Veinte razones para odiarte 14. Por no importarte lo que siento.
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14. Por no importarte lo que siento.

Por no importarte lo que siento.

El truco para sobrevivir a que te rompan el corazón es sencillo y lo conozco bien: vuelves a ser de piedra y no se lo cuentas a nadie.

Yo tenía práctica. Llevaba toda la vida ensayando lo de la piedra, lo de la coraza, lo del control.

Lo que no había ensayado nunca, lo que no venía en el manual, era tener que sentarme tres veces por semana, delante de un micro, al lado de la persona que me lo había roto, y fingir delante de media ciudad que nos lo pasábamos en grande.

Porque eso era lo peor. No el dolor. El dolor lo gestionaba: me levantaba, iba a clase, hacía mis listas de tareas, tachaba, dormía mal, repetía.

Lo peor era que el programa seguía. Quedaban semanas de temporada y un contrato que cumplir, y la productora aún no había dicho oficialmente quién se llevaba las prácticas, aunque yo lo daba por hecho —¿cómo no se lo iban a dar a él, que había hecho lo que había hecho para tenerlas?

—. Así que no podía desaparecer. No podía hacer lo único que el cuerpo me pedía, que era no volver a verlo en la vida.

Tenía que verlo. Tres veces por semana. Y sonreír al aire.

Los primeros días, en casa, Lola me cuidó como se cuida a un convaleciente. Sin preguntas. Manzanillas. Pelis tontas que no veíamos. Me dejaba en paz y a la vez se aseguraba de que comía, que es un equilibrio que solo saben hacer las personas que te quieren de verdad.

—¿Hoy tienes radio? —me preguntó el lunes, con cautela.

—Hoy tengo radio.

—¿Quieres que te invente una gastroenteritis? Se me da bien. Tengo síntomas creíbles.

—No. —Cogí la mochila—. Si falto, gana él. Y no le pienso dar nada más. Ya tiene bastante.

—¿Quién es «él»? —Lola entornó los ojos—. Llevas dos semanas diciendo «él» como quien escupe y no me cuentas quién es. Aunque me hago una idea.

—No te haces ninguna idea.

—Me hago la idea de que es el creído de la radio.

El del festival. El del hotel que, qué casualidad, te dejó tan rara al volver.

—Pero no insistió, porque por una vez le pudo más el cariño que la curiosidad—.

Vale. No te lo saco. Solo te digo una cosa y me callo: no tienes que ir a ningún sitio a que te duela tres horas para demostrarle nada a nadie. Ni a él ni a ti.

—Sí tengo.

—Ya lo sé. Por eso te quiero y por eso me preocupas a la vez. —Me tendió la mochila que yo ya tenía en la mano, solo por hacer algo con las manos—. Anda, ve. Y si vuelves rota otra vez, aquí hay manzanilla. Y planes. Tengo varios. Sé dónde vive bastante gente.

—Das un poco de miedo, Lola.

—El justo —dijo—. Para lo que hay que dar en esta vida, el justo.

Y me fui, porque si me quedaba un segundo más con la cara de Lola me iba a deshacer, y deshacerme no entraba en el plan.

El plan era simple: ir, hacer el mejor programa posible, y no darle a Bruno Salazar ni un milímetro de lo que pasaba por dentro.

El problema del plan es que el programa, nuestro programa, se basaba precisamente en lo de dentro.

Funcionaba porque nos peleábamos de verdad.

Y ahora nos peleábamos más de verdad que nunca, solo que ya no era un juego, y la gente, que no lo sabía, se reía igual.

Esa es la tortura que nadie te cuenta del banter: que la misma máquina que sirve para coquetear sirve, sin cambiarle una pieza, para hacer daño. Las mismas pullas. El mismo ritmo. La misma esgrima. Solo que antes la espada tenía el filo tapado y ahora no.

—Buenas noches —abrió él, esa primera noche de después, con la voz un poco rota que solo noté yo—. Esto es Fuego cruzado, y hoy mi compañera viene… —una pausa, buscándome los ojos, que no le di— callada.

—Vengo profesional —dije, al micro, con una frialdad de quirófano—. Que es a lo que se viene. A trabajar. No a hacer amigos.

—Antes decías que esto no era trabajo. Que era otra cosa.

—Me equivoqué. —Lo miré por fin, y le sostuve la mirada justo el tiempo de que entendiera que cada palabra iba con punta—. Pasa. Una se equivoca. Lo bueno es que rectifica. Esto es trabajo. Solo trabajo. Lo demás me lo inventé yo, por lo visto.

Lo vi encajarlo. Lo vi tragar. Y al otro lado del cristal vi a Nacho mirarnos con cara de no entender por qué, de repente, una conversación que sonaba igual que siempre se le había helado en los auriculares.

Seguimos. Nacho nos pasó un mensaje a la pantalla, un consultorio, y el universo, que ya os he dicho que me tiene manía, me lo puso a huevo.

—«Soy Adrián» —leí—. «Me acabo de enterar de que una persona en la que confiaba llevaba mintiéndome desde el principio. Fingía una cosa y era otra. ¿Cómo se vuelve a confiar en alguien así?»

—No se vuelve —dije, antes de que a Bruno le diera tiempo a abrir la boca.

Lo dije al micro, pero no al micro—. No se vuelve a confiar, Adrián.

La gente te enseña quién es; el error es nuestro, por no creerles a la primera.

Si alguien te demuestra que todo era mentira, créele. Es la única verdad que vas a sacarle.

Silencio. Bruno tardó en contestar, y cuando lo hizo habló más bajo, más despacio, y supe —porque lo conocía, maldita sea— que ya no le hablaba a Adrián.

—Yo no estoy de acuerdo. A veces lo que parece una mentira no lo es. A veces alguien hace algo que desde fuera se ve fatal y por dentro era justo lo contrario. Y si no le dejas ni explicarse, Adrián, a lo mejor el que se queda sin la verdad eres tú.

—O a lo mejor —corté— el «déjame explicarme» es la última línea de la lista. La que se suelta cuando ya te han pillado.

—Cande.

—Siguiente, Nacho.

Y la gente flipó. Nos escribió que vaya nivel, que qué tensión, que cómo nos picábamos esa noche.

Y tenían razón, por una vez: nos odiábamos.

O yo le odiaba a él, que esa noche, para el caso, era lo mismo.

Solo que lo que ellos oían como un numerito eran las cosas más serias que nos habíamos dicho nunca.

Cada vez que él intentaba bajar el tono, suavizar, colar un «venga, Cande» de los de antes, yo le devolvía hielo.

Cada vez que yo le clavaba una pulla con saña, él la encajaba sin defenderse, que era peor, porque Bruno no encajaba nada sin defenderse, y verlo aguantar mis golpes sin devolverlos me confirmaba lo que yo necesitaba creer: que se sentía culpable.

Que tenía motivos para sentirse culpable.

Lo que no se me ocurrió, porque una cuando está rota no piensa, es que hay dos razones para encajar un golpe sin devolverlo.

Una es la culpa. La otra es que no quieres hacerle más daño a quien te lo está dando.

Tardé en aprender que la suya era la segunda.

Esa noche me quedé con la primera, porque era la que me dejaba seguir de pie.

Robledo nos paró al salir.

—No sé qué os ha pasado —dijo, mirándonos por encima de las gafas, con esa puntería suya—.

Y no quiero saberlo. Los números están mejor que nunca.

Pero os voy a decir una cosa, porque llevo muchos años en esto: lo que hay esta noche en esa antena ya no es química.

Es otra cosa. Y la gente la escucha igual, de momento, porque no distingue.

Pero yo sí distingo. —Recogió sus cosas—.

Arregladlo. O no lo arregléis. Pero no me rompáis el programa, que es lo único que aquí no es de nadie y es de todos.

No le contesté. Bruno tampoco.

Lo siguiente que hice, esa misma semana, fue lo más cobarde y lo más comprensible: volví a Marco.

A Marco, el del plan a cinco años. A Marco, el del fondo de emergencia de seis meses.

A Marco, que llevaba semanas mandándome mensajes considerados que yo había contestado con monosílabos, y que cuando le escribí «¿tomamos algo?

» respondió en cuatro minutos con un «¡claro!

Me alegro muchísimo» tan limpio, tan sin aristas, tan sin sorpresa, que casi lloro de alivio.

Porque Marco era seguro. Marco era un puerto.

Con Marco no había nada que pudiera romperse, porque no había nada encendido que pudiera apagarse.

—Te noto rara —me dijo, en la cafetería, con su cortado y mi cortado y su preocupación sincera y ordenada—. ¿Va todo bien? ¿Es el programa? Te escuché el otro día. Sonabas… tensa.

—Estoy cansada. La temporada es larga.

—¿Y tu compañero? El de la radio. ¿Os lleváis mejor o seguís igual?

—Seguimos igual. Peor. Da igual. —Removí el café que no me apetecía—. Es un compañero de trabajo. Se acaba la temporada y no lo vuelvo a ver. Como tiene que ser.

—Te lo digo porque la otra vez, cuando volviste del festival, hablabas de él de otra manera.

—¿De qué manera.

—No sé. Más. —Marco se encogió de hombros, sin malicia, porque Marco no tenía malicia—. Hablabas de él más. Ahora hablas de él como de una asignatura que quieres aprobar para quitártela de encima.

—Pues es exactamente lo que es —dije, y sonó tan rotundo que hasta yo me lo creí medio segundo.

—Ya. —Asintió—. Si quieres, hacemos un plan tranqui el finde. Sin ruido. Una peli en casa, algo de cenar. Lo que te apetezca.

Y era exactamente lo que me apetecía. Un plan tranqui.

Sin ruido. Sin nadie que me mirara como si supiera leerme, sin nadie que me apartara el pelo, sin nadie que me hiciera reír a traición en un tren.

Con Marco no me reía nunca de esa manera, la del cuerpo entero, la peligrosa.

Pero tampoco me rompía nadie. Y yo, en aquel momento, habría firmado lo que fuera por no volver a romperme.

—Me parece perfecto —dije, y le cogí la mano por encima de la mesa, y la mano de Marco era una mano agradable y tibia y completamente tranquila, y no me pasó absolutamente nada, y eso, esa nada, me supo a paz.

Lo que no sabía es que Bruno nos vio. Salía del trabajo —del de verdad, del nocturno, del que yo seguía sin contarle a nadie que existía— y pasó por delante de aquella cafetería, y nos vio a través del cristal, mi mano sobre la de Marco, y no entró, y no dijo nada, y yo me enteré mucho después de que se quedó un rato en la acera de enfrente antes de seguir andando.

Pero eso es de su historia, no de la mía.

La mía esa tarde era una mano tibia y una paz mentirosa.

Bruno lo intentó una vez. Una sola, en condiciones. Fue un miércoles, después del programa, cuando me alcanzó en el pasillo vacío mientras yo me ponía la chaqueta con prisa por irme antes de tener que hablar con él.

—Cande. Espera. Treinta segundos.

—No tengo treinta segundos.

—Llevas dos semanas sin tenerlos. —Se puso delante, sin tocarme, con las manos un poco levantadas, como quien se acerca a un animal asustado—. No voy a montarte una escena. No te voy a tocar, no te voy a gritar. Solo te pido un minuto. Lo que crees que pasó esa noche no fue lo que…

—No me digas lo que creo. No tienes ni idea de lo que creo.

—Pues dímelo tú. Dímelo y te lo explico, punto por punto, lo que haga falta. —Tragó—. Por favor. Déjame explicártelo.

Y ahí estaba. La frase. La que llevaba dos semanas esperando que dijera para poder hacer lo que hice, que fue mirarlo a los ojos y devolverle, fría, exacta, la única cosa que me había quedado de aquella noche:

—Ya lo explicaste. —Me colgué la mochila—. A Iván. Lo oí todo.

Y entonces pasó algo que no encajaba, algo que aquella tarde no supe colocar y que se me quedó dando vueltas durante días sin que yo quisiera mirarlo de frente: Bruno no se defendió, no se justificó, no improvisó.

Bruno frunció el ceño. Se quedó parado, mirándome, con una cara de no entender nada, con la cara de alguien a quien le hablan en un idioma que no conoce.

—¿Que oíste el qué? —dijo—. ¿A Iván? ¿De qué hablas, Cande?

Y lo dijo de verdad. Esa es la parte que no me cuadraba y que aparté, porque aceptarla me obligaba a replantearlo todo y yo no tenía fuerzas para replantear nada.

Lo dijo como quien de verdad no sabe a qué te refieres.

Como si la frase que a mí me había partido por la mitad —«era parte del show, nunca fue real»— no significara para él lo mismo que para mí.

Como si no la recordara siquiera. Como si fuéramos dos personas que habían vivido dos noches distintas.

Pero yo ya tenía mi versión, y mi versión me sostenía, y soltar la versión era caerme. Así que no se la solté.

—Da igual —dije—. De verdad. Da exactamente igual, Bruno. Quédate las prácticas, quédate el programa hasta que acabe la temporada, quédate todo. Yo solo quiero terminar el curso sin tener que mirarte más de lo imprescindible. Es lo único que te pido.

—Cande, no sé qué crees que oíste, pero…

—Adiós, Bruno.

Y me fui, otra vez, con la espalda muy recta, que es como me voy yo de los sitios que me duelen.

Esa noche, en casa, con Lola ya dormida y el móvil al cincuenta por ciento de batería y de vida, abrí la nota.

Llevaba trece. La trece la había escrito llorando.

La catorce la escribí seca, que es peor, porque las lágrimas al menos limpian algo y la sequedad no limpia nada.

La escribí pensando en su cara de no entender, en cómo se había atrevido a fruncir el ceño, a hacerse el confundido, a fingir que no sabía de qué le hablaba, cuando yo lo había oído con mis propios oídos.

Pensé: encima esto. Encima la desfachatez de mirarme como si la víctima fuera él.

Como si lo que yo sintiera no tuviera ni el peso suficiente para que él se acordara de la frase con la que me lo había roto.

Así que escribí la catorce con un rencor limpio y equivocado:

Por no importarte lo que siento.

Catorce de veinte. Y, sin yo saberlo, la más injusta de todas.

Porque resultó —lo supe después, cuando ya casi no servía— que lo que yo sentía le importaba tanto que era lo único que no había sido capaz de soportar.

Pero eso, esa noche, no lo sabía. Esa noche solo sabía contar hasta catorce y dolerme.

Y dormir mal. Y levantarme al día siguiente a fingir, otra vez, delante de un micro, que de las catorce no me importaba ninguna.