Veinte razones para odiarte 17. Por besarme.
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17. Por besarme.

Por besarme.

Tardé cuatro días en decidirme. Cuatro días en los que Bruno hizo exactamente lo que había prometido: no desaparecer y no presionar, que son dos cosas que casi nadie sabe hacer a la vez.

No volvió a dejarme notas. No me esperó en pasillos.

Solo siguió ahí, en su sitio, al otro lado del micro, esperando con una paciencia que me ponía más nerviosa que cualquier insistencia, porque la insistencia se puede rechazar y la paciencia no: la paciencia solo se puede merecer o no merecer, y yo no estaba segura de merecerla.

Y mientras tanto, en antena, pasó algo. Volvió lo de antes.

No el odio de mentira de las primeras semanas ni el odio de verdad de las últimas: volvió lo otro, lo bueno, lo que teníamos al principio sin saber lo que era.

Nos picábamos y se notaba que por debajo del pique ya no había filo, había otra cosa.

La gente lo notó antes que yo, porque la gente siempre nota antes lo de los demás: el grupo de la facultad empezó a escribir que «se les ha pasado el enfado», que «han vuelto los de antes», que «esto acaba en boda».

Una de esas noches, en directo, pasó esto, que lo cuento porque fue el momento en que yo misma me di cuenta de que se había deshelado:

—Siguiente oyente —leí—. «¿Vosotros os lleváis bien de verdad o es todo para la radio?»

—Mal —dijo Bruno, sin dudar—. Fatal. Es insoportable. Cuenta hasta las veces que respiro, por si lo hago mal.

—Es verdad. Respira fatal. Hace un ruidito.

—¿Lo veis? El ruidito. Lleva tres semanas con lo del ruidito.

—Me miró, y le bailaban los ojos de una manera que no se le veía desde hacía mucho—.

Esta mujer me odia con todo lujo de detalle.

Es exhaustiva. Si algún día le da por quererme, lo va a hacer con la misma minuciosidad y no lo voy a sobrevivir.

—No cuentes con ello —dije, pero me salió suave, demasiado suave, y Nacho, al otro lado del cristal, sonrió, y en el grupo de la facultad, lo supe sin mirar, volvió a empezar la fiesta.

Eso fue en antena. Para todos. Y aun así fue lo más parecido a la verdad que habíamos dicho en semanas.

Y Robledo, una noche, al salir, me miró por encima de las gafas y dijo solo: «Ya era hora.

Se os oía el deshielo desde el control».

No le contesté. Pero esa noche, de camino a casa, me di cuenta de que llevaba una semana sin sentir el peso en el pecho, y de que el peso se había ido exactamente al ritmo al que él se había quedado.

Al cuarto día dejé de tener miedo. No es verdad: el miedo seguía. Lo que pasó es que decidí que tenía más miedo de no hacerlo que de hacerlo, que es la única manera en que la gente como yo se atreve a algo.

Se lo dije a Lola primero, porque a Lola se lo digo todo desde que le conté lo otro.

—Voy a ir —le solté, plantada en la puerta de su cuarto, robándole la frase que ella me había robado a mí mil veces—. A buscarle. Hoy.

Lola levantó la vista del portátil muy despacio.

—¿Vas a ir tú? ¿A buscarle tú? ¿Tú, que no vas a buscar ni el mando del salón si está a dos metros?

—Voy a ir yo.

—Repítelo, que lo estoy grabando para la posteridad.

—No te pases.

—Cande. —Cerró el portátil, y por una vez no había broma en su cara, había otra cosa—.

Llevo desde septiembre viéndote escribir razones para odiar a un chico.

¿Sabes cuánta gente que odia de verdad escribe una lista de razones?

Ninguna. La gente que odia, pasa. No hace listas.

Las listas las hacemos para lo que no podemos soltar.

—Sonrió—. Ve. Y si la lía, ya sabes: sé dónde vive.

—Lo sé. Das miedo.

—El justo. —Me tiró un cojín, esta vez con cariño—. Anda, ve. Y no te lleves la coraza, que en sitios así estorba.

Fui a buscarlo al estudio, después del programa, cuando ya no quedaba nadie. Lo encontré recogiendo sus papeles, esos que nunca necesitaba. Levantó la vista, me vio en la puerta, y no dijo nada, porque ya había aprendido que conmigo las palabras a veces sobran y a veces lo estropean todo.

—Hola —dije.

—Hola.

—¿Sigue en pie? —Cerré la puerta detrás de mí—. Lo de demostrármelo.

Algo se le encendió en la cara, pero lo controló, con cuidado, como quien no quiere asustar a un pájaro que por fin se ha posado.

—Sigue en pie —dijo—. ¿Me dejas?

Y aquí está la cosa, lo que cierra un círculo que yo ni sabía que había abierto.

En aquel hotel, hacía una vida, lo había besado para ganar.

Para callarlo. Para borrarle una frase de la boca y no tener que admitir nada.

Lo había besado jugando sucio, por la fuerza, sin avisar, como quien gana una discusión.

Esta vez no.

Esta vez crucé el estudio despacio, sin prisa ninguna, sin nada que demostrar y sin nada que ganar, le cogí la cara con las dos manos —el gesto suyo, el que él me hacía a mí, se lo robé— y lo besé para elegirlo.

A la vista. Sin micro abierto, sin público, sin que fuera un número ni un secreto ni un error agradable que guardar.

Lo besé porque quería, y porque por fin me dejaba querer lo que quería, que era él, entero, el de la facultad y el del polo del bar, el creído y el becado, el que improvisa y el que ordena pósits a las cuatro de la mañana.

—Era hora —murmuró contra mi boca, igual que la primera vez.

—Cállate —dije, igual que la primera vez.

Pero esta vez, cuando le dije que se callara, los dos nos reímos, y el beso se nos llenó de risa, y supe que esto no se parecía en nada a lo de antes, porque lo de antes no tenía risa dentro, tenía rabia, y esto tenía risa, que es lo contrario y es mucho más difícil de sostener.

Pero antes de nada, paré. Le puse una mano en el pecho, lo aparté unos centímetros y le dije lo más difícil que tenía dentro:

—Espera. Antes de… esto. Tengo que decirte una cosa, y necesito que me escuches sin hacerte el gracioso.

—Difícil. Pero lo intento.

—Si volvemos, volvemos de verdad. Sin numeritos.

Sin secretos. Sin «esto no cambia nada».

Sin que yo lo llame error y tú me dejes llamarlo error.

—Tragué—. Yo no sé hacer esto, Bruno. No se me da bien.

Llevo toda la vida con la coraza puesta y se me ha quedado pegada a la piel.

Voy a meter la pata. Voy a querer controlarlo todo. Voy a hacer listas.

—Lo sé.

—Y tú vas a esconderte cuando te dé miedo. Te vas a poner el personaje. Vas a decir «nunca fue real» en algún pasillo cuando te entre el pánico.

—Eso… —Bajó la vista un segundo—. Eso espero que no. Pero también lo sé.

—Entonces, ¿cómo lo hacemos? —Y me salió de verdad, sin coraza, una pregunta de las que no sé hacer—. ¿Cómo hacen esto dos personas que se esconden, cada una a su manera?

Bruno me cogió la cara con las dos manos. Me devolvió mi propio gesto.

—Pues juntos —dijo, como si fuera obvio, como si fuera fácil, que no lo era—.

Tú haces tus listas y yo te las leo. Yo me pongo el personaje y tú me lo quitas, que para eso eres la única que sabe dónde tengo los corchetes.

No hace falta que dejemos de ser quienes somos, Cande.

Solo que dejemos de hacerlo solos. —Una pausa—.

Es lo único que te pido. Y lo único que pienso darte.

No tenía respuesta para eso. Para eso no hay lista. Así que hice lo único que se me ocurrió, que fue dejar de hablar y empezar otra cosa.

No os voy a contar todo de lo que vino después; una se reserva algunas cosas, sobre todo las buenas.

Pero esta vez os dejo entrar un poco más que las otras dos, porque esta vez no había nada que esconder, y esconderlo a vosotros sería traicionar justo lo que la hizo distinta.

Y fue distinta. La diferencia es, en realidad, la única parte que importa.

La primera vez, en el hotel, había sido a oscuras y con rabia. La segunda, en su casa, había sido lenta y a media luz y tierna, pero todavía con un secreto entre los dos, todavía con mi «esto es solo físico» colgando del techo como una mentira piadosa que ninguno se creía.

Esta no tenía ni rabia ni mentira. Nos desnudamos despacio, sin estrategia y sin prisa, y nos reímos de lo poco que cabíamos los dos en una cama de cuarto de becario, y nos colocamos como pudimos, fatal, riéndonos más, hasta que dejó de dar risa y empezó a dar otra cosa.

Bruno me besó como quien tiene toda la noche, porque la teníamos, y por una vez yo no llevaba la cuenta de nada: ni de quién iba ganando, ni de lo que debería estar sintiendo, ni de dónde estaban las salidas.

Le dejé hacer, y le hice, y le pedí cosas en voz alta —yo, que no sé pedir ni un café sin disculparme— porque por fin no me daba miedo que supiera lo que quería.

Que lo supiera era, justamente, lo bueno.

—¿Así? —preguntó en algún momento, contra mi piel, como aquella primera vez en un hotel que ya parecía de otra vida.

—Sabes perfectamente que sí. Llevas meses prestando atención. Aprovéchalo.

Y se rió contra mi cuello, y seguimos, y la risa no apagó nada: lo encendió todo.

Porque no había, esta vez, nada que esconder.

Ni a los demás ni —y esto era lo nuevo, lo que me daba vértigo y lo que lo hacía tan bueno— a mí misma.

Por primera vez no estaba a la vez en la cama y de pie en una esquina vigilándome, calculando, llevando el control de mí.

Por primera vez estaba solo ahí. Entera.

Sin coraza, que es la cosa más desnuda que existe, mucho más que la ropa.

Y fue, por eso mismo, lo mejor de todo lo que habíamos hecho.

Porque resulta —lo descubrí esa noche, con una lámpara que esta vez no apagamos por miedo sino que dejamos encendida porque queríamos vernos— que lo más caliente del mundo no es la rabia, ni el secreto, ni el morbo de lo prohibido.

Es la confianza. Es mirar a alguien que ya lo sabe todo de ti, lo bueno y lo cobarde, y que se queda igual.

Es no tener que defenderte de nada. Bruno me tocaba como quien ya no tiene que demostrar nada porque ya está dentro, y yo le respondía como quien ya no tiene que ganar nada porque ya ha ganado, y entre los dos hubo, esa noche, además de todo lo demás, una cantidad indecente de risa.

De la buena. De la de los que se quieren y todavía no lo han dicho con esas palabras pero lo están diciendo con todas las otras.

Hubo un momento —y este lo cuento porque me define— en que paré, con su cara entre las manos, y le dije, muy seria:

—Como esto salga mal, te voy a odiar de verdad. Con razones nuevas. Las de ahora ya no valen.

—Lo sé —dijo él, igual de serio—. Y como salga bien, te vas a quedar sin lista. ¿Qué vas a hacer con todo ese tiempo libre?

—Buscarte defectos nuevos. Tranquilo. Eres una mina.

—Esa es mi chica. —Y lo dijo bajito, «mi chica», sin pensarlo, y a los dos se nos quedó la palabra flotando, enorme, y ninguno la tocó, porque algunas palabras hay que dejarlas posarse solas.

Después nos quedamos enredados en aquella cama estrecha de su cuarto diminuto, con la lámpara encendida, y por primera vez en meses no tuve ninguna lista mental funcionando de fondo, ninguna tarea, ningún plan a cinco años, ningún control.

Solo su respiración, y la mía, y el ruido de la calle, y una paz que no era la paz mentirosa de Marco, la de la ausencia de todo.

Era la otra. La de la presencia de lo que toca.

La paz de estar exactamente donde quieres estar con exactamente quien quieres estar, que es una cosa que yo, control freak profesional, no había sentido en mi vida.

—¿En qué piensas? —preguntó, contra mi pelo.

—En nada. —Y por una vez era verdad—. En esto. Solo en esto.

—Apúntalo. Que no piensas en nada es histórico. Para la lista.

—Cállate, Salazar.

—Que sí, que me callo. —Me besó la coronilla—. Pero apúntalo.

Nos quedamos un rato en silencio, del bueno, del que no hay que llenar con nada. Le oía el corazón, más lento ya, y pensé que era la primera vez en mi vida que estaba con alguien sin tener una hoja de cálculo funcionando de fondo sobre el futuro de la cosa.

—Oye —dije, al rato.

—Dime.

—¿Y ahora qué hacemos con el programa? Seguimos compitiendo. Las prácticas son una. Una, para los dos.

—Lo sé. —Me apretó un poco más contra él, como quien no quiere soltar algo que acaba de recuperar—. No lo pienses esta noche. Esta noche hemos ganado otra cosa.

—Es que no se puede resolver, Bruno. Una plaza. Dos personas. Es matemática.

—Cande. —Me besó la sien—. Por una vez en tu vida, deja un problema sin resolver hasta mañana. Te va a sorprender lo poco que se estropea solo en una noche.

Y le hice caso. Por una vez en mi vida, le hice caso. Aparté el problema, lo dejé fuera de la cama, en el suelo, con la ropa, y decidí ocuparme de él al día siguiente.

Y esa madrugada, antes de dormirme en su hombro, lo apunté.

No el «no pienso en nada». Apunté la diecisiete, que llevaba toda la noche escribiéndose sola, y que era, por fin, sin disfraz, sin reproche, sin coartada, una razón para quererlo dicha en el único idioma que yo sabía hablar todavía, el de una lista que nació para odiar:

Por besarme.

Diecisiete de veinte. Y la primera que escribí dentro de su cama, con su brazo de almohada, sonriendo como una tonta a un techo de gotelé que ya no me parecía pobre ni ajeno.

Me dormí feliz. Tan feliz que se me olvidó, por unas horas, la única cosa que seguía sin tener arreglo, la nube pequeña en mitad de todo aquel cielo despejado: que el premio seguía siendo uno.

Uno solo. Y que ahora éramos dos que se querían compitiendo por él.

Lo del odio había sido difícil. Lo del malentendido, durísimo.

Pero la verdad, la que entendí días después, era que nos quedaba lo más difícil de todo:

Ganar sin perdernos.