10. Por gustarme más de lo que odio.
Por gustarme más de lo que odio.
Había una cama. Una. Y un sofá que, vista de cerca, era más bien un puf con pretensiones, del tamaño justo para que durmiera en él un niño de seis años o medio Bruno Salazar.
—Yo duermo en el sofá —dijo, soltando la mochila.
—No cabes en el sofá.
—Me hago un ovillo.
—Mides metro ochenta y cinco. Te vas a hacer un ovillo y vas a amanecer con forma de pretzel y mañana tenemos tren.
—Dejé la maleta, profesional, organizada, como si estuviera resolviendo un problema de producción y no a punto de pasar la noche con el chico que llevaba nueve capítulos fingiendo que odiaba—. Duermo yo en el sofá.
—Ni de broma. —Se cruzó de brazos—. Llevas todo el día siendo la jefa. Por una vez vas a dejar que sea yo el caballero.
—El caballero. —Lo miré—. Bruno, tú no eres un caballero. Tú eres un tío que improvisa.
—Y mira qué bien me sale. —Se sentó en el borde de la cama, la probó con la mano, hizo una mueca de aprobación—. Vale. Solución de adultos. La cama es grande. Una almohada en medio, como un muro de Berlín, tú en tu Alemania y yo en la mía. Dormimos. Mañana ni nos acordamos.
—No.
—¿Por qué no?
Porque era una idea malísima, esa era la respuesta.
Porque yo sabía, con la misma certeza con la que sé que dos y dos son cuatro, que un muro de almohadas no iba a aguantar lo que llevaba aguantando yo desde una cabina a oscuras hacía cinco semanas.
Pero «porque es una idea malísima» implicaba admitir por qué era malísima, y eso no pensaba hacerlo, así que dije:
—Porque roncas.
—No ronco.
—No lo sabes. La gente que ronca nunca lo sabe. Es lo bonito de roncar.
—¿Y tú cómo sabes que ronco si nunca hemos…? —Se paró. Le vi pararse. Le vi darse cuenta a la mitad de la frase del terreno al que llevaba la frase, y le vi decidir, con un valor que le envidié, no recular—. Da igual. Muro de almohadas. Lo tomas o lo tomas.
Nos turnamos en el baño con una coreografía de vergüenza que ojalá nadie hubiera grabado.
Entré yo primero, me puse el pijama —el del bueno, gracias, Lola, ojalá te atragantes con mi yogur—, salí haciéndome la digna.
Entró él. Oí el grifo, el cepillo de dientes, todo el repertorio doméstico y ridículo de un chico preparándose para dormir a tres metros de mí, que no debería tener nada de íntimo y que lo tenía todo precisamente por eso: porque era de andar por casa, porque era lo que no se ve en antena.
Cuando salió, en camiseta y pantalón de chándal, había que cambiar de lado, y lo hicimos con un baile imposible para no rozarnos, dos imanes con la polaridad mal puesta.
Él se había encargado, mientras yo estaba en el baño, de levantar en el centro de la cama una barrera de dos almohadas y un cojín, con una seriedad arquitectónica que en otras circunstancias me habría hecho gracia. Me metí en mi lado. Apagué la luz.
Entonces empezó lo de verdad: en una habitación a oscuras, con otra persona a sesenta centímetros, el silencio no es silencio. Es un ruido ensordecedor de todo lo que no se dice.
—¿Estás dormida? —dijo, al cabo de un rato.
—Sí.
—Ya. —Pausa—. Hoy lo hemos hecho bien, ¿eh.
—Lo hemos hecho muy bien.
—La señora de la productora nos miró como si fuéramos uno.
—No éramos uno. Éramos dos personas trabajando.
—Cande. —Su voz, en la oscuridad, sonaba distinta. Más baja. Sin el filo de la antena—. Llevas todo el día sin pelearte conmigo de verdad. Te has reído en el tren. Me has dado la razón en el bloque tres. Has dejado que te lleve un café. ¿Sabes lo que parece eso?
—Cansancio.
—Parece que te caigo bien.
—No me caes bien.
Mentira número… había perdido la cuenta.
Y los dos lo sabíamos, pero la oscuridad tiene una cosa: las mentiras pesan distinto cuando no te ven la cara al decirlas.
Pesan más. Me quedé mirando el techo invisible, hiperconsciente de los sesenta centímetros y de su respiración, que no era de alguien dormido, que era de alguien tan despierto como yo, tan pendiente como yo, fingiendo los dos lo mismo a la vez.
—¿Sabes lo que pienso? —dijo, al rato.
—Me da pánico saber lo que piensas.
—Pienso en el tren. En la risa. La de verdad, la que dije que tenías guardada en una caja fuerte. —Una pausa—. Llevo todo el día pensando que di con la combinación sin querer. Y que ahora no sé qué hacer con lo que hay dentro.
—No hay nada dentro.
—Hay de todo dentro, Cande. Ese es el problema. El tuyo y el mío.
—Vale. —Lo oí girarse hacia mi lado, del otro lado del muro—.
¿Y por qué no me dejas dormir en el sofá, entonces?
Si te caigo tan mal. Lo lógico, con alguien que te cae mal, es mandarlo al puf con pretensiones y dormir tú a pierna suelta en la cama grande.
Y, sin embargo, aquí estás. Compartiendo.
Negociando. Construyendo muros conmigo a medianoche.
Eso no lo hace una que odia. Eso lo hace otra cosa.
—Eres insoportable.
—Soy observador. Ya te lo he dicho hoy. Presto atención. —Una pausa que duró un siglo—. Y lo que llevo observando desde septiembre es que tú me miras igual que yo te miro. Lo que pasa es que yo lo he aceptado y tú lo estás metiendo en una lista.
Ahí estaba. La pulla que da en hueso. La frase que no era una pulla, en realidad, sino la verdad disfrazada de pulla para que pudiéramos seguir fingiendo que estábamos peleando.
Y yo tenía dos opciones. Podía decir, una vez más, «no tengo ninguna lista», y darme la vuelta, y pasar la noche con la espalda rígida y el muro intacto y la mentira en su sitio.
O podía hacer lo que hice.
Me incorporé. Aparté el muro de Berlín de un manotazo —dos almohadas y un cojín volando al suelo, el fin de un imperio— y en la penumbra encontré su cara, que estaba más cerca de lo que pensaba, y antes de poder calcular las consecuencias, que es lo único que hago siempre, lo besé.
Lo besé para ganar. Esa es la verdad y la digo sin orgullo.
Lo besé porque era la única manera que se me ocurrió de hacerle callar la frase, de borrarle la razón, de no tener que admitir en voz alta nada de lo que estaba pasando.
Lo besé como se gana una discusión: por la fuerza, sin avisar, jugando sucio.
Y Bruno, que llevaba semanas esperando, me ganó a mí.
Porque me devolvió el beso despacio, sin prisa ninguna, con una mano que me encontró la nuca y me sujetó ahí, y convirtió mi golpe de Estado en otra cosa, en algo lento y hondo que no tenía nada que ver con ganar, y me di cuenta, con un fastidio enorme, de que había vuelto a perder contra él en mi propio juego.
—Era hora —murmuró contra mi boca.
—Cállate.
—Llevo cinco semanas…
—Que te calles, Salazar.
Y se calló. Por una vez en su vida, hizo lo que le pedí.
Lo que pasó después no fue dulce. Quiero dejarlo claro, por honestidad con vosotros y conmigo: no fue tierno, ni lento, ni de esos que salen en las películas con la luz bonita y la canción de fondo.
Fue lo contrario. Fue rabioso, fue urgente, fue dos personas que llevaban demasiado tiempo conteniendo demasiado y que de golpe dejaron de contenerlo a la vez, como cuando cede una presa.
Le quité la camiseta con la misma agresividad con la que le rebatía un argumento. Él se rió contra mi cuello, una risa baja y ronca que noté más que oí, vibrándome en la piel.
—Con calma, jefa —murmuró, con la boca pegada a mi garganta—. Que no es una competición.
—Todo es una competición.
—Entonces pienso ganar.
Y dejó de hablar para dedicarse a demostrarlo, que era, lo descubrí esa noche, su manera favorita de discutir: callándose y teniendo razón con las manos.
Porque las tenía. Razón y manos. Me tumbó —o me dejé tumbar, que a estas alturas quién hizo qué es lo de menos— y se tomó su tiempo, todo el tiempo del mundo, con una paciencia que me sacaba de quicio porque era idéntica a la que gastaba en antena esperando el momento exacto de colarme una pulla.
Me besó el cuello, bajó por la clavícula, siguió bajando sin prisa ninguna mientras yo le tiraba del pelo medio para que parase y medio para que no se le ocurriera, y en algún punto le oí preguntar, bajito, contra mi piel:
—¿Así?
Una pregunta de verdad. Esperando de verdad la respuesta. Y yo, que no sé pedir las cosas ni en un restaurante, que soy capaz de comerme un plato frío antes que decir en voz alta lo que quiero, me oí contestar:
—Así. Sí. No pares.
Y me dio una vergüenza enorme y me dio exactamente igual, las dos cosas a la vez, por primera vez en mi vida las dos cosas a la vez.
Lo aparté para quitarle lo que le quedaba, porque no pensaba dejar que llevara él toda la iniciativa, eso jamás, y cuando lo tuve un segundo a mi merced me detuve solo para mirarlo: a Bruno Salazar, el dueño de todo, despeinado, sin armadura, mirándome como si yo fuera lo único que hubiera pasado nunca por aquella maldita franja de medianoche.
Sonreí con chulería. Por una vez la chulería era mía.
—¿Qué? —dijo él, sin aire.
—Nada. Que me gustas así. Callado.
—Disfrútalo. Dura poco.
Y duró poco, porque me agarró de la cintura y me colocó debajo de él con una facilidad que me ofendió y me encantó a partes iguales, y desde ahí ya no hubo forma de llevar la cuenta de quién iba ganando, que era el problema y era lo bueno y era, en el fondo, lo de siempre entre nosotros, solo que sin ropa, sin micrófono y sin nadie mirando.