8. Por arruinarme el día.
Por arruinarme el día.
Hay días en los que todo sale mal. Y luego está el día del que os voy a hablar, que empezó saliendo mal por su cuenta y, cuando ya creía que no podía ir peor, decidió presentarme a Alba.
Venía rara desde el domingo. No lo voy a negar —bueno, sí lo voy a negar, pero a vosotros os lo cuento—.
Desde lo del coche, desde el «tú me caes otra cosa» y la mirada de tres farolas, andaba por la vida con una alarma de fondo, bajita, constante, como cuando dejas un grifo medio abierto en otra habitación.
Me había refugiado en lo de siempre: en el control.
Había quedado dos veces más con Marco —café y, una noche, cine, donde me explicó el sistema judicial español durante los trailers— y me repetía que aquello, lo de Marco, era la prueba de que con Bruno no me pasaba nada, porque una persona a la que le pasa algo con alguien no queda con otro a ver una película sobre un juicio.
Era un argumento sólido. Tenía un único defecto: que no me lo creía ni yo.
Aquel día arrancó torcido. Suspendí —yo, que no suspendo— un control de Documentación porque me había pasado la semana editando pódcast en vez de estudiando.
Se me cayó el café encima del único apunte que no tenía digitalizado.
Y, de remate, Robledo nos convocó a una reunión de producción a las seis, hora a la que Bruno, milagrosamente, sí podía, lo cual me fastidió sin motivo, porque llevaba semanas quejándome de que nunca podía y ahora me molestaba que pudiera.
Soy consciente de que no tiene sentido. La incoherencia, ese día, era mi único idioma.
Llegué a la radio de un humor de perros. Y allí estaba ella.
En la sala común, sentada en el brazo del sofá con la naturalidad de quien ha posado el culo en ese brazo de sofá muchas veces, había una chica.
Guapa, despeinada con gracia, de esas que llevan una camiseta vieja como si fuera de diseño.
Le estaba diciendo algo a Bruno, bajito, y Bruno se reía —no con la sonrisa de antena, no con la de imbécil: con una risa fácil, antigua, de las que solo salen con gente que te conoce de antes—, y al verme entrar levantó la vista, y por un segundo hizo algo que no le había visto hacer nunca: pareció incómodo.
—Cande —dijo, enderezándose—. Mira, esta es Alba. Alba, Cande, mi compañera de la radio.
—¡La de la radio! —Alba se levantó del brazo del sofá y me dio dos besos antes de que pudiera decidir si quería que me los diera—. Madre mía, qué ilusión. Os escucho. Bueno, escucho los recortes, que es lo que hacéis todos ahora, ¿no? Sois monísimos juntos.
—Gracias —dije, con la cara que pongo cuando alguien me cae mal sin haberme hecho nada, que es una cara que tengo muy practicada.
—¿Verdad que sí? —Alba se volvió hacia Bruno—. Quién te ha visto y quién te ve, Brunito. Con lo callado que eras tú en el insti. ¿Te acuerdas de que no querías ni salir a la pizarra? Y mírate ahora, hablando para media ciudad.
—Eso era otra época —dijo Bruno, y cambió el peso de un pie al otro.
—Era ayer. —Alba se rió y le dio un golpecito en el brazo, en ese brazo, con una confianza que me revolvió algo por dentro que decidí inmediatamente que era el café derramado—. Es encantador cuando quiere, ¿eh? Que también tiene lo suyo. ¿Sigues currando de noche en el…?
—Sí —cortó Bruno, rápido. Demasiado rápido—. Sigo. Lo de siempre.
Y ahí pasaron dos cosas a la vez. La primera: que Alba sabía.
Sabía lo del curro de noche, lo decía con la familiaridad de quien lo ha sabido siempre, de quien conocía a Bruno cuando Bruno todavía no se había inventado al dueño de todo.
Sabía de él una cosa que a mí me había costado seis semanas, una cabina a oscuras y una pregunta que no pensaba hacer.
La segunda: que me importó. Me importó muchísimo.
Y como no estaba dispuesta a mirar de frente por qué me importaba, hice lo único que sé hacer con lo que no quiero mirar: lo convertí en otra cosa.
—¿Entramos a la reunión? —dije, en un tono que no era el mío—. Que algunos tenemos cosas que hacer después.
—Yo me iba ya —dijo Alba, recogiendo una chaqueta—. Solo venía a darle una cosa. —Le pasó a Bruno un sobre que no miré, que me prohibí mirar, y que pasé el resto del día sin poder dejar de imaginar—. Un placer, la de la radio. A ver si un día os invito a algo y me contáis chismes del programa.
Se fue. Y se llevó la mitad del oxígeno de la sala, que era oxígeno que yo no sabía que estaba respirando hasta que dejó de estar.
La reunión fue un desastre, pero el desastre lo puse yo.
—Yo el bloque de los oyentes lo pondría al principio —decía Bruno.
—Pues yo no.
—Vale. ¿Por qué?
—Porque no.
—«Porque no» no es un motivo, Cande. Tú me lo dices siempre.
—Hoy lo es. Hoy «porque no» es un motivo de primera categoría.
Bruno me miró. Robledo nos miró a los dos por encima de las gafas, registró algo, y tuvo la inteligencia —o la crueldad, con ella nunca se sabe— de no decir nada y dejarnos cocer.
—¿Te pasa algo? —preguntó Bruno, más bajo, cuando Robledo salió un momento.
—¿A mí? Nada. He suspendido un control, se me ha caído el café en los apuntes y tengo que aguantar una reunión a una hora absurda. Pero nada. ¿Por qué me iba a pasar algo?
—No sé. Estás… —buscó la palabra— a la contra. Más de lo normal. Y tu normal ya es bastante.
—Estoy como siempre. Lo que pasa es que hoy te molesta.
—Lo que pasa —dijo, y por un segundo se le tensó la mandíbula, que en él es lo más parecido a perder la paciencia— es que el domingo nos reíamos en un coche y hoy me hablas como si te debiera dinero. Y no sé qué ha cambiado entre el domingo y hoy.
Lo que había cambiado entre el domingo y hoy estaba sentada hacía diez minutos en el brazo de aquel sofá dándole golpecitos en el brazo. Pero eso no lo iba a decir ni muerta, así que dije lo segundo más a mano:
—No ha cambiado nada. No le des importancia a un coche. Yo no se la doy.
No era verdad. Y los dos lo sabíamos, lo cual no impidió que lo dejáramos ahí, porque a veces dos personas se ponen de acuerdo, sin hablarlo, en seguir mintiéndose un rato más.
Pasé por casa antes del programa. Mala idea, porque en casa estaba Lola, y Lola tiene un olfato para mis catástrofes que debería estudiar la ciencia.
—Tienes cara de día horrible —dijo, sin levantar la vista del portátil.
—He tenido un día horrible. He suspendido Documentación. Se me ha caído el café en los apuntes. Y reunión a las seis.
—Ajá. —Cerró el portátil. Mala señal—. ¿Y?
—¿Y qué?
—Que tú suspendes un control y te enfadas treinta segundos. Lo que llevas en la cara es de varias horas. ¿Qué más ha pasado?
—Nada más.
—Cande.
—Ha aparecido una tal Alba —solté, porque a Lola no le aguanto un «nada» más de dos asaltos—.
Una ex de Bruno, o un no-sé-qué. En la radio.
Sentada en el sofá como si fuera su casa.
Y sabía cosas de él, Lola. Lo del curro de noche lo soltó como quien dice el tiempo.
Una cosa que a mí me ha costado semanas sacarle.
Lola me miró un rato largo. Luego, muy despacio, con la delicadeza de quien clava un alfiler, dijo:
—O sea, que has tenido un día horrible.
—Sí.
—Por el control.
—Sí.
—Y por el café.
—Sí.
—Y no, en absoluto, porque una chica guapa sabía de tu compañero de radio una cosa que tú creías que era tuya.
—Eso no tiene nada que ver.
—¿Y Marco? —dijo, cambiando de frente con maldad—. El del plan a cinco años. ¿Le has contado tu día horrible?
—Marco me ha mandado un audio de cuatro minutos sobre una sentencia del Supremo. Mientras yo pensaba en Alba. —Me dejé caer en el sofá—. ¿Tú sabes lo deprimente que es estar con un chico estupendo pensando en otro?
—Lo más deprimente que existe —dijo Lola, abriendo otra vez el portátil como quien zanja un tema obvio— es seguir llamándolo «otro» a estas alturas. Pero tú a tu ritmo. Apúntalo en la lista, en la categoría «día horrible», a ver cuánto te dura el invento.
No le contesté. Empezaba a hartarme de que Lola tuviera razón con tan poco esfuerzo.
Esa noche había programa.
Llegué con la coraza puesta y la intención de ser estrictamente profesional, que en mí es el equivalente a salir a la guerra con una pancarta que diga «me pasa algo». En cuanto se encendió el piloto, Bruno lo notó.
—Buenas noches. Esto es Fuego cruzado, yo soy Bruno, y hoy mi compañera viene en modo… —me miró— en modo invierno. Frío polar. Abrigaos.
—Vengo en modo trabajar. Que es a lo que se viene.
—Uy. —Al micro—. Lo que oís. Hoy toca la Cande seria. Disfrutadla, que dura poco.
—Hoy dura todo el programa.
—Eso lo dices siempre y a los diez minutos te estás riendo de algo mío.
—Hoy no.
—¿Apostamos?
—No apuesto con compañeros. Es poco profesional.
—Mira, eso sí que es nuevo. La profesionalidad como excusa. Apúntalo, que avanzas.
Los mensajes empezaron a entrar: «¿qué le pasa hoy a Cande?», «Bruno, déjala», «se han peleado, fijo». Mil personas diagnosticándome el humor en tiempo real. Maravilloso.
—No me pasa nada —dije, al micro, a las mil personas y a él—. Estoy perfectamente. He tenido un día de lo más normal.
—Un día normal —repitió Bruno. Y entonces bajó la voz, lo justo, fuera de la actuación, solo para mí—: Ya. Pues para ser un día normal, no me has mirado a los ojos desde las seis.
No contesté a eso. No se puede contestar a eso en directo. Apreté los dientes y no piqué, lo cual me costó un esfuerzo físico que debería contar como deporte.
Y el universo, que ya os he dicho que tiene mala leche y demasiado tiempo libre, mandó al consultorio justo lo que no me hacía falta.
—«Soy Marina» —leí, en directo, notando cómo me subía el calor a la cara antes de terminar la frase—.
«Llevo poco con un chico que me gusta mucho.
Pero tiene una amiga de toda la vida, una ex no sé muy bien qué, con la que se ríe de una manera que conmigo no se ríe, y que sabe cosas de él que yo no sé.
No me ha dado motivos. Pero me muero de celos y me odio por ello. ¿Qué hago?»
Silencio. Otra vez. Empezaba a tomarle manía a los silencios.
—Marina —dije, agarrándome al guion que no tenía—, los celos no son información.
Son ruido. Que esa chica sepa cosas de él no significa nada; significa que llegó antes.
Tú céntrate en lo tuyo, no compitas con un pasado que no puedes ganar, y si el chico te da motivos de verdad, hablas.
Mientras tanto, los celos te los gestionas tú, en tu casa, sin montar el numerito.
Sonó frío. Sonó a alguien que se está dando una charla a sí mismo y la dice en voz alta para que cuele.
Bruno me miró —lo noté, aunque yo seguía clavada en la pantalla—, y cuando habló, lo hizo despacio, eligiendo, y no sé si le hablaba a Marina o me hablaba a mí, y creo que él tampoco lo sabía del todo.
—Marina, yo te voy a decir otra cosa. —Bajó el tono—.
Los celos no significan que seas tonta. Significan que te importa.
No te odies por sentirlos; eso no ayuda a nadie.
Pero tampoco los uses para alejarte del chico, porque a veces, cuando algo nos da miedo, en vez de acercarnos buscamos una excusa para enfadarnos y poner distancia.
Y la distancia engaña: parece que te protege, pero lo único que hace es dejarte sola y con los celos igual de grandes.
—Pausa—. Habla con él. Aunque te dé vergüenza.
Suele ser menos terrible de lo que te montas.
No dije nada. Pasé al siguiente mensaje con una rapidez que a Nacho casi le da algo. Pero por dentro tenía la sensación incómoda de que Bruno acababa de contestar, en directo, a una pregunta que yo no le había hecho. Que ninguno de los dos le había hecho a Marina, en realidad.
El programa terminó. Recogimos en silencio. Y cuando ya me iba, con la mochila al hombro y la coraza recolocada, Bruno me paró en la puerta.
—Cande.
—¿Qué.
—Por si te lo preguntas —dijo, sin sonrisa, mirándome de frente—. Con Alba no hay nada. Hace años que no hay nada. Hoy venía a traerme una cosa de su hermano, que curra conmigo. Eso es todo.
Lo miré. Tenía la respuesta perfecta. Tenía «no me importa», tenía «¿y a mí qué?», tenía un repertorio entero de frases diseñadas para dejar claro que la vida amorosa de Bruno Salazar me resbalaba como el agua por un impermeable.
—No me lo preguntaba —dije.
Bruno asintió despacio, como quien acepta una mentira por educación.
—Vale —dijo—. Pues nada. Buenas noches.
Y se fue, y yo me quedé en la puerta con las dos palabras pesándome en la boca, porque claro que me lo preguntaba.
Me lo había estado preguntando todo el día.
Me lo había preguntado mientras suspendía el control, mientras se me caía el café, mientras le decía a Marina que los celos son ruido.
Me lo había preguntado tantas veces que se me había arruinado el día entero, y no por el café, ni por el control, ni por la reunión a las seis.
Me lo había preguntado, sobre todo, intentando no imaginar qué llevaba aquel sobre que Alba le había dado y que él se había guardado en la mochila sin enseñármelo.
«Una cosa de su hermano», había dicho. Seguramente era verdad: casi todo lo que dice Bruno resulta ser verdad, cosa que tardé bastante en aprender y que entonces me habría ahorrado un día entero sufriendo por un sobre que no era asunto mío.
Esa noche abrí la nota. Y escribí la razón ocho con una rabia muy concreta y muy injusta, porque ponía la culpa de mi día horrible donde no me dolía mirarla —en él— en vez de donde estaba de verdad —en mí—:
Por arruinarme el día.
Ocho de veinte.
Lo que no escribí fue que el día no me lo había arruinado Bruno. Me lo había arruinado yo, con un poco de ayuda de una chica simpática que se sentaba en los brazos de los sofás y que sabía de él cosas que yo, por orgullo, me había prohibido querer saber.