Veinte razones para odiarte 12. Por ser tú.
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12. Por ser tú.

Por ser tú.

De lo de Alba no dijimos nada. Ella tampoco, de momento: se guardó lo que sabía como quien se guarda una carta buena, sin enseñarla, solo recordándote con la mirada que la tiene.

Bruno y yo, mientras tanto, seguíamos sin contárselo a nadie y sin parar, las dos cosas a la vez, con la torpeza de dos personas malísimas guardando un secreto que cada día se nos hacía más grande en las manos.

Yo pasé unos días esperando que estallara algo que no estalló, y cuando no estalló cometí el error de relajarme, que es lo que hace una justo antes de que el suelo desaparezca.

Pero eso fue después. Antes hubo una noche.

La mejor de todas y, por eso mismo, la que más cara me iba a salir.

Fue un martes tonto, de esos sin nada. Lola se iba el fin de semana al pueblo y aquella noche tenía cena de cumpleaños de una prima, así que mi piso estaba libre, pero el suyo no: tenía una compañera con la gripe encerrada en el salón.

La radio no era opción —demasiados ojos, demasiada Alba potencial en cada esquina—.

Así que Bruno, después de darle vueltas con una resistencia que no entendí hasta que la entendí, dijo, mirando al suelo:

—Podemos ir a mi casa. Si quieres. —Y añadió, rápido, como quien pone una alarma—: No esperes gran cosa.

No esperé gran cosa. Y aun así me sorprendió, porque lo que me encontré no era pequeño: era otra persona.

Vivía lejos del centro, en un barrio sin gracia, en un cuarto sin ascensor, en un estudio diminuto que era, básicamente, una habitación con una cocina pegada a un lado y un baño del tamaño de una cabina de teléfono.

Una cama, una mesa con dos sillas que no hacían juego, una estantería de ladrillos y tablones cargada de apuntes con mil pósits, y, colgado detrás de la puerta, un polo negro con el logo de un bar bordado en el pecho.

Todo limpio. Todo ordenado con una pulcritud casi dolorosa, la de quien no tiene mucho y cuida muchísimo lo poco que tiene.

Y nada, absolutamente nada, que tuviera que ver con el chico que en la facultad parecía dueño de todo.

Me quedé en la puerta un segundo de más. Lo justo para que él lo notara.

—Ya. —Cerró detrás de mí, con una sonrisa tensa que no era ninguna de sus sonrisas de catálogo—. No es la mansión que la gente se imagina, ¿eh.

—No me imaginaba ninguna mansión —mentí.

—Sí te la imaginabas. Todos os la imagináis. —Dejó las llaves en un cuenco junto a la puerta, un gesto doméstico que me desarmó—. Es lo bueno de hacerse el dueño de todo. Que la gente te ahorra las preguntas.

Y ahí, sin yo saberlo todavía, había empezado a abrirse la grieta.

Mientras hervía el agua, husmeé la estantería de ladrillos, porque soy incapaz de no husmear.

—¿Subrayas con tres colores? —dije, sacando un apunte cubierto de pósits.

—Cuatro. El rosa es para lo que cae seguro en el examen.

—Madre mía. Eres peor que yo.

—Soy exactamente como tú —dijo, sin volverse, removiendo la salsa—. Esa es la parte que no soportas. Llevas todo el curso diciéndote que somos opuestos y resulta que somos calcados. Yo curro de noche, tú haces listas. Los dos nos dejamos la piel para que no se note que nos la dejamos.

—Habla por ti.

—Hablo por los dos. Lo de la piel lo confirma tu carpeta de Documentación, que la he visto de reojo y que da un poco de miedo.

—Deja mi carpeta en paz.

—Tu carpeta es preciosa. Como tú cuando no estás a la defensiva, que es nunca. —Escurrió la pasta—. A cenar, Ferrer.

Cenamos pasta. La hizo él, en dos fuegos, con una destreza de quien cocina solo desde hace mucho, hablando de cualquier cosa, del programa, de Robledo, del directo del festival, mientras yo, sentada en una de las dos sillas que no hacían juego, lo miraba moverse por aquel cuarto minúsculo y recolocaba en mi cabeza, una a una, todas las piezas que llevaba meses ordenando mal.

—El polo —dije, al final, porque soy incapaz de no tirar del hilo—. El del bar.

Bruno se quedó quieto medio segundo, removiendo la salsa.

—Es donde curro —dijo, sin volverse—. De noche.

Barra y, cuando hace falta, la mesa de sonido de los conciertos.

Por eso la edición a las doce. Por eso no puedo por las tardes.

Por eso huelo a lo que huelo cuando llego al estudio, que sé que lo notas, que llevas notándolo desde septiembre y que eres demasiado educada o demasiado lista para preguntar.

—Pensaba que no podías por las tardes porque eras un vago con aires de divo —dije, y lo dije suave, y él se rió, una risa corta, sin ganas del todo.

—Ya. Esa versión también me sirve. Es más cómoda.

—Apagó el fuego. Se apoyó en la encimera, con los brazos cruzados, y por primera vez desde que lo conocía no había ni rastro de personaje—.

Mira, Cande, te lo digo y no lo repito. En esa facultad la gente paga el máster con la Visa de papá y se va de Erasmus a sitios que yo no podría ni visitar.

Yo estoy ahí de beca, con los números justos, currando de noche para llegar a fin de mes y seguir matriculado.

Y el día que se sepa que soy «el becado», dejo de ser Bruno y paso a ser eso para siempre: el pobre.

El que está ahí de prestado. Así que prefiero que me crean un creído con pasta.

Un creído cae mejor que un pobre. Es feo, pero es verdad.

—Eso no es feo —dije—. Eso es triste.

—Es lo mismo, casi siempre. —Se encogió de hombros.

—¿Y tu familia? —pregunté, con cuidado, porque pisaba hielo y lo sabía.

—Mi familia está bien. —Demasiado rápido—. Lejos, pero bien. Hacen lo que pueden. Yo hago lo que puedo. No es una tragedia de telediario, Cande, no me mires con esa cara.

—No te miro con ninguna cara.

—Me miras con cara de documental. De los buenos. De los que al final dan un premio. —Sonrió un poco, sin ganas—. Para. En serio. No te he traído aquí para que me tengas pena. Si te he traído es justo para lo contrario.

—¿Para qué, entonces.

Y entonces dijo la frase, la que llevaba semanas rondándome sin que yo supiera de dónde salía.

—¿Te acuerdas de que te dije, el primer día, que querer y necesitar no es lo mismo?

—Me acuerdo. Pensé que te hacías el interesante.

—Me hacía el interesante. —Una media sonrisa—.

Pero también era verdad. Tú quieres las prácticas, Cande.

Las quieres muchísimo, y te las mereces, y serías feliz si las ganas.

Yo las necesito. Es distinto. Para ti es un premio.

Para mí es la única puerta que tengo a una carrera sin acabar sirviendo copas para siempre.

—Cogió aire, como quien decide parar antes de contarlo todo—.

Y ya está. No te voy a dar más el espectáculo del drama.

Solo quería que supieras, esta noche, contra quién estás compitiendo de verdad.

Porque me parecía que ya no era justo que no lo supieras.

No dije nada durante un rato largo. Porque no había nada gracioso que decir, y porque lo que tenía delante reescribía meses enteros.

Cada chulería suya, cada «el dueño de todo», cada vez que no había abierto un libro y había aprobado igual —que ahora entendía que no era no abrir el libro, era abrirlo a las cuatro de la mañana después del turno—, cada «hay quien necesita el puesto» que le había soltado Hugo con retintín y que yo había archivado sin mirar.

Toda mi lista, de repente, estaba escrita sobre una persona que no existía.

—¿Por qué me lo cuentas? —pregunté, por fin—. Si no se lo cuentas a nadie.

—No lo sé. —Me miró—. A lo mejor porque tú también te escondes detrás de algo.

Tú detrás del control y de la lista, yo detrás del personaje.

Y estoy cansado de esconderme de la única persona que, resulta, me ha calado igual.

—Apartó la vista—. O a lo mejor es que me gustas demasiado y eso me vuelve idiota. Las dos cosas valen.

—No te tengo pena —dije, porque me pareció lo más importante que podía decirle en aquel cuarto—. Que quede claro, Salazar. No me das ninguna pena. Me das otra cosa.

—¿El qué.

—Rabia. —Y era verdad—. Una rabia nueva. La de haberte odiado tan a gusto todos estos meses por cosas que no eras. La de haber gastado doce páginas de mi vida en un tío inventado teniendo al de verdad delante todo el rato.

—Esa rabia me vale. —Sonrió, la de verdad, la rara—. Esa me la quedo entera. Es la primera cosa de tu lista que me gusta.

Y ahí me rendí. No del todo, todavía no, pero ahí empezó la rendición de verdad, la de dentro, la que no tiene nada que ver con la cama y que, sin embargo, esa noche también acabó teniendo que ver con la cama.

Porque lo besé. Pero no como en el hotel.

En el hotel lo había besado para ganar, rabiosa, jugando sucio.

Esta vez lo besé despacio, casi con miedo, sosteniéndole la cara con las dos manos, y él me devolvió el beso igual de despacio, y no hubo ninguna prisa, ninguna competición, ninguno de los dos intentando demostrar nada.

Por primera vez no estábamos peleando ni siquiera por debajo.

Lo de aquella noche fue otra cosa. Os ahorro de nuevo el inventario, pero esta vez no porque la coreografía sea lo de menos, sino porque fue tan distinta de la primera que casi me da pudor contarla, y eso que de pudor ando justa.

Fue lenta. Fue de mirarse. En el hotel todo había sido apagar la luz y dejarse llevar por la rabia; aquí dejamos una lámpara encendida, la de la mesilla, y nos miramos todo el rato, que es mil veces más difícil y mil veces más íntimo que cualquier otra cosa que pueda hacerse en una cama.

Bruno me tocaba como quien no tiene ninguna prisa por llegar a ningún sitio, y me decía cosas al oído que esta vez tampoco voy a repetir, pero que no eran calientes solo: eran tiernas, eran de verdad, eran de alguien que ha dejado el personaje colgado detrás de la puerta junto al polo del bar.

Hubo humor también, porque somos quienes somos y no sabemos estar serios mucho rato: en algún momento la estantería de ladrillos crujió de una manera alarmante y los dos nos quedamos quietos, mirándola, y él susurró «como se caiga, morimos sepultados bajo mis apuntes de Teoría de la Comunicación, qué muerte más coherente», y me reí contra su hombro, y la risa, esta vez, no rompió nada: se quedó dentro, formando parte de aquello, haciéndolo más nuestro.

Porque eso aprendí esa noche: que con la persona adecuada, reírse en mitad de todo no apaga el fuego. Lo abriga.

Y en algún punto, con la lámpara encendida y él mirándome como me miraba, lo supe.

Lo supe del todo y sin escapatoria, con esa claridad horrible que llega siempre en el peor momento posible: estaba enamorada.

No «pillada», como le había escrito al grupo entero por error.

Enamorada, que es una palabra mucho más grande y mucho más peligrosa, de la que no se vuelve fácilmente.

Lo supe, y no lo dije. Claro que no lo dije.

Pero lo supe, y él, que me lee la cara mejor que yo misma, creo que lo vio, porque me apartó un mechón —el gesto, el mismo gesto— y no dijo nada tampoco, y nos quedamos así, en silencio, los dos sabiéndolo y los dos callándolo, que es la cosa más cobarde y más humana del mundo.

Al rato, porque el silencio empezaba a decir demasiado, hice lo que hago siempre que algo me da miedo: intenté quitarle importancia.

—Que conste que esto sigue siendo solo físico —dije, al techo.

—Ah, ¿sí. —Lo noté sonreír contra mi pelo.

—Sí. Un error físico. Muy agradable. Recurrente, vale. Pero físico.

—Claro. —Una pausa—. Por eso me has cogido la cara con las dos manos como si fuera de porcelana.

—Eso ha sido por el ángulo.

—Y por eso me has preguntado por mi familia.

—Eso ha sido por educación.

—Y por eso, cuando te he contado lo del polo del bar, has puesto una cara que no le he visto a nadie. —Se incorporó sobre un codo y me miró desde arriba, sin sonrisa de catálogo, con la de verdad—. A ti y a mí se nos da fatal mentir cuando no hay un micro delante. Lo sabes, ¿no?

—No sé de qué me hablas.

—Vale. —Volvió a tumbarse, sin insistir, que era lo que más me desarmaba de él: que nunca empujaba—. Solo físico. Lo que tú digas, jefa.

Y ese «lo que tú digas, jefa» —el mismo del hotel, la misma rendición fingida que en realidad era la suya, esperando con paciencia a que yo dejara de fingir la mía— me dolió de puro tierno.

Porque él ya lo había dicho casi todo, a su manera: me había enseñado su casa, su polo, sus números justos, su «te necesito» disfrazado de «necesito el premio».

Se había quedado en calzoncillos emocionales delante de mí.

Y yo seguía ahí, tapada hasta el cuello con un «esto es solo físico» que no se creía ni la lámpara de la mesilla.

Después me quedé despierta mucho rato, escuchándolo respirar en aquel cuarto diminuto que ya no me parecía pobre, sino lo contrario: lleno.

De él. De lo poco que tenía cuidado con tantas ganas.

Pensé en Marco, un segundo, con una punzada de culpa de verdad esta vez, porque a Marco había que decirle algo y pronto, porque no se puede estar enamorada de uno y dándole largas educadas a otro sin convertirse en alguien que no quiero ser.

Lo apunté en la lista de cosas que arreglar.

Y luego, con cuidado de no despertarlo, cogí el móvil de la mesilla, bajé el brillo, y abrí la nota.

Llevaba once. Y supe, antes de escribirla, que la doce era distinta.

Que ya no me valía ninguna razón concreta —ni la sonrisa, ni la chulería, ni que supiera sacarme de quicio—, porque ya no era nada de eso lo que me pasaba con él.

Lo que me pasaba con él era él. Entero. El de la facultad y el del polo del bar, el que improvisaba y el que ordenaba sus pósits, el creído y el becado, las dos personas a la vez, que resultaban ser una sola y que resultaba que me tenía, sin remedio, completamente perdida.

Así que escribí la doce: Por ser tú.

Y me quedé mirando la pantalla, porque ya no sabía si aquello era una lista de odio o una confesión.

Lo supe dos días después, cuando me rompió.