9. Por hacerme reír siempre. #2
—Y no curro. —Se sentó—. Pero hay cosas que se organizan por la mañana aunque pasen de noche. —Y antes de que pudiera preguntar más, cambió de tema con la habilidad de quien lleva años cambiando de tema sobre eso exactamente—: Va, en serio, el bloque tres. Tu idea o la mía.
—La tuya —dije. Y me dolió decirlo, pero era verdad—. Los consultorios imposibles. Pero el tono lo llevo yo, que si te dejo a ti acabamos hablando de croquetas media hora.
—Hecho.
Y por cierto, en algún momento de aquella mañana —lo confieso porque prometí contároslo todo— me vibró el móvil con un mensaje de Marco.
Un mensaje normal, considerado, perfecto: «Mucha suerte en el festival.
Estoy seguro de que lo harás genial. Avísame cuando llegues».
Lo leí. Sentí una punzada de culpa exactamente del tamaño de una persona que se está riendo en un tren con otra.
Y contesté «gracias» y nada más, y guardé el móvil, y volví a mirar a Bruno, que discutía conmigo el orden de unos bloques como si fuera lo más importante del mundo, y pensé, con una claridad que me asustó: a Marco no le contesto con monosílabos porque sea maleducada.
Le contesto con monosílabos porque no me da la gana de gastar palabras en él. Y a este se las gasto todas.
No apunté ese pensamiento en ninguna lista. Algunas cosas, cuando las apuntas, se vuelven verdad, y yo todavía no estaba lista para esa.
Llegamos a la ciudad pasada la una, y el festival era un caos maravilloso: una nave enorme llena de estands, gente joven con auriculares colgados del cuello, carteles de programas que no conocía, un escenario grande al fondo y un olor a café de máquina y a cables nuevos.
Bruno se paró en la entrada a mirarlo todo, y por un segundo se le cayó la chulería y se le puso una cara de cría en una feria que me desarmó más que cualquier cosa que hubiera dicho en el tren.
—Mola, ¿eh —dijo, sin mirarme.
—Mola —admití.
Y entonces, porque el día iba demasiado bien, aparecieron Hugo y Bárbara.
—¡Pero bueno! —Hugo, con una sonrisa de presentador de gala—.
Si están aquí los virales. ¿Qué tal el viaje en clase turista?
Nosotros vinimos ayer, hicimos el directo del viernes.
Lleno. —Bárbara, a su lado, asintió sin sonreír, como un marcador de fútbol confirmando el resultado—.
Una pena que os tocara el sábado, con la gente ya cansada.
Pero bueno. Lo vuestro es más de… —buscó la palabra con crueldad de orfebre— de improvisar, ¿no? De a ver qué sale.
—Eso es —dijo Bruno, antes de que yo pudiera sacar las uñas, y lo dijo tan tranquilo, tan sin morder el anzuelo, que a Hugo se le quedó la frase a medio gas—.
A ver qué sale. A nosotros nos suele salir que la gente se queda.
A vosotros os sale lleno y luego, no sé por qué, nadie se acuerda al día siguiente de qué dijisteis.
Cosas de la improvisación, supongo. O de la falta de ella.
Silencio. Bárbara, por primerísima vez desde que la conocía, hizo un ruido que podría haber sido el principio de una risa y que aplastó a tiempo. Hugo se recompuso, dijo algo sobre «que gane el mejor» con los dientes muy apretados, y se fueron.
—Has estado fino —le dije, y me salió con un orgullo que no supe disimular.
—He tenido una buena maestra del rencor. —Me miró de reojo—. Llevo semanas tomando apuntes.
El directo del sábado fue, sin que me tiemble la mano al decirlo, lo mejor que habíamos hecho nunca.
Salimos al escenario grande muertos de miedo —yo con mi escaleta, él sin nada, como siempre— y a los dos minutos ya nos habíamos olvidado de la productora, de Hugo, de las prácticas, de todo, porque pasó la cosa que pasaba siempre que nos poníamos delante de un micro juntos: que se nos olvidaba actuar y empezábamos, sin más, a ser nosotros.
—Tenemos un primer caso —dije, leyendo de la tarjeta que me temblaba solo un poco—. Un oyente escribe: «Creo que estoy enamorado de mi despertador. Es lo único que me espera todas las mañanas».
—Por fin un caso serio —dijo Bruno, al público, que ya empezaba a reírse antes del chiste, que es lo que pasa cuando la cosa funciona—.
Señor oyente. Lo primero, tranquilidad. Usted no está enamorado de su despertador.
Está enamorado de que algo lo espere. Que es distinto, y mucho más triste, pero tiene arreglo.
—No le hagas caso —corté—. Lo que pasa, señor oyente, es que su despertador es la única relación de su vida que es puntual. Y usted ha confundido la puntualidad con el amor. Error clásico. Lo cometen muchos hombres con plan a cinco años.
El público se rió. Bruno me miró de reojo, sabiendo perfectamente a quién iba el dardo, y decidió subirlo.
—Yo voy más allá —dijo—. Creo que el problema no es el despertador. Creo que el problema es que el despertador suena, y usted, en vez de apagarlo, lo deja sonar un ratito porque le gusta sentirse necesitado a las siete de la mañana. Reconózcalo.
—Eso es proyección.
—Eso es psicología de tren.
—Usted lo que ha hecho es psicología de tren a las nueve de la mañana, así que no me hable.
—Y mire qué bien me ha salido —dijo, al público—. Que conste.
—La solución, señor oyente —rematé, antes de que aquello se nos fuera de las manos, que era justo lo que la gente quería que pasara—, es sencilla.
Cómprese dos despertadores. Así, cuando uno le falle, no se le viene el mundo abajo.
Es lo que yo llamo un fondo de emergencia sentimental.
—Y oí, dentro de mi propia cabeza, a Marco hablándome de los seis meses, y tuve que morderme para no reírme yo en directo, que es la única regla que tengo.
—Yo no estoy de acuerdo —dijo Bruno, de pronto sin sonreír, y el público se calló un poco, porque cuando uno de los dos bajaba el tono el otro lo seguía sin avisar—.
Lo de los dos despertadores es una cobardía.
Si algo te espera todas las mañanas, señor oyente, no se compre un repuesto por si acaso.
Dele las gracias. Es más de lo que tiene mucha gente.
Silencio bueno. De los que se notan. Y entonces lo miré, y él me miró, y los dos supimos, sin decirlo, delante de trescientas personas y de la señora de la productora, que aquello —esto, lo que fuera esto— funcionaba demasiado bien para ser solo trabajo.
Bajamos del escenario con la adrenalina por las nubes y media docena de personas del sector dándonos tarjetas.
Una señora de la productora —la productora, la de las prácticas— nos dijo que llevaba tiempo siguiéndonos y que «teníamos algo».
No dijo qué. Pero lo dijo mirándonos a los dos a la vez, como una unidad, y yo, que llevaba toda la temporada peleando por ser la mejor de los dos, sentí por primera vez el vértigo de no saber si quería ganar sola.
Salimos de la nave de noche, agotados, eufóricos, con esa borrachera rara que da haber hecho algo bien con alguien.
Cogimos un taxi al alojamiento. Bruno, en el asiento de al lado, se reía todavía de algo que había pasado en el directo, y yo me reía con él, y por un momento, un momento peligroso y cálido y completamente fuera de mi control, se me olvidó que se suponía que aquel chico me caía mal.
Llegamos al alojamiento. Y se acabó la euforia de golpe.
Porque la facultad, que paga el tren pero no se entera de nada, había hecho la reserva tarde.
Y el festival había llenado la ciudad. Y la chica de recepción, con una sonrisa de quien sabe que va a arruinarle la noche a alguien, miró la pantalla, miró el papel, volvió a mirar la pantalla, y dijo la frase:
—A ver… aquí me consta una sola habitación a nombre de la facultad. Doble. —Pausa—. Cama de matrimonio.
—Tiene que ser un error —dije, con una calma que no sentía—. Somos dos. Dos personas. Reservaron dos habitaciones.
—Reservaron una. El veintitrés. Tarde. —Tecleó—. Y no me queda nada más. Está todo el hotel lleno por el festival. Toda la ciudad, de hecho. Lo siento muchísimo.
Bruno, a mi lado, no dijo nada. Yo tampoco. Cogimos la llave. Subimos en un ascensor diminuto en un silencio que pesaba doscientos kilos, cada uno mirando un punto distinto de la pared metálica. Recorrimos un pasillo. Bruno metió la tarjeta en la puerta, se encendió la lucecita verde, empujó.
Y allí estaba.
Había una cama. Una. La miré como se mira un examen para el que no has estudiado.