11. Por saber exactamente cómo sacarme de quicio. #2
Cinco frases en las que había llamado mentira, delante de doscientas personas, a la única cosa verdadera que yo había escrito en toda la noche.
Y yo, que tendría que haber sentido solo alivio, sentí también, por debajo, un pinchazo muy pequeño y muy frío que entonces no supe nombrar y que más adelante, en el peor momento, iba a saber nombrar demasiado bien.
Antes de buscarlo a él hice una cosa de la que me acordaría mucho después: miré alrededor por instinto, a ver quién se había quedado con la historia y quién ya la había soltado.
Casi todos la habían soltado; en una fiesta nadie retiene nada más de treinta segundos.
Casi todos. En la otra punta de la barra, sin embargo, había dos que no se reían y que no habían cambiado de tema.
Hugo, con el móvil en la mano —el grupo de la facultad abierto, lo habría jurado—, leyendo despacio, sin prisa, como quien no se ríe de una cosa sino que la archiva.
Y Bárbara a su lado, mirándome directamente a mí, sin disimular, con esa cara suya de hoja de cálculo a la que le acaban de dar una cifra nueva.
En aquel momento pensé: qué más dará, ya ha pasado, Bruno lo ha arreglado.
Pensé que dos rivales enterándose de que yo había escrito una lista era, como mucho, una incomodidad.
No se me ocurrió que pudiera ser otra cosa.
Y mira que tendría que habérseme ocurrido, viendo cómo guardaba Hugo aquel móvil: despacio, con cuidado, como se guarda lo que se piensa usar.
—Gracias —le dije, cuando lo tuve cerca, en un rincón, lejos del ruido.
—De nada. —Se encogió de hombros, pero le costó—. Se me da bien mentir en público. Es casi mi único talento.
—No es tu único talento.
—¿Ah, no? —Y ahí volvió a mirarme como me miraba en la cabina, sin teatro—. ¿Tienes una lista?
Yo, con tres cubatas, con el susto todavía en el cuerpo, con su rescate caliente y el pinchazo frío conviviendo en el pecho, hice lo que llevaba desde septiembre sin hacer. Dije la verdad.
—Sí.
Lo vi parpadear. No se lo esperaba. Llevaba semanas pinchándome con lo de la lista medio en broma, intuyéndola, y yo negándola, y de repente se la confirmaba en un rincón de una fiesta, así, sin pelear.
—¿En serio tienes una lista. —Su voz cambió—. ¿Una lista de qué.
—De razones. —Tragué—. Para odiarte. La empecé el primer día. Llevo… unas cuantas.
Silencio. Y entonces, lo último que esperaba: se rió. Bajito, con ganas, una risa que no era de burla.
—Claro que tienes una lista —dijo, casi con cariño, casi con orgullo—. Pues claro. Cómo no ibas a tener una lista. —Negó con la cabeza—. ¿Y salgo bien o salgo mal?
—Sales fatal.
—Mentira.
—Sales fatal en todas.
—¿Cuántas llevas?
—No te lo voy a decir.
—¿Diez? ¿Quince?
—Que no te lo voy a decir, Salazar.
—Once —dijo, y lo dijo tan seguro que me dio un vuelco, porque la diez la había escrito hacía cinco días y la once la llevaba dentro sin escribir todavía—. No sé por qué, pero diría que once. Y diría que la última te ha costado.
—Cande. —Se acercó un poco, lo justo, en aquel rincón oscuro—. Mírame a la cara y dime que salgo mal en todas.
Y no pude. Porque la número diez existía, y la número diez ponía lo que ponía, y él me estaba mirando como quien ya sabe la respuesta y solo quiere ver cómo me cuesta no dársela.
Eso es lo insoportable de Bruno Salazar: que sabe exactamente dónde aprietas, exactamente qué pregunta no puedes contestar, exactamente cómo sacarte de quicio.
Y lo peor de todo, lo que descubrí esa noche, es que cuando alguien sabe sacarte de quicio así, tan bien, con tanta puntería, ya no es solo que te conozca.
Es que te conoce. Y dejarse conocer, para mí, daba más miedo que cualquier cosa que hubiéramos hecho en aquel hotel.
Me besó en aquel rincón. O lo besé yo. Da igual, ya os he dicho que a estas alturas el quién hace qué es lo de menos. Fue corto, fue robado, fue con la espalda contra una pared pegajosa de fiesta de facultad, y duró lo que duran las cosas que no deberían pasar: poquísimo y demasiado.
Me escapé al baño con la excusa de siempre.
Y allí, sentada en la tapa del váter, con la música retumbando en la pared y la cabeza dándome vueltas, abrí la nota del móvil y escribí la razón once.
La escribí pensando en lo que acababa de pasar, en que aquel chico había dado con la combinación de mi caja fuerte y ahora sabía que la caja existía, y en que eso —que me conociera, que supiera cuál era la pregunta que no podía contestar— me ataba a él más que ninguna otra cosa:
Por saber exactamente cómo sacarme de quicio.
Once de veinte. Y la primera que escribí sabiendo que él sabía que la lista existía. Lo cual la convertía, sin yo quererlo, en algo casi compartido. En un secreto a medias. En una intimidad.
Volví a la fiesta recompuesta, con la cara de no haber pasado nada que tan bien se me da.
Busqué a Bruno con la mirada y no lo encontré: se había ido, lo supe luego, sin despedirse, mirando el reloj, a ese curro de noche del que nadie en aquel local sabía nada.
Y en su lugar, apoyada en la barra, con una copa en la mano y una sonrisa que no me gustó, había alguien que sí me había visto.
Que lo había visto todo. El rincón, la pared pegajosa, los cuarenta segundos.
Alba.
Se acercó despacio, sin prisa, saboreándolo. Me miró de arriba abajo, con esa cordialidad suya que es peor que cualquier insulto, y sonrió de medio lado.
—Sabía yo que entre vosotros pasaba algo —dijo—. Qué calladito se lo tenía Bruno.