4. Por tus comentarios innecesarios.
Por tus comentarios innecesarios.
Para el miércoles ya teníamos nombre de pareja.
Dos, en realidad. La gente no se ponía de acuerdo, que fue el único consuelo de toda la semana: unos nos llamaban Candruno, otros Brunande, y existía una facción minoritaria pero muy ruidosa partidaria de «los del micro», que al menos tenía la decencia de no fundirnos los nombres como si ya fuéramos una sola persona de dos cabezas discutiendo a oscuras.
—Tienes que estar flipando —dijo Lola, que llevaba tres días viviendo el fenómeno con más intensidad que yo, que era la fenómena—. Mira. Han hecho ediciones. Hay una con cámara lenta y todo. Pone tu cara cuando dices «me lo he pasado bien» y luego la de él y luego un corazón que explota.
—Lo que estoy es alucinando, pero de otra manera.
—Dejé la mochila en la mesa de la cafetería con más fuerza de la necesaria—.
Llevo tres años preparándome para que me escuchen por lo que digo.
Tres. Y resulta que me conoce gente en el metro porque se piensan que estoy liada con un tío al que ni aguanto.
—El tío al que ni aguantas ha dicho que tu secreto está a salvo con él. En directo. Con esa voz.
—Esa voz es un truco. Lo hace a propósito.
—Pues le sale fenomenal el truco. —Lola le dio un mordisco a una palmera de chocolate y habló con la boca llena, que es como dice ella las cosas importantes—. Cande, en serio. Tienes el programa más escuchado de la facultad en dos emisiones. Eso es lo que querías, ¿no? Que te escucharan.
—Que me escucharan a MÍ. No a «la pareja». —Y ahí estaba el problema, dicho en voz alta, sonando exactamente igual de mezquino que sonaba en mi cabeza—. Da igual. No lo entiendes.
—Lo entiendo perfectamente. Lo que pasa es que tú no quieres que lo entienda, porque entonces tendrías que reconocer que te molesta menos lo de «la pareja» de lo que dices.
No le contesté. Para eso tengo la lista; ya le buscaría a Lola su propia entrada otro día.
Lo que no me esperaba era que la cosa llegara a mi madre.
Me llamó el jueves. Mi madre no llama por llamar; mi madre llama cuando tiene Información.
—Cande. —El tono. El tono ya lo decía todo—. Me ha dicho la Mari, que su hija va a tu facultad, que estás saliendo con un chico de la radio. Un tal Bruno.
—No estoy saliendo con nadie, mamá.
—La Mari dice que hay un audio.
—Hay un audio porque trabajamos juntos. En un programa. Es mi compañero. Lo soporto a duras penas.
—Pues en el audio no parece que lo soportes a duras penas.
—Una pausa. La pausa peligrosa—. Solo digo que ya tienes una edad, y que un chico que sabe hablar así por la radio, con esa educación, no se encuentra todos los días.
No es presión, ¿eh? Es información. Tu hermana, a tu edad, ya estaba con Quique.
—Mi hermana a mi edad estaba con Quique y mira lo bien que le va.
—A Nuria le va estupendamente, no empieces. —Otra pausa—. Tráetelo un día a comer.
—No voy a traer a nadie a comer, mamá. No hay nadie que traer.
—Tú tráetelo. Yo hago croquetas y ya vemos.
Colgué con una sensación nueva y desagradable: la de que el desastre se me estaba extendiendo por zonas de mi vida que creía a salvo. Si mi madre ya estaba haciendo croquetas mentales, esto era oficialmente más grande que yo.
Lo de los rivales lo descubrí esa misma tarde, en el pasillo de la radio.
Hay que entender una cosa de la radio de la facultad: es pequeña.
Dos estudios, un control, un pasillo y una sala común donde se acumulan los programas como en una sala de espera de médico, todos pendientes de su turno de antena, todos midiéndose de reojo.
Y en esa sala, cuando llegué a recoger unos cascos, estaban Hugo y Bárbara.
A Hugo y a Bárbara los conocía de vista, como conoce una a la gente que lleva tres años decidiendo, en silencio, que le cae regular.
Hacían La hora exacta, el programa que se suponía que iba a quedarse la franja de medianoche antes de que apareciéramos nosotros: pulido, correcto, con cortinillas profesionales y entrevistas a profesores y un tono que sonaba a locución de aeropuerto.
El programa que todo el mundo respetaba y nadie escuchaba.
—Hombre —dijo Hugo, con una sonrisa de anuncio de dentífrico—. Los famosos.
—Hola —dije, yendo a por los cascos sin pararme.
—Qué semana, ¿no? —Hugo se apoyó en la mesa con la naturalidad de quien ha ensayado apoyarse en mesas—. Un micro abierto. Madre mía. A nosotros nos daría un poco de vergüenza, pero claro, cada uno tiene su método para que lo escuchen.
—El nuestro funciona —dijo una voz detrás de él.
Bruno había entrado sin que lo viera. Cómo no.
—Anda, mira —dijo Bárbara.
Bárbara era distinta de Hugo. Hugo era una sonrisa con piernas; Bárbara tenía los ojos de alguien que está mirando una hoja de cálculo aunque no haya ninguna delante. No sonreía. Calculaba.
—Funciona ahora —dijo, sin alzar la voz—.
Es un pico. Lo dicen los números, que es lo único que no miente en esto.
Dos que se pelean da morbo la primera semana.
A la cuarta, la gente se cansa de los gritos y se va.
Siempre pasa. —Nos miró a los dos como quien anota una cifra—.
Disfrutad del momentito. Es lo bonito de las modas, que son cortas.
—Tomo nota —dijo Bruno—. Por cierto, gracias por escucharnos.
—No te escuchamos —dijo Hugo.
—Ya. Por eso os sabéis a qué minuto está el micro abierto. —Bruno cogió una botella de agua de la mesa común, la de todos, y le dio un trago con una calma insultante—. Para no escucharnos, lo tenéis muy estudiado. Casi me siento halagado.
Y ahí está el primero de los comentarios.
Porque no hacía falta. No hacía ninguna falta.
Yo iba a coger los cascos, decir «hasta luego» y dejar que Hugo y Bárbara se quedaran con su superioridad de programa que nadie oye, que es el peor castigo que existe para gente así.
Pero Bruno tenía que rematar. Tenía que tener la última palabra, el último trago de la botella de todos, la última sonrisa.
Y eso, con esta gente, no se apaga: se aviva.
—Os la vais a quedar igual —dijo Bárbara, y por primera vez la frialdad se le afiló—. Las prácticas. Cuando a la profesora se le pase la novelita esta del amor-odio y vuelva a mirar quién hace radio de verdad. Que esto es un currículum, no un reality. Para algunos.
—Para algunos —repitió Hugo, mirando a Bruno, no a mí—. Hay quien se lo puede tomar a broma. Y hay quien necesita el puesto.
No sé qué quiso decir exactamente. A lo mejor nada.
A lo mejor era solo una pulla genérica. Pero vi que a Bruno se le quedaba la sonrisa un segundo a medio gas —otra vez, el parpadeo, la cosa de debajo— y que tardaba en contestar lo justo para que yo lo notara.
Igual que conmigo. Solo que esta vez no había dicho yo nada.
—Venga, suerte con la franja —dijo al fin, recuperando el tono—. La de las cinco de la tarde, digo. Que es la vuestra.
Cogí los cascos. Cogí a Bruno del brazo, que es algo que no había hecho nunca y que no volví a planear hacer, y lo saqué de la sala antes de que dijera otra cosa innecesaria, porque ya íbamos por dos y la tarde era joven.
—¿Qué haces? —dijo, en el pasillo.
—Sacarte de ahí. ¿Tú te oyes? «Casi me siento halagado». «La franja de las cinco». ¿Para qué? Iban a quedarse solos con su programa de aeropuerto y tú les has dado conversación.
—Les he dado lo que se merecen.
—Les has dado munición. Hay una diferencia. —Le solté el brazo, que de pronto me di cuenta de que seguía cogiendo—. No todo lo que se puede decir hay que decirlo, Bruno. A veces ganas más callándote. Pero claro, tú eso no lo has probado en tu vida.
—Mira quién habla de callarse. La que se ha quedado en blanco en directo.
—Una vez. Y la culpa fue tuya.
—Todo es culpa mía, por lo visto. —Pero lo dijo con media sonrisa, y la tensión de la sala se quedó atrás, en la sala, como se queda el frío cuando cierras una puerta.
Robledo me pilló al salir, como si llevara esperándome en el pasillo, cosa que con ella nunca se sabe.
—Ferrer. He visto los números. —No dijo si eran buenos o malos; con Robledo había que esperar—. Sois el programa más escuchado de la radio. En dos semanas. ¿Sabes cuánto tardó en conseguir eso La hora exacta?
—No.
—Nunca. No lo consiguió nunca. —Se ajustó las gafas—. Hugo y Bárbara llevan dos años haciendo radio impecable que no escucha ni su familia. Y llegáis vosotros, os gritáis, dejáis un micro abierto, y media ciudad se queda a oíros. ¿Sabes qué me dice eso?
—¿Que tenemos suerte?
—Que la gente no quiere perfecto. Quiere verdad.
Y vosotros dos, peleándoos, sois lo más verdadero que ha pasado por esa franja en años.
—Empezó a alejarse—. No la fastidiéis volviéndoos profesionales.
Lo profesional aburre. Y, Ferrer: las prácticas son una.
Una sola. Y hay mucha gente con hambre. Que no se te olvide quién tienes enfrente.
—Hugo y Bárbara.
—Esos. —Se paró en la puerta sin girarse del todo—. Y el que tienes al lado, que también juega. No lo pierdas de vista por andar mirando a los de enfrente.
Se fue, dejándome con la duda de si lo del lado lo decía por un rival más o por Bruno, y con la sospecha incómoda de que daba igual, porque eran la misma amenaza con dos caras distintas.
Esa noche, en vez de dormir —ya he dicho que duermo poco—, hice una cosa de la que no me enorgullezco pero que cualquiera con mi nivel de competitividad habría hecho: me bajé el último episodio de La hora exacta y me lo puse entero, con auriculares, a oscuras, tomando notas. Conoce a tu enemigo, y todo eso.
Fue revelador, aunque no como yo esperaba.