6. Por ignorarme.
Por ignorarme.
Hay una cosa peor que Bruno Salazar hablándote: Bruno Salazar no hablándote. Tardé exactamente tres días en descubrirlo, y me pareció una traición personal.
A Lola, la mañana siguiente a lo de la cabina, le conté una versión. La versión oficial.
—¿Qué tal la edición con el imbécil? —preguntó desde la cama, sin abrir del todo los ojos.
—Productiva. Cortamos el pódcast. Ya está.
—¿Productiva?
—Muy productiva.
—Cande, son las ocho y media, estás vestida, peinada y haciendo café. Tú a las ocho y media eres un cadáver con opiniones. ¿Qué pasó anoche?
—Nada. Editamos. Discutimos un corte. Lo normal.
—Mírame.
—Te estoy mirando.
—Mírame de verdad.
La miré de verdad. Aguanté tres segundos. Después cogí la taza y me fui a la ducha, que es mi manera de ganar las conversaciones que no puedo ganar.
—¡Ya hablaremos! —gritó detrás de mí, encantada.
No hablamos. Pero el universo, que tiene peor leche que Lola y bastante más tiempo libre, se encargó él solito de complicarme los días siguientes.
Después de lo de la cabina —que yo había decidido archivar bajo «incidente menor provocado por el cansancio y la mala iluminación»— esperaba lo de siempre.
La pulla a la entrada, el comentario innecesario, la sonrisa de imbécil, la guerra.
Estaba preparada para la guerra. Lo que no estaba preparada era para la paz.
Porque Bruno, de pronto, se portó bien.
El miércoles, en la cabina de edición, llegó puntual, dijo «hola» y se sentó un palmo más lejos de lo que se había sentado el lunes anterior. Lo medí. Soy de medir.
—Ese corte yo lo dejaría —dije, tendiéndole una trampa, porque ese corte la semana pasada lo habría peleado a muerte.
—Vale. Como quieras.
—¿Cómo que «como quieras»? Es el momento del lío. Tu momento. El de «no hace falta que se entienda, hace falta que se sienta».
—Tienes razón tú. Es más limpio. —Movió el cursor y aceptó mi versión sin pestañear—. Tú mandas.
Y se quedó tan ancho, dándome la razón en todo como un becario aplicado. Probé otra vez. Le puse delante un corte horrible, uno que cualquiera con oído habría tirado, a ver si picaba.
—¿Y este?
—Si a ti te gusta, se queda.
—No me gusta. Es malísimo. Te lo estoy poniendo para que discutas.
—No me apetece discutir, Cande. —Lo dijo sin filo, que fue lo peor de todo—. Lo hacemos como tú quieras y nos vamos antes. Mañana tienes clase, ¿no?
«Mañana tienes clase». Mi propia frase. La que le solté yo en la cabina para salir corriendo.
Me la devolvía ahora, limpia, sin rencor, como quien devuelve un paraguas.
Y cada «tú mandas», cada «como quieras», me sentaba como una bofetada con guante de seda, porque un Bruno que me daba la razón en todo no era un Bruno: era un desconocido cortés que había secuestrado al insoportable, y yo no sabía a cuál de los dos odiar.
El jueves me crucé con él en el pasillo de la facultad.
Levanté la barbilla, lista para el zasca.
Me saludó con la cabeza. Con la cabeza. Como se saluda a un profesor o a un vecino con el que coincides en el ascensor.
Y siguió andando, hacia donde sea que va Bruno cuando no está siendo el problema de mi vida, con las manos en los bolsillos y sin mirar atrás.
No miró atrás.
Eso fue lo que me reventó, aunque me costó tres días admitir que me había reventado.
Que no mirara atrás. Yo me había pasado semanas quejándome de que era imposible quitármelo de encima, de que aparecía donde no debía, de que no me dejaba en paz.
Y ahora me dejaba en paz, que era exactamente lo que había pedido, y resultó que la paz era insoportable, y que lo único peor que un tío que no te deja en paz es un tío que, de repente, decide que puede.
—¿Por qué te molesta tanto? —me preguntó Lola, que me encontró rumiándolo en el sofá con una intensidad sospechosa para algo que, según yo, me daba igual.
—No me molesta. Me extraña. Es un cambio de comportamiento. Como analista de la situación, lo registro.
—Como analista de la situación. —Lola asintió despacio—. Claro. ¿Y el analista de la situación lleva dos días mirando el móvil a ver si el sujeto analizado le escribe?
—El analista de la situación mira el móvil por otros motivos.
—¿Cuáles?
No tenía cuáles. Cambié de tema, que es mi versión de ganar una discusión.
Lo que hice, en cambio, fue una cosa de la que no me siento orgullosa, pero que en su momento me pareció una jugada maestra de autocontrol emocional. Le dije que sí a Marco.
Marco era un chico de la biblioteca. De Derecho, haciendo un máster en algo con la palabra «mercantil» dentro, de esos que reservan sala de estudio con tres días de antelación y traen el café en termo propio.
Llevaba meses, con mucha educación y cero prisa, intentando que tomáramos algo.
Yo le había dado largas siempre, no porque tuviera nada en contra —Marco no tenía nada en contra de nadie, esa era su gran característica—, sino porque estaba ocupada construyéndome una carrera y, últimamente, odiando a un compañero a tiempo completo.
Esa semana le escribí. «¿Sigue en pie lo del café?». Contestó en cuatro minutos, con dos frases completas y un emoji de sonrisa que usó, intuí, tras pensárselo. Quedamos el sábado.
El café con Marco fue exactamente lo que necesitaba y exactamente por eso fue un desastre.
—Pediste un cortado —dijo, cuando llegué—. ¿Verdad? Te he visto pedirlo en la biblio. He pedido yo, espero que no te importe. Si prefieres otra cosa, lo cambiamos sin problema, faltaría más.
Me había pedido un cortado. Correcto. Considerado. Imposible de criticar. Me senté con la sensación de estar entrando en una reseña de cinco estrellas.
—Qué detalle —dije.
—Me gusta planificar. —Sonrió. Tenía una sonrisa amable, simétrica, sin sorpresa dentro—. ¿Sabes que tengo un plan a cinco años? Trabajo, oposición, todo escrito. La gente se ríe, pero yo creo que saber a dónde vas es lo más romántico que hay.
Y aquí está lo gracioso, lo verdaderamente humillante: yo también tengo un plan a cinco años.
Yo SOY la persona que cree que saber a dónde vas es lo más romántico que hay.
Marco era, sobre el papel, mi alma gemela en formato administrativo.
Y llevábamos cuatro minutos y ya me estaba muriendo, despacio, de una manera nueva, sin saber muy bien de qué, porque no había nada de lo que morirse: todo era agradable, todo era correcto, todo encajaba sobre el papel.
Intenté lo que sé hacer. Lo único que sé hacer, en realidad, con un chico sentado enfrente: provocarlo un poco, a ver qué devuelve.
—Plan a cinco años —dije—. ¿Y si te sale mal? ¿Y si a los dos años todo se va al traste y resulta que querías otra cosa?
—Para eso tengo un plan B —dijo Marco, muy serio—. Y un fondo de emergencia de seis meses. Es importante prevenir.
—No te he preguntado por el fondo de emergencia. Te he preguntado si no te da vértigo tenerlo todo decidido.
—No. Me da paz. —Sonrió otra vez—. Entiendo que a alguna gente le parezca aburrido. Lo respeto mucho. Cada uno gestiona la incertidumbre como puede.
«Lo respeto mucho». «Cada uno gestiona la incertidumbre como puede».
Eran frases buenas. Eran frases sanas. Eran las frases que diría una persona equilibrada, y yo las oía y solo podía pensar que con Bruno, a estas alturas, ya nos habríamos insultado tres veces y me habría reído al menos una sin querer.
Lo intenté una vez más, casi por deporte.
—A ver, Marco. Dime algo con lo que no esté de acuerdo. Llévame la contraria en algo. Lo que sea.
Se lo pensó. De verdad se lo pensó, con el ceño un poco fruncido, como quien busca la respuesta correcta en un examen.
—No creo que sea sano discutir por discutir —dijo al fin—. Si pensamos parecido en lo importante, ¿para qué buscar el conflicto?
Y tenía razón. Esa es la cosa. Tenía toda la razón del mundo. Buscar el conflicto no es sano. Una persona adulta y centrada no debería echar de menos pelearse, no debería estar sentada delante de un chico estupendo deseando, en secreto, que fuera un poco más insoportable.
Yo, por lo visto, no era una persona adulta y centrada. Era otra cosa. Una cosa que, según Lola, tenía nombre, y que yo me negaba a decir en voz alta delante del cortado perfecto que me había pedido un chico que no se merecía nada de lo que me estaba pasando por la cabeza.
«Encaja sobre el papel». Me oí a mí misma, dos semanas atrás, en antena: Dani, dale tiempo.
Lo de las chispas está sobrevalorado. Lo que dura es lo que encaja sobre el papel.
Y oí a Bruno contestarme: Dani, déjalo. No se riega una planta que no has plantado.
Y tuve que dejar el cortado en la mesa porque me había entrado, de golpe, una risa horrible y silenciosa, la de quien se da cuenta de que se está aplicando su propio mal consejo.
—¿Te hace gracia algo? —preguntó Marco, sin ofenderse, porque Marco no se ofendía, porque ofenderse requiere una arista y Marco era perfectamente liso.
—Una cosa mía. Perdona. Sigue. El plan a cinco años. Me interesa de verdad.
Y me interesaba. Esa es la tragedia. Hablamos de oposiciones, de pisos, de a qué edad es sensato tener el primer hijo.
Marco me preguntó por mi programa con un interés genuino y educado, dijo «me alegro mucho por ti, de verdad» con las dos manos sobre la taza, y en ningún momento, ni uno, me llevó la contraria, ni me pinchó, ni me miró de esa manera que te quita la frase de la boca.
En ningún momento tuve que defenderme. Y resulta que yo, que llevaba años quejándome de tener que defenderme siempre, no sabía estar con alguien de quien no había que defenderse.
Era como ir a nadar y descubrir que han quitado el agua.
Volví a casa pensando que Marco era estupendo y que ojalá me gustara, que es el pensamiento más triste que existe y que tiene, encima, la decencia de avisarte de que estás haciendo el tonto.
El lunes había programa.
Y entonces pasó lo que llevaba toda la semana sin entender, y que aquella noche entendí del todo, aunque no me gustara.