Veinte razones para odiarte 20. Por todas las razones que aún no entiendo. #2
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20. Por todas las razones que aún no entiendo. #2

—Y tú —le dijo a Bruno, soltándome y apuntándolo con un dedo amenazante—, como se la vuelvas a romper, ya sabes lo que hay.

—Sabes dónde vivo —dijo Bruno.

—Sé dónde vives. —Lola entornó los ojos—. Y me caes bien. Que es lo más molesto de todo.

Iván, a su lado, se reía. Lola se volvió hacia él, y los dos se quedaron mirándose un segundo de más, otra vez, y yo pensé, ya por enésima vez aquella noche, que aquello era una historia para otro día. Para otro libro, casi.

Sé también que en el grupo de la facultad, que llevaba shippeándonos desde la cuarta semana, debió de arder el servidor, porque cuando miré el móvil más tarde había tantos mensajes que la aplicación se había rendido y solo ponía «99+».

Y sé que, en mitad de todo aquello, mientras Nacho intentaba bajar los faders para que no saliera al aire un beso que sonaba fatal por la megafonía, uno de los tres ejecutivos, el del traje gris, se levantó de la primera fila.

Pidió un micro. Robledo, que se lo veía pasándolo en grande, le pasó uno.

—Perdón. Voy a aprovechar que estamos en directo —dijo el hombre, tranquilo, con esa seguridad de quien firma nóminas—.

Llevamos toda la temporada escuchándoos.

Vinimos a daros una plaza de prácticas. Una.

—Miró sus notas, las mismas que le había visto tomar antes—.

Y resulta que hemos venido a ver, en directo, por qué vuestro programa se come a toda la competencia de esta facultad y de tres más.

No es el talento de uno. Es lo que pasa entre los dos.

—Hizo una pausa de profesional, idéntica a las de Robledo; debían de haber ido todos al mismo colegio—.

Así que no queremos a uno. Sería tirar la mitad de lo que funciona.

Os queremos a los dos. Fuego cruzado sigue, con nosotros, los dos en antena, en una franja de verdad y con un contrato de verdad.

La plaza de prácticas se la queda otro. Vosotros tenéis algo mejor: tenéis el programa.

El salón, que ya estaba de pie, se volvió a venir abajo.

Y la nube, la única nube, la que llevaba semanas sobre nosotros, el «un solo premio para dos», se deshizo en el aire como si nunca hubiera existido.

No había que elegir. No había que perder.

Resulta que el problema que yo había decidido que no tenía solución —«es una plaza, es matemática»— tenía una solución obvia que solo se le había ocurrido a Lola y a un señor de traje gris: que a lo mejor el premio nunca fue lo importante.

Y, en el barullo, sin buscarlo, los ojos se me fueron solos a la pared del fondo. A Hugo y a Bárbara.

Me acordé del miércoles de la lista. De cuando crucé aquel pasillo rota, con la espalda muy recta para que no se notara que por dentro me caía a pedazos, y de cómo Hugo me dijo al pasar, con su cara de funeral mejor ensayada, «qué pena, con lo bien que os iba».

Me acordé de que llegué a agradecérselo.

Ahora estaban los dos quietos, sin una gota de fiesta en la cara, oyendo a un ejecutivo decir en directo que la plaza que llevaban tres años dando por suya se la quedaba «otro», y que el programa que habían intentado hundir seguía, con contrato y con los dos a los que habían querido enterrar.

Bárbara miraba al suelo. Hugo miraba ese punto fijo de la pared que mira la gente cuando lo que de verdad querría es desaparecer.

Y yo tenía la frase perfecta a mano. La tenía calentita en la boca: «qué pena, con lo bien que os iba», devuelta, con su mismo veneno y mi mismo tono. Se la merecían enterita.

No la dije. Y no porque me hubiera vuelto buena persona de repente; la frase era buenísima.

No la dije porque me di cuenta justo ahí de que ya no me hacía falta.

Devolverles el golpe habría sido seguir jugando a su juego —el de medir quién hunde a quién—, y yo acababa de ganar otro distinto.

La peor cara que les podía poner no era el rencor.

Era la espalda. Así que se la di, sin más, y dejé de mirarlos, que es lo que más rabia le da a la gente que solo sabe vivir pendiente de lo que hacen los demás.

Busqué a Robledo con la mirada. Estaba apoyada en la pared del lateral, con los brazos cruzados y esa sonrisa suya de gata que se ha comido el canario y encima ha cobrado entrada por el espectáculo.

—Lo tenías planeado —le dije, sin micro, solo moviendo los labios.

Negó con la cabeza, despacio. Y luego me leyó los labios de vuelta una sola palabra, que no era «planeado», ni «enhorabuena», ni nada de lo que yo esperaba. Me dijo: «Dignidad.» Y volvió a ponerse las gafas, que en ella significa que la conversación, y la lección, se han terminado.

Miré a Bruno. Bruno me miraba a mí, con una sonrisa que ya no era de catálogo, que no he vuelto a ver en una valla publicitaria, que era solo para mí.

—Hemos ganado los dos —dijo, alucinado.

—Hemos ganado el programa —dije yo—. Que es peor. Significa que te aguanto a medianoche el resto del curso.

—El resto del curso no. —Me cogió la cara, mi gesto, el de siempre, delante de todos—. Eso ha sido poco ambicioso, Ferrer. Yo iba a por más.

—No te pases.

—Demasiado tarde. Tú lo has dicho en directo. Hay testigos. Doscientos. Y media ciudad.

Y tenía razón. Lo había dicho. Sin ficha, sin lista, sin control, sin red. Lo había dicho yo, Candela Ferrer, que llegué a septiembre convencida de que el amor era una variable que se podía dejar fuera de la ecuación si una planificaba bien.

Pero todavía estábamos en directo, y un programa, hasta el último día, hay que cerrarlo. Volvimos los dos al micro.

—Bueno —dijo Bruno, carraspeando, intentando recuperar una pizca de profesionalidad que ya no engañaba a nadie—. Pues esto ha sido el último Fuego cruzado de la temporada. O el primero de la siguiente, según se mire.

—Oyentes —dije yo—: los que lleváis un año escribiendo al grupo que esto acababa así, teníais razón. Lo reconozco. Una vez. No os acostumbréis.

Nacho me pasó los mensajes que entraban en directo, descojonado al otro lado del cristal. Toda la temporada leyendo consultorios de oyentes con líos de amor, y aquella noche el consultorio se nos había dado la vuelta: ahora nos escribían ellos a nosotros.

—Tenemos uno de Berta —anuncié, y se me escapó la risa al leerlo—, que dice, en mayúsculas las tres frases: «LO SABÍA. LLEVO DESDE OCTUbrE DICIÉNDOLO. ESTA NOCHE NO DUERMO.» Gracias, Berta. Ya somos dos.

—Y otro de Dani —leyó Bruno—: «¿Y el premio al final qué? ¿Quién se queda las prácticas?» —Levantó la vista y me sonrió—. Dani, majo, no te has enterado de nada. Esa es justo la pregunta que ya ha dejado de importar. Buenas noches a todos.

Y bajó él mismo el deslizador del micro, por una vez, porque hay frases que hay que soltar y apagar la luz.

Esa noche no escribí ninguna razón en el móvil.

Por primera vez en una temporada, la lista se quedó como estaba, con sus diecinueve, porque la veinte ya la había dicho en voz alta y ya no era de la nota, era del mundo, era suya, era nuestra.

La lista que nació para odiarle se había convertido, sin que yo me diera ni cuenta, en lo contrario exacto de lo que era: la declaración de amor más larga, más rara y más honesta que he escrito en mi vida.

Tenía veinte razones para odiarle.

Resultó que eran la misma, repetida veinte veces, y yo demasiado cabezota para verla.