Candela Ferrer tiene un plan a cinco años, una coraza a prueba de balas y una única certeza en la vida: no soporta a Bruno Salazar.
La franja de medianoche de la radio de la facultad era suya. La había calculado, planeado y merecido. Hasta que la dirección la sienta delante del mismo micrófono que el único tío capaz de sacarla de quicio con solo sonreír: presumido, insoportable y dueño de cada sala en la que entra. Y, por si compartir programa fuera poco castigo, solo hay una plaza de prácticas. Una. Para los dos.
Así que Cande hace lo que mejor se le da: una lista. Veinte razones para odiar a Bruno, anotadas en el móvil, blindadas contra cualquier sentimiento. Lo que no calcula es que él va a caer primero. Ni que, una a una, sus razones —«por su sonrisa de imbécil», «por hacerme reír siempre»— van a sonar cada vez menos a odio y cada vez más a otra cosa que no está dispuesta a nombrar.
Llega a la número doce sin despeinarse. En la trece, todo salta por los aires.
Una comedia romántica de rivales de la radio, micrófonos abiertos y secretos que no sobreviven a un directo. Para quien sabe que la distancia entre «te odio» y «no puedo dejar de pensar en ti» es mucho más corta de lo que estamos dispuestos a admitir.






