Veinte razones para odiarte 10. Por gustarme más de lo que odio. #2
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10. Por gustarme más de lo que odio. #2

Del resto os ahorro el inventario. No porque me dé apuro —que algo me da, no soy de piedra—, sino porque la coreografía es lo de menos y lo de menos no es lo que me cambió la vida.

Lo que me la cambió fue lo otro. Fue darme cuenta, en mitad de todo, con él respirándome en el oído y diciéndome cosas que no pienso reproducir aquí porque son mías, de que el chico al que había metido en una lista de razones para odiarlo tenía las manos cuidadosas y la boca atenta y una forma de leerme el cuerpo igual que me leía la cara en directo: fijándose en todo, registrando qué me gustaba y qué me cortaba la respiración, con la misma concentración insufrible que usaba para desmontarme.

Solo que ahora no lo usaba en mi contra.

Lo usaba a mi favor. Y contra eso yo no tenía ninguna defensa preparada, porque nunca me había hecho falta: con nadie, hasta él, había tenido que defenderme de que me prestaran demasiada atención.

Hubo un momento —este lo cuento porque es muy nuestro y porque me sigo riendo sola— en que le di sin querer un codazo al despertador de la mesilla y lo tiré al suelo con un estruendo de fin del mundo. Nos quedamos los dos quietos. Y él, sin moverse, sin dejar de mirarme, jadeando, dijo:

—Espero que no estuvieras enamorada de ese.

Me reí. Me reí de verdad, la segunda vez en un día, un récord histórico que no pienso volver a batir con nadie más, y la risa no pinchó nada, al contrario: lo hizo todo más nuestro, menos película y más Cande y Bruno, dos imbéciles incapaces de ponerse serios ni en el momento menos indicado para no estarlo.

Se rió él también, con la frente apoyada en la mía, y en esa risa compartida, en esos tres segundos, fue cuando bajé de verdad la última guardia, la de dentro, la que no se quita con la ropa.

No fue perfecto. Fue mejor que perfecto. Fue real, que es lo único que yo no sabía hacer y que él, por lo visto, llevaba semanas intentando enseñarme sin que yo le dejara.

Después nos quedamos los dos boca arriba, mirando un techo de gotelé que no era el suyo ni el mío, respirando como quien acaba de correr, y durante unos minutos maravillosos no dije ninguna tontería. Solo unos minutos. Soy yo, no esperéis milagros.

—Esto no cambia nada —dije, al techo.

—Por supuesto que no.

—Lo digo en serio. Mañana volvemos, seguimos compitiendo por las prácticas, seguimos siendo lo que éramos.

—Que era…

—Compañeros. Que se llevan regular.

—Compañeros que se llevan regular. —Lo noté sonreír en la oscuridad—. Acabamos de llevarnos cualquier cosa menos regular, pero vale.

—Y no se lo decimos a nadie.

Eso le borró la sonrisa. Lo sentí. El aire cambió un grado.

—¿A nadie?

—A nadie, Bruno. —Me incorporé sobre un codo—.

Piénsalo. Somos los del odio. El programa funciona porque la gente cree que nos llevamos a matar.

Si esto sale, se acaba la gracia, se acaba el morbo, se acaba todo.

Y encima estamos compitiendo por lo mismo.

Como se sepa que… que ha pasado esto, cualquier cosa que ganemos va a parecer un pucherazo.

Tú no quieres eso. Yo tampoco. —Tragué saliva—.

Esto es un error. Un error muy agradable, pero un error.

Y los errores no se cuentan. Se guardan.

Hubo un silencio. Uno de los malos.

—Vale —dijo, por fin, y su voz había recuperado el filo, el de la antena, el de la armadura—. Un error. Que se guarda. Lo que tú digas, jefa. Tú mandas. Siempre.

Y se dio la vuelta hacia su lado, sin almohada en medio esta vez, porque ya no hacía falta ningún muro: el muro lo acababa de levantar yo sola, con cinco frases, mejor de lo que lo había levantado nunca con almohadas.

Tardé en dormirme. Él, no sé. Fingimos los dos muy bien.

A la mañana siguiente desayunamos en el bufé del hotel hablando de la vuelta, del tren, de cualquier cosa, como dos colegas, con una corrección espantosa, mientras por debajo de la mesa la rodilla de Bruno tocó la mía una vez y los dos hicimos como que no.

—¿Más café? —me preguntó, levantándose, con la educación de un desconocido en una boda.

—No, gracias.

—Vale.

Tres palabras y un «vale». Habíamos pasado de desmontarnos la vida el uno al otro a tres palabras y un «vale».

Y lo peor es que lo había pedido yo. Lo había firmado a oscuras, encantada, con la boca todavía caliente de la suya: esto no se cuenta, esto no cambia nada.

Estaba viviendo, en directo, el cumplimiento exacto de mi propio contrato, y resultaba que mi propio contrato era malísimo.

En el tren de vuelta repasamos las tarjetas que nos habían dado y planeamos los próximos programas con una eficiencia de funcionarios. Fue, con diferencia, la conversación más profesional y más triste que habíamos tenido nunca.

A media mañana, mientras él dormitaba contra la ventanilla con una cara que no le permitía poner cuando estaba despierto, me vibró el móvil.

Marco. «¿Qué tal el festival? ¿Llegaste bien anoche?

». Y sentí la culpa, claro que la sentí, una culpa puntual y merecida, pero la sentí muy de lejos, como se siente la lluvia desde dentro de un coche, y eso —que la culpa por Marco me llegara amortiguada y lo de Bruno me llegara a quemarropa— me dijo todo lo que llevaba meses sin querer saber.

No le contesté a Marco en todo el viaje. A Bruno tampoco le dije nada cuando se despertó.

Llegué a casa de noche. Lola estaba en el sofá y levantó la vista del portátil con su radar de siempre.

—¿Qué tal el festival?

—Bien. Lo petamos. Nos dieron tarjetas.

—¿Y?

—¿Y qué?

—No sé. Vienes con una cara. —Entornó los ojos—. ¿Pasó algo?

—Suspendí menos cosas de las que esperaba. —Me metí en mi cuarto antes de que el radar terminara de calibrar—. Estoy muerta. Mañana te cuento.

No le conté nada. Por primera vez desde que vivíamos juntas le escondí a Lola algo gordo, y lo hice por la misma razón por la que se lo escondía a todo el mundo: porque en cuanto lo dijera en voz alta iba a ser verdad, y yo todavía no sabía qué hacer con una verdad de ese tamaño.

Pero esa noche, en mi cama, en mi cuarto, con mi techo de siempre encima, abrí la nota del móvil.

Y escribí la razón diez.

No me costó. Esa es la parte que todavía me sorprende.

Las nueve anteriores las había escrito a regañadientes, peleándome con cada palabra, fabricando rabia donde empezaba a no haberla.

La diez me salió entera, de un tirón, sin tachar, y cuando la releí entendí que no era una razón para odiarlo.

Era lo contrario. Era la primera cosa cierta que había escrito en toda la lista, y la había disfrazado de reproche porque era la única manera que tenía de decirla:

Por gustarme más de lo que odio.

La número diez me salió a la primera. Fue la primera verdad que escribí en esa lista.