15. Por aparecer cuando menos lo quiero.
Por aparecer cuando menos lo quiero.
Hay un punto, cuando algo se rompe, en el que dejas de llorar.
No porque estés mejor, sino porque te has quedado sin agua.
Yo llegué a ese punto la tercera semana, y desde ahí lo que vino no fue tristeza.
Fue una cosa peor, más seca, más práctica: las ganas de tirarlo todo por la borda con tal de que dejara de doler.
Dormía mal. Comía cuando Lola me ponía un plato delante y se quedaba mirando hasta que me lo terminaba.
Iba a clase y no me enteraba de nada. Tachaba tareas de mis listas con una eficiencia de autómata, porque tachar era lo único que todavía me daba la sensación, falsa pero útil, de controlar algo.
Y por debajo de todo aquel orden solo había una idea, repetida, machacona: hacer que parara.
Y lo que más cerca tenía para hacer que parara era el programa.
Lo pensé en serio. Una tarde me planté en el despacho de Robledo con la dimisión medio redactada en la cabeza.
Le iba a decir que lo dejaba, que cediera el premio a quien fuera, que ya no me veía capaz de hacer tres veces por semana lo que estaba haciendo.
Que prefería perder a seguir sangrando en directo.
—No —dijo Robledo, antes de que yo terminara la primera frase.
—Todavía no le he dicho nada.
—Llevas dos semanas diciéndomelo con la cara.
—Se quitó las gafas, que es lo que hace cuando va a decir algo que no quieres oír—.
Te vas a ir. Eso es lo que vienes a decirme.
Y yo te voy a decir que no, no porque no pueda dejarte ir, que puedo, sino porque sé reconocer una huida cuando la tengo delante.
Llevas tres años queriendo esa franja. La conseguiste.
Eres la mitad del mejor programa que ha pasado por esta radio en una década.
Y lo quieres tirar porque un chaval te ha hecho daño.
—Me miró—. Ferrer, te voy a hacer una sola pregunta y te vas a ir a casa a pensarla.
¿De verdad eres de las que le regalan su sueño al primero que se lo pone difícil?
—No es tan fácil, Robledo.
—Nada de lo que merece la pena es fácil.
—Volvió a ponerse las gafas, que con ella significa que la conversación se acaba—.
Mira, Ferrer. No sé qué ha pasado entre Salazar y tú y, te repito, no quiero saberlo.
Pero sé una cosa de la gente con talento: que se hace muchísimo daño confundiendo el orgullo con la dignidad.
El orgullo te dice que te vayas para no verle la cara.
La dignidad te dice que te quedes y le ganes el puesto en buena lid.
Aprende a distinguirlos antes de tomar decisiones que no tienen vuelta atrás.
—Cogió un papel cualquiera, dándome por despachada—.
Y ahora vete, que tengo trabajo y tú tienes un programa que no vas a dejar.
No le contesté. Pero esa noche no escribí ninguna dimisión.
Porque la respuesta era no. Porque por encima del dolor, por debajo de la coraza, seguía estando yo, y yo no le regalo mi sueño a nadie, ni siquiera al chico que me lo había roto.
Si las prácticas se las quedaba él, que me las ganara peleando, no que se las dejara yo por cobarde.
Así que me quedé. Apreté los dientes y me quedé.
Lo segundo que hice esa semana fue arreglar lo de Marco, que llevaba pendiente demasiado tiempo y que ya no era justo para nadie.
Quedamos el sábado. El plan tranqui. Peli en su casa, pizza, todo correcto, todo agradable, todo tibio.
Y a mitad de la película —una de esas que se ven sin verse— me di cuenta, con una claridad tristísima, de que llevaba media hora sin enterarme de la trama porque estaba pensando en otra persona.
Otra vez. Como en el café de hacía meses. Como siempre.
Pausé la peli.
—Marco.
—¿Qué pasa? —Me miró, tranquilo, con su tranquilidad de fondo de emergencia—. ¿No te gusta? Pongo otra.
—No es la peli. —Respiré—. Eres estupendo. Lo digo en serio, sin que suene a frase. Eres considerado, eres listo, tienes un plan a cinco años y un fondo para seis meses y me pides el cortado como me gusta. Eres, sobre el papel, todo lo que yo creía que quería.
—Pero —dijo él. Sin dramatismo. Marco no hacía dramatismo.
—Pero no me pasa nada contigo. Y no es culpa tuya. Es que a mí me ha dado por que me pase con quien no debe, y eso, por mucho que lo intente, no se arregla viendo pelis tranquilas en un sofá cómodo con un chico que no se merece ser el premio de consolación de nadie.
Marco se quedó callado un momento. Y luego hizo lo más Marco del mundo: lo encajó con una sensatez que me dio hasta envidia.
—Vale —dijo, asintiendo despacio, procesándolo como quien revisa una cláusula—. Lo entiendo. Y te lo agradezco, además.
—¿Me lo agradeces?
—Mucha gente, en tu situación, habría alargado esto unas semanas más por no tener la conversación incómoda. Tú la has tenido. Eso dice cosas buenas de ti.
—Marco, me estás dando las gracias por dejarte. Eres incapaz de quedar mal hasta cuando te dan calabazas.
—Es que no lo vivo como calabazas. —Se encogió de hombros—. Lo vivo como información útil sobre la compatibilidad a largo plazo. Mejor saberlo ahora que dentro de dos años.
—¿Eres consciente de que eso es lo menos romántico que ha dicho un ser humano en la historia?
—Soy consciente. —Y sonrió, y por una vez su sonrisa simétrica no me pareció sosa, me pareció buena—.
Por eso tú y yo no íbamos a funcionar nunca.
A ti te va la gente que te hace reír y te saca de quicio.
Yo no saco de quicio a nadie. Es mi gran defecto y mi gran virtud a la vez.
—Cogió un trozo de pizza—. Es el de la radio, ¿verdad?
El que te tiene tensa. El que, cuando hablas de él, hablas más.
—Da igual quién sea. Lo nuestro, lo tuyo y lo mío, no va a ningún sitio. Lo sabes tú también, ¿no?
—Lo sé. —Sonrió, y por una vez su sonrisa simétrica no me pareció sosa, me pareció buena—.
Lo sé desde el café aquel del Supremo. Una persona a la que le gustas no pone esa cara cuando le explicas un plan a cinco años.
—Cogió un trozo de pizza, sin rencor ninguno—.
No pasa nada, Cande. De verdad. Eres muy maja.
Espero que el de la radio espabile, porque si no es tonto.
Y eso fue todo. Sin gritos, sin portazos, sin lágrimas.
El final más civilizado de la historia de los finales, con pizza de por medio.
Me fui de casa de Marco con una sensación rara, agridulce, de haber cerrado bien una puerta que nunca tendría que haber abierto, y con sus últimas palabras dándome vueltas: «espero que el de la radio espabile».
Como si Marco, el menos implicado de todos, viera más claro que yo lo que me pasaba.
A Bruno, mientras tanto, le había dado por no rendirse.
Esa era la novedad. Las dos primeras semanas me había dejado en paz, derrotado, encajando mis golpes sin devolverlos.
Y de repente, justo cuando yo empezaba a acostumbrarme a odiarlo en paz, cambió de estrategia y empezó a aparecer.
En todas partes. Insistente. Me esperaba a la salida del estudio.
Me mandaba mensajes que yo no contestaba: «No tienes que perdonarme.
Solo escúchame cinco minutos». «Sé lo que crees que pasó.
No fue así». «Cande, por favor». Me dejaba notas, como un colegial, metidas en mi casillero de la radio.
Una de las notas la guardé. No sé por qué.
Bueno, sí sé por qué, pero no me apetece reconocerlo.
Era un papel cuadriculado, de los de sus apuntes, con su letra apretada y cuatro palabras: «No leíste hasta el final».
Nada más. Y me pasé días intentando decidir si hablaba de la lista, de aquella noche o de las dos cosas a la vez, y odiándome por dedicarle a cuatro palabras suyas más horas de las que le había dedicado a estudiar en toda la carrera.
—Me estás acosando —le solté un día, en el pasillo, harta.
—Te estoy insistiendo. Es distinto. Acosar es no aceptar un no. Insistir es no aceptar un malentendido. —Se puso delante, sin tocarme—. Y esto es un malentendido, Cande, aunque tú no me dejes demostrarlo.
—No hay nada que demostrar. Te oí.
—¿Qué oíste, exactamente? —Dio un paso—. Dímelo. Palabra por palabra. Porque llevo dos semanas intentando adivinar qué frase mía te ha convertido en un témpano y no doy con ella, y eso me está volviendo loco.
—Sabes perfectamente qué oí.
—No lo sé, Cande. Te lo juro por lo que quieras.
—Y había en cómo lo dijo una desesperación de verdad que no encajaba con el villano de mi versión—.
Pero da igual lo que oyeras. Oíste media frase, fuera de contexto, una noche en la que se acababa de hundir el mundo.
—Y ahí, por primera vez en semanas, le brilló algo de lo de antes, la chispa, el filo bueno—.
Tú, que eres incapaz de juzgar un programa por un corte de quince segundos, vas y juzgas lo nuestro entero por una frase suelta que oíste de refilón.
Para ser tan lista, a veces eres tontísima.
—No me hables así.
—Te hablo como te he hablado siempre. Es lo único que no pienso cambiar, ni aunque me odies.
Si empiezo a tratarte con pinzas, ya no soy yo; y si no soy yo, entonces tienes razón tú y nunca hubo nada real.
Así que no. Te voy a seguir hablando mal, como a una igual, porque es lo más parecido a un «te quiero» que me vas a dejar decirte.
—Respiró—. Es la primera cosa de verdad que te digo en dos semanas y es «a veces eres tontísima».
—Casi sonrió—. Échame de menos a mí o échale de menos a esto.
Pero no me digas que no me echas nada de menos, porque eso no te lo crees ni tú.
Me fui sin contestar, que es mi manera de perder una discusión sin admitirlo.
Pero me fui temblando un poco, y odié temblar, y odié que apareciera, y odié sobre todo que apareciera precisamente cuando yo empezaba a poder pasar un día entero sin pensar en él.
Esa noche, en la nota del móvil, escribí la quince con la rabia de quien intenta tapar una grieta con más rabia:
Por aparecer cuando menos lo quiero.
Quince de veinte. Y me quedé un rato mirándola, porque «cuando menos lo quiero» tenía, leída despacio, una trampa: para que alguien aparezca cuando menos lo quieres, primero tienes que estar queriendo no quererlo.
Y eso, técnicamente, es seguir queriéndolo.
Lo taché mentalmente. Lo dejé escrito igual.
Algunas grietas no se tapan por mucho que escribas encima.
La grieta de verdad, la que ya no pude tapar con nada, llegó esa misma madrugada.
Fue culpa de Lola, como casi todo lo importante.
—Te vienes —me dijo esa noche, plantada en la puerta de mi cuarto con dos cazadoras, la suya y la mía—. No es una pregunta.
—No me apetece.
—Ya lo sé. Por eso no es una pregunta. Llevas tres semanas de luto por algo que no me cuentas, comiéndote la cabeza en esta cama, y yo no te he presionado, he sido un cielo, he hecho manzanillas hasta que me han salido por las orejas.
Pero hoy se acabó. Te vistes, te vienes, te tomas dos copas conmigo y te ríes aunque sea de mentira.
La risa de mentira, a ratos, arranca la de verdad. Es ciencia.
—No es ciencia.
—Es ciencia Lola, que es más fiable. —Me tiró la cazadora a la cara—. Arriba.
Y me llevó, a rastras como había prometido, y acabamos, pasadas la una, en un bar del centro que yo no conocía, lleno de gente, con la música alta y las luces bajas. Lola fue a por las copas. Yo me quedé apoyada en una columna, mirando sin mirar, pensando en lo de siempre.
Y entonces lo vi.
Detrás de la barra. Con el polo negro, el del logo bordado, el que había visto colgado detrás de una puerta en un cuarto diminuto.
Recogiendo vasos, secándolos, poniéndolos en su sitio, sirviendo, cobrando, con una agilidad de quien lleva años haciéndolo, con ojeras de quien encadena la noche con la mañana.
No me había visto. Estaba a lo suyo, currando, invisible para los doscientos universitarios borrachos que tenía delante y que no sabían —como no lo había sabido yo durante meses— que el chico que les ponía las copas era el mismo del que se reían en la radio, el dueño de todo, el creído, el que lo tenía todo tan fácil.
Lo miré trabajar un rato largo, escondida detrás de mi columna, con el corazón haciéndome cosas raras.
Lo vi sonreírle a un cliente pesado con una sonrisa que no era ninguna de las suyas de verdad, la de quien cobra por tenerla puesta.
Lo vi recoger una mesa que no le tocaba porque un compañero iba desbordado.
Lo vi mirar el reloj de reojo, calculando cuánto le quedaba, con esa cara de cansancio antiguo que yo le había visto llegar al estudio durante meses y había decidido leer como pereza de divo.
No era pereza. Nunca había sido pereza. Era esto.
Eran las dos de la mañana de esto, varias veces por semana, antes de levantarse a las ocho a fingir delante de una facultad de niños ricos que no necesitaba nada de nadie.
Y se me cayó algo por dentro. Despacio. Sin ruido.
Porque la versión que yo me había contado —la del estratega frío que me había estudiado, me había sacado la lista, había montado el numerito del cariño y de la beca para distraerme, y había soltado mi lista en antena para hundirme y quedarse el premio— esa versión no encajaba, de ninguna manera, por ningún lado, con el chico que tenía delante.
Un estratega que lo tiene todo fácil no friega vasos a las dos de la mañana.
Un creído que lo necesitaba todo como un juego no encadena turnos hasta caerse.
El que estaba detrás de aquella barra no era un villano que me había jugado.
Era exactamente lo que me había dicho que era, una noche, en su casa, con un polo idéntico colgado de una puerta: un chaval con los números justos que necesitaba el premio de verdad.
Y a un chaval así, el premio, lo último que le conviene es ensuciarlo con un escándalo que ponga en duda cómo lo ha ganado.
Las piezas que llevaba semanas colocando a martillazos para que cupieran empezaron, una a una, a no caber.
No me acerqué. No le dije nada. Cogí a Lola, le inventé un dolor de cabeza y me fui de aquel bar casi corriendo, porque acababa de ver algo que no encajaba con la historia que me había aprendido de memoria, y necesitaba estar sola para mirarlo de frente.
En el taxi de vuelta, con la ciudad pasando por la ventanilla, solo me cabía una imagen en la cabeza, una, repetida en bucle:
Bruno Salazar fregando vasos a las dos de la mañana. El dueño de todo.
Por primera vez pensé que a lo mejor no había entendido nada.