13. Por romperme. #2
Lo entendí todo de golpe, y lo entendí mal, que es la peor manera de entender las cosas.
Él sabía lo de la lista. Era el único que lo sabía.
La lista había sonado en antena la noche en que se decidía el premio que él necesitaba más que nadie, más que yo, me lo había dicho él mismo en su casa, «yo lo necesito, es distinto».
Y ahora estaba ahí diciéndole a su amigo que nada había sido real.
Las piezas encajaron solas, rápidas, crueles: me había estudiado, me había sacado la lista, me había usado, había montado el numerito de la intimidad y del polo del bar y del «te necesito» para tenerme distraída y blanda, y a última hora había soltado mi propia lista en antena para hundirme antes de la decisión.
El dueño de todo. El que improvisa. El que presta atención.
Toda esa atención no había sido cariño. Había sido reconocimiento de terreno.
Salí de detrás del recodo. Bruno me vio. Cambió la cara.
—Cande. —Vino hacia mí—. Cande, no es lo que…
—¿Cómo estaba mi lista en antena, Bruno?
Se paró. Abrió la boca. No le salió nada rápido, y a Bruno Salazar siempre le salía algo rápido, ese era su don, y verlo sin palabras por primera vez fue, en lugar de un alivio, la confirmación que me faltaba.
—No lo sé —dijo—. Te juro que no lo sé. Pero yo no he sido. Cande, mírame. Yo la he cortado.
—La has cortado cuando iba a sonar la doce. —Mi voz salió rara, plana, parecida a la del robot—. Qué oportuno.
—La he cortado por ti. Para que no sonara la…
—No me mientas más. —Y eso sí me salió con todo lo que tenía dentro—.
Por favor. Lo único que te pido. Acabo de oírte.
«Nunca fue real.» Te lo he oído decirle a Iván hace treinta segundos, cuando creías que no había nadie.
Así que no me mires con esa cara de pena y no me digas que lo has hecho por mí, porque ya sé lo que soy para ti.
Me lo acabas de explicar tú solito. Parte del show.
—Cande, eso no… —Tragó—. Alguien ha entrado en tu móvil. Yo no he tocado tu lista en mi vida. La he oído al mismo tiempo que tú y he hecho lo único que se me ha ocurrido, que es cortar para que no sonara entera. ¿Me estás escuchando?
—Te escucho. Llevo meses escuchándote. Ese es el problema.
—Di un paso—. Me enseñaste tu casa, Bruno.
Me enseñaste el polo del bar. Me contaste lo de la beca, lo de los números justos, lo de «yo lo necesito, es distinto».
Me dejaste creer que me estabas enseñando una cosa que no le enseñas a nadie.
¿También era parte del show? ¿El cuarto también tenía guion?
—No. —Le tembló la voz—. Eso no, eso era…
—Era real. —Lo dije yo por él, porque él no era capaz—. Ya. Lo sé. Para mí también. Esa es la gracia.
Y ahí, en lugar de pelearlo, en lugar de soltarme una de sus frases rápidas, hizo lo peor que podía hacer en aquel momento: dudó.
Medio segundo. Buscó algo que decir y no lo encontró.
Y yo, que llevo toda la vida leyendo la duda de la gente como una confesión, leí la suya igual.
Para mí, ese medio segundo de silencio fue la firma al pie de todo lo demás.
—No lo entiendes —dijo, por fin. La rendición de los que no saben explicarse.
—Lo entiendo perfectamente. —Cogí mi mochila del suelo—. Es lo único que entiendo bien, últimamente. Enhorabuena por el premio. Te lo has currado.
Y me fui. No corrí, no lloré, no le di el espectáculo.
Eso lo guardé para luego. Crucé el pasillo con la espalda muy recta delante de Robledo, de Iván, de Hugo y Bárbara —que estaban ahí, en el quicio, mirándolo todo con una calma que aquella noche no supe leer y que más adelante, cuando todo encajó de verdad, me iba a quitar el sueño—.
Al pasar a su altura, Hugo me dijo, bajito, «qué pena, con lo bien que os iba», con una cara de funeral tan bien puesta que aquella noche, idiota de mí, hasta se la agradecí.
Y salí a la calle, y solo cuando doblé la esquina, sola, lejos, me permití dejar de ser de piedra.
Lola me encontró en el portal. No sé cómo supo que tenía que venir; supongo que para eso están las Lolas. No me preguntó qué había pasado. Me abrazó en las escaleras, sin más, durante mucho rato, mientras yo me deshacía en silencio, y cuando por fin pude respirar solo dijo:
—Vamos arriba. Te hago una manzanilla y odiamos a alguien. A quien tú quieras.
Subimos. Me hizo la manzanilla. No odiamos a nadie, porque yo ya no tenía fuerzas ni para eso.
—¿Me lo cuentas? —dijo, en algún momento, con la taza entre las manos, con una suavidad que no le había oído nunca.
—No puedo. —Y era verdad: las palabras, esa noche, pesaban demasiado para sacarlas—. Todavía no. Mañana. O nunca. Ya veré.
—Vale. —No insistió. Lola, que insiste con todo, aquella noche no insistió con nada, que es la cosa más generosa que ha hecho por mí en la vida—. Pues no me cuentes. Bébete la manzanilla y mañana, si quieres, montamos un plan para arruinarle la existencia a quien sea. Tengo varios. Son buenos.
—¿Tienes planes preparados para arruinarle la existencia a la gente?
—Tengo planes para todo. Soy muy organizada. —Una pausa—. Como tú. Por eso nos llevamos bien.
Conseguí, no sé cómo, media sonrisa. Duró nada, pero existió, y aquella noche media sonrisa era casi un milagro.
Luego se me apagó otra vez, porque me acordé, y cuando una se acuerda de por qué está rota, la sonrisa se va y vuelve el peso, más grande que antes.
Y de madrugada, cuando Lola se durmió por fin en mi cama, agotada de sostenerme, cogí el móvil.
Lo abrí por costumbre, porque el cuerpo va solo a los sitios. Abrí la nota.
Y me quedé mirando las doce razones que había escrito creyendo que eran de odio, y que esa madrugada, leídas con los ojos hinchados, eran clarísimamente otra cosa: doce maneras distintas de decir lo mismo, doce rodeos para no escribir nunca la única frase que llevaba dentro desde hacía meses.
Llegué a doce.
La trece la escribí llorando, y no me costó nada:
Por romperme.