Veinte razones para odiarte 18. Por hacerme sentir.
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18. Por hacerme sentir.

Por hacerme sentir.

Hubo dos semanas buenas. Las cuento aunque sé que en las novelas las dos semanas buenas son siempre la trampa antes de algo, porque fueron de verdad, porque me las gané, y porque pienso quedármelas pase lo que pase después.

Estábamos juntos. De verdad, esta vez, sin numeritos ni secretos, al menos para la gente que importaba.

En antena seguíamos haciendo el teatro del odio, porque era nuestro trabajo y porque, francamente, se nos daba demasiado bien para dejarlo; pero ahora era teatro de verdad, del que se hace sabiendo que es teatro, y el morbo había cambiado de sitio: la gente seguía preguntando si nos odiábamos o nos queríamos, y nosotros seguíamos sin contestar, solo que ya no por estrategia, sino porque guardarnos lo nuestro se había convertido en lo único nuestro que nos quedaba en un programa que era de todos.

Fuera de antena, Bruno me llevaba el café como me gusta, yo le corregía los textos que no necesitaban corrección solo por llevarle la contraria, y dormíamos, cuando sus turnos lo dejaban, en su cama estrecha o en la mía, indistintamente, con una naturalidad que a mí, que llevo el control hasta en los sueños, me daba un vértigo precioso.

Una de esas noches lo dejamos clarísimo sin querer. Robledo nos había dejado en la cola una pregunta de oyente de las puñeteras:

—«Para Cande y Bruno —leí—: si hubiera un incendio y solo pudierais salvar a uno de los dos, ¿a quién salvaríais?»

—A mí —dijimos los dos a la vez.

—Eso es trampa —protesté.

—Tú has dicho «a mí» pensando en ti —dijo Bruno—. Yo he dicho «a mí» pensando en mí. No es lo mismo.

—Es exactamente lo mismo, Salazar. Los dos nos salvaríamos a nosotros mismos y dejaríamos arder al otro. Es lo más sano que hemos dicho en antena en toda la temporada.

—Por fin un punto en común. —Se acercó al micro, solemne—. Queridos oyentes, lo confirmamos oficialmente: nos dejaríamos morir el uno al otro sin dudarlo. Que descanséis.

Y Nacho, desde el control, se tapaba la cara con las dos manos, porque lo que se oía por debajo de toda aquella declaración de guerra —cualquiera con orejas lo oía— era exactamente lo contrario de dejar arder a nadie.

Pero eso no lo dijimos. Eso era nuestro.

Era feliz. Lo escribo y todavía me cuesta, porque a la gente como yo la felicidad le suena a frase de taza, pero no encuentro otra palabra y os debo la verdad: era feliz.

Y había una nube. Siempre hay una nube. La decisión de la productora estaba a la vuelta de la esquina —una final en directo, la última, y después el veredicto—, y el premio seguía siendo uno. Una plaza. Para dos personas que ya no querían ganarle nada al otro.

El domingo, mi madre nos invitó a comer.

A los dos. Esta vez de verdad, no por sorpresa ni con emboscada: la llamé yo, le dije «mamá, voy a llevar a Bruno», y hubo un silencio al otro lado del teléfono que no era de sorpresa, era de victoria contenida, el silencio de quien lleva meses esperando esa frase y no piensa estropearlo celebrándolo en voz alta.

—Ah —dijo solo—. Pues hago croquetas.

Mi madre hace croquetas para las grandes ocasiones y para las muy grandes. Aquel domingo hizo tres tipos. Eso, en el idioma de mi madre, es una declaración de intenciones equivalente a un titular de periódico.

La comida fue lo que tenía que ser: un escándalo de cariño.

Nuria y Quique estaban —se habían prometido por fin, que era «la cosa» que querían contarnos hacía meses y que por fin tenía anillo, y Quique enseñaba la mano de mi hermana como si la hubiera fabricado él—.

Mi padre y Bruno retomaron su romance futbolístico donde lo habían dejado.

Mi abuela, que en la comida anterior había dictaminado «o se matan o se casan», miró a Bruno, me miró a mí, y soltó, con la delicadeza de un mazo:

—Ya no os matáis. Se nota. Lástima. Era más divertido.

—Gracias, abuela.

—Las cosas como son. —Pinchó una croqueta—. Pero este me gusta. Tiene cara de buena persona y come bien. Lo demás se aprende.

Quique, que no soporta no ser el centro de nada, aprovechó para volver a enseñar el anillo de mi hermana como si lo hubiera tallado él en persona.

—Pues nosotros ya hemos puesto fecha —anunció—. Mayo. En la finca de mis tíos. Va a ser…

—Carísimo —dijo mi abuela.

—Espectacular, iba a decir.

—Lo uno no quita lo otro, hijo. —La abuela se giró hacia Bruno con la naturalidad de un misil que ha encontrado blanco—. ¿Y vosotros para cuándo?

—Abuela.

—¿Qué? Pregunto. Una tiene una edad y le gusta echar cuentas.

—No somos nada oficial, abuela —dije, por pura inercia, la misma frase de la otra vez.

—Ya. —Me miró por encima de las gafas, exactamente como me mira Robledo, como si todas las mujeres mayores de mi vida hubieran ido al mismo colegio de leerle a una el pensamiento—.

«No somos nada.» Lo que tú digas, bonita.

Pero le has traído a comer dos veces y le tienes cogida la mano por debajo del mantel desde el primer plato. Yo seré vieja, pero tonta no soy.

Bruno se atragantó con el vino. Mi padre, que en una comida no se entera de nada que no lleve balón, levantó la vista medio segundo, dijo «¿qué mano?», y volvió al partido sin esperar respuesta.

Bruno, a mi lado, se reía con esa risa fácil que yo ya sabía leer: la de quien no está acostumbrado a que una mesa entera lo quiera y no sabe muy bien dónde meter tanto.

En un momento de la comida le pillé mirando a mi familia —a mi madre trajinando, a mi padre gritándole a un árbitro de la tele, a mi abuela repartiendo verdades— con una cara que se me quedó dentro, una cara de hambre antigua, la misma del primer domingo, la de alguien que hace mucho que no come en una mesa así.

Le busqué la mano por debajo del mantel y se la apreté.

No dijo nada. Me la apretó él a mí. Y eso, para nosotros, era una conversación entera.

El momento, el que no esperaba, el que me desarmó, llegó después, en la cocina.

Estaba ayudando a mi madre a recoger —es decir, mi madre recogía y yo estorbaba con buena intención—, y los demás seguían en el salón con el café y el ruido. Y mi madre, de espaldas, fregando una fuente, sin volverse, me dijo:

—Te he visto reírte hoy.

—Me río siempre, mamá.

—No. —Cerró el grifo. Se volvió, con las manos todavía mojadas, y me miró de una manera que no me miraba desde que era pequeña, antes de que yo me construyera todo el andamiaje—.

Te ríes de cosas. Por educación. Por quedar bien.

Te he visto reírte así toda la vida y nunca me ha engañado.

Hoy te has reído de otra manera. Sin darte cuenta.

Como cuando eras cría y no vigilabas. —Cogió aire—. Hoy te has reído de verdad, Candela.

No supe qué decir. Me había llamado Candela, que solo hace cuando va en serio.

—Llevo toda la vida dándote la lata con que te cases —siguió, y ahora le temblaba un poco la voz, a mi madre, a la que yo creía incapaz de que le temblara nada—.

Y tú creías que era porque soy una pesada y una antigua.

Y un poco sí. Pero no era solo eso. —Dejó el trapo—.

Era que te veía con esa coraza desde los quince años, controlándolo todo, sin dejar entrar a nadie, tan lista y tan sola, y me daba un miedo horrible, hija.

Un miedo de madre. Pensaba: esta niña se va a blindar tanto que no va a dejar que la quiera nadie nunca.

Y yo me voy a morir sin verla dejarse querer.

—Se le quebró del todo—. Y hoy te he visto dejarte.

En la mesa. Con ese chico. Te he visto bajar la guardia sin que te dolieran prendas.

Y ya está. Ya me quedo tranquila. Ya puedo dejar de dar la lata.

Y me abrazó, con las manos mojadas y todo, en mitad de la cocina, mientras en el salón Quique explicaba a gritos por qué su equipo era mejor que el de mi padre.

Y yo, que no lloro, que tengo el llorar tan controlado como todo lo demás, lloré un poco contra el hombro de mi madre, sin ruido, y ella hizo como que no se daba cuenta, que es la forma más elegante que tiene una madre de dejarte llorar.

—No se lo digas a tu hermana —murmuró, soltándome, recomponiéndose a toda prisa—. Que se cree que la favorita es ella.

—Es ella, mamá.

—Es la más fácil. No es lo mismo. —Me dio una palmada en la cara, húmeda, cariñosa—. Anda, lleva el café, que se enfría.

Volví al salón con la bandeja y con una cosa caliente y nueva en el pecho que tardé en identificar, porque no la tenía fichada: era la sensación de que mi madre, después de veintiún años, acababa de verme. No a la hija que quería que fuera. A mí. A la de verdad. Y resulta que le había gustado.

Bruno me miró entrar, me leyó la cara en medio segundo —porque me lee, es lo suyo— y arqueó una ceja, una pregunta muda. «¿Estás bien?». Le sonreí. «Estoy bien». Y lo estaba. Estaba, de hecho, mejor que bien.

El problema vino de vuelta a casa, en el coche, cuando bajé de la nube lo justo para acordarme de la nube de verdad.

—Bruno.

—Dime.

—La final es el miércoles. Y luego deciden. —Conduje un rato en silencio—. ¿Has pensado qué pasa con nosotros si te lo dan a ti? ¿O si me lo dan a mí?

—No pienso en eso —dijo, demasiado rápido, mirando por la ventanilla.

—Mentira. Tú piensas en todo. Eres tan calculador como yo, solo que lo disimulas mejor. —Lo miré de reojo en un semáforo—. Llevas días raro con el tema. Cada vez que sale, cambias de conversación con una habilidad sospechosa. Y a mí esa habilidad me suena, porque la tengo yo.

—Cande…

—¿Qué estás tramando, Bruno?

Y ahí lo vi dudar. Medio segundo. El mismo medio segundo de aquel pasillo, solo que esta vez yo había aprendido a leerlo.

—No estoy tramando nada —dijo—. Solo quiero que esto salga bien. Para los dos.

—«Para los dos» con una sola plaza no existe. Lo dijiste tú. Es matemática.

—Pues a lo mejor me he hecho malo en matemáticas. —Y me sonrió, la sonrisa de catálogo, la que usa para tapar, la que yo ya no me tragaba—. Tú gana el miércoles, Cande. Hazlo increíble. Es tu sueño. Te lo mereces más que nadie.

—Y tú lo necesitas más que nadie. Me lo dijiste. En tu casa. «Querer y necesitar no es lo mismo.»

—Ya. —Volvió a mirar por la ventanilla—. A lo mejor también me equivoqué en eso.

—No te equivocaste. —Apreté el volante—. Y no pienso dejar que hagas el primo por mí, ¿me oyes? Si gano, gano yo, a pulso, y si no, no gano. Pero no quiero un premio que en realidad sea un regalo tuyo con lazo. No lo quiero, Bruno. Sería peor que perder.

—Lo sé. —Me puso una mano en la rodilla, suave, sin pizca de broma—. Por eso no te lo voy a preguntar.

—¿El qué no me vas a preguntar?

—Mira, un ciervo. —Señaló una rotonda en la que no había ni ciervo ni nada—. Cambio de tema. Se me da bien, me lo has dicho tú.

Le habría estrangulado. También le habría besado. Las dos cosas a la vez, que con Bruno era ya mi estado natural y, según parece, el de cualquiera que lo quiera.

No me dijo más. Pero esa noche, cuando lo dejé en su portal y lo vi subir, supe, con la misma certeza con la que sé contar, que Bruno Salazar estaba planeando hacer una tontería enorme.

Una de esas tonterías nobles que hace la gente buena cuando quiere a alguien más de lo que se quiere a sí misma.

Y yo, que llevaba toda la vida anteponiendo mi control a todo, descubrí esa noche que había algo que se me había puesto por delante sin pedir permiso: las ganas de protegerlo a él.

De que no se sacrificara. De ganar, si ganaba, sin que él perdiera.

Se lo conté a Lola, claro. A Lola se lo cuento todo.

—A ver si lo entiendo —dijo, con una cerveza, en el sofá—.

Tú quieres ganar el premio porque es tu sueño de toda la vida.

Pero también quieres que lo gane él porque lo necesita más.

Y él quiere que lo ganes tú porque te lo mereces, pero lo necesita más que tú.

O sea, que los dos queréis ganar y perder a la vez, por el otro.

—Dio un trago—. Sois insoportables. Los dos. Tal para cual.

—No es insoportable. Es… complicado.

—Es insoportable. Mira, yo, a un tío que me viniera con «gana tú, mi amor, que yo me sacrifico», le daba un beso y acto seguido le decía que se dejara de tonterías, que esto no es una película de las de llorar.

—Cogió un puñado de patatas—. Pero claro, tú no eres yo.

Tú estás igual de mal que él. Os habéis encontrado, que es lo peor que les puede pasar a dos cabezotas de vuestro calibre: dar con alguien igual de cabezota enfrente que encima te quiere.

—Gracias por el apoyo incondicional.

—Para eso estoy. —Me dio con el pie.

—No tiene solución, Lola. Es una plaza.

—Ya. Una plaza. —Se quedó pensando, con esa cara que pone cuando va a decir algo que parece una tontería y no lo es—. Oye, pregunta tonta. ¿Y si ganáis los dos?

—Es una, Lola.

—¿Y si no la gana ninguno? —Se incorporó—.

¿Y si os habéis montado todos, tú, él, la productora, la facultad entera, una guerra a vida o muerte por una plaza, y resulta que el premio nunca fue lo importante?

—Me miró—. Llevas toda la temporada peleando por unas prácticas.

¿Y si lo que de verdad has ganado es otra cosa, y las prácticas son solo el sitio donde te diste cuenta?

No le contesté. Porque no tenía respuesta, y porque la pregunta se me quedó dando vueltas el resto de la noche como dan vueltas las cosas que son verdad antes de que estés listo para admitirlas.

Esa madrugada abrí la nota. Llevaba diecisiete.

Y escribí la dieciocho pensando en mi madre llamándome Candela en la cocina, en la mano de Bruno bajo el mantel, en lo de reírme sin vigilarme, en todo lo que aquel chico me había hecho hacer en un curso —bajar la guardia, dejarme ver, dejarme querer, llorar contra un hombro, sentir—, yo, que había llegado a septiembre blindada y convencida de que sentir era una pérdida de tiempo:

Por hacerme sentir.

Dieciocho de veinte. Y la pregunta de Lola, encima, sin contestar: ¿y si el premio nunca fue lo importante?

La aparté, como aparto lo que me da miedo.

Pero no se fue. Se quedó ahí, esperando, faltaban dos razones para el final de la lista, y por primera vez tuve la sospecha de que aquellas dos razones no las iba a escribir yo sola en una nota a oscuras.

Que iban a escribirse en otro sitio. En directo. Delante de todos.