Veinte razones para odiarte 11. Por saber exactamente cómo sacarme de quicio.
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11. Por saber exactamente cómo sacarme de quicio.

Por saber exactamente cómo sacarme de quicio.

«Esto no cambia nada», había dicho yo. Y técnicamente no cambió nada: seguíamos compitiendo por las prácticas, seguíamos peleándonos en antena, seguía sin contárselo a nadie. Lo único que cambió fue todo lo demás.

Porque resulta que un secreto, cuando es de los buenos, no se queda quieto.

Arde. Se mete en todo. Volvimos al programa el lunes y descubrí que pelearme con Bruno delante de un micro, sabiendo lo que ahora sabía de él, era una forma de tortura nueva y deliciosa.

Le rebatía un argumento y me acordaba de sus manos.

Él me llevaba la contraria y yo le miraba la boca, esa boca, y tenía que carraspear y mirar la pantalla.

Nacho, al otro lado del cristal, nos miraba con cara de no entender por qué de repente las pausas duraban medio segundo más de la cuenta.

Después estaban los descuidos. El martes, recogiendo los cables después del directo, en la cabina, con la puerta cerrada, le pasó a Bruno por delante un mechón de pelo y se lo aparté yo, sin pensar, con la mano, y esa tontería de gesto —un mechón, nada— nos paró a los dos en seco.

Nos miramos. Y nos besamos contra la mesa de mezclas como dos adolescentes, rápido, urgente, con un ojo en la puerta, hasta que se oyeron pasos en el pasillo y nos separamos de un salto y fingimos estar comprobando niveles con una concentración sospechosísima.

No fue nada. Duró cuarenta segundos. Lo pensé el resto de la semana.

—Esto no se nos da bien —le dije, recolocándome la coleta, con el corazón a mil.

—¿El qué. ¿Lo de no hacerlo?

—Lo de no hacerlo.

—No —admitió—. Nos sale fatal. Somos malísimos guardando el secreto que tú quisiste guardar. —Y lo dijo con un retintín suave, sin maldad, pero el «que tú quisiste» se quedó flotando, porque los dos sabíamos quién había redactado las cláusulas de aquel contrato a oscuras.

El viernes había fiesta. Una de esas fiestas de facultad en un local que alquila alguien, con luces de colores baratas y un cartel hecho en Canva, para celebrar no se sabía muy bien qué —el fin de los parciales, supongo, o las ganas de no estudiar—.

Iba a ir todo el mundo. Iba a ir Lola. Y, por lo tanto, iba a tener que ir yo, fingir normalidad delante de doscientas personas y, sobre todo, delante de la única que sabía leerme la cara.

—¿Va a ir tu compañero? —me preguntó Bruno el jueves, demasiado de pasada para ser de pasada.

—¿Qué compañero?

—El tuyo. El del plan a cinco años. El del fondo de emergencia. —Recogía sus cosas sin mirarme—. Marco, ¿no? Igual le apetece una fiesta. Aunque no sé si las fiestas entran en el plan o hay que reservarlas con tres días.

—No sé si va a ir Marco —dije, y era verdad, y noté que la verdad le sentaba regular, y noté que a mí me gustaba que le sentara regular, lo cual me convierte en una persona horrible, lo sé, no hace falta que me lo digáis.

—Vale. —Se colgó la mochila—. Por saber con quién compito esta semana.

—No compites con nadie.

—Compito por las prácticas, compito por el micro y, por lo visto —me miró, y por un segundo se le cayó la chulería—, compito con un tío que reserva salas de estudio. Tengo una semana ocupada.

No supe qué contestar a eso, así que no contesté, que es mi recurso favorito y el peor.

La fiesta empezó como empiezan todas: con todo el mundo de pie, sobrio e incómodo, junto a una mesa de bebidas, fingiendo que se lo pasaba bien. Llegué con Lola, que me había obligado a ponerme «algo que no fuera de bibliotecaria en huelga» y que, nada más coger las bebidas, me clavó el radar.

—¿Me vas a contar ya qué pasó en el festival? —dijo.

—Ya te lo conté. Lo petamos.

—Me contaste lo del directo. No me contaste lo otro.

—No hay otro.

—Volviste con una cara, Cande. Llevas una semana con esa cara. Es una cara que yo no te había visto nunca y que, francamente, me tiene fascinada.

—Es la cara de haber dormido mal.

—Es la cara de algo. —Entornó los ojos, dio un sorbo—. ¿Pasó algo con Bruno?

—¿Con Bruno? —Solté una carcajada que ni yo me creí—. Por favor. ¿Con el creído ese? Antes me tiro por la ventana del hotel.

—Ah. Había hotel.

—Había una residencia con olor a lejía, como predije.

—Ajá. —No se creía ni una sílaba, lo vi clarísimo, pero entonces apareció por el rabillo de su ojo el chico de Periodismo que llevaba toda la semana rondándola, y a Lola se le encendió un radar más urgente que el mío—.

Esta conversación no ha terminado —dijo, ya yéndose—.

La retomamos cuando estés más borracha y mientas peor.

Y me dejó sola con un cubata y mi propia cabeza, que es la peor compañía del mundo.

Bruno llegó tarde. Lo vi entrar y se me hizo una cosa rara en el estómago que decidí que era el cubata.

Venía con Iván, su amigo, y se quedó cerca de la puerta, con una cerveza en la mano de la que no bebía, mirando el local como quien calcula salidas de incendio.

No encajaba. Esa fue la palabra que me vino, viéndolo: no encajaba, y lo disimulaba como disimulaba todo, con una sonrisa puesta y una postura de estar cómodo, pero yo, que llevaba semanas estudiándolo para odiarlo y ahora le estudiaba para otra cosa, lo vi clarísimo.

Bruno, en aquella fiesta llena de gente que se iba de Erasmus a sitios caros y se quejaba de lo que costaba el alquiler de papá, estaba de prestado.

Igual que yo, pero distinto. Yo estaba de prestado por sosa.

Él, por algo que todavía no sabía nombrar.

Cruzamos una mirada por encima de doscientas cabezas. Solo una. Y fue tan poco disimulada, tan cargada, que tuve que darme la vuelta y beber.

Entonces, como en todas las fiestas de facultad del mundo, alguien sacó el karaoke.

—¡QUE CANTEN LOS DE LA RADIO! —gritó alguien, y la idea prendió como prende el fuego en agosto—. ¡LOS DEL MICRO! ¡CANDRUNO! ¡UN DÚO!

—No —dije yo.

—No —dijo Bruno, desde la otra punta.

Pero ya nos estaban empujando los dos al pequeño escenario, doscientas personas coreando, y Lola la primera, la traidora, grabando con el móvil, y nos plantaron a cada uno un micro y en la pantalla salió, porque el universo me odia personalmente, una canción de amor de las de toda la vida, una de esas que todo el mundo se sabe y que habla de no poder vivir sin el otro.

—Te juro que yo no he elegido esto —me dijo Bruno, tapando el micro.

—Te mato —le dije, tapando el mío.

Y cantamos. Mal. Fatal. Yo desafino y él, descubrí ahí, en directo, delante de todo el mundo, tampoco es que fuera Pavarotti.

Pero la gente rugía, y en algún momento, obligados por la letra, nos miramos para cantar el estribillo el uno al otro —«no sé vivir sin ti», esa clase de barbaridad—, y lo cantamos mirándonos a los ojos, como dos enemigos haciendo teatro, y por debajo del teatro, por debajo de la broma y de los aplausos y de la canción horrorosa, pasó una cosa de verdad, una corriente, un «esto no es mentira del todo», y los dos lo sentimos, y los dos nos asustamos, y terminamos la canción muertos de risa para tapar el susto.

Bajamos del escenario entre vítores. Yo, con el corazón desbocado y tres cubatas de más, cometí entonces el error que me iba a definir el resto de la noche.

Cogí el móvil. Le escribí a Lola. O eso creía.

«Lola SOS. Te lo digo y no me juzgues. Creo que me estoy pillando por Bruno. El de verdad, no el del programa. El que canta fatal y me aparta el pelo. Estoy fatal. Dime que se me pasa.»

Le di a enviar. Sonó el «fush» de mensaje mandado. Y entonces miré la pantalla para guardar el móvil y noté, despacio, como en las películas malas, cómo se me iba la cara a otro color, porque arriba del todo, donde tenía que poner «Lola», ponía otra cosa.

Ponía «Facultad Comunicación 4.º».

Doscientas personas. El grupo entero. El mismo que se había aprendido mi voz de memoria en septiembre.

Me quedé mirando la pantalla mientras empezaba a vibrar.

Una vez. Dos. Tres. Las reacciones cayendo como gotas antes de la tormenta.

Alguien escribió «????». Alguien escribió «MADRE MÍA».

Alguien puso un corazón. Y yo, paralizada, con el móvil ardiéndome en la mano, vi cómo mi confesión más privada se convertía, en tiempo real, en el entretenimiento de la noche.

No sé cuánto tardó Bruno en llegar a mi lado. Poco. Lo bastante para haber visto su propio teléfono vibrar, para haber leído lo que había leído todo el mundo, para haber entendido en dos segundos lo que yo no era capaz de procesar en veinte.

—Dame el móvil —dijo, muy bajo, muy tranquilo.

—Bruno, yo…

—El móvil, Cande. Confía en mí treinta segundos. Sé que es difícil para ti, pero inténtalo.

Se lo di. No sé por qué. Bueno, sí sé por qué. Porque era él.

Y Bruno, delante de todo el mundo, se subió al pequeño escenario otra vez, cogió el micro del karaoke, y con la cara más relajada del planeta, con el aplomo de quien no necesita ni escribir un guion, dijo:

—¡Eh! ¡Eh, escuchad! —Se hizo el silencio—.

Veo que ha llegado al grupo el adelanto.

Sí. —Sonrió, canalla—. Era una sorpresa para el lunes, pero ya que está: el programa del próximo episodio.

«Cande confiesa.» La hemos estado escribiendo toda la semana.

¿A que ha sonado real? —Risas—. Pues es todo mentira.

Me odia. Lo sabéis. Me odia con toda su alma y lo del pelo me lo he inventado yo ahora mismo.

Pero funciona, ¿eh. Reconocedlo. Por eso somos los mejores y por eso el lunes a medianoche tenéis que estar todos escuchando.

Y la gente, que quería que fuera mentira porque la mentira era más divertida y más cómoda y encajaba con la historia que se habían montado de nosotros, lo compró.

Aplaudieron. Alguien gritó «¡crack!». El grupo cambió de tema.

La tormenta pasó de largo. Bruno bajó del escenario, me devolvió el móvil sin mirarme apenas, y me salvó la vida con cinco frases.