Capítulo 2
Seis cajas son cuarenta y ocho corazones y pesan menos de lo que parece, pero ocupan, y la plaza a las siete menos cuarto de un jueves de enero estaba a cuatro grados y con el viento de la sierra metiéndose por la calle del Horno como si le hubieran pagado por hacerlo.
Crucé con las cajas apiladas hasta la barbilla. En el ayuntamiento habían puesto dos estufas de esas de seta y las habían encendido a las seis, así que el salón de plenos olía a butano y a abrigo mojado, que es como huelen en Cañadulce todas las cosas importantes.
Charo me estaba esperando en la puerta con una carpeta.
—Por la izquierda.
—¿El qué por la izquierda?
—Tú. Entra por la izquierda, que la cámara está en la derecha y no quiero cajas cruzando el plano.
Entré por la izquierda.
Habían quitado las sillas de siempre y puesto sillas de plástico, sesenta, y estaban llenas menos la última fila, que en este pueblo se llena la última.
Merche presidía desde la mesa larga con el escudo delante.
A su izquierda, un hombre de unos cuarenta que no era de aquí, con jersey fino y sin corbata, que es el uniforme de los que vienen a explicarnos lo que somos.
A su derecha, Fernando Lisón, con el abrigo puesto y las manos cruzadas, tranquilo como está tranquilo el que paga el vino.
Dejé las cajas en la mesa del fondo, que aquí también hay una mesa del fondo, y Yaiza me hizo una seña con dos dedos para que la moviera diez centímetros. La moví diez centímetros.
La Junta del Almíbar estaba en la tercera fila, los cuatro, con los abrigos puestos y ocupando cinco sillas porque Encarna había dejado el bolso en una.
Merche abrió a las siete y cinco. Dio las gracias a la Comisión de la Romería, a la Junta de Andalucía, a Hotel Sierra Lisón por su colaboración de siempre y al obrador Berrocal por su compromiso con el patrimonio del municipio.
Cuando dijo mi apellido, la gente se volvió a mirarme y yo me miré los zapatos, que era lo que tenía más a mano.
Luego habló el del jersey fino. Diego Sanjuán, consultor de destinos.
Habló veinte minutos y he de reconocer que habló bien.
Explicó que Cañadulce tenía lo que casi ningún pueblo de la sierra tiene, que es un relato propio, y que un relato propio sin protección jurídica es un relato que cualquiera puede usar.
Explicó que una marca de garantía no es una marca de empresa, que la pide el ayuntamiento y no un particular, y que lo que garantiza es que el que la lleva cumple unas condiciones.
—El titular sería el municipio —dijo—. No una familia. El municipio.
—Eso está bien —dijo Encarna, en voz de iglesia, que es una voz que se oye entera desde cualquier punto de un edificio.
Diego siguió. Dijo activo patrimonial, dijo puesta en valor y dijo autenticidad tres veces. La tercera, Manolo, que estaba de pie al fondo con la gorra puesta, se movió un poco, y no sé por qué me fijé.
Entonces puso la diapositiva de la foto.
Es una foto que yo he visto toda la vida en el bar y en la portada del folleto.
Blanco y negro, granulada, doce o catorce hombres en la plaza con boinas y palos, algunos con la manta al hombro, todos mirando a cámara con esa cara de no saber para qué sirve mirar a cámara.
Cañadulce, 17 de febrero de 1959. La partida que subió a los Cuartillos.
Ampliada en una pared entera se veía otra cosa. Se les veían las botas.
Debajo, en letra pequeña, el pie: Cesión de la familia Lisón . Fernando no se movió cuando salió su apellido, pero Charo sí se volvió medio palmo hacia él, que es la manera que tiene esta gente de dar las gracias.
Y después vino la diapositiva siguiente, que era una lista.
CORAZÓN DE CAÑADULCE Marca de garantía · Solicitante: Ayuntamiento de Cañadulce Reglamento de uso: abierto a productores de la comarca que cumplan condiciones Operadora autorizada a fecha de solicitud: Candela Berrocal Ruiz, obrador Berrocal
Ahí estaba mi nombre entero, con los dos apellidos, proyectado en la pared del salón de plenos a una altura de metro y medio.
No era la primera vez que lo veía escrito.
Lo firmé en noviembre, en la cocina, con las gafas de leer de mi abuela, después de leer cuatro folios de arriba abajo dos veces.
Sé lo que dice el reglamento y sé lo que dice mi adhesión.
Sé que en Cañadulce hay por lo menos cuatro personas capaces de hacer un hojaldre mejor que yo y que ninguna de las cuatro iba a salir en esa pared.
Lo que pasa es que una cosa es firmarlo en tu cocina y otra es que lo pongan grande.
—¿Preguntas? —dijo Merche.
Hubo tres. La primera fue de un señor que quería saber si esto subía el IBI. La segunda fue de Encarna, que preguntó si la marca la podía usar la parroquia para el dulce de la Candelaria, y Diego tardó un rato en explicar que era otra cosa y Encarna tardó menos en decidir que le daba igual.
La tercera la hizo Charo y no era una pregunta.
—Yo quiero que conste que la Comisión ha revisado la parte histórica y que la parte histórica está bien.
—Que conste —dijo Merche.
Y ya está, así se hacen las cosas. Alguien pide que conste, otro dice que conste, y sesenta personas en sillas de plástico se quedan tranquilas.
Al final Merche me miró.
—Candela, ¿nos dices algo del dulce?
Odio esto. Me levanté sin levantarme del todo, esa postura de medio muslo que pone una cuando la sacan sin avisar, y dije que la receta era la de mi abuela, que la hacemos igual desde 1961 y que lo que hay que hacer con un corazón es comérselo el mismo día y no guardarlo, porque el azúcar tira de la humedad y a las cuarenta y ocho horas ya no es lo mismo.
Se rieron. No sé de qué se rieron, pero se rieron, y Yaiza levantó el pulgar detrás de la cámara.
Diego cerró con una frase preparada sobre que un pueblo que cuida su historia cuida su futuro, y hubo aplausos, y las estufas de seta seguían oliendo a butano.
Mientras la gente se levantaba a por el vino, Yaiza pasó por la mesa del fondo, abrió una de mis cajas sin pedirme permiso y empezó a montar los corazones en bandejas de cartón dorado que había traído ella.
—¿Y esto?
—Es para la cata. Sale mejor en dorado.
Sacó una bandeja pequeña, de cuatro, y la apartó a un lado con un pósit encima.
Leí el pósit del revés, que es como se leen las cosas que no te enseñan.
Ponía: Manolo .