13. Por romperme.
Por romperme.
Llegué a doce. Os he contado las doce con todo lujo de detalle, con sus chistes y sus rayas de diálogo y su comedia, porque las doce primeras todavía pertenecen a una versión de mí que sabía reírse.
La trece es de otra. La trece la voy a contar sin gracia, porque no la tuvo, y porque hay noches que no se merecen un solo chiste.
Era el último directo antes de la decisión.
La productora elegía esa semana, y aquel programa —el del miércoles, el grande, el que escuchaba ya media ciudad— era, en la práctica, nuestra última audición.
Robledo nos lo había dicho sin rodeos: «Lo hacéis bien y os ganáis el puesto.
Uno de los dos.» El «uno de los dos» llevaba semanas siendo un problema teórico.
Aquella noche, después de todo lo que había pasado, era un problema con dos caras que se acostaban juntas y se lo callaban.
Llegué pronto. Bruno ya estaba, repasando papeles que no necesitaba, y cuando entré me miró de esa manera nueva, la de después del cuarto del polo del bar, y se me olvidó por un segundo que en teoría éramos rivales y que en teoría aquello no cambiaba nada.
—¿Nerviosa? —me preguntó, bajito, mientras Nacho trasteaba la mesa al otro lado del cristal.
—No.
—Mentira.
—Un poco. —Me senté—. ¿Tú?
—Yo me lo juego todo esta noche. —Lo dijo sin teatro, mirándome, y los dos sabíamos a qué «todo» se refería, y no era solo el premio—. Pase lo que pase ahí dentro, Cande. Lo de fuera sigue, ¿no?
—Sigue —dije, y lo dije de verdad, y fue lo último de verdad que nos dijimos antes de que se rompiera todo.
Le tendría que haber dicho más. Le tendría que haber dicho lo que llevaba dos noches sabiendo y callándome. Pero pensé que habría tiempo. Una piensa siempre que habrá tiempo. Es la mentira más cara que nos contamos.
Porque sí tenía algo que decirle, esa noche.
Llevaba dos días con ello en la punta de la lengua.
Le iba a decir que se acababa lo de Marco —que iba a terminarlo, que llevaba semana y media sabiendo que tenía que hacerlo y que ya no me servía la excusa de tenerlo de red de seguridad—.
Le iba a decir que el «esto es solo físico» se me había caído por su propio peso.
Que a lo mejor podíamos dejar de llamarlo «error» y empezar a llamarlo por su nombre, aunque me diera pánico el nombre.
Lo tenía pensado para después del directo: para celebrarlo, si ganaba él; para consolarlo, si ganaba yo.
No conté con que, para cuando acabara aquel directo, no fuera a quedar nada que celebrar, ni nadie a quien consolar, ni un nombre que ponerle a nada.
Salimos a antena a medianoche. Y durante los primeros veinte minutos fue, quizá, lo mejor que habíamos hecho.
Estábamos afinados, rápidos, cómplices de una manera que ya no había que fingir, y por debajo de cada pulla pasaba esa corriente nuestra que la gente notaba sin saber qué era.
Por el rabillo del ojo, al otro lado del cristal del control, vi en algún momento a Hugo y a Bárbara.
No tenían nada que hacer allí a esas horas —su programa era a las cinco de la tarde, no a medianoche—, y sin embargo estaban, apoyados en la pared del fondo, demasiado cómodos para ser visitantes.
Bárbara miraba su móvil y le sonreía a la pantalla.
Hugo nos miraba a nosotros con una tranquilidad que entonces no supe nombrar, la del que ya sabe cómo termina la película porque ha leído el final.
Pensé: qué pesados, vienen a estudiar al enemigo.
No le di más vueltas. Tendría que habérselas dado.
Pero estaba feliz, y la gente feliz no mira a los lados.
Por los lados es por donde llega lo que te parte.
El consultorio fue bien. Lanzamos el último bloque. Y entonces, justo cuando yo iba a leer el mensaje de una oyente, en lugar de mi voz, por los cascos y por la antena y por los altavoces de doscientas residencias, empezó a sonar otra cosa.
Una voz. Plana, metálica, de esas de aplicación que leen lo que les pegas. Una voz sin persona detrás, leyendo, con su entonación de robot, lo siguiente:
«Veinte razones para odiar a Bruno Salazar. Por Candela Ferrer.»
El estudio se quedó sin aire.
«Uno. Por tu sonrisa de imbécil. Dos. Por creerte el dueño de todo. Tres. Por presumido…»
Miré a Nacho. Nacho miraba la mesa con cara de no entender de dónde salía aquel audio, las manos sobre los faders, buscando el canal, sin encontrarlo. Miré a Bruno. Bruno se había quedado blanco. Y la voz seguía, imparable, metálica, leyendo mi cosa más privada en directo para toda la ciudad.
Se me enfrió todo. Las manos, la nuca, el sitio donde una guarda lo que no enseña.
Noté el pulso en los oídos, tan fuerte que la voz de robot me llegaba como desde debajo del agua, y aun así la entendía perfectamente, cada palabra, porque eran mías.
Me agarré al borde de la mesa. No por dramatismo.
Porque me fallaron las piernas y no quería que se notara.
Y, sin saber por qué, busqué la pared del fondo.
A Hugo y a Bárbara. Y los dos seguían exactamente igual que un minuto antes: apoyados, tranquilos, sin la cara de espanto que tenía el resto del estudio.
Bárbara ya no miraba el móvil. Lo había guardado.
En aquel momento, con la sangre golpeándome en las sienes, lo leí como que disfrutaban del numerito igual que la ciudad entera.
No se me ocurrió preguntarme por qué los dos únicos que no parecían sorprendidos eran, justo, los dos que no pintaban nada allí.
Eran mis palabras. Esa era la pesadilla dentro de la pesadilla: no que sonara una lista, sino que sonara la mía, con mis frases exactas, las que había elegido yo a solas, de madrugada, una a una, creyéndome a salvo.
«Por tu sonrisa de imbécil» lo había escrito el primer día, con rabia de la de verdad.
Y ahora una voz sin alma lo soltaba al aire, y en alguna residencia alguien se reía, y en el grupo de la facultad —lo supe sin mirar el móvil— ya estaban cayendo los pantallazos y los audios recortados, igual que en septiembre, solo que esta vez no era un «me lo he pasado bien» dicho bajito.
Esta vez era todo. Y lo peor estaba por llegar, y yo lo sabía mejor que nadie, porque me sabía la lista de memoria, porque la había escrito yo: después de las primeras, las que daban risa, venían las otras. Las que no daban risa ninguna.
«…Diez. Por gustarme más de lo que odio. Once. Por saber exactamente cómo sacarme de quicio. Doce. Por ser…»
No sé qué cara puse. Sé que algo dentro de mí se cayó muy hondo, en silencio, mientras la voz de robot recorría mi lista —mi lista, la de mi móvil, la que no había leído nadie, la que solo había confirmado en voz alta una vez, en un rincón de una fiesta, a una sola persona— y la convertía en un espectáculo.
Porque las tres primeras razones daban risa.
Pero la diez no. La once no. Y la doce, la doce que estaba a punto de sonar, la doce era Por ser tú, y la doce no era odio, y todo el mundo lo iba a entender en cuanto la oyera.
Y entonces Bruno se movió.
Se levantó de golpe, alargó el brazo por encima de la mesa, apartó a Nacho, y cortó. Bajó algo, pulsó algo, arrancó un cable, no lo sé, pero la voz se calló a mitad de «por ser» y la luz roja del ON AIR se apagó y el estudio se quedó en un silencio que pesaba toneladas.
Fuera de antena. Lo había cortado.
Yo no entendí nada. O entendí lo que estaba preparada para entender, que no es lo mismo.
Vi a Bruno con la mano todavía en la mesa, respirando fuerte, y mi cabeza, que llevaba meses construyendo un edificio de desconfianza y solo había dejado de reformarlo unos días, volvió a su trabajo de toda la vida a una velocidad pasmosa.
«¿Cómo está eso en antena? Es de mi móvil.
Solo está en mi móvil. Solo se lo dije a una persona.
» Y la persona estaba delante de mí, blanca, con la mano en la mesa que acababa de cortar la emisión justo cuando iba a sonar la razón que lo dejaba en evidencia. A él.
«La ha cortado por él —pensé—. No por mí. Por él.»
Me levanté. Salí al pasillo porque necesitaba aire y porque el estudio se había llenado de gente —Robledo apareció de no se sabe dónde, Nacho hablaba solo, alguien preguntaba qué había pasado— y yo no podía estar ahí dentro.
En el pasillo estaba Iván, el amigo de Bruno, que había venido al directo.
Y al fondo, en el quicio del control, salió Bruno detrás de mí, y no me vio, porque yo me había quedado pegada a la pared del recodo, y le habló a Iván en voz baja, con una voz rota que no le había oído nunca.
—Tío, díselo a la productora —oí que decía—. Diles que es mentira, que… que era parte del show. —Una pausa. Un sonido que no supe si era rabia o otra cosa—. Era parte del show, Iván. Nunca fue real.
Y ya está.
Esas cinco palabras hicieron lo que doce capítulos de pullas no habían conseguido: me callaron del todo.
«Nunca fue real.» Lo había dicho antes, ¿verdad?
En la fiesta. «Es todo mentira. Me odia.
Es para el programa.» Lo había dicho delante de doscientas personas y yo le había dado las gracias, había pensado que me cubría, que era generoso.
Y ahora lo repetía cuando creía que no lo oía nadie, sin público al que cubrir, sin nada que ganar diciéndolo salvo decir, por fin, la verdad. «Era parte del show. Nunca fue real.»