9. Por hacerme reír siempre.
Por hacerme reír siempre.
De todas las cosas que Bruno Salazar me hizo aquel curso, la que menos le perdono es haberme hecho reír en un tren. Reírse de verdad delante de alguien es bajar la guardia. Y yo había levantado una personalidad entera alrededor de no bajarla nunca, así que aquello, técnicamente, fue un sabotaje.
La culpa, como casi todo lo malo que me pasó ese año, fue de Robledo.
—Os vais —dijo, un lunes, soltando sobre la mesa dos billetes de tren como quien reparte cartas—.
El festival de pódcast universitario. Otra ciudad, tres horas de AVE, dos días.
Hacéis un directo especial el sábado, en el escenario grande, delante de gente del sector.
Y cuando digo gente del sector —miró a Bruno, luego a mí, para que no quedara duda— digo gente de la productora. La que da las prácticas.
Se me secó la boca. Bruno se enderezó en la silla, y por un segundo, antes de recomponerse, vi una cosa rara cruzarle la cara. No emoción. Algo más serio. Algo que se parecía al hambre.
—¿Vamos los dos? —pregunté, con la esperanza absurda de que dijera «no, tú sola».
—Vais el programa. Y el programa, por desgracia mía y alegría de la audiencia, sois los dos.
—Robledo recogió sus cosas—. Ah. Va también La hora exacta.
Hugo y Bárbara hacen el directo del viernes.
Así que el sábado tenéis que ser mejores que ellos delante de la única gente cuyo aburrimiento os puede costar el futuro.
Sin presión. —Llegó a la puerta—. La facultad paga el tren, Ferrer, no la gasolina de tu coche.
Que ya sé que ibas a ofrecerte a conducir para llevar el control de algo.
Iba a ofrecerme a conducir para llevar el control de algo. Me callé.
Esa tarde se lo conté a Lola, que reaccionó como reacciona Lola a todo lo importante de mi vida: empeorándolo.
—A ver si lo he entendido —dijo, sentada en la encimera de la cocina, comiéndose mi yogur—. Un viaje. Otra ciudad. Dos días. Los dos solos.
—Es trabajo.
—Trabajo. —Asintió, muy seria—. En un hotel.
—En un alojamiento que paga la facultad, que para el caso es lo menos romántico del universo. Va a ser una residencia con olor a lejía y wifi malo.
—Cande. —Dejó la cuchara—. Tú llevas desde septiembre escribiendo razones para odiar a un chico, y resulta que te vas dos días de viaje con él. ¿No te parece que el universo te está mandando un mensaje bastante claro?
—El universo no manda mensajes. Manda exámenes. Y yo a este voy preparada. —Cogí el yogur que quedaba—. Voy a ir, voy a hacer el mejor directo de mi vida, voy a ganarme esas prácticas, y voy a volver exactamente igual que me fui.
—Ajá.
—Lo digo en serio, Lola.
—Si yo te creo. —Bajó de la encimera—. Es que lo dices con la misma cara con la que dijiste que lo de Marco era la prueba de que con Bruno no te pasaba nada. Y mira.
—No mires nada. No hay nada que mirar.
—Vale. —Se fue hacia su cuarto, y desde el pasillo, sin volverse, soltó la puñalada de despedida—: Llévate pijama del bueno. Por si acaso el universo te examina de algo que no has estudiado.
Le tiré un cojín. Falló. Pero la frase no falló, y me la llevé al tren tres días después, metida en la maleta con todo lo demás.
El tren salía a las ocho de la mañana, hora a la que yo soy una persona y Bruno, milagrosamente, también, porque apareció en el andén con dos cafés, me tendió uno sin preguntar, y resultó ser exactamente como lo tomo.
—Cortado —dije, mirándolo con desconfianza—. ¿Cómo sabes que…?
—Te he visto pedirlo cuarenta veces. —Se encogió de hombros—. No es magia. Es prestar atención.
Y ahí ya empecé mal, porque «prestar atención» es justo lo que Marco había dicho del cortado en la biblioteca, palabra por palabra, y sin embargo en boca de Marco me había sonado a currículum y en boca de Bruno me sonó a otra cosa que decidí no nombrar antes de las ocho de la mañana.
Nos sentamos enfrente, con una mesita entre los dos, y yo había venido con un plan: tres horas de trabajo serio, repasar la escaleta del directo, decidir bloques, ensayar. Saqué el portátil. Lo abrí. Duré, calculo, veinte minutos.
—El bloque tres no funciona —dijo Bruno, leyendo mi pantalla del revés, cosa que odio.
—Funciona perfectamente.
—Es un consultorio normal. En el escenario grande, delante de los de la productora, no podemos hacer un consultorio normal. Tenemos que hacer algo que solo podamos hacer nosotros.
—¿Y qué propones, genio?
—Consultorios imposibles. —Se inclinó sobre la mesa, y se le encendió esa cosa que se le enciende cuando tiene una idea, que es lo más peligroso de él—. Tú y yo, en directo, contestando a problemas que no tienen solución. Cuanto peor, mejor. A ver quién aguanta más sin reírse.
—Eso no es un formato. Eso es una tontería.
—Pruébame uno.
—No.
—Cande. —Sonrió—. Uno. Dame un problema sin solución y mira cómo lo resuelvo.
Y aquí cometí el error de mi vida, que fue picar.
—Vale —dije—. Doctora Cande al habla. «Tengo una compañera de piso que se come mis yogures y luego me da consejos sobre mi vida amorosa. ¿Qué hago?»
—Fácil. —Bruno cogió un boli como si fuera un micro—.
Querida oyente. Su compañera no se come sus yogures.
Su compañera está realizando una labor de vigilancia nutricional no remunerada para asegurarse de que usted no se intoxica.
Los consejos amorosos son la propina. Dele las gracias y compre más yogures. Siguiente llamada.
Me reí. Por la nariz, traidoramente, pero me reí.
—Eso no vale. No has resuelto nada.
—He resuelto el tono. La gente no llama para que le resuelvas el problema. Llama para que le quites el miedo al problema. —Dejó el boli—. Otro. Dame uno peor.
—«Estoy enamorada de una croqueta.»
—¿Congelada o casera?
—¿Eso qué más da?
—Lo cambia todo. Si es casera, hay esperanza, porque detrás hay una persona y usted en realidad está enamorada de quien la cocina, que es lo que pasa siempre con la comida y con casi todo.
Si es congelada, lo siento mucho, pero usted lo que tiene es hambre emocional, y eso no se cura en este programa, se cura en terapia o en una cena decente. Siguiente.
—«Mi compañero de radio cree que todo lo que dice tiene gracia.»
—Ah, ese es difícil. —Se puso serio de mentira, juntó las manos—.
Querida oyente. He estudiado el caso a fondo.
Y la triste verdad es que su compañero no cree que todo lo que dice tenga gracia.
Solo cree que lo que dice tiene más gracia que lo que dice usted.
Que es distinto. Y, por los datos que manejo, tristemente cierto.
—No es cierto.
—Acaba de reírse de la croqueta.
—Me he reído DE usted, no CON usted.
—En este programa no distinguimos. —Y entonces, mirándome fijo, con una seriedad de presentador de telediario, soltó—: Es más, querida oyente, le voy a hacer una confesión profesional.
Llevo semanas sospechando que a usted le hago más gracia de la que está dispuesta a admitir.
Y que tiene esa risa guardada, la de verdad, la que no ha sacado nunca delante de mí, en una caja fuerte.
Y que está aterrada de que algún día yo dé con la combinación.
No dije nada. Porque la caja fuerte existía. Y porque la estaba abriendo en directo, en un tren, a las nueve menos cuarto de la mañana, sin yo darle permiso.
—Eso es ridículo —conseguí decir.
—Demuéstremelo. Aguante sin reírse a lo que voy a hacer ahora.
Y empezó a hacer una imitación de Robledo.
No de su voz: de su manera de mirarte por encima de las gafas y dejar una pausa de tres segundos antes de destrozarte.
La clavó. Clavó la pausa, clavó el «he visto los números», clavó el «no la fastidiéis volviéndoos profesionales» con una solemnidad de oráculo, y yo aguanté, aguanté, aguanté, y cuando añadió, bajando las gafas invisibles, «y, Ferrer, llévate pijama del bueno», que no tenía ni idea de que era una cosa que Lola me había dicho pero que el universo, hijo de su madre, colocó ahí con una puntería diabólica, me rompí.
Me reí de verdad. Con todo el cuerpo, sin frenos, esa risa que no se puede parar y que encima, cuanto más intentas pararla, peor se pone.
Me reí tanto que una señora dos filas más allá se giró.
Me reí tanto que se me saltaron las lágrimas y tuve que dejar el café en la mesita para no tirarlo.
Y Bruno no se rió de su propio chiste; se quedó mirándome reír con una cara que no le había visto nunca, una cara que no era de triunfo, una cara casi seria, casi de susto, como quien encuentra una cosa que llevaba mucho buscando y no sabe ahora qué hacer con ella.
—Ya está —dijo, muy bajo, cuando se me pasó—. Ya la he oído.
—¿El qué.
—La de verdad. —Apartó la vista hacia la ventanilla, hacia los campos que pasaban—. Mereció la pena el viaje solo por eso.
Y se quedó callado un rato largo, mirando fuera, y yo aproveché ese rato para hacer una cosa de la que no me siento orgullosa pero que necesitaba hacer: saqué el móvil, abrí la nota, y escribí la razón nueve.
La escribí distinta. Las ocho anteriores las había escrito con rabia, o con orgullo, o como quien levanta una pared.
Esta la escribí despacio, casi con cuidado, y me di cuenta a media frase de que ya no sabía muy bien si era una razón para odiarlo o me había colado, sin querer, una de las otras, una de las que todavía no me atrevía a llamar por su nombre:
Por hacerme reír siempre.
Nueve de veinte. Y la primera que, leída en frío, no parecía un reproche. Parecía otra cosa. Cerré el móvil rápido, como quien esconde una prueba.
A media mañana le sonó el teléfono. Lo miró, cambió la cara, y se levantó.
—Un momento —dijo, y se fue al vagón de al lado a hablar.
Volvió cinco minutos después con la mandíbula apretada y la sonrisa puesta otra vez, como quien se recoloca una corbata.
—¿Todo bien? —pregunté.
—Cosas del curro —dijo—. Nada.
—Pensaba que no currabas por las mañanas.