Veinte razones para odiarte 6. Por ignorarme. #2
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6. Por ignorarme. #2

Porque Bruno, fuera de antena, seguía siendo el desconocido cortés.

Llegó, saludó con la cabeza, ni una pulla, ni una sonrisa de las de verdad.

Pero en cuanto Nacho levantó la mano y el piloto se puso en rojo, el otro Bruno volvió.

De golpe. Entero. Como si lo hubiera dejado guardado en una caja a la puerta del estudio.

—Buenas noches a la gente que nos escucha y a la que finge que no —dijo, con todo, con la voz, con el filo, con la chispa—. Esto es Fuego cruzado. Y esta es Cande, que hoy viene seria. ¿Te ha pasado algo bueno o malo? Que por la cara podría ser cualquiera de las dos.

—Me ha pasado que tengo que aguantarte una hora. Eso explica la cara.

—¿Lo veis? Vuelve. La echaba de menos.

—No me echabas de menos hace dos horas, cuando me has saludado con la cabeza en el pasillo como si fuera la del seguro.

Lo solté sin pensar. En directo. Delante de todos. Y me arrepentí a la mitad, porque era demasiado verdad para decirla con el piloto en rojo.

Bruno no se inmutó. O sí, pero solo medio segundo, ese medio segundo que ya conocía.

—Eso es que en el pasillo no hay micro —dijo, recuperándose—. Y sin micro soy mucho más tímido. Es un problema médico. Lo estoy tratando.

—Pues trátatelo rápido.

—Lo intento. Es que tengo una compañera que me pone muy nervioso.

—Esa compañera dice que dejes de hacerte el interesante y trabajes.

—Esa compañera —dijo él, al micro, con esa voz— manda. Ya lo habéis oído. Aquí manda ella. Yo solo pongo la cara.

Nacho nos pasó un mensaje, y a veces creo que el universo escribe estos consultorios solo para reírse de mí.

—«Soy Paula» —leí, y noté el golpe a la tercera palabra—.

«Estoy saliendo con un chico estupendo. Formal, correcto, mi madre lo adora.

Pero no siento nada. Y hay otra persona que me saca de quicio, con la que no aguantaría ni una semana sin matarla, y en la que pienso todo el rato.

¿Qué elijo, lo que me conviene o lo que me quita la cabeza? »

Silencio. Otra vez. Me concentré muchísimo en la pantalla.

—Lo que te conviene —dije, demasiado rápido—. Obviamente. Las mariposas no pagan el alquiler, Paula. Si el chico es estupendo, es estupendo por algo.

—No le hagas caso. —Bruno bajó el tono de numerito, lo justo—. Paula, el chico estupendo no es la respuesta. Es la coartada. Es a quien eliges para no tener que elegir a la otra persona. Y la otra persona, créeme, lo nota.

No lo miré. No podía. Cambié de mensaje tan rápido que Nacho casi no llega a pasar el siguiente.

Y la guerra volvió, intacta, eléctrica, igual que siempre, como si la cabina no hubiera existido, como si el pasillo y el «tú mandas» y el saludo con la cabeza fueran de otra persona.

Durante una hora, detrás del micro, fuimos otra vez nosotros.

Me pinchó, le devolví, nos reímos, la gente enloqueció, y yo, en mitad de un cruce de pullas, lo entendí: que Bruno solo se permitía estar cerca de mí en el único sitio donde estar cerca de mí podía llamarse «trabajo».

En antena no contaba. En antena era el personaje.

Lo de fuera —la cabina, la mirada, lo que casi pasó— eso sí contaba, y por eso lo había cerrado con llave.

Se protegía. Lo entendí ahí, con el casco puesto, riéndome de algo que había dicho. Bruno Salazar, que iba por la vida como si nada le importara, se estaba protegiendo de mí. Y la única manera que tenía de hacerlo era dejarme exactamente donde yo había dicho que quería estar: fuera.

En cuanto se apagó el piloto —y esta vez Nacho lo comprobó tres veces—, el desconocido cortés regresó. Recogió, dijo «buen programa», miró el móvil, dijo que tenía que irse, que llegaba tarde a una cosa, y se fue, con las ojeras y la prisa y el olor a turno, sin mirar atrás otra vez.

No miró atrás. Otra vez.

Llegué a casa con dos cosas dentro que no encajaban: un sábado con un chico perfecto que no me había hecho sentir nada, y un lunes con un imposible que me había hecho sentir de todo durante una hora y nada el resto del día. Lola estaba despierta, con el «rojo decisión» ya seco y una taza de té.

—¿Qué tal el programa? —preguntó.

—Bien. Como siempre. Mejor que nunca, dicen los números.

—¿Y qué tal el desconocido cortés?

—Sigue cortés. Sigue desconocido. Se ha vuelto a ir corriendo sin mirar atrás.

—Tiré la mochila en el sofá—. No lo entiendo, Lola.

Una hora es el tío más vivo del mundo conmigo y al minuto siguiente me trata como a la cajera del súper.

Y encima me da igual, ¿eh? Me da exactamente igual.

Lo que pasa es que es de mala educación. Lo registro como mala educación.

Lola dejó la taza. Me miró un rato, de esa manera suya que no tiene piedad ninguna, y dijo, despacio, para que me entrara bien:

—Te molesta que pase de ti. —Hizo una pausa—. Y dices que lo odias. Cari, eso tiene otro nombre.

No contesté.

Me fui a mi cuarto, me senté en el borde de la cama y abrí la nota, porque cuando no tengo respuesta para Lola tengo, al menos, una lista.

La razón seis no me costó tres intentos como la cinco. Me costó uno. La escribí entera, sin mentir del todo, que era nuevo, porque por una vez la queja y la verdad coincidían, aunque por motivos distintos a los que yo quería creer:

Por ignorarme.

Seis de veinte.

Lo que no escribí, lo que dejé fuera de la nota igual que él me dejaba a mí fuera del estudio, fue lo único que de verdad me quitaba el sueño: que me molestaba que pasara de mí.

Que me molestaba muchísimo. Y que la gente a la que de verdad le da igual otra persona, como yo le explicaba tan bien a la pobre Berta, no se pasa la noche en vela contando las veces que el otro no ha mirado atrás.