura con opinión propia, y encendí el horno antes que la luz, que es el orden correcto aunque luego te des con el marco de la puerta.

Puse las bandejas. Saqué la manteca de la nevera para que se templara. Pesé.

Cuando digo que peso quiero decir que peso. Mi abuela lo hacía a ojo y le salía siempre, y yo he tardado tres años en aceptar que a mí a ojo me sale casi siempre, que no es lo mismo.

A las seis y diez entró la primera bandeja.

Hay que explicar una cosa aquí, y la voy a explicar deprisa porque en el pueblo no la explica nadie.

El corazón de Cañadulce hace lo que hace.

Quien se come uno se acuerda del momento más feliz de su vida, con una claridad que no se parece a acordarse, y le pasa una vez y no le vuelve a pasar nunca.

Eso es todo. No hay más reglas, no hay ceremonia, no hay que pedir nada ni pensar en nadie, y la gente de aquí lo trata como trata la humedad de la sierra: sabiendo que está, quejándose de vez en cuando y sin hacerle preguntas.

Los de fuera sí preguntan. Preguntan si se puede elegir el recuerdo, y no.

Preguntan si funciona con dos, y no, es uno por persona y se acabó.

Preguntan cómo se sabe que es el más feliz, y esa es la única pregunta buena de todas, porque nadie que salga de aquí llorando ha discutido nunca la elección.

Y luego está la tercera regla, que es la que me toca a mí.

La pieza no funciona para las manos que la han horneado.

Yo llevo treinta y ocho años en el mundo, tres de ellos amasando esto todos los días, y no he probado un corazón en mi vida.

Ni uno. Los conozco por dentro mejor que nadie y no sé a qué saben cuando funcionan.

Lo cual tiene arreglo, porque basta con que lo hornee otra persona.

Se lo pedí a mi abuela desde los nueve años.

Me dijo que no a los nueve, a los quince, a los veintidós y a los treinta y uno, siempre igual, sin enfadarse y sin explicarlo, y a los treinta y uno dejé de pedírselo.

Cuando murió me lo planteé una tarde entera y decidí que se lo pediría a Rocío en cuanto el obrador estuviera saneado, que es la manera educada de decir nunca.

Hay cosas que una no hace por detrás de una muerta, aunque la muerta ya no se entere.

A las ocho llegó Rocío, que lleva conmigo desde 2021 y que a esas horas todavía no habla.

A las nueve menos cuarto saqué del cajón de los pedidos la carta del banco, que había llegado el viernes y que yo llevaba cuatro días sin abrir.

El cajón de los pedidos es donde dejo las cosas que voy a mirar cuando tenga tiempo, un sitio que funciona más o menos como un cementerio.

La reforma de 2019 me costó lo que cuesta una reforma cuando el que la paga tiene prisa y el que la hace tiene otros tres obradores.

Cerramos seis meses. El primer año fue bueno y el segundo también, y con eso yo pensaba que ya estaba, hasta que hice cuentas de temporada y entendí lo que cualquiera con menos harina en la cabeza habría entendido antes: que en Cañadulce se vende de enero a marzo, que el resto del año esto es una plaza con una fuente, y que una deuda no sabe que existen las temporadas.

Por eso firmé en noviembre lo que firmé. Quiero dejarlo dicho ahora y no dentro de trescientas páginas, cuando quede peor.

El ayuntamiento pidió la marca del corazón de Cañadulce con el obrador Berrocal como único productor autorizado, y a mí me pusieron delante una declaración de adhesión de cuatro folios.

La leí entera, en la cocina, con las gafas de leer de mi abuela, que son las únicas gafas de la casa.

La entendí. La firmé. Y firmé sabiendo que aquello me daba una exclusividad que ninguna de las otras cuatro personas del pueblo que saben hacer un hojaldre iba a tener nunca.

No me engañaron. Eso es importante.

A las nueve en punto llegó la Junta del Almíbar, que no es una junta ni tiene nada que ver con el almíbar. Son cuatro y a veces cinco, se sientan en la mesa del fondo, piden dos cafés para tres personas y llevan doce años tomando decisiones que no les corresponden sobre asuntos que no les incumben.

Encarna llegó la primera, como siempre, porque abre la iglesia a las ocho y a las nueve ya no tiene nada que hacer en toda la mañana. Se sentó, se quitó el abrigo en dos tiempos y me miró las bandejas.

—Poca cosa para ser el primer día.

—Es el primer día, Encarna.

—Por eso lo digo. Tu abuela sacaba el doble.

—Mi abuela tenía a dos mujeres ayudándola.

—Tu abuela tenía dos manos como todo el mundo.

Charo entró detrás con el móvil por delante, leyendo algo, y sin levantar la vista dijo que el jueves era la presentación en el salón de plenos, que había vino y que fuera con algo mejor que el delantal.

Charo lleva la mercería, preside la Comisión de la Romería y habla siempre en imperativo, incluso cuando pregunta la hora.

—Y llévate seis cajas, que va a haber prensa.

—¿Prensa de dónde?

—Prensa —dijo Charo, que es una respuesta.

Yaiza vino después con el ordenador y con esa energía que tienen los veinticuatro años cuando cobran del ayuntamiento, y estuvo veinte minutos enseñándonos la presentación del consultor en la pantalla, pasando diapositivas con el dedo y explicando cosas que no le habíamos preguntado.

Que si el posicionamiento. Que si el relato.

Que si Cañadulce tenía que dejar de venderse como un pueblo con una leyenda y empezar a venderse como una experiencia emocional.

—Nena —dijo Encarna—, aquí lo que hay es frío.

Manolo llegó el último y no se sentó. Se quedó de pie junto a la puerta, con la gorra puesta, mirando el escaparate desde dentro como si lo estuviera comprobando.

—¿Café, Manolo?

—Nada, hija, que voy de paso.

Manolo Cabañas tiene setenta y nueve años, fue alcalde de este pueblo cuando yo no había nacido y se inventó la romería que nos da de comer a todos. Va de paso desde hace cuarenta años. Entra, mira, dice dos cosas y se marcha, y en la vida le he visto sentarse en la mesa del fondo con los demás.

Estuvo un rato callado. Luego señaló la bandeja con la barbilla.

—Que salgan buenos este año.

—Saldrán.

—Ya.

Y se fue.

Cuando cerré a las dos me acordé, fregando, de una cosa que llevaba doce años delante y que hasta ese martes no había mirado nunca de frente.

Manolo tampoco ha comido un corazón en su vida.

Lo sabe el pueblo entero y a nadie le ha extrañado jamás, porque en Cañadulce todo el mundo tiene una manía y esa es la suya.

Dice que no le gustan los dulces. Desde hace unos años dice que se lo tiene prohibido el azúcar.

En la degustación de la romería se pone siempre en la última fila con las manos en la espalda, y la gente lo cuenta con cariño, como se cuentan las cosas de los viejos.

Yo no como porque no puedo. Es la regla y no tiene vuelta.

Él sí puede.

Cerré el grifo y me quedé con el trapo en la mano más tiempo del que hacía falta, y luego pensé que era una tontería y subí a dormir la siesta.