Veinte razones para odiarte Epílogo
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Epílogo

Ocho meses después, Fuego cruzado sale tres noches por semana en una emisora de verdad, con un sueldo de verdad, en una franja que ya no es la medianoche del nadie sino la medianoche de mucha gente.

Tenemos oyentes en ciudades en las que no hemos estado nunca.

Tenemos una becaria que nos trae el café, lo cual a mí me produce orgullo y, a la vez, un complejo de culpa que llevo regular.

Y Bruno ya no friega vasos hasta las tres; colgó el polo negro la semana que firmamos, y la única vez que volvió al bar fue a invitar a sus excompañeros a una ronda con su primera nómina, que es lo más Bruno que ha hecho en su vida.

Vivimos juntos. Lo digo deprisa porque todavía me asusta un poco la facilidad con la que lo digo. Un piso pequeño, con goteras menores y una cocina en la que cabe uno y medio, que nos peleamos cada mañana por ser el medio.

Esta misma mañana, sin ir más lejos, hemos discutido por el café.

—Te has puesto en medio —le he dicho, intentando llegar a la cafetera.

—Es mi medio. Tú eres el medio de las tardes. Las mañanas el medio soy yo. Lo pactamos.

—No pactamos nada de eso.

—Lo pactamos en junio. Hay acta. —Bruno no suelta una discusión ni cuando es evidente que se la está inventando sobre la marcha—. Tú estabas medio dormida y dijiste que sí a todo. Saliste perdiendo en varias cláusulas importantes. Te lo advertí en su momento.

—Eres insufrible.

—Y vivo contigo. Fíjate qué incoherente eres.

Y le he robado el café, que es como se ganan las discusiones en esta casa: por la vía de los hechos.

Mi madre viene a cenar más de lo estrictamente necesario y siempre trae croquetas, «por si acaso», como si en nuestra casa pudiera haber una emergencia que se solucione con croquetas, que, conociéndonos, igual sí.

Nuria se casó en mayo, en la finca carísima y espectacular de los tíos de Quique, y Bruno lloró en la ceremonia y luego juró que era el polen.

La última vez que vino mi madre, con un táper como para un regimiento, me acorraló junto a la nevera mientras Bruno fingía que cabíamos los tres en la cocina. La nevera es su sitio favorito para las confidencias.

—Se te ve bien —me dijo, bajito, con el mismo tono de aquella tarde en su cocina.

—Estoy bien, mamá.

—Ya lo sé. Si te lo digo no es para que me lo confirmes, es para que lo sepas tú. —Me colocó un mechón, el gesto de siempre—. ¿Sabes lo que más me gusta? Que ya no recoges la mesa mientras los demás hablan. Antes te ponías a fregar para no estar. Ahora te quedas.

—Me he relajado.

—Te has dejado. Que es distinto y es mejor. —Echó un ojo a Bruno, que peleaba con el abrelatas—. Y ese, además, friega. Más de lo que fregó tu padre en treinta años. No lo estropees con tus listas.

—Demasiado tarde, mamá. Ya hay una.

—Ya. —Me dio una palmadita en la mejilla, satisfecha—. Pues mira, esa última no te quedó mal del todo.

Del programa, qué os voy a contar que no sepáis si nos escucháis.

Va bien. Va muy bien. Tan bien que la franja de las cinco, la que era de La hora exacta, ahora la ocupa un espacio de recetas, porque a Hugo y a Bárbara no les renovaron —resulta que lo de sabotear a la competencia delante de quien firma los contratos te persigue luego en el currículum—, y de vez en cuando me cruzo con Hugo por un pasillo y los dos hacemos como que el otro es transparente, que es la forma más civilizada que conozco de odiar a alguien.

La aprendí, por cierto, fingiéndola con Bruno.

Mira tú para qué acabó sirviendo la lista.

Bruno fue a su pueblo en Navidad, por cierto, y esta vez no volvió con las manos vacías.

Me llevó. Conocí a su madre, que tiene su misma sonrisa y ninguna de sus corazas, y que me cogió de las manos en la cocina —porque resulta que en todas las cocinas del mundo pasan las mismas cosas— y me dijo: «Gracias por reírte de él.

Le hacía mucha falta alguien que no se lo tragara entero.

» Le caí bien. Y a mí me cayó bien ella.

Y Bruno, que se pasó todo el viaje fingiendo que no estaba nervioso, durmió esa noche como no le había visto dormir nunca, que es lo que pasa cuando consigues llevar tus dos vidas al mismo sitio y compruebas que no se rompe nada.

Y un sábado de esos, ordenando —yo ordenando, él estorbando, que en esta casa los papeles se han invertido—, llegué al salón y me encontré con que había colgado algo en la pared.

Un marco. Bonito, de los buenos, nada de chapuza.

Y dentro, impresas en una tipografía que había elegido con un cuidado que me dio entre risa y ternura, las veinte razones. Mi lista. Las veinte razones para odiarle, de la una a la veinte, enmarcadas y colgadas en mitad del salón como quien cuelga un diploma.

—¿Se puede saber qué es esto? —dije, con los brazos en jarras, fingiendo un enfado que no me duró ni media frase.

—Arte —dijo Bruno, apareciendo por detrás con dos cafés—. Arte contemporáneo. Se titula Retrato de un hombre por la mujer que lo odiaba. Lo voy a llevar a una galería.

—Has enmarcado las veinte razones por las que te odiaba.

—He enmarcado la declaración de amor más larga que me han hecho nunca. —Me dio mi café—. Tú lo dijiste en directo. Que era lo contrario de lo que parecía. Pues lo he colgado. La gente cuelga las cosas bonitas, Cande. Y esto es lo más bonito que tengo.

Iba a contestarle algo cortante, porque es lo que hago, pero entonces lo vi. Abajo del todo, debajo de la veinte, fuera de la lista impresa, había una línea escrita a mano. Su letra. Una sola frase, en bolígrafo azul, como una nota al pie de página de toda la historia:

«Yo llegué a una. La segunda semana. Y me callé un curso entero.»

Me quedé mirándola un rato largo.

—Bruno.

—¿Mmm?

—¿La segunda semana?

—La segunda semana. —Se encogió de hombros, sin una pizca de vergüenza, apoyado en el marco de la puerta con su café—.

Tú estabas a años luz todavía de admitir nada, escribiendo razones para odiarme a punta de pala, y yo ya estaba perdido.

Lo de ignorarte en octubre, ¿te acuerdas?

Lo que tú leíste como que pasaba de ti. —Sopló el café—.

Es que me estaba enamorando a una velocidad que me daba pánico, Cande.

Tan rápido que tuve que apartarme para no estamparme.

No pasaba de ti. Es que no sabía hacer otra cosa con lo que me estabas haciendo.

—¿Y por qué no me dijiste nada? —Aunque ya me sabía la respuesta, quería oírla en voz alta.

—¿En serio me lo preguntas? ¿Tú, que escribiste veinte razones para odiarme antes que una sola para lo contrario?

—Se rió—. Cande, si yo te llego a decir en octubre «oye, que me estoy enamorando de ti», me empapelas.

Me montas una hoja de cálculo de por qué es mala idea.

Me presentas un plan a cinco años para no quererme y un fondo de seis meses por si acaso.

—Sopló el café—. Así que esperé. Es lo único inteligente que hice en todo el curso: esperar a que llegaras tú sola, a tu ritmo, haciendo tus listas. Y mira. Llegaste.

—Tarde.

—A tiempo. Que no es lo mismo. —Me miró por encima de la taza—.

Eso me lo enseñaste tú, lo de que dos palabras parecidas no significan lo mismo.

Lo de querer y necesitar, ¿te acuerdas? Pues esto es igual, pero del revés.

Yo no te necesitaba, Cande. Vivía la mar de bien solo, con mi beca, mi polo y mi plan.

Te quería. Que es muchísimo peor. Porque de lo que necesitas te puedes curar, y de lo que quieres no hay manera.

Y ahí estaba, por fin, la última pieza. La que no había visto en todo un curso.

Bruno había caído antes. Mucho antes. Mientras yo me creía la lista, la del control, la que iba ganando, la que tenía la situación dominada, el otro ya estaba en el suelo desde la segunda semana, haciéndose el dueño de todo justo para que no se le notara que no era dueño ni de sí mismo.

Cogí el bolígrafo azul, que seguía en la estantería, al lado del marco, esperando, porque el muy listo lo había dejado ahí a propósito.

Quité el cristal del marco. Y debajo de su confesión, con mi letra, que es horrible y que él dice que parece un electrocardiograma, escribí la única razón que me faltaba.

La veintiuna. La primera que escribía sin disimulo, sin coartada, sin fingir que era otra cosa, a mano y para siempre, no en una nota que se borra:

«Por caer el primero y dejarme creer que iba ganando yo. Te lo paso. Esta vez. No te acostumbres.»

—¿Lo apuntas? —dijo él, leyéndolo por encima de mi hombro, robándome mi propia frase de toda la temporada.

—Ya está apuntado. —Volví a colocar el cristal—. Y es la última. Veintiuna. Se cierra la lista.

—¿Se cierra? —Me rodeó por detrás, la barbilla en mi hombro, mirando los dos el marco como un par de jubilados en un museo—. Qué pena. Con lo que me gustan tus listas.

—Empezaré otra.

—¿De qué?

—De razones para aguantarte. Va a ser más larga. —Me giré entre sus brazos—. Y la primera ya la tengo.

—A ver.

—Por haber esperado un curso entero callado a que yo llegara, en vez de rendirte. —Le di un beso corto, de los de estar en casa—. Aunque eso, técnicamente, también es por cabezón. Igual que yo. Por eso nos va tan bien.

—Y tan mal —dijo él.

—Y tan mal. A la vez. Siempre.

Nos quedamos los dos mirando el marco un rato, en un silencio del bueno, del que ya no hay que llenar con nada.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dije.

—Dime.

—Que de las veintiuna razones, la que más miedo me dio escribir fue la doce.

«Por ser tú.» Porque era la primera que no podía disfrazar de queja.

Y resulta que es la única que lo explica todo.

No te quiero por la sonrisa, ni por los piques, ni por lo bien que se nos da el programa.

Eso son adornos. Te quiero por ser tú. Lo demás es relleno.

—Lo has dicho en alto. —Bruno se llevó una mano al pecho, fingiéndose conmovido—. Sin que se te caiga la cara de vergüenza. Has dicho «te quiero» sin una pizca de ironía. ¿Quién eres y qué has hecho con Candela Ferrer?

—No te acostumbres. Era una excepción. Que conste en acta, ya que tanto te gustan las actas.

—Consta. —Me besó la sien—. Y la guardo. Por si algún día se te olvida que eres capaz.

Y esa, la de guardarme las pruebas de que soy mejor de lo que me creo, a lo mejor era la razón veintidós. Pero la lista la había cerrado en la veintiuna, así que esa me la quedé sin escribir. Solo para mí.

Lo que pasó después tampoco os lo voy a contar, que para eso hay un dormitorio con una puerta, pero diré que aquel café se quedó frío, los dos, y que uno cuelga cosas en las paredes, en el fondo, para tener una excusa de quedarse a mirarlas.

Esa misma noche, en el estudio, antes del programa, pasó la otra cosa. La que no es nuestra.

El programa lo abrimos como siempre, por cierto: Bruno suelta una barbaridad, yo le contesto, se enciende la luz roja y durante dos horas nos dedicamos a discutir en directo a cambio de dinero, que sigue siendo, lo juro, el mejor trabajo del mundo.

La única diferencia con septiembre es que ahora, cuando se apaga el micro, no nos vamos cada uno a fingir a su casa.

Nos vamos juntos a la nuestra, discutiendo todavía por quién ha estado más gracioso, que es una discusión que no se acaba nunca y que gano yo siempre, porque la gano por agotamiento, que es como gano yo casi todo.

Pero esa noche, antes de empezar, mientras Nacho —que se vino con nosotros a la emisora de verdad, faltaría más— montaba la mesa, pasó lo otro.

Habíamos invitado a Iván a un bloque —toca un instrumento, sabe de música, hace gracia al micro—, y a Lola, que se autoinvita a todo desde que es oficialmente la mejor amiga de media emisora.

Y los dos llevaban veinte minutos discutiendo por algo absurdo, no recuerdo ni qué, una canción, un grupo, daba igual, con esa intensidad que solo se le pone a las discusiones que no van de lo que parecen.

—Es que eres insoportable —le soltó Lola a Iván, cruzándose de brazos.

—Y tú una sabelotodo —le devolvió Iván, inclinándose hacia ella.

—Prefiero saberlo todo a no tener ni idea y disimular, como tú.

—Yo no disimulo. Administro.

—¡Otra vez con lo de administrar! —Lola puso los ojos en blanco—. ¿Y se puede saber por qué me sigues la conversación, si tan insoportable te parezco?

—Porque alguien tiene que llevarte la contraria. Te has acostumbrado a tener razón porque nadie te aguanta lo suficiente para discutírtelo. Yo te aguanto. De nada.

—No te he dado las gracias.

—Lo sé. Estoy esperando. Tengo tiempo.

Lola abrió la boca, la cerró, y se quedó sin respuesta por primera vez desde que la conozco, que es un acontecimiento astronómico, como un eclipse. Se puso colorada. Y para disimular que se había puesto colorada, atacó otra vez:

—Cande, ¿tú oyes a este? ¿Lo oyes? Es que no lo aguanto. No lo aguanto nada. En serio. Es la persona más irritante que he conocido en mi vida.

Y yo, que de eso ahora sé un rato, que tengo un máster, que tengo hasta un diploma enmarcado en el salón, no dije nada.

Sonreí, nada más. Cogí el móvil. Y, mientras Lola seguía jurando y perjurando que no soportaba a Iván y que jamás, jamás, en la vida, le encontraría una sola gracia, abrí una nota nueva, en blanco, y la titulé con su nombre.

No porque piense entrometerme. He aprendido la lección: estas cosas hay que dejarlas pasar solas, a su ritmo, sin que nadie las controle, que es justo lo que a mí me costó un curso entero y veinte razones aprender.

Pero alguna vez viene bien tener una libreta a mano.

Para el día que a tu mejor amiga le toque empezar a fingir que odia a alguien.

Para ir tomando nota. Para, cuando ella todavía no se atreva a verlo, poder enseñárselo escrito y decirle, como me lo dijeron a mí: léela hasta el final.

Por si acaso.

Porque esa, queridos oyentes, es otra lista.

Y otra historia.

FIN