Veinte razones para odiarte 20. Por todas las razones que aún no entiendo.
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20. Por todas las razones que aún no entiendo.

Por todas las razones que aún no entiendo.

El piloto rojo. Doscientas caras. Tres ejecutivos con cara de póker. Bruno, al otro lado de la tarima, que se había quedado muy quieto, como se queda la gente cuando no sabe lo que va a pasar y eso, en él, era nuevo.

Y yo, con dos cosas en las manos.

En la izquierda, el móvil. La nota. La lista que había empezado para sobrevivirle y que él se había jugado el futuro por no leer entera en directo.

«No leas la ficha», había dicho Robledo. La muy bruja. Llevaba todo el curso leyéndome mejor que yo.

Dejé la carpeta en la mesa. Boca abajo, para no tener la tentación. Y me acerqué al micro con el móvil, que es lo más parecido a tirarme por un puente que he hecho en mi vida, porque una cosa es sentir y otra muy distinta es sentir delante de doscientas personas y un piloto rojo encendido.

—Buenas noches —dije, y la voz me salió rara, pero salió—. Soy Cande. La que odia a Bruno Salazar. Eso ya lo sabéis, lo llevo diciendo una temporada entera.

Una risa floja en el salón. Bruno no se rió. Me miraba.

—Bruno acaba de hacer una cosa preciosa y muy tonta —seguí—.

Acaba de regalarme un premio que necesita más que yo, delante de todos vosotros, después de contaros una verdad suya que no le había contado a nadie.

Y yo podría subir aquí, daros las gracias con mi frasecita preparada, coger la plaza y marcharme a casa con mi sueño cumplido.

—Cogí aire—. Pero resulta que no me da la gana.

Y, ya que estamos, os voy a contar por qué.

Voy a hacer una cosa que no he hecho nunca: voy a leer en alto algo que escribí para que no lo leyera nadie.

Abrí la nota. El salón se calló del todo. Hasta Nacho, en la mesa, dejó las manos quietas.

—Tengo una lista —dije—. La oísteis a medias hace unas semanas, cuando alguien la metió en directo para hundirnos.

—No miré a la esquina donde estaban Hugo y Bárbara, pero todo el mundo sí, y me dio igual—.

Se llama Veinte razones para odiarte. La empecé el primer día, para defenderme de él.

Pues la voy a leer yo, entera, por una vez bien, que para algo es mía.

Y empecé.

—La una. «Por tu sonrisa de imbécil.» —Levanté la vista un segundo—. Mentira. Por tu sonrisa. A secas. Que no tiene un pelo de imbécil y me la sé de memoria desde la segunda semana.

Alguien, en el público, soltó un «ay» bajito. Lo ignoré, porque si me paraba a escuchar al público me moría allí mismo.

—La dos. «Por creerte el dueño de todo.» —Tragué—.

Y resulta que no eras dueño de nada, que currabas de noche y te lo callabas, y que lo de creérselo era una coraza igual que la mía, solo que mejor puesta.

La tres, por presumido. La cuatro, por tus comentarios innecesarios.

—Fui más deprisa—. Mentira y mentira. Eran por hacerme reír.

Por obligarme a estar a la altura. Por no dejarme nunca tranquila, que es lo que yo creía que quería y resultó ser lo último que quería.

Noté que me temblaba el móvil en la mano. Seguí.

—La cinco. «Por esa mirada que me desarma.

» Esa ya ni me molesté en disfrazarla bien, fijaos.

Lo tenía delante de las narices desde la cinco.

—Una risa mía, pequeña, húmeda—. La seis, por ignorarme, que la escribí muerta de celos.

La siete, por competitivo, que es de las cosas que más me gustan de ti y por eso más rabia me daba.

La ocho, por arruinarme el día, el día que apareció una chica y yo decidí que me había arruinado el día cuando en realidad me había arruinado los planes de no quererte.

En el salón no se oía nada: ni una silla, ni un carraspeo, solo el siseo de mi propio micro abierto. Bruno se había llevado una mano a la boca.

—La nueve —dije, y aquí se me quebró—. «Por hacerme reír siempre.

» Esa es verdad entera, sin trampa. Me haces reír.

Yo, que tenía la risa guardada bajo llave.

La diez, por gustarme más de lo que te odio, que fue la primera razón sincera que escribí en toda la lista y me costó Dios y ayuda.

La once, por saber exactamente cómo sacarme de quicio, que es otra forma de decir que me conoces mejor que nadie.

Levanté la vista. Lo miré a él. Solo a él. Y bajé la voz, aunque el micro lo cogía todo.

—Y entonces llegué a la doce. —Se me hizo un nudo y lo dejé estar—. La doce dice «por ser tú». Y cuando la escribí me quedé mirando la pantalla, porque ya no sabía si aquello era una lista de odio o una confesión. Llegué a doce, Bruno. Doce razones. Y en la doce dejé de poder mentirme.

Nadie respiraba. Yo tampoco.

—Y en la trece me rompiste. —Lo dije sin dramatismo, casi en paz—.

La trece la escribí llorando. «Por romperme.

» Creí que me habías usado, que nada había sido real.

Me equivoqué, pero eso lo supe después. Lo que importa es que hasta esa, la peor, la más triste, era una razón para quererte.

Porque solo te rompe de verdad la persona que de verdad te importa.

A los que no nos importan no nos rompen.

Nos resbalan. Tú no me resbalaste. Tú me partiste por la mitad, que es lo que pasa cuando dejas entrar a alguien.

—Cande —dijo Bruno, con la voz rota, dando un paso hacia su micro.

—No. Déjame acabar, que si me paras no sigo, y resulta que llevo un año entero preparándome para esto sin saberlo. —Y se quedó quieto, y se calló, y me dejó terminar, porque para entonces ya había aprendido que a mí, cuando por fin me suelto, lo mejor que se puede hacer es no tocarme.

Oí, detrás de las cajas, el inconfundible sonido de Lola llorando sin disimulo ya ninguno.

—Y luego están las últimas —seguí, y ahora iba más suave, más segura, como quien ve ya el final de la cuesta—.

La catorce, la quince, las del enfado. Y la dieciséis, «por quedarte», que es cuando volviste y no te fuiste aunque te lo puse imposible.

La diecisiete, por besarme. La dieciocho, por hacerme sentir, yo, que había decidido a los quince que sentir era una pérdida de tiempo.

Y la diecinueve, que escribí esta noche, hace diez minutos, mirándote regalar tu futuro sin pedirme permiso: «por ser mi debilidad».

—Respiré—. Diecinueve razones, Bruno. Diecinueve razones para odiarte que son, una por una, todas, diecinueve razones para lo contrario.

Hice una pausa. El piloto rojo seguía encendido. Toda la ciudad escuchando. Todo el campus delante.

—Y me falta una —dije—. La veinte. La que no pensaba escribir nunca, porque hay cosas que no se pueden escribir con el dedo en una nota a las tres de la mañana. Esa te la voy a decir aquí. En voz alta. Para que conste.

Lo miré. Dejé de tener miedo del todo. Por primera vez en la vida, no controlé absolutamente nada, y fue lo mejor que he sentido nunca.

—La veinte: «Por todas las razones que aún no entiendo.

» —Se me llenaron los ojos y los dejé—. Porque las otras diecinueve las puedo nombrar, Bruno, y esta no.

Y resulta que eso es exactamente lo que es esto.

Querer a alguien es tener diecinueve razones que sabes decir y una vigésima que no te cabe en la boca, que es más grande que todas las demás juntas, y rendirte.

—Una pausa—. Yo me rindo. Como tú esta noche.

Es la primera vez que me rindo en algo, y resulta que tú tenías razón: no da ninguna vergüenza.

Y entonces dije lo que había venido a decir, lo único que de verdad importaba, mirándole a los ojos delante de doscientas personas y de tres ejecutivos y de media ciudad:

—No quiero el premio sin ti. No lo quiero.

Quédatelo tú, o no nos lo quedemos ninguno, o lo que sea, me da exactamente igual.

Llevo tres años soñando con esa plaza y resulta que prefiero quedarme contigo y empezar de cero antes que ganar yo sola.

Así que ya está. Ya lo he dicho. Te elijo.

Delante de todos. Sin lista que me proteja.

Silencio.

Y luego Bruno, que es Bruno, que hasta para esto tiene un tempo perfecto, se acercó a su micro, con los ojos brillantes y la voz tomada, y dijo lo único que podía romperme del todo y arreglarme a la vez:

—¿Lo apunto?

Y de ese segundo sí me acuerdo entero, con una nitidez que no tiene el resto de la noche.

No sé quién cruzó la tarima. Puede que él.

Puede que yo. Puede que los dos a la vez, que sería lo nuestro.

Sé que de pronto lo tenía a un palmo, con el piloto rojo todavía encendido y doscientas personas y tres ejecutivos de testigos, y que por una vez no hubo cálculo, ni frase preparada, ni una Cande de guardia midiendo el riesgo desde una esquina.

Le cogí la cara con las dos manos —su gesto, el que le había robado, el que a estas alturas ya era de los dos— y lo besé.

En directo. Delante de todo el campus. Que es, técnicamente, lo más antiprofesional que se puede hacer en una emisión en directo, y la única cosa que en aquel momento tenía sentido en el mundo.

Se rió contra mi boca. Yo le dije que se callara.

Las dos cosas las habíamos hecho ya, la primera vez, en un hotel que parecía de otra vida, cuando lo besé para ganar y para callarlo.

Solo que esta vez no había micro que cortar, ni secreto que guardar, ni número que fingir: esta vez lo besaba con mi nombre, mi cara y mi lista entera leída en voz alta, sin nada detrás de lo que esconderme.

Y resultó que besar a alguien así, sin red, delante de todos, era justo lo contrario de lo que yo había creído toda mi vida que sería perder el control.

No perdí nada. Por primera vez tenía las dos manos llenas.

Y ahí ya se vino abajo el salón entero.

Lo que vino después lo viví a trozos. Sé que doscientas personas se pusieron de pie. Y sé que, cuando bajé de la tarima, me encontré a Lola hecha un mar de lágrimas y de rímel, agarrada del brazo de Iván sin ningún disimulo ya.

—Te dije que vinieras sin la coraza. —Me abrazó, empapándome el hombro—. ¿Lo ves? ¿Ves cómo en sitios así estorba?

—Lo veo, Lola.