Veinte razones para odiarte 5. Por esa mirada que me desarma.
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5. Por esa mirada que me desarma.

Por esa mirada que me desarma.

Hay cosas que no deberían pasar a las doce de la noche en una cabina de dos metros cuadrados. Editar un pódcast es una. La otra no la vi venir, y eso que yo lo veo todo venir; es prácticamente mi único superpoder.

El programa iba tan bien que Robledo había decidido exprimirlo.

Fuego cruzado salía en directo los lunes, sí, pero ahora también había que montar una versión en pódcast, cortar los mejores momentos, hacer recortes para las redes, alimentar a la bestia que nos habíamos echado encima sin querer.

Y alguien tenía que editar todo eso. Ese alguien, por supuesto, éramos nosotros dos, porque Robledo era de la teoría de que lo que se cuece a dos voces se edita a dos manos, y porque, según ella, así aprenderíamos a «escucharnos de verdad», frase que dijo con una sonrisa que no me gustó nada.

El problema era el horario.

—¿A las doce? —le había dicho a Lola esa tarde, tirando la mochila en la cama con el rencor ya cargado—. La edición es a las doce de la noche. Porque el señorito no puede a ninguna otra hora. Ni tardes, ni mañanas, ni «pásate después de clase». Solo de noche. Como los vampiros.

—A ver si lo entiendo. —Lola estaba pintándose las uñas de un color que llamaba «rojo decisión»—. Los dos solos. De noche. En una cabina de dos metros. Editando. Qué tortura, de verdad. No sé cómo lo vas a soportar.

—Es una tortura logística. Tengo sueño. Mañana hay clase a las nueve.

—Ya. La logística. —Sopló una uña—. Cande, ¿tú sabes lo que es subtexto?

—Sé perfectamente lo que es subtexto. Doy un consultorio sentimental.

—Pues date uno a ti misma, anda.

No le contesté. Cogí la mochila, una chaqueta y mi cara de mártir, y me fui a la radio a editar a deshoras por culpa de un tío que solo existía de noche.

La cabina de edición era todavía más pequeña que el estudio chico: una mesa, un monitor, dos sillas pegadas porque no cabían de otra manera, y un par de cascos buenos que había que compartir si querías escuchar lo mismo a la vez con detalle.

Cuando llegué, Bruno ya estaba allí. Otra vez ya estaba allí.

Empezaba a sospechar que vivía en la radio, o que no vivía en ninguna parte.

Venía cansado. Se le notaba aunque lo disimulara, que lo disimulaba bien: la sonrisa puesta, pero las ojeras más hondas de lo que tendría que tenerlas un chico de veintidós años que, según él, no hacía nada por las tardes.

Olía otra vez a ese algo —a bar, a calle, a turno— que se sacudía con el primer chiste.

—Buenas noches —dijo—. ¿Has traído fichas para editar?

—He traído criterio. Es como las fichas, pero por dentro.

—Qué suerte la mía.

Me senté. La silla rozaba la suya; no había manera de que no rozara. Abrió el programa de edición, puso la grabación del último lunes en la línea de tiempo, y durante la primera media hora fue justo lo que tenía que ser: una pelea.

—Ese corte fuera —dije—. Se nos solapa.

—Ese corte se queda. Es el mejor momento.

—Es un momento en el que hablamos los dos a la vez. No se entiende nada.

—No hace falta que se entienda todo. Hace falta que se sienta. —Movió el cursor, marcó la zona, le subió un poco—. Mira. Esto. Esto es lo que la gente recorta y se manda. No el momento ordenadito en el que tú terminas tu frase y yo empiezo la mía. El otro. El del lío.

—El del lío es ruido.

—El del lío es vida. —Quitó mi corte, deshizo mi trabajo de los últimos cinco minutos con un solo clic y lo dijo sin maldad, que fue lo que más me fastidió—.

Tú y yo editamos distinto. Tú cortas para que no se oiga ningún fallo.

Yo corto para que no se note que pienso.

Por eso lo tuyo suena perfecto y lo mío suena vivo.

—Lo tuyo suena a suerte.

—Toda la suerte que quieras. Dale al play a tu versión y luego a la mía, y me dices cuál escucharías tú a las doce de la noche.

Le di al play a las dos. Lo odié, pero lo hice, porque soy incapaz de no comprobar un dato.

La mía estaba impecable: cada frase en su sitio, ni un solapamiento, ni un «eh», ni un silencio de más.

Sonaba a programa. La suya estaba sucia, nos pisábamos, había una risa mía a destiempo que yo habría borrado sin dudarlo.

Sonaba a dos personas. A las doce de la noche no había color, y los dos lo sabíamos.

—No digas nada —dije.

—No he dicho nada. He sonreído, que no se oye por la radio. Me lo enseñaste tú. —Volvió a la pantalla—. ¿Tú te has escuchado alguna vez de verdad? No corrigiéndote. Escuchándote.

—Constantemente. Es agotador.

—No me refiero a eso. —Volvió a la pantalla—. Da igual. Escucha esto.

Y le dio al play, y nos pusimos los cascos, uno cada uno, las cabezas más cerca de lo que están normalmente dos cabezas, porque el cable era corto y la mesa era pequeña y no había otra forma.

Editar tu propia voz es una experiencia humillante.

Te oyes y piensas: ¿esa soy yo? ¿Así me río?

¿De verdad digo «a ver» cada tres frases?

Pero también pasa otra cosa, una cosa rara, que es que oyes la conversación desde fuera, ya hecha, ya pasada, y la ves con la distancia con la que se ven las cosas de los demás.

Y desde fuera, lo que oí no fue a dos personas peleándose.

Oí a dos personas que no podían parar de hablarse.

Que se buscaban. Que cada uno esperaba a que el otro terminara solo para poder contestarle.

Subtexto, habría dicho Lola. Cerré esa puerta antes de que se abriera del todo.

—Vale —reconocí, quitándome un casco—. Ese se queda.

Bruno levantó las cejas.

—¿Perdona? ¿Me estás dando la razón? Dos veces en un mes. Voy a tener que sentarme. —Estaba sentado—. Estoy sentado, pero metafóricamente me he caído.

—No te acostumbres. —Marqué el corte yo misma, para no darle el gusto de hacerlo él—. Es buen momento de radio. Reconocer un buen momento de radio no es lo mismo que reconocerte a ti nada.

—Ya. Que conste la distinción.

—Que conste.

Llegamos a la parte que yo llevaba toda la noche esquivando sin admitir que la esquivaba.

—Robledo quiere abrir el pódcast con esto —dijo Bruno, y antes de que pudiera preguntar con qué, le dio al play.

Y sonó. El final del primer programa. El micro que creíamos cerrado.

Mi propia voz, en los cascos, pegada a la oreja, diciendo «sí», y «me lo he pasado bien», bajito, como una tonta, y luego la suya: «tu secreto está a salvo conmigo».

Pausado. En ese tono. El tono que la gente recortaba y se mandaba con corazones.

Editar eso fue una tortura de un tipo nuevo.

Porque para cortar bien un audio hay que oírlo muchas veces.

Atrás, adelante. Atrás, adelante. Mi «me lo he pasado bien» ocho veces seguidas, en bucle, los dos escuchándolo con un casco cada uno, las cabezas a un palmo, fingiendo los dos que era trabajo, que era solo trabajo, que buscábamos el punto exacto de corte y no reviviendo, una y otra vez, la única vez que yo había bajado la guardia en antena.

—Lo cortamos antes de tu «no se lo cuentes a nadie» —dije, con voz de jefa de proyecto, agarrándome a la jerga como a un flotador—. Queda más limpio.

—No. —Rebobinó—. Queda más falso. Lo bueno es justo eso, lo de «no se lo cuentes a nadie». Es lo que lo hace de verdad.

—Es lo que lo hace privado. Y va a salir en un pódcast.

—Ya salió en directo, Cande. Lo oyó media ciudad. —Me miró de reojo, sin girar la cabeza del todo—. ¿Te arrepientes?

—¿De qué?

—De haberlo dicho. De «me lo he pasado bien».

Y ahí tendría que haber dicho que sí. Que me arrepentía, que ojalá Nacho hubiera cortado el micro a tiempo, que la frase me perseguía por el metro.

Era lo lógico. Era lo coherente con la lista, con las cuatro razones, con todo el edificio que llevaba semanas levantando para no tener que mirar lo que había debajo.

—No —dije.

No miré qué cara ponía. No hizo falta. Lo oí, que es peor, porque en una cabina a oscuras, con un casco cada uno, se oye todo: lo oí dejar de teclear.

—Vale —dijo, tras un silencio que duró más de lo que duran los silencios cómodos—. Pues no lo cortamos. Se queda entero.

—Se queda entero —repetí.

Y nos quedamos los dos mirando la onda de sonido en la pantalla, esa cordillera de picos azules que era, literalmente, el dibujo de la única verdad que yo había soltado sin querer, ampliada, en bucle, imposible de cortar.

Seguimos. Y en algún punto, no sabría decir cuándo, la cosa cambió de temperatura sin que yo lo autorizara.

Llevábamos hora y media. El edificio estaba vacío y se oía ese silencio de los sitios grandes de noche, que no es silencio sino un zumbido bajo, el de las máquinas que no duermen.

Estábamos cansados los dos, y el cansancio le quita a una el filo, que es exactamente lo que el filo está ahí para evitar.

Bruno había dejado de hacer el numerito.

Yo había dejado de defenderme de él. Y sin el numerito y sin la defensa, lo que quedaba eran dos personas, muy cerca, haciendo algo juntas a las dos de la mañana.

—¿Por qué solo de noche? —pregunté. No pensaba preguntarlo. Salió.

—¿El qué?

—Esto. Tú. Que solo puedes de noche. Que llegas cansado, que hueles a… —me callé—. Que tienes ojeras de persona de cuarenta años. ¿Qué haces, Bruno?

Se quedó quieto un momento. Y vi cómo, por una vez, calculaba. No la respuesta ingeniosa; la otra. Cuánto contar.

—Curro —dijo al fin. Sencillo. Sin sonrisa—. De noche. En un sitio. Por eso no puedo a otras horas.

—¿Trabajas?

—La gente trabaja, Cande. No todo el mundo está aquí por hobby.

—Lo dijo sin agresividad, casi con cuidado, pero me acordé de Hugo en la sala —«hay quien necesita el puesto»— y entendí, a medias, que había una parte de Bruno Salazar que yo no había metido en ninguna lista porque ni sabía que existía.

—No sabía —dije.

—No lo sabe nadie. Y me gustaría que siguiera así, si no te importa. —Volvió a la pantalla, pero más despacio, como quien recoge algo que se le ha caído—. No pega con el personaje.

—¿Qué personaje?

—El mío. —Y entonces sí sonrió, pero fue la otra sonrisa, la rara, la que llevaba semanas saliéndome en la lista sin que yo me atreviera a anotarla—. El del dueño de todo. Tú lo escribiste, ¿no? Lo vi. Bueno, lo intuí. Seguro que tienes una lista en alguna parte.

Casi se me cae el alma a los pies, pero la sostuve, porque soy buena sosteniendo cosas que se caen.

—No tengo ninguna lista.

—Vale. —No me creyó. Lo dejó pasar igual, que fue peor—. Pues si la tuvieras, en «dueño de todo» te habrías equivocado. Pero no te lo voy a discutir. Me gusta que te equivoques. Es de las pocas cosas que haces mal.

Y ahí estaba. El hueco. La pulla que de pronto no era pulla, que iba en serio, que se había colado por debajo de todo lo demás.

Tendría que haber contestado algo. Tengo siempre algo.

Es mi naturaleza. Pero me giré para mirarlo —para soltarle lo que fuera— y resultó que estaba mucho más cerca de lo que pensaba, porque las sillas, porque la mesa, porque la cabina de dos metros, y me lo encontré ahí, a un palmo, mirándome.

Y esa fue la mirada.

No sé describirla sin estropearla, así que solo diré lo que hizo: me dejó sin la frase.

La frase que tenía preparada, la que tengo siempre, la red que me tejo por dentro para no caerme nunca.

Me la quitó. Me miró como si me estuviera leyendo entera, no la versión preparada en tres colores, sino la otra, la de debajo, la que no le enseño a nadie, y por un segundo —uno, no más— sentí lo que debe de sentir la gente que no controla nada: el vértigo y las ganas de saltar al mismo tiempo.

Se inclinó. O me incliné yo. Probablemente los dos, que es lo que hace que luego no puedas echarle la culpa a nadie.

El espacio entre los dos se hizo pequeño, y más pequeño, y yo le miré la boca, lo cual es una cosa que una no hace con alguien al que odia, lo cual debería haber sido la alarma, y no lo fue, porque las alarmas las había desconectado todas el cansancio y el zumbido de las máquinas y esa mirada.

Y entonces me eché atrás.

No por sensata. Que conste, porque luego me mentí mucho sobre esto: no fue por sensata.

Fue por miedo. Porque me había desarmado en tres segundos, sin tocarme, solo con mirarme, y si una mirada me dejaba así, no quería ni pensar en lo demás, y pensar en lo demás era exactamente lo que estaba a punto de pasar.

Y yo no me dejo. Yo no me dejo desarmar.

Es lo único que me ha funcionado siempre.

—Es tardísimo —dije, y la voz me salió rara, una nota más alta de lo mío—. Mañana tengo clase. Esto… lo dejamos así.

Bruno parpadeó. Volvió en sí más rápido que yo, o lo disimuló mejor. Se echó atrás él también, recuperó treinta centímetros y la sonrisa de imbécil, la de diario, la del personaje, como quien se vuelve a poner una chaqueta que se había quitado.

—Claro —dijo—. Mañana tienes clase. —Y luego, bajito, casi para sí, mientras yo recogía la mochila con manos que no me obedecían del todo—: La estructura primero. Cómo no.

Salí de allí casi corriendo. No miré atrás. Si hubiera mirado atrás, no sé qué habría visto en su cara, y no quería saberlo, porque saberlo me habría obligado a hacer algo, y a las dos de la mañana yo no estaba para hacer nada salvo huir con dignidad, que es un arte que domino.

Llegué a casa. Lola dormía. Me senté en el borde de mi cama, a oscuras, con el corazón haciendo cosas que no le había dado permiso para hacer, y abrí la nota.

La razón cinco me costó tres intentos.

Escribí: Por mirarme como un imbécil. La borré. No había sido como un imbécil; ese era el problema.

Escribí: Por meterse en mi espacio en una cabina de dos metros. La borré. No se había metido en mi espacio. Me había metido yo en el suyo, o nos habíamos metido los dos, que para el caso.

Escribí, por fin, la única que me dejaba cerrar los ojos sin tener que ser del todo honesta, la que sonaba a queja y no a confesión, la que ponía la culpa en él y la sacaba de mí, donde no la podía mirar:

Por esa mirada que me desarma.

Cinco de veinte.

Las tres veces mentí. Lo supe mientras lo escribía, y aun así le di a guardar, porque hay verdades que una no está preparada para tener en el móvil a las dos de la mañana, sola, sabiendo que mañana hay clase y que pasado, otra vez, hay micro.