Capítulo 29
Son cuatro folios y están ordenados de una manera que a mí me tumbó, porque es la manera de mi abuela y es la manera del cuaderno.
Va por columnas. No por columnas dibujadas, sino por partes, con un encabezado en cada una escrito con la misma letra.
Lo que yo vi.
Lo que me contó Remedios.
Lo que me escribió Ginés.
Lo que me contó mi tío Rafael.
Lo que yo he sacado en claro.
Lo que no he podido comprobar.
Sesenta y cuatro años callada y cuando por fin lo escribe, lo escribe separando lo que sabe de lo que supone.
Yo llevaba un mes haciendo eso mismo en un cuaderno de encargos y creyendo que se me había ocurrido a mí.
Y al final, después de la última parte, hay dos párrafos que no son relato. Son instrucciones, y están escritos en otro tono, más lento, como se escribe lo que se ha pensado mucho.
El primero dice que esa declaración no se haga pública mientras ella viva. Y que después de su muerte se entregue copia a sus herederos y al ayuntamiento en cuanto alguien intente registrar la receta, ceder oficialmente el nombre o volver a modificar la versión de febrero de 1959.
El segundo dice que el nombre corazón de Cañadulce no se conceda en exclusiva a ninguna persona ni a ninguna familia, y que la receta no se reserve de manera permanente a una sola casa.
Lo leí y me levanté y volví a leerlo de pie.
Mi abuela murió hace tres años. En octubre se pidió el registro. En octubre se firmó que no había nada.
Las dos condiciones se cumplieron a la vez, con cuatro meses de margen, y ese papel estuvo dos baldas más abajo, detrás de dos cajas de cofradía.
Llamé a la puerta de Encarna a las nueve de la noche.
Vive en la calle del Pilar, encima de lo que era la ferretería. Abrió con la bata y la tele puesta, y no puso cara de sorpresa. Eso es lo primero que quiero dejar escrito. No puso ninguna cara de sorpresa.
—Pasa, hija, que hace un frío que pela.
Pasé y no me senté.
Se lo conté por orden. Lo probado primero y lo inferido después, y dije cuál era cuál, en voz alta, porque llevaba dos semanas prometiéndomelo.
Que abrió el sobre en 1994 y lo catalogó con sus iniciales. Que en octubre firmó una certificación. Que el 30 de enero, al día siguiente de decirle a Diego que no, sacó el legajo y lo puso dos baldas más abajo detrás de dos cajas.
Y que lo que yo no puedo demostrar es que sepa lo que pone dentro.
Encarna me escuchó de pie, con las manos delante, hasta el final.
—Sé lo que pone.
—¿Lo leíste?
—Lo leí en el noventa y cuatro, en esa habitación, sentada en la silla de la puerta. —Se ajustó la bata—. Y lo he leído dos veces más desde entonces.
No lo negó. No dijo que se le hubiera olvidado ni que ella solo pone el sello. Se quedó allí de pie y me lo dijo entero en una frase.
—Entonces firmaste sabiendo.
—Sí.
—Encarna.
—Que sí, Candela. Que firmé sabiendo. —Y entonces levantó un poco la voz por primera vez en toda mi vida—. ¿Y qué querías que hiciera?
—La verdad.
—¿La verdad? —Se rio, y fue horrible—. Si eso sale, tú te quedas sin el registro.
Sin el registro no hay contrato, y sin contrato el banco no te refinancia, y con novecientos cincuenta euros al mes tú cierras en junio.
Eso no lo digo yo, eso me lo dijiste tú en esta cocina en noviembre, llorando, con las cuentas en la mano.
Me callé.
—Y yo te vi volver de Madrid con veintiséis kilos de maleta y la cara de haberte ido a la mierda. Y te vi levantar eso otra vez. —Señaló la ventana, la plaza, el obrador—. Y ahora me viene un papel de una mujer que lleva tres años muerta a llevárselo.
—Ese papel es de mi abuela.
—Ese papel es de tu abuela y tu abuela estuvo sesenta y cuatro años sin sacarlo. —Y ahí me miró de una manera que no le he visto nunca—. Pregúntate por qué.
Estuvimos calladas un rato.
—Encarna, escúchame una cosa.
—Dime.
—En mil novecientos cincuenta y nueve, cuatro hombres se sentaron en una casa y decidieron qué versión se contaba de una chica de diecinueve años. Y no se lo preguntaron a ella. Y lo hicieron para arreglarlo, y a lo mejor alguno hasta creyó que la estaba protegiendo.
—No es lo mismo.
—Ya sé que no es lo mismo.
—A esa muchacha la echaron de aquí. —Le temblaba la barbilla—. Yo a ti te estoy guardando la casa.
—Ya lo sé. Y decidiste tú.
Y ahí se quedó.
Se quedó porque es verdad y porque es lo único de toda esta historia que no tiene vuelta.
No la echó nadie de ningún sitio. No la amenazó nadie con nada.
Encarna Pinto, con setenta y tres años, decidió sola, en una habitación con un radiador de aceite, qué verdad podía yo soportar.
Y lo llamó cuidarme. Y me estaba cuidando, eso es lo peor, me estaba cuidando de verdad, con el mismo cuerpo con el que fue a la residencia todos los martes durante dos años cuando yo no podía ir.
—Me tengo que ir.
—Candela.
—Que me tengo que ir, Encarna.
—¿Qué vas a hacer?
Y le dije la verdad, que era la única cosa que yo tenía aquella noche.
—No lo sé.
Bajé las escaleras de la calle del Pilar y crucé la plaza a las nueve y media de la noche de un martes de febrero, y el mirador se veía desde abajo con las luces de los candados encendidas, porque las ponen el día 1 y las quitan el día 20.
No se ha vuelto a sentar en la mesa del fondo.