7. Por ser tan competitivo.
Por ser tan competitivo.
Mi madre lleva toda la vida intentando casarme.
Es su hobby, su vocación y, en los malos momentos, su único tema de conversación.
Pero hasta aquel domingo yo creía, ingenuamente, que para hacerlo necesitaba mi colaboración.
Resultó que no. Resultó que mi madre podía organizarme la vida amorosa entera sin consultarme, igual que organiza la Nochebuena: por sorpresa y sin posibilidad de recurso.
Me enteré el jueves.
—El domingo viene Bruno a comer —dijo, por teléfono, con la misma naturalidad con la que habría dicho que iba a llover.
Tardé tres segundos en encontrar la voz.
—¿Que viene quién a comer?
—Bruno. El de la radio. Tu Bruno.
—No es mi Bruno. No es de nadie. Es un señor que trabaja conmigo. Y, sobre todo, ¿cómo que viene a comer? ¿Cómo lo has…? ¿De dónde has sacado tú a Bruno, mamá?
—Llamé a la radio. —Lo dijo orgullosa, como quien resuelve un crucigrama difícil—. Pregunté por el compañero de mi hija y se puso él. Encantador, por cierto. Mucha educación. Le dije que el domingo hacía croquetas y arroz, y le pareció estupendo. A las dos.
—No puede venir.
—Ya ha dicho que sí.
—Pues que diga que no. Llámalo y dile que ha habido un error. Un error grave. Un error de tu cabeza.
—Cande, no se le dice a un invitado que no venga. Eso no se hace. —Una pausa—. Además, tu hermana trae a Quique, que quieren contarnos una cosa, y no voy a tener a Quique aquí y que tú vengas sola otra vez. No, hija. Ya está. Dos personas, croquetas, y ya veremos.
Y colgó, porque mi madre cuelga cuando ha ganado, igual que Robledo deja de mirar el reloj y que yo cambio de tema. Venimos todas de la misma escuela: la de no darle al otro la oportunidad de contestar.
Fui a la radio a matar a Bruno. Lo encontré en la sala común, tan tranquilo, comiéndose un bocadillo que probablemente era su comida del día, y al verme entrar con la cara que traía sonrió, porque ya empezaba a conocer mis caras y esa le encantaba.
—Hola —dijo—. ¿Qué tal tu madre? Maja, ¿no?
—Vas a llamarla y le vas a decir que no puedes venir el domingo.
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque te lo pido yo. Porque es mi familia. Porque mi madre se ha sacado de la manga que tú y yo… —no terminé—. Porque va a ser un infierno, Bruno. Un infierno con croquetas.
—Me encantan las croquetas. —Le dio un bocado al bocadillo—. Y un infierno con croquetas sigue teniendo croquetas, así que el balance es positivo.
—No tiene gracia.
—Tiene bastante gracia. —Dejó el bocadillo y me miró, y por un segundo se le fue la sonrisa de listo y quedó otra cosa, más simple, casi tímida—.
Mira, Cande. Tu madre me ha invitado a una comida de domingo, con familia, croquetas y arroz.
¿Tú sabes el tiempo que hace que yo no como un domingo en una mesa con gente?
—Recuperó el tono antes de que me diera tiempo a procesarlo—.
Además, voy a conocer a tu familia. Voy a saber de dónde sales.
Eso, para una persona como yo, que se dedica a sacarte de quicio, es información valiosísima. No pienso perdérmelo.
Y ahí estaba: la verdad pequeña, asomando un segundo entre dos bromas, antes de que la tapara.
«El tiempo que hace que yo no como un domingo en una mesa con gente».
La oí. La archivé donde archivo las cosas que no sé dónde poner.
Y luego me agarré a lo segundo, a lo de «información valiosísima», porque era más fácil odiar eso.
—Te vas a arrepentir —dije.
—Seguramente. Llevo arrepintiéndome de cosas que tienen que ver contigo desde septiembre. Una más.
El domingo llegué a casa de mis padres media hora antes que él, con la esperanza inútil de poder controlar algo.
Mi madre estaba en modo operativo militar: delantal, dos sartenes, el pelo recogido y esa energía suya de cuando va a quedar bien delante de alguien.
Mi padre veía el fútbol con el volumen de quien no quiere participar en nada.
Mi abuela, en su sillón, me miró entrar.
—¿Y el novio? —dijo, a modo de saludo.
—No es mi novio, abuela.
—En mis tiempos, si un chico venía a comer a casa de tus padres, era el novio. —Volvió a la tele—. Pero hacéis lo que queréis. Yo ya he criado lo que tenía que criar.
Nuria llegó con Quique. Mi hermana, que lo hace todo bien, llevaba un vestido que yo no me habría atrevido a comprar y a Quique cogido del brazo como un trofeo bien mantenido.
Quique me dio dos besos y me dijo «cuánto tiempo, cuñada» aunque no somos cuñados todavía, y yo pensé, no por primera vez, que la palabra «cuñado» se inventó para describir exactamente a Quique.
Y entonces llamó al timbre Bruno.
Hay que entender una cosa: yo me había preparado para el desastre. Tenía un plan para el desastre. Lo que no tenía era plan para lo contrario, y lo contrario fue lo que pasó.
Bruno entró con una botella de vino —ni cara ni barata, exactamente la correcta, no sé de dónde sacó el criterio— y un ramo pequeño para mi madre, y le dijo que la casa olía a gloria, y mi madre, que llevaba cuarenta años sin sonrojarse, se sonrojó.
Le dio dos besos a Nuria, un apretón firme a Quique, y a mi abuela, que lo miraba con cara de tribunal, le dijo:
—Usted debe de ser la que manda aquí de verdad.
Y mi abuela, mi abuela, que no se ríe ni en bodas, soltó una risa corta y dijo:
—Este sabe.
Lo perdí en los primeros diez minutos. A toda mi familia. La perdí entera.
Comimos. Bruno repitió croquetas tres veces y se lo dijo a mi madre con un detalle que la tuvo flotando el resto de la tarde: que estaban mejores que las de un sitio que sale en la tele.
Le preguntó a mi padre por el equipo y resultó que era del mismo, así que se pasaron media comida hablando de un centrocampista con una pasión que a mi padre no le había visto desde mi comunión.
A Nuria le preguntó por su trabajo y la escuchó —la escuchó de verdad, con esa atención que tiene cuando quiere, la misma que pone en antena—, y Nuria, que está acostumbrada a ser la que brilla, brilló todavía más, encantada de tener público.
Y yo, en mi sitio de siempre, entre la fuente del arroz y la jarra del agua, contemplaba cómo el chico al que llevaba seis razones odiando encajaba en mi familia mejor que yo.
Como una pieza que llevara años buscando su hueco.
Y no sabía qué me daba más rabia: si lo bien que les caía a ellos o lo poco que me sorprendía a mí.
—Bruno, hijo, ¿y tu familia? —dijo mi madre, sirviéndole más arroz sin preguntar—. ¿De dónde eres? ¿A qué se dedican tus padres?
Lo noté. Fue rápido —tan rápido que dudo que nadie más lo viera, porque nadie más llevaba semanas estudiándole la cara—, pero lo noté: un segundo en el que Bruno dejó de masticar.
—Soy de aquí, de la ciudad —dijo, ligero, perfecto—. Y mi familia es pequeña. Más bien me lo monto yo solo. —Sonrió—. Por eso aprecio tanto una comida así. En mi casa los domingos son más de táper.
—Ay, pues aquí tienes mesa siempre —dijo mi madre, dándole una palmadita en el brazo, sin enterarse de nada, con todo el cariño del mundo.
—Gracias —dijo Bruno. Y lo dijo en serio. Lo dijo tan en serio que tuve que mirar el arroz un rato, porque había algo en su cara que no me apetecía ver delante de mi familia, ni delante de mí.
Y por si el día no iba lo bastante cuesta abajo, llegó el momento de las anécdotas.
—¿Tú sabes que esta de pequeña montó una radio en el cuarto de baño? —dijo mi madre, recogiendo los platos, lanzada—. Con un micrófono de juguete. Daba las noticias de la casa. «Atención, atención, la abuela ha vuelto a perder las gafas».
—Mamá.
—Y entrevistaba al gato. Le ponía el micro delante. El pobre Misi.
—Mamá, por favor.
—Tenía seis años y un cuaderno con la programación. A las siete, noticias. A las siete y media, el tiempo, que se lo inventaba. —Suspiró, encantada—. Ya entonces era así. Todo apuntado. Todo con su orden.
Bruno me miraba con una sonrisa que no presagiaba nada bueno, la de quien acaba de recibir un regalo y está pensando cómo gastarlo.
—¿Entrevistabas al gato —dijo, despacio, saboreándolo— con un cuaderno de programación?
—Tenía seis años.
—Con escaleta. A los seis. —Se llevó una mano al pecho—. Cande, esto lo explica todo. Absolutamente todo. Es la mejor noticia que me han dado nunca.
—Como lo saques en antena, te mato.
—No lo voy a sacar en antena. —Hizo una pausa de las suyas—. Lo voy a guardar para algo mejor.
—Y la foto —dijo Nuria, que no se iba a perder la fiesta— de la comunión, con el moño.
—No hay foto.
—Hay álbum.
—No hay álbum.
Había álbum. Mi madre lo trajo. Y durante diez minutos eternos Bruno Salazar vio a Cande Ferrer a los nueve años, con un moño imposible y cara de estar dirigiendo un telediario invisible, mientras mi familia narraba cada foto con el entusiasmo de quien tiene rehén y lo sabe.
Él no dijo casi nada. Solo miraba las fotos, y de vez en cuando me miraba a mí, y cada vez que me miraba se le escapaba la sonrisa rara, la de la cabina, y yo deseaba que me tragase el suelo de gres del salón de mis padres, que conozco bien, porque sobre él he deseado que me tragara muchas veces.
Luego llegó el Trivial.
Fue idea de Quique, que tiene la costumbre de proponer juegos en los que va a ganar, y de mi madre, que vio en el juego una excusa para tenernos a todos sentados una hora más. Hicimos equipos. Y aquí es donde la comida, que iba camino de ser solo humillante, se convirtió en otra cosa.
Porque a Bruno y a mí nos pusieron juntos.
—Hacéis equipo los dos —dijo mi madre—, que para eso trabajáis juntos.
Y debería haber sido un alivio —al menos no competía contra él— y resultó ser lo contrario, porque resulta que Bruno Salazar y yo, en el mismo equipo, somos un arma de destrucción. No para los demás. Para nosotros mismos.
—Geografía. —Quique leyó la tarjeta—. ¿Capital de Australia?
—Sídney —dijo Quique, que se cree el quesito de geografía hecho persona.
—Canberra —dijimos Bruno y yo a la vez.
Nos miramos.
—Lo iba a decir yo —dije.
—Pero lo he dicho yo también. A la vez.
—Yo lo he dicho una milésima antes.
—Eso no se puede medir.
—Yo lo mido todo.
—Estáis en el mismo equipo —dijo Nuria, alucinando—. Habéis acertado. Habéis ganado el quesito. ¿De qué discutís?
De nada. De todo. De que éramos físicamente incapaces de hacer una cosa juntos sin convertirla en una competición, aunque la competición fuera por ver quién había acertado primero la misma respuesta correcta del mismo equipo.
Ganamos el Trivial, claro. Lo ganamos arrasando, porque entre los dos nos sabíamos hasta las preguntas de deporte que yo no me sé y las de historia que él no se sabe, y mientras lo ganábamos nos pasamos el rato discutiendo a quién le correspondía cada acierto, codazos por coger la tarjeta, «esa la sabía yo», «esa era mía», hasta que mi abuela, desde el sillón, sentenció:
—Estos dos o se matan o se casan. No hay tercera.
—Abuela.
—Lo que oyes. Yo de esto sé. Tu abuelo y yo nos pasamos cuarenta años discutiendo el crucigrama. —Volvió a la tele—. Buenos años.
A Quique, que perdió, le sentó fatal. A Nuria le hizo gracia. A mi madre le hizo algo más que gracia: le hizo planes, se le notaba en la cara, ya estaba eligiendo el salón.
Por cierto, en algún momento de la tarde caí en la cuenta de que no había pensado en Marco ni una sola vez.
En Marco, el chico estupendo, el correcto, el de verdad.
No me lo había planteado siquiera, traerlo, presentarlo, defenderlo de mi madre.
Mi vida amorosa real —si a un café se le puede llamar así— no había puesto un pie en aquella casa, mientras el chico al que odiaba se comía las croquetas de mi madre y ganaba el Trivial de mi familia.
Lo apunté en la lista de cosas que tenía que pensar otro día, que ya iba siendo una lista bastante larga.
Nos fuimos juntos, porque yo había venido en coche y él en metro, y mi madre no concebía que «el chico» volviera en metro pudiendo llevarlo yo, así que me lo encasquetó en el asiento del copiloto como quien te devuelve un táper para que lo llenes.
El coche, de noche, es un sitio raro. Más pequeño que una cabina de edición, encima, y sin la excusa del trabajo.
Conduje un rato en silencio. Él miraba por la ventana las luces de la autovía pasar, y por una vez no dijo nada, no hizo el chiste, no llenó el hueco.
Iba cansado de un cansancio que no era el de la falta de sueño.
Era el de haber estado «encendido» seis horas seguidas para una familia que no era la suya.
—Tu madre me cae mejor que tú —dijo al fin, sin apartar la vista de la ventana.
—A todo el mundo le cae mejor que yo. —Mantuve los ojos en la carretera—. No es una competición que pueda ganar.
Y entonces se giró. Lo noté aunque no lo miré, noté que dejaba la ventana y me miraba a mí, en ese coche, en esa autovía, con las luces entrando y saliendo, y la cosa que había debajo de la sonrisa toda la tarde, la que asoma cuando se le cae el personaje, salió entera y se quedó ahí, mirándome, durante el tiempo que tarda un coche en pasar tres farolas.
—No —dijo, en voz baja—. Tu madre me cae bien. Tú me caes otra cosa.
No pregunté qué. No porque no quisiera saberlo. Porque lo sabía, y porque a ochenta por hora, de noche, con su mirada encima, saberlo era más de lo que podía sostener sin soltar el volante.
—Mira la carretera —dijo, suavizándolo, dejándome la salida—. Que como nos matemos le das la razón a mi abuela. Bueno, a la tuya.
Me reí. Sin querer. La risa de las que no se pueden frenar. Y conduje el resto del camino con esa risa por dentro y su frase encima, sin saber muy bien dónde poner ninguna de las dos.
Esa noche, en la cama, abrí la nota. Y por una vez supe exactamente qué razón tocaba, porque me había pasado la tarde discutiéndome con él de quién había acertado primero la capital de Australia.
Por ser tan competitivo.
Siete de veinte.
Lo que no escribí fue que, mientras ganábamos aquel Trivial absurdo a codazos, peleándonos por cada acierto, no había sido capaz de acordarme de la última vez que me lo había pasado tan bien.
Ni que la frase de mi abuela —o se matan o se casan, no hay tercera— me había perseguido todo el camino de vuelta como una mosca, y que no había podido aplastarla, porque para aplastar una verdad hace falta primero estar dispuesta a admitir que la has oído.