Veinte razones para odiarte 19. Por ser mi debilidad.
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19. Por ser mi debilidad.

Por ser mi debilidad.

La final no fue en el estudio de siempre.

La productora montó un sarao en condiciones: el salón de actos de la facultad, con público de verdad —doscientas y pico personas, medio campus—, una mesa de sonido como Dios manda, dos micros buenos en una tarima, y, en primera fila, los tres ejecutivos de la productora que llevaban toda la temporada escuchándonos por encima de los pódcast de la competencia.

Era el último programa. Después, el veredicto. Una plaza. Para uno de los dos.

Entre bambalinas estaba la pandilla, que se había autoinvitado en bloque.

—Tú respira —me dijo Lola, colocándome el cuello de la camisa que no necesitaba que me colocaran—. Y si te bloqueas, me miras a mí, que estaré en tercera fila haciéndote burla para que te enfades, que es cuando mejor hablas.

—Qué reconfortante.

—Para eso estoy. —Se volvió hacia Iván, que andaba por allí «por apoyar a Bruno», según él, aunque llevaba toda la semana apareciendo en sitios donde casualmente también estaba Lola—. Iván, dile algo motivador.

—No la mates —le dijo Iván a Lola—. Y a ti —me señaló a mí— suerte. Aunque no la necesitas. Bruno lleva una semana rarísimo, contento de una manera que da miedo, así que o se ha vuelto loco o ha tomado una decisión. Y cuando Bruno toma una decisión, es más cabezón que tú, lo cual ya es un récord.

—Por cierto. —Iván bajó la voz—. ¿Te has enterado de lo de tus amigos los de las cinco de la tarde?

—¿Hugo y Bárbara? No.

—Nacho llevó lo del archivo a la productora.

Con fecha, con hora y con el ordenador desde el que se cargó aquella noche.

—Sonrió sin ninguna pena—. Resulta que sabotear el programa de la competencia delante de tres ejecutivos que reparten una plaza por «integridad y criterio» no era la jugada maestra que ellos se creían.

Esta noche están invitados, mira. —Señaló con la barbilla a una esquina del salón, donde Hugo y Bárbara, muy peinados y muy solos, fingían estar muy ocupados con sus móviles—.

Pero llevan la cara del que ya sabe que de aquí no se va con nada.

La franja de las cinco se la quitan en septiembre.

—No me alegro —dije.

—Te alegras un poco.

—Me alegro un poco —admití.

Aquello me encajó una piedra en el estómago.

Porque yo también lo había notado. Bruno llevaba días con una calma que no le pegaba, la calma del que ya ha decidido algo y solo está esperando el momento.

«No te lo voy a preguntar», me había dicho en el coche.

Y el muy desgraciado lo había dicho en serio.

Lo busqué con la mirada. Estaba al otro lado del escenario, repasando no sé qué con Nacho, tranquilo, guapo, insoportable, con el polo bueno en vez del polo del bar. Me vio. Me sonrió. Y en esa sonrisa había una despedida que no entendí hasta veinte minutos después.

Me acerqué. No me pude aguantar.

—¿Qué estás tramando? —le dije, en voz baja, mientras Nacho fingía no escuchar a dos metros.

—Salir en directo y picarme contigo. Como cada lunes.

—Bruno.

—Cande. —Me colocó él a mí ahora un mechón, devolviéndome el gesto de Lola, y por un segundo se le puso una cara seria que casi nunca le veía—. Pase lo que pase esta noche, ¿me prometes una cosa? Que no me la vas a tener en cuenta.

—Eso es exactamente lo que dice la gente antes de hacer algo imperdonable.

—O algo que vale la pena. —Me guiñó un ojo, recuperó la sonrisa de catálogo, y se fue a su sitio antes de que me diera tiempo a agarrarlo del polo y sacarle la verdad a la fuerza, que es lo que debería haber hecho.

A las diez en punto, Robledo dio paso, Nacho levantó los faders, la luz roja se encendió, y empezamos el último Fuego cruzado.

Y fue bueno. Fue de lo mejor que habíamos hecho.

Nos picamos como siempre, el público se reía, los oyentes echaban humo en el grupo, y durante media hora todo fue exactamente como tenía que ser, los dos en estado de gracia, la máquina engrasada, el odio precioso de mentira funcionando a pleno rendimiento.

En un momento hasta jugamos con la situación, porque habría sido más raro no hacerlo:

—Antes del consultorio, una pregunta para el público —dijo Bruno—. ¿Quién creéis que merece más el premio, ella o yo?

—No incites al público, Salazar.

—Es una encuesta. Democracia pura.

—La última vez que el público votó algo entre tú y yo, acabé con un programa a medianoche y un curso entero discutiendo contigo. No pienso volver a fiarme de la democracia.

—En eso te doy la razón. La democracia nos juntó. A lo mejor la democracia es el problema. —El salón se rió, y nosotros nos reímos, y por un segundo fue todo tan fácil y tan nuestro que se me olvidó lo que había en juego.

Hasta llegó el último bloque. El del consultorio. El cierre.

Y entonces Bruno hizo una cosa que no estaba en ningún guion.

—Antes de cerrar —dijo, con una voz distinta, más baja, y a mí se me erizó la nuca porque esa voz no la sacaba para el programa—, quiero contar una cosa. A los oyentes. Y a los señores de primera fila, que saben quiénes son.

Miré a Robledo. Robledo no movió un músculo. Lo sabía. O lo intuía. Y había decidido dejarlo pasar.

—Todos creéis que me conocéis —siguió Bruno, hablándole al micro como si le hablara a una sola persona—.

El listo. El creído. El que se cree el dueño de todo, que es, literalmente, lo primero que esta mujer escribió de mí.

—Una risa pequeña del público—. Pues os voy a contar de quién es dueño Bruno Salazar.

De nada. De un polo negro con el logo de un bar en el que sirvo copas hasta las tres de la mañana cuatro días por semana.

Estoy aquí con una beca que se me cae si bajo la media, y este programa, para mí, nunca fue un trofeo.

Para mí estas prácticas eran lo único. La única puerta.

La forma de no volver a mi pueblo con las manos vacías.

Llevo toda la temporada peleando por ellas como un animal, porque las necesitaba.

Necesitar. No querer. Hay una diferencia, y la aprendí muy pronto.

El salón de actos se había quedado en un silencio absoluto. Yo había dejado de respirar. Sabía adónde iba. Y no podía pararlo.

—Y luego —dijo, y aquí la voz le hizo algo, un cambio mínimo que solo noté yo—, luego pasó que, peleando por ese premio, me encontré peleando con ella.

Y resulta que perdí. La pelea con ella la perdí enterita, desde el primer día, aunque he tardado un curso en admitirlo.

—Se giró un poco hacia mí, pero no me miró; miró el micro, porque mirarme habría sido demasiado—.

Y resulta que, cuando quieres a alguien de verdad, no puedes pelearle el sueño de su vida y dormir tranquilo por las noches.

Yo, al menos, no puedo. Lo he intentado todo el curso y no me sale.

—Cogió aire—. Así que voy a hacer la única cosa sensata que he hecho en toda la temporada.

—Volvió a la primera fila—. Señores: el premio, dénselo a ella.

Candela Ferrer es la mejor de esta facultad delante de un micro y lo sabe todo el mundo menos ella.

Yo me retiro. No compito. La plaza es suya.

Yo ya he ganado otra cosa esta temporada, y no estaba en el contrato.

Y se hizo el silencio, y luego el salón de actos se vino abajo en aplausos, y yo me quedé sentada en mi silla, delante de mi carpeta minutada, con toda mi ficha perfecta convertida de golpe en papel mojado, mirando al chico que acababa de desnudarse entero delante de medio campus y de regalarme, con una sonrisa, lo único que de verdad necesitaba en el mundo.

En primera fila, los tres de la productora no aplaudían: tomaban notas.

El del traje gris se inclinó hacia los otros dos, les dijo algo al oído, y los tres miraron hacia el escenario con una cara que no supe leer y que esa noche me dio igual no saber leer, porque tenía cosas más urgentes ardiéndome por dentro.

Robledo, de pie en el lateral, tenía los brazos cruzados y una sonrisa rarísima: la de quien ve salir bien una jugada que ni siquiera ha movido ella.

No sentí lo que se supone que tienes que sentir cuando te regalan tu sueño.

Sentí pánico.

Cortamos a publicidad —una cuña, tres minutos, gracias a Dios— y yo me levanté, le hice una seña a Bruno de «aquí, ahora, fuera», y salimos los dos al lateral, entre cajas y cables, lejos de los micros.

—¿Se puede saber qué acabas de hacer? —Me salió en un susurro furioso.

—Lo correcto.

—¿Lo correcto? Acabas de contarle a doscientas personas y a media ciudad que friegas vasos. Tu secreto. El que no le cuentas a nadie. ¡Lo has soltado en directo!

—Ya no es un secreto si lo cuento yo. —Estaba tranquilísimo, y eso me ponía todavía peor—. Solo es un secreto cuando te da miedo. Y ya no me da miedo, Cande. Eso también me lo has quitado tú.

—No me hagas esto. —Y se me quebró la voz, y esta vez no la odié, porque no había tiempo para odiarse—. No me regales el premio. No quiero ganar así. No quiero un sueño que sea en realidad tu renuncia con lazo. Te lo dije en el coche. ¡Te lo dije!

—Y yo te dije que no te lo iba a preguntar.

—¡Pues haberme preguntado! ¡Por una vez en tu vida, consúltame algo!

—Me pasé las manos por el pelo, deshaciéndome el peinado que me había hecho Lola con tanto cariño—.

¿Sabes lo que es esto, Bruno? Es justo lo que hago yo.

Decidir por otro «por su bien». Controlarlo todo y ponerle encima el lazo de la generosidad.

Lo odio cuando lo hace mi madre. Lo odio cuando lo hago yo.

Y ahora lo haces tú, y resulta que también lo odio.

—Pues ya somos dos controladores que se quieren. —No había una pizca de drama en su voz, y eso me desarmó más que cualquier grito—. Bienvenida al club. Se está fatal. No te puedes fiar de nadie, porque todos van por ahí queriendo salvarte.

—¡Deja de ser noble! —Le di en el pecho, sin fuerza, una colleja de las inútiles—.

¡Deja de ser noble que me pones de los nervios!

Lo necesitas tú. Lo dijiste tú. La beca, el pueblo, la puerta, todo.

¿Y ahora me lo das a mí y te quedas tú sin nada?

¿Y se supone que yo tengo que subir a esa tarima, coger tu vida entera y decir «gracias, qué detalle»?

—Te supone que tú subes a esa tarima y haces lo que tú decidas hacer.

—Me cogió la cara con las dos manos, mi gesto, el de siempre—.

Yo he hecho lo mío, Cande. He elegido. Por una vez en mi vida he elegido a una persona por encima de un plan, que es justo lo que tú llevas todo el curso aprendiendo a hacer y lo que a mí me daba un pánico que no veas.

Lo he hecho yo primero porque alguien tenía que ser el valiente, y resulta que esta vez me ha tocado a mí.

—Me limpió con el pulgar una cosa que se me había escapado de un ojo—.

Ahora te toca a ti decidir qué haces con eso.

Y, hagas lo que hagas, yo ya estoy bien. Te lo juro. Estoy mejor que bien.

—Te odio —dije, que era lo más cerca que estaba de poder decir la otra cosa.

—Lo sé. —Sonrió—. Apúntalo.

Detrás de las cajas, donde se suponía que no había nadie, oí un sollozo mal disimulado. Era Lola. Y la voz de Iván, bajito, diciéndole «toma, suénate», y la de Lola contestando «cállate, que es precioso, déjame llorar tranquila».

—Es que tú lloras por todo —oí que decía Iván.

—Y tú no lloras por nada, que es peor. Mira que no llorar con esto. ¿Tú tienes sentimientos o los llevas de adorno?

—Tengo. Lo que pasa es que los administro.

—«Los administro.» —El retintín de Lola lo reconocería yo entre mil—. Madre mía. Otro. Otro que administra. Estáis todos fatal de la cabeza.

Y los dos ahí, en la penumbra, compartiendo un clínex y una discusión tonta, y yo pensé, incluso en mitad de aquel terremoto, que iban a acabar fatal. Fatal de bien, quiero decir. Pero eso, como casi todo aquella noche, lo archivé para después.

Volví a mi silla. Quedaban segundos de cuña.

Me temblaban las manos, a mí, que no me tiemblan las manos ni en los exámenes.

Saqué el móvil sin pensar, abrí la nota, y escribí, porque era lo único que sabía hacer cuando no sabía qué hacer, la diecinueve.

La escribí mirándolo a él al otro lado del escenario, recolocándose el pinganillo, sereno, habiéndose jugado su futuro por mí delante de todo el mundo sin pedirme permiso, y supe que aquella razón era la más peligrosa de todas, porque era la única que reconocía que yo, la del control absoluto, tenía una grieta con nombre y apellidos:

Por ser mi debilidad.

Diecinueve de veinte. La grieta. Lo único que no controlo. La persona por la que sería capaz de tirar a la basura un plan a cinco años sin mirar atrás.

Levanté la vista. Bruno estaba en su sitio, al otro lado de la tarima, recolocándose el pinganillo, fingiendo revisar unos papeles que tampoco esta vez necesitaba.

Y no me miraba, y noté que era a propósito: me daba espacio, me dejaba decidir sola, sin presionar, igual que llevaba haciendo desde la noche en que fui yo a buscarlo a él.

Hasta para esto era cuidadoso. Hasta jugándose el futuro entero me dejaba a mí la última palabra.

Y eso, qué cosa, fue lo que terminó de rematarme por dentro lo poco que me quedaba sin romper.

Entonces, mientras Nacho contaba con los dedos para volver a antena —tres, dos—, noté a Robledo agacharse a mi lado. Olía a su perfume de siempre, a autoridad. Me habló al oído, muy bajo, para que no lo cogiera ningún micro:

—Te toca a ti, Ferrer. —Una pausa exacta, de profesional—. Y por una vez, niña, no leas la ficha.

Se apartó. La luz roja del ON AIR se encendió otra vez. Doscientas personas me miraban. Tres ejecutivos me miraban. Bruno me miraba.

Y yo bajé la vista a la pantalla del móvil, a la lista que había nacido para odiarlo, con sus diecinueve razones esperándome, y supe que la número veinte no iba a escribirla con los pulgares.