16. Por quedarte.
Por quedarte.
No dormí. Me pasé lo que quedaba de noche sentada en la cama, con la imagen de Bruno secando vasos clavada detrás de los ojos, desmontando pieza a pieza el edificio de rencor que me había costado tres semanas levantar.
A las seis de la mañana, cuando ya no podía más conmigo misma, hice algo que llevaba tres semanas sin poder hacer: desperté a Lola y se lo conté todo.
Todo. El hotel. La cama. El cuarto del polo del bar. La lista que él sabía que existía. La noche del directo, el robot leyendo mis razones, Bruno cortando la emisión, y la frase, la maldita frase que le había oído decirle a Iván.
Lola me escuchó entera, sentada en mi cama con las piernas cruzadas, sin interrumpir, que para ella es una proeza física. Cuando terminé, se quedó callada un rato largo. Y luego dijo, muy despacio:
—A ver si lo he entendido. Te enrollaste con el chico de la radio, que resulta que es un becado que curra de noche y que te enseñó su casa y su vida, te enamoraste de él como una idiota, alguien soltó tu lista en directo, y tú decidiste, sin pruebas, que había sido él.
El mismo que te había enseñado lo que no le enseña a nadie. ¿He acertado?
—Dicho así suena fatal.
—Es que es fatal, Cande. —Pero no lo dijo con dureza. Lo dijo con una pena infinita—. Tú, que no firmas un contrato sin leer la letra pequeña, vas y condenas al chico por una frase que oíste de pasada. ¿Tú te oyes?
—Lo oí, Lola. «Nunca fue real.» Lo oí con mis oídos.
—Oíste cinco palabras. —Se bajó de la cama—.
Cinco. Y sobre cinco palabras has construido tres semanas de infierno.
Mira, yo no sé qué pasó esa noche. Pero sé una cosa: que hay una persona que sí lo sabe, que estaba en ese pasillo contigo, y que no eras tú ni era Bruno.
—Cogió su móvil—. Y da la casualidad de que sé dónde encontrarlo.
—Lola, no.
—Lola, sí. Para algo soy la mejor amiga de la protagonista. Tengo un papel que cumplir.
No me preguntó si me parecía bien. Cuando Lola decide arreglarte la vida, lo de tu opinión es un trámite que se salta.
Dos días después —dos días en los que no pegué ojo y en los que Bruno, por primera vez en semanas, no apareció, lo cual me puso más nerviosa todavía— Lola se presentó en casa con alguien detrás.
Iván.
—Te dije que sé dónde encontrar a la gente —dijo Lola, y noté que lo dijo mirando a Iván medio segundo de más, y que Iván se la quedó mirando otro medio segundo de más, y archivé aquello en la carpeta de «cosas raras para pensar otro día», que ya iba teniendo overbooking.
—Hola —dijo Iván, incómodo, de pie en mi salón—. Perdona que me presente así. Pero es que no aguanto más viendo el numerito, y Bruno es demasiado cabezón y demasiado orgulloso para venir a contártelo bien, así que vengo yo, que no tengo ni orgullo ni nada que perder.
—No hay nada que contar.
—Hay muchísimo que contar. —Se sentó sin que lo invitara, que en aquel momento agradecí—. Empecemos por lo más fácil. La lista. La que sonó en antena. ¿De verdad crees que la puso Bruno?
—Estaba en mi móvil. Solo en mi móvil. Y él sabía que existía.
—Y Hugo y Bárbara también lo sabían, porque tú lo soltaste en una fiesta delante de medio mundo, y porque tu móvil se queda en la sala común cada vez que entras a antena, donde entra y sale todo el que comparte estudio.
Que son, casualmente, ellos. —Iván se inclinó—.
Cande, Nacho lleva días con esto. El audio que sonó no salió de la nada: era un archivo metido en la cola del programa, cargado desde el control, en una franja en la que solo había una persona con acceso al control.
Adivina quiénes estaban esa noche en el quicio, mirando, sin tener nada que hacer allí.
Lo sabía. Lo había visto. «Qué pesados, vienen a estudiar al enemigo», había pensado. Y me había quedado tan ancha.
—Hugo y Bárbara —dije, y la voz me salió rara.
—Hugo y Bárbara. Llevaban toda la temporada viendo cómo el programa del odio les comía el premio que ellos daban por suyo.
Y la noche antes de la decisión hicieron lo único que se les ocurrió para hundiros a los dos a la vez: sacar tu cosa más privada en directo.
Bruno lo pilló esa misma noche, en cuanto vio de dónde venía el archivo.
Por eso cortó. No cortó por él, Cande. Cortó porque sabía lo que venía después de la nueve, y no estaba dispuesto a dejar que sonara la doce.
«La doce.» Por ser tú. La razón que lo dejaba a él en evidencia, pensé entonces.
No. La razón que me dejaba a mí en evidencia.
La que le decía a toda la ciudad que la lista de odio era cualquier cosa menos una lista de odio.
Bruno había cortado la emisión para que doscientas residencias no me oyeran enamorada de él.
Me había protegido. Y yo lo había leído como que se protegía a sí mismo.
Me senté. Necesitaba sentarme.
—Pero le oí —insistí, agarrándome a lo último que me quedaba—. Le oí decirle a la productora que era mentira, que era parte del show. Le oí decir «nunca fue real».
—Sí. —Iván me miró, y su voz cambió—. Le oíste decir eso. Lo que no oíste es lo que dijo después. Porque te fuiste, ¿verdad? Te fuiste justo después de esa frase.
Me quedé helada.
—Lo de «díselo a la productora, diles que era parte del show» —siguió Iván—, eso lo decía por ti.
Estaba intentando que la productora se tragara que la lista era un numerito guionizado, parte del personaje, para que no te señalaran a ti, para que nadie usara tus sentimientos en tu contra.
Te estaba cubriendo, otra vez, como en la fiesta.
—Tragó—. Y lo de «nunca fue real»… Cande, eso no te lo decía a ti.
Se lo decía a sí mismo. Y duró exactamente hasta que tú doblaste la esquina.
Porque en cuanto te fuiste, Bruno se apoyó en la pared y me dijo, con una voz que no le había oído en la vida: «Es mentira lo que acabo de decir, Iván.
Es lo más real que me ha pasado nunca. Y por eso estoy así.
Porque no me puedo permitir que sea real, porque si me enamoro de ella y pierdo el premio me quedo sin las dos cosas, y acabo de darme cuenta de que ya es tarde, de que ya estoy enamorado, y de que la acabo de perder igual.
» —Iván me sostuvo la mirada—. Eso fue lo que dijo.
Eso es lo que no oíste. Te fuiste a la mitad. No leíste hasta el final.
Y ahí lo entendí. La nota. Las cuatro palabras del papel cuadriculado que llevaba quince días sin entender.
«No leíste hasta el final.» No hablaba de la lista.
Hablaba de aquel pasillo. De que yo me había llevado la primera mitad de una frase y había tirado a la basura, con ella, la segunda mitad, que era justo la que lo cambiaba todo.
No dije nada durante un rato. Lola tampoco. Iván tampoco. Hay silencios que hay que respetar, y aquel era uno.
—¿Por qué me lo cuentas tú? —pregunté, al final—. ¿Por qué no ha venido él?
—Porque él cree que ya no tiene derecho.
—Iván se levantó—. Bruno está convencido de que te falló de todas formas: que tendría que haber protegido mejor tu móvil, que tendría que haberte contado lo suyo antes, que tendría que haber peleado más esa noche en vez de quedarse mudo.
Se ha montado su propia condena. Es igual de cabezón que tú; por eso os va tan bien y os va tan mal a la vez.
—Se encogió de hombros—. Yo solo he venido a darte la información que te faltaba.
Lo que hagas con ella es cosa tuya. Pero, Cande: el tío friega vasos hasta las tres y luego se va a casa a no dormir pensando en ti.
No me parece que eso lo haga alguien a quien «nunca le fue real».
Se fue. Lola lo acompañó a la puerta, y tardó en volver más de lo que se tarda en abrir una puerta, y cuando volvió tenía una cara rara que decidí, una vez más, archivar para otro día.
Esa noche fui a buscarlo. No al estudio. Al bar.
Llegué a la hora de cierre, cuando ya echaban a los últimos y él recogía con un trapo al hombro. Levantó la vista, me vio en la puerta, y se quedó muy quieto, con un vaso a medio secar en la mano.
—Está cerrado —dijo.
—Lo sé. He venido a hablar contigo, no a beber.
—¿Ahora sí quieres hablar. —Dejó el vaso—. Llevo tres semanas pidiéndotelo.
—Lo sé. —Tragué—. Y llevo tres semanas equivocándome. He hablado con Iván.
Algo le cambió en la cara. No alivio. Cautela. La cautela de quien ha aprendido a no confiarse.
—Iván habla mucho.
—Iván habla lo justo. —Di un paso dentro del bar vacío—.
Me ha contado lo de Hugo y Bárbara. Y lo del control.
Y lo que dijiste después de que yo me fuera.
—Se me quebró un poco la voz, y la odié, pero la dejé quebrarse—.
Cortaste la emisión por mí. Y yo te acusé de cortarla por ti.
Te oí media frase y te condené entero. Hice contigo justo lo que tú me dijiste que hacía: juzgar el programa por un corte de quince segundos.
Bruno se apoyó en la barra. Cansado. Más de lo que un chico de veintidós años debería estar.
—¿Y ahora qué, Cande? ¿Vienes a pedirme perdón? Porque no hace falta. Yo también hice cosas mal. Tendría que haberte contado lo mío mucho antes. Tendría que haber peleado esa noche en vez de quedarme callado. Y, sobre todo, tendría que no haber dicho nunca esa frase, ni mintiéndome.
—¿Por qué la dijiste? —pregunté—. La de verdad. La que no oí.
Y entonces, por fin, me lo contó entero.
Todo lo que en su casa se había quedado a medias, lo que había parado «antes de darme el espectáculo del drama».
Me contó lo de su familia, los números de verdad, lo que costaba cada matrícula y de dónde salía.
Me contó que llevaba desde los dieciséis trabajando, que el «dueño de todo» no era vanidad, era camuflaje, era la única manera que había encontrado de que en aquella facultad no lo miraran por encima del hombro.
Me contó que el premio no era una meta: era la diferencia entre tener una carrera y volverse a su pueblo a servir copas para siempre.
Y me contó que la noche del festival, en aquel cuarto, con la lámpara encendida, se había dado cuenta de que se había enamorado de la única persona contra la que no se podía permitir perder, y que eso lo había aterrado tanto que cuando todo saltó por los aires intentó deshacerlo a la fuerza, diciéndose que nunca había sido real, como quien se arranca una tirita pensando que duele menos de golpe.
—Y no dolió menos —dijo—. Dolió más. Y encima te perdí. Enhorabuena a mí.
Me reí. No sé por qué. Se me escapó. Fue una risa pequeña, húmeda, ridícula, la primera en tres semanas, y sonó rarísima en aquel bar vacío.
—¿Te hace gracia mi tragedia? —dijo él, pero le tembló la comisura, porque él también lo notó: que algo, por debajo del desastre, se estaba descongelando.
—Me hace gracia que digas «enhorabuena a mí». —Me sequé un ojo—. Es lo más yo que has dicho nunca. Me lo estás robando.
—Llevo una temporada estudiándote. —Y ahí, por fin, asomó la sonrisa rara, la de verdad, la que llevaba semanas sin verle—. Presto atención. Ya te lo dije.
—Para presumir de prestar atención, tardaste tres semanas en mandarme una nota que se entendiera.
—Te mandé varias. Clarísimas.
—Me mandaste cuatro palabras crípticas en un papel cuadriculado. «No leíste hasta el final.» Como un horóscopo. He necesitado a tu mejor amigo de subtítulos.
—Es que si te lo pongo fácil no eres tú. —Se encogió de hombros—. Y a mí me gustas difícil. Es un problema que tengo. Llevo meses tratándomelo y no mejora.
Y durante un segundo, en aquel bar cerrado, a las tres de la mañana, fuimos otra vez nosotros. Los de antes. Los del micro. Y dolió de puro bien.
Pero no me lancé. Porque una cosa es entender que te equivocaste y otra muy distinta es volver a ponerte en manos de la persona que tiene en la mano romperte. Lo había hecho una vez. Casi no lo cuento.
—Necesito tiempo —dije—. Saber que me equivoqué no me quita el miedo. Me lo cambia de sitio, pero no me lo quita.
Bruno asintió despacio. No protestó. No me presionó. Cogió el trapo, lo dejó en la barra, y me miró desde el otro lado de aquella barra que había sido su secreto durante meses.
—Vale —dijo—. Tómate el tiempo que necesites. No voy a desaparecer. Ya lo intenté, las dos primeras semanas, y se me da fatal. —Una pausa—. Solo una cosa, Cande. Y luego te dejo ir a casa.
—Dime.
—No te pido que me creas. —Lo dijo sin teatro, sin sonrisa de catálogo, con las dos manos quietas sobre la barra—. Te pido que me dejes demostrártelo.
No dije que sí. No me salía decir que sí; era demasiado pronto, tenía demasiado miedo, y a estas alturas ya sabéis que a mí las palabras grandes se me atragantan.
Pero tampoco me fui. Me quedé. Un rato más, en aquel bar vacío, con él al otro lado de la barra, sin decir nada, los dos, dejando que el silencio dijera lo que nosotros todavía no podíamos.
Y de madrugada, en casa, abrí la nota. Llevaba quince.
Las quince anteriores las había escrito para alejarme de él, una a una, ladrillo a ladrillo.
La dieciséis fue la primera que escribí sabiendo que ya no quería ningún muro.
La escribí mirando el techo, con una sonrisa pequeña que no me había dado permiso para tener, pensando en un chico que había encajado mis golpes sin devolverlos, que me había cubierto dos veces, que había cortado una emisión por mí y que, después de todo, después de que yo lo condenara y lo dejara y volviera a otro por miedo, seguía ahí, sin desaparecer, al otro lado de una barra, ofreciéndose a demostrármelo:
Por quedarte.
Dieciséis de veinte. Y la primera, en toda la lista, que no era un reproche ni una confesión disfrazada de reproche.
Era, simplemente, un gracias. Y los gracias, en mi lista de razones para odiarlo, eran terreno nuevo.
Terreno sin mapa, sin escaleta, sin plan a cinco años.
Pero por primera vez en mucho tiempo no me dio vértigo pisarlo.