4. Por tus comentarios innecesarios. #2
Era impecable. De verdad. Las cortinillas estaban producidas como para una cadena nacional.
Hugo tenía una voz de informativo de las nueve, redonda, sin una sola arruga.
Bárbara leía los datos con precisión de reloj suizo.
Entrevistaban a un catedrático de Económicas sobre una reforma, y el catedrático decía cosas sensatas, y Hugo asentía con un «muy interesante, profesor» colocado en el hueco exacto, y todo encajaba, y todo estaba bien hecho, y todo era —no encontré otra palabra entonces ni la he encontrado después— mortalmente aburrido.
«—Y para cerrar el bloque —decía Hugo, con su voz de megafonía de aeropuerto—, recordamos a nuestros oyentes que mañana, a las cinco en punto, como cada tarde, tenemos una cita con la actualidad…»
Lo apagué a los veinte minutos. No pude más.
Y me quedé un rato mirando el techo de mi cuarto —yo también, fíjate, mirando el techo a deshoras, como los cuatrocientos insomnes que había descrito Bruno— y entendí, muy a mi pesar, lo que Robledo me acababa de soltar en el pasillo y lo que Bruno me había dicho en aquella silla de ruedas la primera tarde.
La hora exacta no le fallaba a nadie. Esa era justo su tragedia.
Era una hora de radio sin un solo error y sin una sola persona dentro.
Daban la hora exacta, sí. Lo que no daban era compañía.
Y resulta que la gente no enciende la radio de madrugada para que le den la hora. La enciende para no estar sola.
Cogí el cuaderno y tomé una nota de las de verdad. No decía «producir mejores cortinillas» ni «meter más datos». Decía, con mi letra de electrocardiograma: «No ser ellos.» La subrayé dos veces.
El lunes siguiente, segunda emisión, llegué con una estrategia nueva: no darle a la gente lo que quería.
Si el campus entero había decidido que estábamos liados, la solución era obvia.
Profesionalidad. Distancia. Cero numerito.
Yo controlaba el programa y yo controlaba, por tanto, lo que la gente se pensaba de nosotros.
Tenía sentido. En mi cabeza tenía muchísimo sentido.
Bruno tenía otros planes.
Esta vez sabíamos los dos perfectamente que el micro estaba abierto. Esa era la diferencia, y resultó ser una diferencia peligrosa, porque Bruno, que con el micro cerrado decía la verdad sin querer, con el micro abierto mentía a propósito, y disfrutaba.
—Antes de nada —dijo, nada más empezar, ignorando por completo la entradilla seria y neutra que yo había preparado—, hay que aclarar una cosa, porque nos lo preguntáis mucho. Cande y yo no estamos juntos.
—No estamos juntos —confirmé, aliviada de que por una vez fuéramos en la misma dirección.
—Estamos en una relación profesional muy intensa basada en el respeto mutuo.
—No hay respeto mutuo —corregí.
—Hay respeto por mi parte. Ella me está conociendo todavía.
—Lo que estoy es contando los días.
Y la pantalla, claro, se llenó. Porque cuanto más lo negábamos, más se reían, y cuanto más se reían, más le gustaba a él, y cuanto más le gustaba a él, más cosas decía que no hacían ninguna falta.
—Una oyente pregunta —siguió, leyendo, sin levantar la vista, con la voz de quien va a hacer una maldad— si discutimos también fuera de la radio.
—No vamos a contestar a eso.
—Sí discutimos fuera de la radio. Esta tarde, sin ir más lejos, me ha cogido del brazo para sacarme de una sala.
—¡Para que dejaras de hacer el ridículo!
—Me ha cogido del brazo —repitió, hacia el micro, como quien presenta una prueba ante un jurado—. Que conste.
—No conste nada.
—Vale, vale. El consultorio. —Bruno se puso serio de mentira, que es como se pone él más peligroso—. Que para eso ha venido la gente, y no a oírte negar que me has cogido del brazo. Nacho, dispara.
Nacho nos pasó un mensaje.
—«Soy Berta» —leí—. «Llevo seis meses peleándome con un compañero de clase. No nos soportamos, discutimos por todo. Pero llevo unos días pensando en él más de lo normal y no sé si lo odio o si me gusta. ¿Cómo se distingue una cosa de la otra?»
Hubo un silencio. Uno raro, de los que pesan.
Nacho, al otro lado del cristal, se mordió el labio para no decir nada.
La pantalla, que no tenía esa decencia, se llenó de mensajes que decían todos lo mismo con distintas mayúsculas: que la pregunta de Berta éramos nosotros, que Berta era yo, que respondiéramos por nosotros mismos.
No miré a Bruno. Bruno, por una vez, tampoco hizo la broma fácil.
—Berta —dije, rascando del fondo del barril toda la profesionalidad que me quedaba—, no se distingue.
Es lo mismo. A la gente que te da igual no le dedicas el tiempo de odiarla.
Si lo odias tanto es que te importa; lo que pasa es que el odio es más cómodo, porque no te obliga a hacer nada.
Así que decide tú cuánto tiempo quieres seguir cómoda.
Lo dije por Berta. Juro que lo dije por Berta. Y en cuanto lo solté me di cuenta de que era la cosa más honesta que había dicho en antena, micro abierto incluido, y de que la había dicho mirando a la pantalla para no mirar a la silla de al lado.
—Sabia respuesta —dijo Bruno, bajito. Y no añadió nada más, que en él era casi un milagro y que me descolocó más que cualquiera de sus comentarios innecesarios.
—Y otra pregunta. —Se acercó la pantalla, encantado de la vida, y yo supe, por la cara, que la siguiente iba a ser la peor—. Preguntan cuánto llevamos juntos.
Lo miré. La sonrisa de imbécil estaba ahí, a plena potencia, esperando, sabiendo perfectamente que me había acorralado, que dijera lo que dijera iba a salir mal, que la gente lo iba a recortar y a ponerle una musiquita y un corazón explotando.
—Diles que estudien —dije.
Se rió. Se rió de verdad, con todo el cuerpo, al micro, y al otro lado del cristal Nacho se rió, y en la pantalla mil personas, por lo visto, se rieron con él, y yo me quedé ahí, con mi estrategia de profesionalidad y distancia hecha trizas a los cuatro minutos de programa, pensando que había una persona en el mundo capaz de desmontarme un plan entero con una sola pregunta que no le había hecho falta hacer.
Esa noche, antes de dormir, abrí la nota.
No escribí «por cogerlo del brazo y no querer soltarlo», ni «por reírse así», ni «por defenderme delante de Hugo y Bárbara cuando yo ni se lo había pedido», que esa también la había, aunque la enterré rápido.
Escribí lo de toda la semana, lo de la sala y lo del «que conste» y lo de «me ha cogido del brazo» dicho a mil personas: la incapacidad física de aquel tío para quedarse callado cuando callarse era, claramente, la opción más sensata.
Por tus comentarios innecesarios.
Cuatro de veinte.
Y mientras la guardaba pensé, con una rabia tranquila y muy ordenada, que lo peor de todo no era ninguna de las cuatro.
Lo peor era que media ciudad creía que yo estaba viviendo una historia de amor, cuando lo único que estaba viviendo, en realidad, era a Bruno Salazar negándose, semana tras semana, a dejarme quedar por encima por mérito propio.
O eso me dije. Que para eso, también, tengo la lista.